A mediados del siglo XVII el comerciante holandés Anton Van Leeubenkoek haciendo uso del microscopio, descubierto a finales del siglo XVI por Zacharias Jansen, tuvo acceso a un mundo, el de los microorganismos, anteriormente desconocido para la humanidad. Este avance de la ciencia sirvió para dar carta de naturaleza a una intuición filosófica; la de la Scala naturae de gran difusión durante la cultura del Barroco.

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Leibniz populariza la idea de que en la naturaleza no hay saltos, de forma que la vida es un continuo que va desde sus formas más microscópicas hasta formas de vida de dimensiones mucho mayores. El propio Jonathan Swift da una visión literaria de esta ley natural en su célebre obra Los viajes de Gulliver (1735). En dicha novela Swift reflexiona críticamente sobre la sociedad de su tiempo y postula la idea de que no importa la magnitud de los habitantes de una sociedad, en cualquiera siempre estarán presentes las misma idioteces, miserias e imbecilidades. La travesía de su protagonista no sólo es geográfica, también es antropológica. Lemuel Gulliver evoluciona desde lo que José Luis Rodríguez Zapatero llamaría un optimismo antropológico hacia un posicionamiento mucho más cínico y descreído sobre la naturaleza humana, mucho más inclinada a considerar la maldad, la frivolidad, el politiqueo barato y la falta de escrúpulos como consustanciales a la condición humana.

Con ocasión de la propagación del COVID-19 los ciudadanos europeos estamos iniciando un viaje similar al que emprende Lemuel en la célebre novela de Jonathan Swift. Estamos comprobando, con estupefacción e incredulidad, que la incompetencia, la mezquindad, la manipulación y la irresponsabilidad no se escapan a esa gran cadena del ser sobre la que teorizara filosóficamente Leibniz y sobre la que tan hermosamente escribiera Jonathan Swift. No sólo se encuentra presente en los ámbitos que nos resultan más cercanos, familia, amigos, trabajo. También entre los dirigentes políticos de los ayuntamientos, entidades políticas descentralizadas, estados y organismos internacionales la estulticia, la improvisación, la jactancia y la ineptitud campan a sus anchas.

Estamos a expensas de una clase política que fomenta el miedo frente a amenazas virtuales o puramente ideológicas vinculadas a las agendas de ciertos lobbies (climáticos, feministas…) pero que desconoce los peligros reales que tendremos que afrontar en los próximos años

Con anterioridad al 8-M, el “gran virus” que amenazaba a la especie era un universal metafísico llamado patriarcado. Una vez que el desfile de afirmación del régimen feminista tuvo lugar y la cifra de contagios del COVID-19 fue exponencial, los “todólogos” al servicio del régimen acudieron raudos y veloces a cubrir las vergüenzas del sistema al que parasitan. Pasaron de ser expertos en escolástica feminista y metafísicos de nociones como el techo de cristal, el micromachismo o la brecha de género a pontificar sobre la tasa de letalidad, la respuesta inmune auto adaptativa, la R0 vírica… sin haber pasado en la mayoría de los casos, no ya por una facultad de Medicina, sino ni siquiera por una mínima y sosegada lectura de aquello de lo que hablan con tanta frivolidad como desconocimiento.

Tampoco muchos de los llamados expertos se libran de buena parte de las críticas y responsabilidades que habrán de afrontar una vez se logre superar este escenario de crisis, aumentada exponencialmente por unos dirigentes tan insensatos como ineptos. Una de las características consustanciales a la condición humana, que no entiende de niveles formativos, es la del servilismo. Muchos de estos supuestos profesionales han antepuesto la condescendencia con sus superiores, de los que depende su continuidad en los llamados puestos de libre designación, al cumplimiento estricto de su deber. Muchos de ellos, kantianos socialdemócratas, han ignorado aquella lección kantiana que establece que lo único absolutamente bueno es una buena voluntad que obra movida por el mero cumplimiento del deber.

Los políticos han puesto una vez de manifiesto la actualidad del pensamiento platónico, que surgió en buena medida como una reacción frente a una clase política ateniense que hacía de la demagogia y la ineptitud sus señas de identidad. Al menos en los supuestos de crisis real, que no virtual como en la llamada alerta feminista, la sofocracia parece una respuesta más sensata. Platón, siguiendo la estela de la tradición griega, utiliza multitud de metáforas náuticas para referirse al buen gobernante como un prudente capitán de navío que conoce el mejor camino para sortear los peligros de la navegación. Nuestros gobernantes, que muy difícilmente tendrían responsabilidad alguna en la empresa privada, están a los mandos de un “gran navio” que ahora mismo está varado en medio de una enorme tempestad que amenaza con hacerlo añicos. Sus prioridades no parecen ser tanto las de sortear la crisis como la de buscar minimizar el impacto político que su mala gestión puede acarrearles. En otros casos, como el del vicepresidente Pablo Iglesias, es el puro afán de poder y la búsqueda del protagonismo a toda costa lo que parece mover su acción política. Iglesias cada vez se parece más a esos Emperadores de la dinastía Julio-Claudia que Tácito describiera como monstruos sedientos de poder

La crisis del COVID-19 también está sirviendo para que afloren debates filosóficos de más amplio calado. No falta quienes, como el filósofo Giorgio Agamben, utilizan esta debacle sanitaria para denunciar un nuevo intento de la llamada biopolítica neoliberal de cercenar nuestra libertad. En concreto Agamben hace uso de una oscura figura del derecho romano, Homo Sacer, de la que se vale para establecer ciertos paralelismos entre el estado de excepción, como forma por excelencia bio-política.

Según el derecho romano arcaico, el hombre que cometía ciertos crímenes era expulsado de la comunidad y sus derechos revocados. Se encontraba, por lo tanto, en una situación paradójica. Era la propia ley la que lo que declaraba un fuera de ley. Aquí Agamben quiere ver un antecedente remoto del estado de excepción constitucional, sobre el que teorizara Carl Schmitt, en el contexto de la crisis de la república de Weimar. Para Agamben tanto los campos de concentración nazis, como los centros de retención de inmigrantes constituyen figuras derivadas de esa generalización del estado de excepción, que según él caracteriza a las democracias representativas en el llamado neoliberalismo. Las medidas de excepción que los gobiernos europeos están adoptando serían para Agamben un ejemplo más en este establecimiento del estado de excepción neoliberal. Rancios marxistas propagan bulos acerca del carácter artificial del virus y su carácter instrumental al servicio del capitalismo. Otros, como José Antonio Marina, aprovechan para ajustar cuentas con el nacionalismo y el ultraliberalismo como causantes de actitudes egoístas e insolidarias que contribuyen a la propagación del virus. Marina no repara en que las mismas razones que aduce para culpar al capitalismo, al liberalismo o al nacionalismo de las actitudes incívicas que se están viendo estos días se pueden aducir en contra del estatalismo socialdemócrata que ha generado en los ciudadanos una sensación de falsa de seguridad y de ausencia de responsabilidad individual

Precisamente en este punto es necesario incidir. Si hay algo que está poniendo de manifiesto el COVID-19 es que en la sociedad se ha inoculado un virus mucho más letal que el que estamos padeciendo en estos momentos, en los que nos vemos obligados a vivir confinados para evitar la propagación de la enfermedad. Un virus que inoculado desde la clase política nos ha infantilizado al extremo, nos ha hecho creer que la sociedad no puede derrumbarse y que los riesgos existenciales nos son ajenos. Una clase política que fomenta el miedo frente a amenazas virtuales o puramente ideológicas vinculadas a las agendas de ciertos lobbies (climáticos, feministas…) pero que desconoce los peligros reales que tendremos que afrontar en los próximos años (globalización económica, epidemias, envejecimiento de la población, movimientos migratorios…).

En el Decamerón, cuya acción se sitúa en la Florencia asolada por la Peste bubónica, un grupo de jóvenes se reúne para afrontar un confinamiento forzoso. Dichos jóvenes deciden utilizar ese aislamiento para recrear, a la manera del Hexámeron de San Ambrosio, como se moldeado la sociedad bajo medieval en la que viven, con todos sus defectos e imperfecciones. Nuestra sociedad también, hoy confinada, debería reflexionar sobre aquellos aspectos que nos han convertido hoy en la especie más vulnerable y atemorizada de la biosfera.

Foto: Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa

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