Las definiciones recíprocas de izquierda y derecha han ido cambiando con el tiempo, como era de esperar, pero siempre conservan un cierto aire de familia que es casi universal y un tanto intemporal. Lo que cambian son las geografías, las situaciones, las palabras que lo cuentan, pero no hasta el punto de que no se pueda encontrar alguna referencia que retenga la identidad suficiente. Esto pasa en todas partes, salvo en España, aunque no con toda la izquierda nacional, pero sí con una parte muy importante de ella, aquella que experimentaría un sobresaltado respingo si llegase a posarse sobre el anterior calificativo.

Nuestra izquierda es, además, más plural que ninguna otra, para empezar, y, consciente de eso, siempre anda uniéndose, claro es que para separarse luego. Presume más de su carácter rebelde y contrario al orden establecido que ninguna otra en el mundo, y en ese punto muestra una notable fidelidad al principio histórico de toda izquierda que es el de la subversión contra el orden imperante. La izquierda española está en contra, mucho más que a favor, por eso no ha sido pródiga en teóricos, porque para teorizar hay que construir y donde esté un buen petardo que se quiten las plomadas.

Ciertas formas de anarquismo han sido siempre próximas a muy buena parte de la izquierda nacional y están presentes, por ejemplo, en el elogio que ha hecho Iglesias del derecho a llevar armas, aunque ahora trate de ocultarlo por aquello de que se puede soportar cualquier cosa menos parecerse a una especie de nueva falange organizada, un signo que anularía su más preciada seña antisistema dispuesta incluso a elogiar a quienes se toman la justicia por su mano, siempre que sea la justicia del pueblo, es decir la que él dictase.

La izquierda está metida en un buen lío y trata de que los demás paguemos la ronda, los platos rotos. Los electores que no comulgan con la disolución de España lo tienen fácil o difícil dependiendo de su orientación

Muchas veces se ha pensado que la fijación de buena parte de la izquierda española con la pulsación destructiva frente a España y su unidad política es fruto de su impostada oposición al franquismo que pretendió hacer de la unidad nacional una seña exclusiva y un mandamiento sagrado. Hay en eso algo de verdad, porque en la segunda república hubo izquierdas españolas, baste recordar a Largo Caballero, a Indalecio Prieto, o al propio Azaña, por señalar en todas las direcciones del arco, pero la semilla de la oposición a esa supuesta monstruosidad de la unidad española viene de más lejos, hunde sus raíces en el cantonalismo del XIX, un nutriente que se ha reforzado al entrar en simbiosis con el descontento popular que se expresaba en los movimientos carlistas, cuya huella histórica y demográfica es fácil detectar en los nacionalismos vasco y catalán que tienen tanto de antiespañoles como de antiliberales, de opuestos a la idea de una soberanía popular que diluya las leyes viejas y fomente una perniciosa libertad moral y política. Esa simbiosis de la izquierda y el extremismo particularista es un fenómeno raro desde el punto de vista intelectual, pero lleno de vitalidad si se comprende que ambos confluyen frente a un enemigo común al que identifican como el orden impuesto al margen de su libertad natural.

En la historia de la izquierda reciente hay un momento decisivo en el que esa tendencia de una parte importante de la izquierda a cohabitar con el particularismo esencialmente antiliberal de los supremacistas vascos y catalanes estuvo a punto de ser cercenada, pero no fue así, por uno de esos vaivenes tácticos de los partidos. Felipe González optó por poner el socialismo del PSOE catalán a las órdenes de los jóvenes catalanistas de izquierda, que eran, casi sin excepción, hijos de franquistas reconocidos y herederos directos de las formas del carlismo catalanista, como los Maragall, y que se habían agrupado en un partidito de cuadros que se puso al frente del gran caladero de votos del obrerismo peninsular instalado en el corazón de una Cataluña disociada entre una burguesía de buen nivel económico y un ruralismo conservador pero muy catalanista. De ahí nació el PSC que siempre ha estado al servicio del ideal de independencia de Madrid presente en sus dirigentes más catalanistas, una tendencia que no se quebró con la elección de Montilla y que ha condicionado siempre la posición del PSOE al respecto.

El drama político y electoral del PSOE reside en que sabe que es harto difícil ganar unas elecciones generales sin sus votos catalanes (hágase el cálculo por quien tenga dudas al respecto), y contempla con terror cómo sus veleidades hacia el catalanismo separatista le provocan enormes dificultades en Asturias, en las dos Castillas, en Extremadura y, a la postre, en Andalucía, donde el fenómeno resulta más grave por su peso demográfico. El PSOE se puede permitir el lujo de casi desaparecer en el País Vasco, como ha sucedido, pero no resistiría una baja semejante de su posición en Cataluña. La última victoria real del PSOE en unas generales se debió a que los votos de ERC fueron a parar en un porcentaje muy alto a Rodríguez Zapatero por razones tácticas, una situación que, pese a los intentos desesperados de Iceta por aproximarse al modelo, es muy difícil que vuelva a repetirse, en especial porque la aparición de Ciudadanos en Cataluña le ha dejado sin ningún voto españolista, para entendernos.

Si el proceso descrito es correcto en sus líneas generales, es fácil comprender que los intentos de Sánchez por recuperar al PSOE pasándolo de nuevo por el Gobierno gracias al apoyo de todos los grupos que preferirían, al menos en sus ensoñaciones más húmedas, la disolución de la España constitucional, que ha puesto en su unidad política el fundamento indisoluble de su existencia, son bastante desesperados, y es muy difícil que conduzcan a cualquier forma de estabilidad política, en especial una vez que Ciudadanos, que a estos efectos funciona como una escisión por la derecha del voto socialista, haya manifestado con cierta rotundidad que no va a consentir ninguna nueva forma de ambigüedad a este respecto de la unidad y la igualdad de todos los españoles.

La forma en que se resolverá electoralmente esta aporía política del socialismo no está nada clara, pero no parece arriesgado suponer que el PSOE no podrá seguir jugando con la ligereza que lo ha hecho en un circo de varias pistas. Si recordamos el episodio zapateril de doble vuelta, primero estimulación de un nuevo Estatuto catalán que solo ellos creían imprescindible, segundo intento vano de cepillado constitucional del texto en el Congreso, es fácil ver que el hilo que unía dos pretensiones contrarias, ser más catalanista que nadie en Cataluña, y tan españolista como cualquiera en el resto está roto por completo. O no, como diría el último expresidente.

Una parte de la izquierda existente se resiste a abandonar de una vez la utopía siniestra de una España desintegrada, como se ve sucede con las distintas tropas podemitas de casi todas las regiones, y por cómo se propaga el virus secesionista en el levante y por el norte hasta el atlántico. Es posible que los supremacistas catalanes más a la izquierda creyesen que en Madrid las masas revolucionarias y populares se unirían con fervor a su manifestación en La Cibeles, pero no ha sido así, aunque llegase algún autocar de las más recónditas madrigueras de esa izquierda antiespañola que oficia de topo en las mesetas y en los valles de toda España, pero eran muy pocos.

En fin, que la izquierda está metida en un buen lío y trata de que los demás paguemos la ronda, los platos rotos. Los electores que no comulgan con la disolución de España lo tienen fácil o difícil dependiendo de su orientación. Si son de izquierdas se han quedado sin UPyD y, casi, sin Ciudadanos, parecen condenados a votar a Pedro con la esperanza de que, como no se sabe si sube o baja, haga al final lo correcto. Los del centro y la derecha tienen donde elegir, pero pueden estar molestos porque atisban que su mayoría, lo que las encuestas perciben y se palpa en los bares y en las oficinas, pueda quedar en agua de borrajas por mor de las reglas.

El asunto de fondo no tendrá arreglo hasta que una izquierda que no confunda sus objetivos con la tarea de romper España no acabe por imponerse a sus alevines más anarquizantes, pero eso puede que no esté en la agenda de los próximos años, salvo cuando lleguen a convencerse de que tendrán que desandar lo andado, y que no pueden alcanzar el poder sin tomarse en serio el respeto a la Constitución y a la ley, algo que  ninguna izquierda del mundo consideraría como un tema para negociar con los enemigos de la libertad y de la igualdad, con los que quieren restablecer y fortalecer nuevos privilegios y la desigualdad con los que debería haber acabado una revolución liberal, algo a lo que siempre se opusieron los carlistas.

Foto: FSA-PSOE


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

7 COMENTARIOS

  1. Creo que la realidad de la izquierda española, PSOE y Podemos, junto con separatistas es algo más sencilla que de como lo expone el articulo. El PSOE, al borde de su ruina, su desaparición como sus homólogos de Italia y Francia, ha optado por el radicalismo, por ponerse al borde de la revolución. A mi modo de ver estamos como en las elecciones de Febrero del 36, en donde unas izquierdas revolucionarias manifestaban sin disimulo que iban hacia la instauración de una dictadura marxista-leninista.
    El pueblo español quiere seguir con su bienestar, su estado de derecho, no quiere ir hacia un sistema dictatorial y de extrema miseria. Los separatistas son otra cosa, piensan que fuera de España podrán construir sus republiquetas, y su prosperidad aumentara, dentro de un sistema Occidental. De Podemos solo se que su caudillete máximo quiere implantar una dictadura sin ningún disimulo, parecida a la de Castro o Maduro, y por supuesto ve fácil apoyarse en un tonto útil como Sánchez para ir hacia la revolución. Pablo ve bastante fácil radicalizar la calle apoyado por un idiota en el gobierno, si es que no es uno de los suyos el que ocupe el ministerio de interior, y la policía es la que apoya a los revolucionarios.
    Creo importante hacer ver al pueblo que varias cosas sobre esta caterva de revolucionarios:
    – La izquierda actual lleva a la destrucción de la economía española, incluyendo a Cataluña por supuesto. Si gana PSOE-Podemos no tendrá otro remedio que escoger entre recortes brutales exigidos por el BCE, o lo que creo más probable, la salida del euro y la implantación de un régimen marxist´-leninista.
    – El pueblo español no va a tolerar la implantación de una dictadura, ni permitirá que España sea descuartizada, y por supuesto que irá a la guerra si hace falta. Es muy importante hacer ver especialmente a la extrema-izquierda que en caso que quieran ir hacia una revolución se encontrarán con la guerra y la derrota segura, como fue en la guerra civil.
    – El supuesto programa de la izquierda no tiene nada que ver con el progreso de la sociedad. La base de la prosperidad no es la revolución. La base de nuestro bienestar es precisamente el sistema constitucional. Una revolución solo nos llevaría a la miseria, justamente el propósito de Podemos.

  2. “Ciertas formas de anarquismo han sido siempre próximas a muy buena parte de la izquierda nacional y están presentes, por ejemplo, en el elogio que ha hecho Iglesias del derecho a llevar armas”

    El Sr Quirós es muy parecido al señor Iglesias. De hecho ambos han ser-vido al Estado (en uni-versi-dades de la Capital), ambos han montado un partido político; Vox el primero y Podemos el segundo.
    En esencia son dos criaturas del mismo molde: el Estado Moderno Liberal (Terapéutico ahora).
    Por ello, su visión del ciudadano es Jacobina en ambos casos,…, solo puede existir un tipo de ciudadano, “el buen ciudadano”, aunque pueda moverse en el “zoo multicultural liberal” de diversidad aparente y homogeneidad aplastante.

    Sirva para ejemplo Suiza (0,58 homicidios por cada 100000 habitantes, 27.6 armas de fuego cada 100 habitantes), cuyo ejército es miliciano (lo cual implica tener armas de guerra en casa); no parece ser El Salvador (82 homicidios cada 100000 habitantes,12 armas de fuego cada 100 habitantes ),…,
    Países con ejércitos mercenarios (de pago) como España tienen una tasa de homicidios de 0,63 y armas de 7,5 por cada 100.

  3. La izquierda española siempre ha sido antiespañola, y ello es así porque desde el primer momento asumieron la leyenda negra en su totalidad. Para la izquierda española, la oficial y la intelectual, España ha sido un tremendo error de la historia, nada bueno ha aportado a la humanidad, solo cosas malas, terrible. La intolerancia, la crueldad, la inquisición tenebrosa, el genocidio en la conquista de América, la Reconquista, la incapacidad cultural, mercantil e industrial de los españoles, la expulsión de los judios etc etc, señas de identidad de los españoles, esto es España, algo tenebroso en comparación con la luz de Europa. De ahí que sus alianzas con los separatistas, que lógicamente mantienen esa misma idea de España, sea algo natural. La izquierda española no tiene solución. La única posibilidad sería su derrota en el ámbito cultural y en los medios de comunicación que dominan de manera total y absoluta. Una derrota que les obligase a replantearse sus postulados e ideas sobre España y los españoles.

    • Efectivamente, como dice Brigante, la principal derrota de esta izquierda patética que tenemos ahora sería la cultural, sin duda. Aunque la derecha gane en las urnas, los altavoces seguirán encendidos. La izquierda actual es una degeneración que se ha vendido al mundialismo, a las modas, al infantilismo, a apoyar las ideas más absurdas y destructivas para la sociedad, mientras que sus dirigentes viven como marqueses. La causa: tienen una enorme masa de tontos útiles detrás dándose golpes de pecho y diciendo a los cuatro vientos que son de izquierdas y luego les votan. Yo hace bastante tiempo que me borre de esa “izquierda”, más bien “siniestra”. UPyD fue la última esperanza, pero entre el liderazgo tipo PSOE de Rosa Díez (la cabra siempre tira al monte) y el pisar callos al sistema dieron al traste con este partido. Por eso siempre digo que nunca hay que pensar que la batalla esta ganada. La izquierda actual y el sistema son enemigos muy poderosos, porque controlan muchos mecanismos de poder, incluyendo la justicia.

      De la derecha, ya habrá que hablar otro día… porque también tiene tela marinera.

  4. «Donde esté un buen petardo que se quiten las plomadas».

    Buena metáfora, Sr. González Quirós, para caracterizar el pensamiento teórico de cierta izquierda nacional. Así que la forma en que se resolverá electoralmente la aporía política del socialismo está más clara que el agua: apoyar las tácticas de Sánchez de repetir la fórmula del Frente Popular de la Segunda República y como no hay mayoría de votos, apoyarse en los nacionalismos periféricos para iniciar el proceso que cambie el modelo del estado de las autonomías a una federación asimétrica. No es que la izquierda haya sido atacada por el virus secesionista y se oponga a la seña de la unidad nacional del franquismo, es que es la única forma de mantenerse en el poder y resolver el agravio monumental de las desigualdades laborales, salariales y en el reparto de la renta existente, que no paran de aumentar.

    Ante este abusivo atropello del derecho a la igualdad, ¿cómo va la izquierda lograr controlar los nervios sin dejarse llevar por las emociones? Con la cabeza y el corazón calientes, la indignación, la rabia y el miedo a las tres derechas, la mayoría de la izquierda votará a Sánchez para que, de una vez por todas, ponga en marcha 1) su plan para transformar a Cataluña en un estado dentro del Estado y 2) su proyecto de igualdad orwelliana para que quedemos todos igual de pobres. Y así se sentirán un poco más relajados y ahorraran en antidepresivos.

    Aunque, pensándolo mejor, es de temer que siempre habrá algunos pobres más iguales que otros cómo Orwell tan acertadamente explicó. Así que una minoría esclarecida de la izquierda votará a los de Podemos y afines, que nos empobrecerán a todos sin reparos, ni dudas, ni desigualdades de ningún tipo y además, para siempre.

    • Pues como Sánchez logre sumar con todos esos nacionalismos periféricos, los podemitas y demás especies de difícil definición no sé si será mejor empezar a hacer las maletas. Si todos ellos suman para formar gobierno la situación en España tanto económica, como de convivencia se va a volver bastante complicada.
      Ya me tuve que concienciar para soportar el pacto de la moción de censura con todos sus despropósitos no quiero ni pensar que en las urnas salga reforzado. Puede ser terrible. España , está hecha un erial pero como estos sumen van a sembrarla toda de sal para que en años aquí nadie levante cabeza.

      • Conocemos las consecuencias de lo acaecido en febrero del 36 cuando el Frente Popular tomó el poder sin mayoría de votos. Lo que no sabemos es qué le pasará a la economía si este hatajo de diletantes obsesionados por la «igualdad social» se hace con el poder por cuatro años más. Los tiempos son otros pero el ciudadano común es mucho más exigente en lo que concierne su bienestar. ¿Qué pasa si nos liamos a hostias y vuelta a empezar como hace 70 años? Suerte que ahora ya tenemos internet y redes sociales. Será más llevadero.

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