La historia empieza así. El Gobierno publica una ley para que los burros vuelen. Pasado un tiempo, se comprueba que los burros, pese a su obligación legal de volar, no lo hacen. Pero el Gobierno, lejos de rectificar, justifica el fracaso de la ley alegando que no se ha gastado lo suficiente para que los burros vuelen. Y destina más recursos para asegurar el éxito de la iniciativa.

La gente sensata protesta alegando que los burros son burros, no águilas. Entonces, el Gobierno activa sus medios de propaganda para denunciar que hay sectores en nuestra sociedad que odian a los burros y quieren negarles su derecho a volar.

Con el paso del tiempo, una parte importante de la población olvida la cuestión clave: que  los burros, en efecto, no son águilas. Y el debate deriva hacia un enfoque moral con dos bandos enfrentados. Por un lado, la línea oficialista, que establece la obligación de amar a los burros y defender su inalienable derecho a volar como las águilas. Por otro, los críticos, que consideran la iniciativa un disparate……

Foto: Edwin Andrade


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La política en la era del Burro Volador

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