Es como una lluvia fina que cala sin que te des cuenta. Un goteo constante, casi hipnótico: robots “made in China” que corren maratones, descubrimientos científicos que rozan lo milagroso, coches eléctricos que convierten a sus competidores en piezas de museo, aplicaciones cotidianas que sitúan a la sociedad china un par de siglos por delante. Mientras tanto, nosotros seguimos peleándonos con el presente.

Publicidad

La mayoría de estas historias nos llegan a través de agencias y medios generalistas, no como informes ni análisis de fondo, sino como pequeñas pinceladas de actualidad, accesibles, repetidas, acumulativas. Y todas, con variaciones, apuntan en la misma dirección: China no solo avanza; arrasa. No solo compite; supera. Occidente, en comparación, parece un mundo atrasado.

Es como una lluvia fina que cala sin que te des cuenta. Un goteo constante, casi hipnótico: robots que corren maratones, coches eléctricos que parecen milagros y aplicaciones que sitúan a la sociedad china un par de siglos por delante. Mientras tanto, nosotros seguimos peleándonos con el presente

De vez en cuando, una de esas notas destaca por ser demasiado limpia. Sin estridencias, sin propaganda explícita, sin una sola palabra fuera de lugar. Precisamente por eso despertó mi suspicacia la que leí hace unos días. El tema: inteligencia artificial, ese nuevo territorio donde se supone que se decide buena parte del futuro. Agence France-Presse (AFP) “informaba” de que DeepSeek había lanzado un nuevo modelo de inteligencia artificial, “más de un año después de que sorprendiera al mundo con un chatbot de bajo costo que igualaba las capacidades de sus rivales estadounidenses”.

¿China lo había vuelto a hacer? ¿La inteligencia artificial estaba a punto de convertirse en el enésimo milagro de un modelo que, allí donde pone el ojo, pone la bala? Porque, según la propia pieza, no se trataba solo de igualar a las IA estadounidenses sin despeinarse; es que lo estaban haciendo, por así decirlo, con calderilla.

El papel lo aguanta todo. Pero no sucede lo mismo con la verdad. DeepSeek ha mostrado resultados notables en ciertos benchmarks, especialmente en tareas técnicas. Hasta ahí, nada que objetar. Pero “igualar capacidades” en sentido amplio con sistemas de OpenAI o Anthropic es, como mínimo, una simplificación interesada. Funciona bien como titular. Menos como descripción.

El primer matiz que desaparece en la nota de AFP es el contexto: DeepSeek opera dentro de un marco legal donde ciertas respuestas están condicionadas y la IA no puede ser neutral. No es un fallo; es una condición de diseño. Evaluaciones como las de NewsGuard han mostrado que, cuando los requerimientos de los usuarios entran en el terreno de lo que es políticamente sensible para Pekín, el porcentaje de error en las respuestas de DeepSeek alcanza un escandaloso 85%. ¿Cómo es posible? La razón de este súbito mal funcionamiento no es técnica; es política. No estamos comparando dos modelos de IA con estilos distintos, sino dos modelos con límites distintos. Y eso no es un detalle menor.

Hay algo en esto que recuerda a HAL 9000, la inteligencia artificial de 2001: A Space Odyssey. HAL no se estropea; recibe dos órdenes incompatibles: decir la verdad y garantizar el éxito de la misión a cualquier precio. El resultado: para proteger la misión, elimina a la tripulación. No hay error técnico. Hay algo más inquietante: una lógica implacable que desemboca en un comportamiento psicopático. HAL sigue siendo brillante, eficiente… pero ha dejado de ser fiable. Ha dejado de ser un socio. Se convierte en un riesgo. La metáfora no es un simple guiño cinematográfico: esa misma lógica, imponer un marco rígido, aun cuando al hacerlo se altere la veracidad de las respuestas, no describe solo a un modelo de IA, describe el comportamiento del modelo político.

El segundo matiz es más prosaico, pero igual de revelador: el coste. Parte del atractivo de DeepSeek reside en haber logrado un rendimiento equiparable al de las mejores IA estadounidenses con un gasto mucho menor. Sin embargo, esta afirmación es en realidad una mera declaración. En un modelo donde la frontera entre empresa y Estado es, siendo generosos, difusa, hablar de “coste” sin poder auditar subsidios, financiación pública o acceso preferente a infraestructuras es un ejercicio de fe más que de información.

Bajo el liderazgo de Xi Jinping, el Partido Comunista de China no solo compite: construye relatos. Lo que denomina huayuquan —el poder de fijar el marco— consiste en algo bastante sencillo: no basta con hacer las cosas; hay que decidir cómo se cuentan. Y, sobre todo, qué no puede ser contado.

En la literatura sobre influencia mediática china se utiliza una expresión, “tomar prestado un barco para salir al mar”, para describir exactamente eso: utilizar plataformas y canales extranjeros para proyectar narrativas propias con apariencia neutral. No es una metáfora ingeniosa; es una práctica consolidada. Utilizar medios internacionales —como Agence France-Presse en colaboración con Xinhua News Agency— para que el mensaje viaje con el aval occidental no es una rareza; es una estrategia cuidadosamente construida durante décadas.

La clave que suele quedar oculta es que Xinhua News Agency no es una agencia de noticias en el sentido democrático y liberal del término. Es el brazo informativo de un Estado de partido único, una herramienta orgánica del Partido Comunista de China cuya función no es fiscalizar el poder, sino proyectarlo. Cuando esa fuente se integra en el flujo informativo de agencias occidentales, no lo hace para someterse a sus estándares, sino para hacerlas funcionales a los suyos.

China no solo avanza; arrasa. El Partido Comunista no solo compite: construye relatos. Bajo la estrategia de ‘tomar prestado un barco para salir al mar’, Pekín utiliza plataformas occidentales para proyectar una superioridad tecnológica que, cuando se audita, revela trampas políticas y comportamientos psicopáticos

Ahí es donde la estrategia económica y la informativa confluyen. El relato de eficiencia —hacer más con menos, superar sin esfuerzo— no se sostiene sobre datos, sino sobre cómo esos datos se presentan. Y, sobre todo, sobre qué datos deben ocultarse. El público europeo no recibe una falsedad; recibe una versión sesgada. Y con el tiempo y la repetición, esa versión se convierte en la opinión pública dominante: China es el futuro.

El efecto es sutil, pero profundamente eficaz. China deja de percibirse como lo que es, una dictadura de partido único basada en el control social, para convertirse en una alternativa deseable, por cuanto sería un modelo tecnológicamente superior, eficaz y admirable. La otra parte, la fundamental, cómo funciona ese sistema, qué implica, qué riesgos entraña para la libertad, se diluye. No desaparece; simplemente no comparece en las noticias.

Las trampas de la estrategia económica china también quedan ocultas detrás de los deslumbrantes éxitos que copan titulares y cuerpos de noticias. China no compite dentro del mercado; compite contra el mercado. Decide sectores, moviliza recursos, asume pérdidas y empuja a la competencia fuera del tablero. Ocurrió con los paneles solares, donde en poco más de una década pasó a concentrar más del 80% de la producción mundial, arrastrando a la quiebra a fabricantes occidentales como SolarWorld o Suniva. Ocurrió con el acero, donde llegó a producir cerca del 50% del total mundial, generando una sobrecapacidad que hundió los precios globales. Ocurre en el ferrocarril de alta velocidad, con CRRC Corporation, y en las telecomunicaciones con Huawei y ZTE, respaldadas por decenas de miles de millones en crédito estatal.

El automóvil eléctrico es quizá el ejemplo más claro. Empresas como NIO o BYD crecen, innovan y ganan cuota, pero lo hacen, en muchos casos, perdiendo dinero de forma sistemática. NIO registró pérdidas superiores a los 2.000 millones de dólares en 2024; repartidas por unidad, eso equivale a miles de dólares perdidos por vehículo. Y, aun así, sigue expandiéndose y bajando precios. En 2020, cuando estuvo al borde de la quiebra, fue rescatada con una inyección de capital público de 1.000 millones de dólares. No fue un caso excepcional. Es la norma. Numerosas compañías chinas que compiten en sectores estratégicos tienen un socio encubierto con su generoso talonario: el Estado.

El marco regulatorio que impone el PCCh a las empresas extranjeras es la otra parte de esa estrategia orientada a la hegemonía global: acceso condicionado al mercado chino, transferencia forzosa de tecnología, exigencias de localización, control de datos. Empresas como Tesla han sabido adaptarse; otras no. Casos como el de Micron Technology demuestran que las reglas pueden activarse de forma arbitraria cuando conviene al anfitrión. El resultado es un sistema coherente: atraer, absorber, replicar y sustituir. Incluso Tesla, un raro caso de éxito, se ha visto forzada a depender de proveedores chinos, fortaleciendo el ecosistema industrial local que, paradójicamente, ahora compite contra ella con bastante éxito.

Aquí es donde la metáfora de HAL alcanza su verdadera dimensión. Convertir la economía en un arma puede funcionar a corto plazo, pero introduce tensiones a medio y largo. Hay algo profundamente inestable en intentar dominar los mercados de los que depende tu propia prosperidad. Y más aún en hacerlo de forma que los demás lo acaban percibiendo como una amenaza existencial. Las economías abiertas toleran la competencia; lo que no toleran indefinidamente es la asimetría por sistema. Cuando los efectos de esa asimetría empiezan a traducirse en cierres en cadena, pérdidas de empleo, desindustrialización y empobrecimiento, la respuesta deja de ser económica para convertirse en reacción política.

¿China lo ha vuelto a hacer? DeepSeek promete igualar a OpenAI con calderilla, pero el papel lo aguanta todo menos la verdad. No estamos comparando dos modelos de IA con estilos distintos, sino dos modelos con límites distintos: uno donde el error no es técnico, sino político

Pero regresemos a la nota de prensa del principio. Sigue ahí. Limpia, precisa, impecable. Firmada por Agence France-Presse y reproducida en medios de todo el mundo. DeepSeek iguala a sus rivales… y lo hace con una fracción del coste. No es falsa. Pero tampoco es neutra. Es, más bien, el tipo de verdad parcial lo bastante cierta como para no despertar suspicacias… y lo bastante incompleta como para inducir una conclusión que nadie se molesta en chuequear.

Una noticia aparentemente inofensiva que, al desplegarse dentro de la cámara de eco consolidada por China, revela algo bastante menos trivial: un sistema diseñado para competir, sí, pero también para moldear la forma en que esa competencia es percibida. China no solo produce tecnología; produce el relato de su propia superioridad.

El problema no son los relatos favorecedores. Todas las potencias lo hacen. El problema es cuando son aceptados acríticamente por los medios que, en teoría, deberían contrastarlos. Cuando la repetición sustituye al análisis. Cuando la eficiencia aparente oculta las trampas que la hacen posible. Y, sobre todo, cuando olvidamos que no estamos hablando solo de empresas o de modelos de IA, sino de un país concreto, China, cuyo sistema político no se limita a competir dentro del orden existente, sino que aspira a redefinirlo.

Ahí la metáfora de HAL 9000 deja de ser un recurso literario para convertirse en una advertencia que atraviesa lo anecdótico. China, igual que la IA de la película, obedece una directiva principal: completar con éxito su misión. Y esa directiva, como le sucede a HAL en la película de Stanley Kubrick, la convierte en un peligro. Una entidad con impulsos psicopáticos.

Un actor global que optimiza cada movimiento para ganar a cualquier precio, aunque eso implique socavar el entorno del que depende, puede parecer imbatible durante un tiempo. Hasta que el resto percibe el peligro y decide cambiar las reglas del juego. Qué puede salir mal cuando, empujado por la obsesión de dominar el mercado —y el mundo—, acabas quebrando las condiciones que lo hacen posible. O peor aún: cuando esa estrategia deja de percibirse como una ventaja y pasa a ser vista, abiertamente, como una guerra encubierta. Entonces ya no estamos ante una historia de éxito. Estamos ante el principio de una reacción, de una confrontación con graves consecuencias.

¿Por qué ser mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.

Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.

Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho. Muchas gracias.

¡Hazte mecenas!