Cuando David Hume lanzó su famoso alegato contra la mala filosofía (“Si tomamos en nuestras manos cualquier volumen de teología o metafísica, por ejemplo, preguntemos: ¿contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad o el número? No. ¿Contiene algún razonamiento sobre la experiencia o materias de hecho? No. Échese pues a las llamas ya que no puede contener sino ilusiones y sofismas”) jamás habría podido sospechar hasta qué punto esa disciplina mental iba a resultar netamente insuficiente, aun siendo imprescindible, en un mundo en el que las meras palabras han alcanzado un grado tan alto de influencia, en una situación en que el respeto a la verdad ha sido sustituido con gran frecuencia por lo que simplemente la oculta o disimula.

Cuando se dice que vivimos en la era de la información, se dice, en realidad, que vivimos perdidos en ella, hasta tal punto que muchos pretenden asustarnos con los poderes que acumula ese magma prodigioso, con la diferencia creciente entre quienes pueden manejarla y quienes no podemos hacerlo en la misma escala. En un artículo reciente de Harari se juega a fondo con ese miedo, se afirma que las grandes corporaciones que enseñorean el tráfico de datos llegan a saber tanto de nosotros que podrán controlarnos por completo, hacer que actuemos conforme a sus intereses con una eficacia mucho más alta que la que ahora tienen. Aunque es una perspectiva que no se puede desdeñar porque expresa un temor comprensible, me gustaría contraponer la resistencia a entregar nuestros datos a esos nuevos señores con la infinita complacencia con la que se los cedemos a otros sin pedir nada a cambio.

¿Es que hay alguien que tenga más datos sobre nuestras modestas vidas y milagros que esas poderosas corporaciones? Pues claro. Las diversas administraciones públicas los tienen

¿Cómo?, ¿es que hay alguien que tenga más datos sobre nuestras modestas vidas y milagros que esas poderosas corporaciones? Pues claro. Las diversas administraciones públicas los tienen, y cuando les interesa los manejan en su beneficio con notable eficacia. Siempre saben encontrarnos cuando hay algo que reclamar, acceden a nuestro dinero y a nuestros títulos con pasmosa facilidad y usan esa y otras muchas informaciones para vendernos su eficacia, su altruismo y su bondad. Pero antes de avanzar me fijaré en una notable diferencia entre los datos que poseen las grandes empresas y los que maneja el gobierno.

Las empresas se trabajan esos datos, estudian, preguntan, observan, calculan, aprenden, en definitiva. Su acceso a nuestros datos es el mismo que siempre ha tenido cualquiera que se haya dispuesto a estudiar la conducta de un grupo o de un particular, tomar nota de lo que hace, dice y decide. Por supuesto que muchos de esos datos se consiguen sin que nos demos cuenta, y que existe el riesgo de que sus poderosos tentáculos tecnológicos penetren en lugares en que no quisiéramos que entrasen, de forma que es evidente que hay que poner limitaciones a la obtención de sus datos y a su manipulación cuando se les entreguen con un determinado fin, de eso debiera protegernos la ley común, y eso dicen que hace. Es obvio que en este punto existen ciertos problemas y que no sería lo más inteligente olvidarnos de ellos y no procurar formas de proteger nuestros intereses.

En un sistema democrático, los datos que la administración debiera poner a disposición de los ciudadanos resultan esenciales para enjuiciar sus políticas

El caso de las administraciones es muy distinto por dos razones muy poderosas: la primera es que nos obligan a darles nuestros datos siempre que se le ocurra a un funcionario que diga precisarlos, pero, lo que casi siempre se nos escapa, es que las administraciones deberían estar a nuestro servicio, no son empresas, al menos en teoría, dedicadas a ganar dinero para sus accionistas, sino entidades al servicio del ciudadano. Eso quiere decir que por muy acostumbrados que estemos a cederles información, más dispuestos habríamos de estar a exigírsela, a pedirles cuentas, porque, en un sistema democrático, los datos que la administración debiera poner a disposición de los ciudadanos resultan esenciales para enjuiciar sus políticas, para saber si están siendo eficaces en el servicio público que desempeñan y para que podamos tomar decisiones racionales a la hora de decidir en qué se invierten los cientos de miles de millones de euros de nuestros impuestos que cada año se invierten en políticas públicas que hemos de enjuiciar habitualmente en ausencia de datos, a ojo de buen cubero, a golpe de prejuicio.

Pongamos un ejemplo para que Hume no se cabree. Hace poco la prensa comentó ciertos datos del servicio madrileño de salud sobre el funcionamiento de los servicios en hospitales madrileños, y de ellos se deducía la existencia de una notabilísima diferencia en el rendimiento de dos grandes hospitales a la hora de atender las cirugías de cadera. La posibilidad de ser atendido en las primeras 48 horas, lo que hace que la operación tenga menos riesgos y sea menos costosa en días de hospitalización, era de un 80% en un hospital, pero solo de un 30,1% en otro situado en el lateral opuesto de la misma autopista.

Un diputado madrileño se interesó por tan notable diferencia y la consejería le contestó con total seriedad que la causa había que buscarla en “las características individuales de cada caso”, una respuesta que podría haber causado una violenta conmoción al bueno de Hume en su centenaria sepultura. Es decir, que para una oportunidad en la que a la administración se le escapa un dato, el responsable del caso se refugia en la literatura fantástica a la hora de explicar su significado, porque habrá que pensar, digo yo, que todos los pacientes con la cadera rota tienen “características individuales” (lo mismo es incluso un derecho) y que no existe ninguna razón para que sean tan distintas en dos orillas enfrentadas de la misma autopista, de manera que la explicación consejeril es literalmente de coña.

Los españoles no estamos acostumbrados a pedir explicaciones a los que mandan, nos limitamos a dárselas cortésmente a la primera de cambio

Y ahí está el problema. Los españoles no estamos acostumbrados a pedir explicaciones a los que mandan, nos limitamos a dárselas cortésmente a la primera de cambio, más súbditos que ciudadanos, de la misma forma que no acabamos de creernos que una cantidad tan abultada de dinero como la que se gastan salga de nuestros bolsillos, y por eso pensamos que los impuestos se los sacan siempre a los más ricos.

Me atrevo a sugerir que preocuparnos un poco más por lo que dicen hacer nuestras administraciones, por lo que realmente hacen y cómo gastan el dinero, los hospitales, las escuelas, los tribunales, las universidades y los parlamentos, las mil ignotas covachuelas en las que se desenvuelven los millones de empleados públicos, pudiera ser más interesante que preocuparse por si Google sabe a través de nuestro teléfono dónde hemos estado los últimos seis meses, o si El Corte Inglés puede adivinar que tenemos perro y nos manda propaganda gourmet para mascotas. A mí me parece que nos iría un poco mejor.

Foto: Geralt


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

9 COMENTARIOS

  1. Tiene más razón que un santo, Quirós. Comparto su acertada reflexión y también las aportaciones que dejan los amigos del foro. Y no sé si los funcionarios de la administración serán eficientes, pero los de hacienda, tal como se ha comentado en alguna ocasión, son especialistas en saber todo de ti, controlar todos tus movimientos y meterte el dedo en el ojo, cuando creen menester. Por muy insignificante que sea tu falta, ya se encargan ellos de señalarla y magnificarla con nocturnidad, alevosía y fijación obsesiva, en esa cruzada de terrorismo fiscal con la que suelen amedrentar al ciudadano común y de a pie. Y sabiendo cómo las gastan, como para ponerte voluntariamente en su punto de mira, expresarles tus quejas o pedirles datos o explicaciones varias.

  2. Que nadie se ofenda por la hipótesis del teléfono inteligente. Yo también lo uso y dejo que me posea, pero envidio cada vez más a quienes han podido regresar al teléfono que solo sirve para hablar.

  3. El artículo se centra en las grandes lagunas de transparencia de la información que sobre nosotros y sobre la misma administración maneja la administración pública.

    Existe normativa europea,y una Ley Orgánica que acaba de ser modificada (Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre) y que como la anterior, a la que sustituye, no va a llevarse a la práctica

    Mi preocupación es: 1. qué sabe de mi la administración?, 2. para qué quiere esos datos?, 3. cómo los custodia, quien tiene acceso a ellos?, 4. cuando se destruyen?

    El Título II de la mencionada Ley orgánica dice:
    art. 4. Exactitud de datos. Faltaría que además de datos que no sabemos que tienen, además sean falsos.
    art. 5. Deber de confidencialidad. Los datos sobre los ciudadanos deben ser tratados con confidencialidad. Pero eso no se cumple, no hay más que sentarse delante de un telediario para darse cuenta que la mayoría de las noticias están relacionadas con pinchazos, escuchas, filtraciones y demás.
    art.6. Tratamiento basado en en consentimiento del afectado. Si exceptuamos las páginas de internet que te exigen dar consentimiento antes de entrar, no soy consciente de que nadie me haya pedido permiso de nada. Quizás algún hospital/médico, pero orientado más a cubrirse ellos las espaldas que a asegurar protección real de los datos.

    Todo lo anterior es para decir que estamos absoluta y peligrosísimamente desprotegidos frente a los abusos de la administración. Les pondré un caso.

    Todos recordaremos el programa SITEL, creo que le han cambiado el nombre para despistar. SITEL fué diseño del PP que guarda copia de todas las comunicaciones sobre línea telefónica. Pero el PP no se atrevió a implantarlo, fué el gobierno de Zapatero-Rubalcaba el que lo puso en marcha, siempre con secretismos y medias informaciones. Gracias a esa herramienta, Rubalcaba llegó a afirmar públicamente que sabía ‘todo de todos’. Si las leyes de protección de datos se cumplieran, Rubalcaba no sabría ‘todo de todos’. Desde entonces, gobiernos, instituciones, partidos de todos los colores han cubierto con un manto de silencio a SITEL y su/sus sustitutos -que no sabemos-.

    Pero si ha ocurrido algo curioso. Villarejo está en la cárcel, y parece ser que este funcionario o casi-funcionario tenía acceso a SITEL o similares. Acceso que le permitía controlar a personas, empresas, y comerciaba con ello.

    Es inadmisible que nuestras comunicaciones privadas que deberían ser inviolables sean registradas. Es inadmisible que no sepamos que registrá la administración, las empresas de comunicaciones y para qué.
    Es inadmisible que la comunicación supuestamente inviolable, se viole constantemente y de forma sistemática por la administración.

    Villarejo denunciará solo lo justo que más le convenga. Pero los ciudadanos que queremos sentirnos libres necesitamos que desvele todos los mecanismos que permiten que la información se filtre, llegue a conocimiento de quien no debe y se utilice finalmente contra nosotros los ciudadanos.

    Hemos llegado a un momento en el que no podemos comunicar con libertad por telefono, porque no sabemos como dentro de un tiempo se utilizará lo que decimos en nuestra contra. La administración del aumentando, sin control, los datos de que disponen sobre nosotros se convierte en un monstruo peligrosísimo.

    Imaginen a ese monstruo haciendo grupos de ciudadanos, al modo de Facebook o Google. El primer grupo no es muy dificil de imaginar: ciudadanos con adhesión inquebrantable y ciudadanos sospechosos. Pongale etiquetas a esos dos grupos, y dejen correr un poco su imaginación.

    VOX que parece viene a poner algo de orden, debería incluir entre sus propuestas de cambio algo así como la administración incapaz de custodiar un dato, no debe almacenarlo. Y si lo custodia, se hace responsable y no se filtra nada bajo penas gravísismas…

  4. De niño pase mi infancia en una pequeña ciudad de provincias española que he seguido visitando esporádicamente hasta hoy.
    En esa ciudad aprendí que las personas más elementales necesitan saber de los demás aunque los datos que obtengan de ellas a través del “cotilleo” les conduzcan al error de juicio.
    El otro día la empleada de un banco me comentó casi horrorizada que no tenían mi dirección de correo electrónico, días antes otro empleado de otro banco me dijo que mi cuenta estaba bloqueada por qué le faltaban datos personales, y va el pobrecillo y me pregunta que a que me dedico, cuando le dije que era “vago profesional” se asustó volviendo a insistir y ofreciéndome varias posibilidades sobre mi actividad o inactividad. Yo volví a insistir, vago profesional, lo más gracioso es que no se atrevía a ponerlo en el formulario, me lo pasé bien. Hace unos días he recibido una llamada de alguien que se identificó como empleada del banco cotilleando sobre mi vida personal, le dije que no solía dar datos personales por teléfono y que a veces tampoco los daba ni en la cama hasta tener confianza. Yo no sé si con eso me habrán hecho un perfil que les sirva de algo, pero a mi me da la sensación de seguir viviendo en el pueblo de mi infancia y que ellos tienen miles de millones de datos erróneos con los que conforman su realidad.

    • Muy bueno lo que cuenta. Y es así: “ellos tienen miles de millones de datos erróneos con los que conforman su realidad.”
      Me recreo en el absurdo bombardeo con que los grandes operadores de Internet (Amazon, Ebay, Booking, y otros) intentan atraer mi atención de modo totalmente erróneo. Tras años y años de uso, mi patrón de consumidor debería ser absolutamente claro hasta para un niño. Es un patrón sencillo A,B,C. Pues nada, se equivocan en todo lo que intentan ofrecerme. Si estos son los grandes genios, ¿qué harán los demás? Y siguen año tras año persistiendo en el error mientras me divierto comprobando su estupidez.

  5. Según Catlo debo ser muy tonto, todo puede ser, pero las generalizaciones sin demasiada base no suelen ser el mejor camino para conocer las verdades de cada caso, por si acaso, tomo nota

  6. “Cuando se dice que vivimos en la era de la información, se dice, en realidad, que vivimos perdidos en ella,…”

    Puede que sea así. Lo cierto es que hoy vivimos un desequilibrio digital entre quienes acumulan y explotan nuestros datos y quienes los proporcionamos, queramos o no, y somos objeto de estudio control y manipulación. En España la gente no advierte los peligros de este desequlibrio, pero en Francia llama la atención que mucha gente, en vez de usar ostensos teléfonos inteligentes que tanto gustan a este lado de los Pirineos, usan pequeños teléfonos que sólo sirven para hacer llamadas y poco más. Es decir que los inteligentes son las personas que han decidido dejar de regalar datos.
    A veces pienso que puede establecerse una hipótesis tal que así: la inteligencia de alguien es inversamente proporcional a lo inteligente que sea su teléfono.

  7. Sobre los datos exigibles a las administraciones para poder entender el gasto y la inversión pública, esto ya es una pretensión inútil. Mientras sigan utilizando una forma de presupuestar por capítulos, no hay forma de entender analíticamente la contabilidad pública. Todo son agregados enormes y confusos. Por supuesto, una contabilidad hecha así a propósito para disuadir su control.

  8. Excelente reflexión. Las administraciones públicas se disfrazan de Robin Hood, difundiendo el miedo a las empresas, de las que dicen defender a los consumidores. Pero realmente a quien hay que temer es a las administraciones, que venden política ideológica y te sacan dinero con sus leyes fiscales.

    De momento han clasificado los automóviles con una etiqueta ideológica de criterios ecológicos. Mañana pondrán impuestos o tasas especiales a los que según la clasificación generan más emisiones.

    Lo único que nos protege de sus instintos depredadores, es lo poco que se trabaja en las administraciones. Aunque presumen de controlarlo todo, es un farol, que intenta mediante el temor y la credulidad suplir la holgazanería general en la que se recrean los funcionarios. En general su supuesta eficacia es todo mentira, y el contribuyente no amedrentado, sabe que merece la pena asumir los riesgos.

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