Un viaje se puede describir como una cascada de fotos y postales que satisfacen la mirada del turista. También como esa curiosidad que mueve el deseo de conocer y vivir la experiencia del viajero.  El primero observa, mantiene una distancia con el  espacio que pisa, hace fotos. Ve el paisaje y a sus pobladores en la lejana cercanía, diferente. El viajero busca caminos no trazados, participa del espacio y el tiempo que pisa.

O al menos esto es lo que dicen diferentes manuales de viajes al uso en lo que entiendo como una distinción de diseño. Mi reciente viaje a una parte del norte de India no contiene esta diferencia entre el viajero y el turista. Extrañeza es la palabra que condensa los diez días  transcurridos en algunas ciudades de India como Agra, Jaipur o Delhi.  No hablo de choque cultural,  para eso hay que vivir allí, conocer el hindi, además del inglés, que solo lo hablan parte de una  sociedad adinerada, incluso alguna de sus lenguas clásicas como el sánscrito o canarés,  o cualquiera de las veintidós lenguas reconocidas por ley. Para eso hay que conocer sus religiones, ubicarse en los cientos de miles de dioses que pueblan las casas, tenderetes y calles.

Extrañeza es la impresión que concentra esta experiencia. En sus modos de vida, como son la hostilidad de sus calles, por la que se desplaza todo aquello que se puede mover, sin señales de circulación, ni direcciones, apenas semáforos, sin aceras para pasear. Cruzar la calle se convierte en un deporte de algo riesgo y estar cinco minutos esperando el Uber un bombardeo continuo de gentes, niños, tuc-tuc, vendedores.

Me habían contado cosas del Taj Mahal, pero la experiencia de estar un rato sentado a la sombra frente a él, es indescriptible. No por lo que significa, puesto que solo conozco una pequeña y filtrada parte, sino porque el tiempo se detiene en su contemplación

El exterior es un declarado espacio hostil, donde el ruido y unos índices de contaminación alarmantes, convierten Delhi con sus más de veintiocho millones de habitantes en una buena muestra de lo que significa un país superpoblado, en la evidencia de sus consecuencias sociales, urbanísticas, económicas. No creo que exista foto o documental que exprese lo que es intentar cruzar una calle o desplazarte  por alguna de sus avenidas, con esas tres ruedas del tuc-tuc,  algo más gruesas que las que tiene un carretillo, provisto de una chapa que hace de habitáculo y un toldo que protege del sol.

La saturación de los colores y olores de las calles, con sus cientos de puestos de comida,  junto con el espeso y ruidoso tráfico,  con sus basuras desperdigadas junto a los escasos contenedores contrasta con la entrada en los templos, palacios o museos.  Un interior que subraya la extrañeza en la densa y compleja simbología de sus templos, sorprenden los miles y miles de estatuillas esculpidas en mármol en el impresionante Akshardham, centro de cultura hindú en la capital de la India, un arte que recoge, nos dicen, la sabiduría, herencia y valores de esta civilización, que me sorprende pero no comprendo. Supongo que será muy parecido a esos orientales que entran en una catedral gótica, o pisan una iglesia románica y pasean su mirada por los cientos de pinturas y estatuas, esculpidas y pintadas siempre con gesto crispado, en un ambiente dramático marcado con cruces.  En la larga docena de templos hindús que entré no llegué a ver ninguna estatua con rostro crispado.

Junto a la extrañeza que no me dejó en ningún momento, hubo ratos para disfrutar de la contemplación. Había leído, me habían contado cosas del Taj Mahal, pero la experiencia de estar un rato sentado a la sombra frente a él, es indescriptible. No por lo que significa, puesto que solo conozco una pequeña y filtrada parte, sino porque el tiempo se detiene en su contemplación, en la grandeza de su construcción, en la tersura de sus mármoles, fueron minutos que  relativizan la mirada de quien lo contempla.

Ya de vuelta, me traigo una experiencia incómoda e intensa. Reconozco que no  era uno de mis destinos preferidos, aunque fue obligado por circunstancias personales. Viajar es incómodo y caro, aunque siempre se puede adornar con el espíritu aventurero y buena dosis de exotismo. Hay tantos viajes como viajeros. India bien merece un viaje.

Foto: Varshesh Joshi


Por favor, lea esto
Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo con tu pequeña aportación puedes salvaguardar esa libertad necesaria para que en el panorama informativo existan medios disidentes, que abran el debate y marquen una agenda de verdadero interés general. No tenemos muros de pago, porque este es un medio abierto. Tu aportación es voluntaria y no una transacción a cambio de un producto: es un pequeño compromiso con la libertad.

Apadrina a Disidentia, haz clic aquí