Baltasar Gracián gustaba de repetir un dicho, que atribuía a un capitán portugués, según el cual “son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”, una frase que quiere indicar que el que la esgrime no parece tonto y además pretende no ser del grupo de los que no pareciéndolo lo son. Bien está, pero mejor sería que cayésemos en la cuenta de que las frases, y las mismas palabras, no siempre son transparentes, que ocurre, más bien, que son estupendos artefactos muy capaces de confundir, frecuentemente destinados a engañar y que, frente a esa mala intención que tan bien pueden ocultar, solo cabe una defensa: la desconfianza.

Buena parte de las técnicas contemporáneas de control social, se basan en un empleo interesado y torticero de las palabras, lo que no constituye, ciertamente, ninguna novedad esencial, salvo por el hecho de que pertenecemos a una civilización que rinde culto (excesivo, se entiende) a la industria de las palabras. El analfabeto, el que no puede leer ni escribir, tendería a organizar su vida en base a experiencias propias, especialmente si no era bobo del todo. El alfabetizado corre siempre el riesgo de creer más a las palabras que a las cosas, en especial si se entrega con fervor a las liturgias de las diversas cofradías ideológicas, si se convierte en alguien incapaz de sobrevivir al peso de las palabras con que le abruman los de su religión.

Ahora tenemos consejo de ministras y ministros, pero pronto llegaremos a tener ministros en los ministerios y ministras en las ministerias si no se acierta a poner fin a estas devastadoras tonterías

El clásico “dime con quien andas y te diré quién eres” se podría traducir por “dime qué palabras usas y te diré lo que piensas y lo que vales”, y de ahí el empeño de los diversos ejércitos de presión social unánimemente dedicados no ya a imponer sus palabras sino a cambiar, incluso, las reglas de la gramática. Hemos visto que ahora tenemos consejo de ministras y ministros, pero pronto llegaremos a tener ministros en los ministerios y ministras en las ministerias si no se acierta a poner fin a estas devastadoras tonterías. Los tiranos de otrora se frotarían los ojos de ver cómo se han impuesto estas formas de control tan aparentemente indoloras y sin apenas resistencia, ¡con lo que ellos han gastado en armas y policía para conseguir bastante menos!

Por supuesto que quienes aceptan estas formas de neolengua pueden sentirse muy libres de hacerlo, pero también se sentían libres, liberadores incluso, los jóvenes de las SS que se dedicaban a pegar palizas y romper escaparates. No se trata de negarse a cambiar las formas establecidas de hablar precisamente por serlo, porque los lenguajes tienen historia cuando están vivos, sino de advertir lo peligroso que es apostar por cambios que no son otra cosa que imposiciones, formas de violencia disimulada.

Estar en guardia frente a las palabras significa preservar nuestra libertad de juicio y, por ello, cualquier forma de libertad personal. Es bien conocida la sensación de ser libre, de no sentir peligro ni miedo, que acompaña a quienes se entregan a la ley de la manada, al “gritar siempre con los demás” que Orwell caracterizó como uno de los primeros mandatos en el INGSOC. El primer paso consiste en no confundir el hecho de tener un nombre para designar algo con estar en posesión de una comprensión correcta y suficiente del caso.

Las palabras tienen con frecuencia un efecto adormecedor y puede que creamos haber entendido algo cuando se nos dice, por ejemplo, que el golpismo de los supremacistas catalanes es un golpe posmoderno, una explicación que tiene varios riesgos, el primero que olvidemos lo que tiene de golpe, una palabra que tiene sus propias flaquezas, el segundo que tendamos a no tomarlo en serio, a considerarlo como una cosa un poco de broma, como aquello que decía Jünger, “la palabra que está de moda por el momento es “posmodernidad”; designa una situación que existe desde siempre. Se llega ya a ella cuando una mujer se coloca en la cabeza un sombrero nuevo”.

Ahora, las palabras importantes tienden a comportarse como imágenes, a sobreponerse a cualquier intento de pensamiento libre u original

El problema más grave con las palabras se da cuando se revisten de un sobresignificado simbólico, cuando se canonizan y se convierten en ideas irresistiblemente soberanas, en algo que nadie puede negar.  En este momento histórico, eso sucede no solo con las palabras sino con las imágenes, porque las imágenes nos inundan y vampirizan a las palabras mismas, como caerá en la cuenta cualquiera que considere que hasta la recentísima invención de la fotografía las palabras apenas tenían rival a la hora de articular explicaciones y narrativas sobre la realidad de la vida. Ahora, las palabras importantes tienden a comportarse como imágenes, a sobreponerse a cualquier intento de pensamiento libre u original. Las industrias de la palabra se han comportado como poderes, se alían con el dinero y la fuerza y se consagran a imponer un orden inédito que nadie se atreverá a cuestionar, ese mundo en el que los Bancos se hacen feministas, las constructoras son ecologistas y las telecos se presentan como las universidades del futuro, populares y asequibles para poder dar todo a cambio de casi nada.

La política tiene a convertirse en el reino de la imagen y el relato, se olvida cuanto en ella tiene que haber de conversación, de empleo libre de la palabra propia, para convertirse en la infinita repetición del cuento de Caperucita por millones de altavoces, y así, ante esa espantosa monotonía, un Gobierno se puede hacer famoso incorporando a un astronauta y a un cuentista, dos fantasías muy populares, para que amenicen y hagan más soportable una dosis de feminismo en vena que, como tal, todavía necesita disimulo para no parecer burda.

Empiezan a funcionar del mismo modo los argumentos para pedir el voto que las argucias para vender un coche de segunda mano

Este predominio de las palabras tabú tiende a hacerse post-ideológico en el sentido más pedestre, y así la “estabilidad” rajoyana se puede hacer sanchista sin demasiados apuros y, naturalmente, recibe el apoyo inmediato del Ibex, de la prima de riesgo y de quien haga falta, todo vale para el convento. El político se dota de expertos en comunicación, de gente que vale lo mismo para un roto que para un descosido, y los eleva a los altares del Bien común, de forma que empiezan a funcionar del mismo modo los argumentos para pedir el voto que las argucias para vender un coche de segunda mano.

En fin, una gigantesca ceremonia de la confusión celebrada por los sumos sacerdotes del sueño inducido, en la que corremos solamente un riesgo grave, comportarnos como auténticos idiotas. Puede que sea parte del precio que hay que pagar solidariamente por no decidir qué es la verdad a sangre y fuego, pero no debiera excusarnos de esa capacidad modélicamente humana de pensar por propia cuenta, aunque resulte muy desacostumbrado, de usar libremente las palabras, pero sin dejarse seducir estúpidamente por ellas.

Foto Gabriel Matula 


Si este artículo le ha parecido un contenido de calidad, puede ayudarnos a seguir trabajando para ofrecerle más y mejores piezas convirtiéndose en suscriptor voluntario de Disidentia haciendo clic en este banner:

7 COMENTARIOS

  1. Estoy totalmente de acuerdo con su artículo. Vivimos una época oscura en la que los que nos quieren manejar, han hecho creer que el juego con las palabras cambia la naturaleza de las cosas y los hechos. Pero no las cambia. Le llamamos a las cosas de otra manera para tratar de ocultar la realidad. Vivimos llenos de posverdad, que es una forma de llamar a la manipulación interesada. Tenemos hasta teóricos de la posverdad. Tratamos de llamar al deficiente, persona con habilidades diferentes, cuando tiene limitaciones inteletuales, visuales, perceptivas, sensoriales y emocionales, en un esfuerzo para reducir el gasto público en su atención. Ya lo hicieron con las personas con problemas mentales que al cerrar los centros de salud mental fueron echados a sus casas. O llamamos manipulador de residuos al basurero. Pero, ¿qué vamos a esperar de un país con un porcentaje alto de analfabetos funcionales y ágrafos?. Han reorientado la educación y este es el resultado. Se pone de manifiesto que los que nos hemos formado en ciencias, hemos vivido una realidad que se asentaba sobre progresos infinitesimales de las generaciones anteriores y corrección de errores cuando no estabamos en condiciones técnicas de poder medir, o ver lo más pequeño. Pero ninguno reniega de los primeros que esbozaron teorías que nos han permitido mejorar, aunque luego se vea que son muy mejorables. En definitiva, aceptamos las ideas de Hoptkins, aunque no hay demostrada ninguna, porque estamos seguros de que algún matemático les dará soporte exacto o aproximado. Solo una persona educada en letras puede pensar que se puede dar la vuelta a las cosas, o sea organizar una revolución, o ser adanista, o cambiar la naturaleza de las cosas por nombrarlas de otra forma. Y estamos en las manos de estos últimos. A pesar de mi formación tecnica en ciencias he tratado de leer bastante , hasta de filosofía, y para mi muchos de los libros que han movido al mundo, no tienen ni dos pases, hablando en lenguaje taurino. Pero suenan muy bien o en definitiva, “e si non e vero e ben trovato”.

  2. “Ahora tenemos consejo de ministras y ministros, pero pronto llegaremos a tener ministros en los ministerios y ministras en las ministerias si no se acierta a poner fin a estas devastadoras tonterías”

    Pues sí, Quirós, no le falta razón. Se empieza por imponer de forma disimulada estas arbitrariedades y caprichos en el lenguaje, pero no se sabe cuando se acaba o lo que es peor: dónde está el límite de tanto despropósito. Pero todo sea por la “elevada y noble” causa de feminizar el lenguaje hasta el absurdo por encima de las elementales normas gramaticales y vulnerando también el principio de economía del lenguaje:
    “Todos y todas, nosostros y nosotras, vosotros y vosotras, ciudadanos y ciudadanos, diuputados y diputadas, ministro y ministras, inscritos e inscritas, socialistas y socialistos, podemitas y podemitos, portavozas y portavozos, gilipollas y gilipollos…uff, mire que da palo y pereza dejarse arrastrar por esta corriente de iluminados, que lo mismo reinventan el lenguaje y reniegan de las normas gramaticales como se niegan a cumplir leyes que les parecen injustas. Así, sin mucha explicación.

    En fin, que Alfonso Ussía lo tuvo claro cuando bautizó a Irene Montero como “la portacoz de Podemos” en esta memorable crónica que les dejo. Cumplido el trámite de forzar o feminizar el lenguaje con lo de “portavozas” y olvidar la mofa y los chascarrillos al respecto, parece que las ministras socialistas toman el testigo de forma solemne y bajo juramento. Y es que han encontrado un enorme e inabarcable filón a explorar y explotar. Qué le vamos hacer! Paciencia, amigos.

    http://www.periodistadigital.com/periodismo/prensa/2018/02/10/alfonso-ussia-despelleja-portacoz-podemita-montero-rebuzno-parlamentario.shtml

  3. Hace un par de días, en una rueda de prensa el portavoz de En Marea, en Galicia, fue consciente de la estupidez del lenguaje de género.
    Le preguntaban sobre el nuevo gobierno de Sánchez y él dijo, algo así como En Marea no estamos interesados en los políticos, sólo nos importan las políticas.
    Se quedó unos segundos callado y algunas risas de fondo y dijo, bueno quiero decir que para Marea lo único importante son las políticas que desarrollan los políticos.

    Ciertamente creo que hay que poner límite a tanto género de miembros y miembras

    • La palabra política no tiene plural, por lo tanto cometió dos errores, uno gramatical como todos los analfabetos que habitan el congreso y otro de género gilipollas.

      • Creo que políticas no está mal dicho, al menos en cuanto se refiere a teorías, doctrinas, ideas, ciencias…(espero salvarme de la hoguera, yo lo digo, en mi defensa diré que sí está mal dicho Luis Villar es político y yo soy una mera ciudadana) :))

        Educaciones sería muy enrevesado

  4. El sistema educativo es un caos y una merienda de negros, pero aprovechable si se consigue prolongarlo con una estancia en el extranjero de años para redondear y limar las aristas. Luego, a la vuelta nos encontraremos que no tendremos cabida por la falta de formación humana y moral de los que se quedaron bajo la excusa que tienen que proteger a sus familias. Si embargo en el franquismo se enfocaba mejor. Una formación religiosa-espiritual-ética importante, se siguiese o no, se estuviera de acuerdo o no; pero con falta o diicultad de formación posterior por el aislamiento impuesto, por no comulgar con la masonería mundial. Lo mejor sería una formación general en artes liberales y humanidades y posterior tecnica como se hace en otros paises y hay gente en España arinconada que lo ha hecho.

Comments are closed.