En los últimos dos días hemos asistido a sendos debates electorales y llevamos ya varias jornadas de campaña electoral. Es la tienda de las “Needful Things” en la que todos podemos encontrar nuestros paraísos perdidos, nuestros objetos de deseo. Como en la película de Stephen King, la compra -en forma de voto- de cualquiera de esas cosas que creemos necesitar para sentirnos más dignos, más iguales, más prósperos, más ecológicos, … más felices, tiene un precio que es al mismo tiempo una maldición: pagamos con nuestra voluntad e hipotecamos la voluntad de los vecinos.

Pero si algo me han dejado claro los políticos de todos los partidos en esta campaña electoral es su convencimiento de que el mundo se ha vuelto demasiado complejo para ser abandonado a los designios de los ciudadanos de a pie. El dogma democrático por el que la gente se hace una idea del mundo, discute sobre sus opiniones encontradas y, finalmente, impulsa decisiones políticas mediante su voto, ya no funciona. La gente ya no puede hacerse una idea del complejísimo mundo en el que vive, por lo que la moderna democracia de masas necesita de expertos que lo entiendan y puedan, con la ayuda de los medios de comunicación, “cristalizar” las opiniones de los ciudadanos. En lenguaje llano, esto significa: una democracia de masas moderna necesita de la propaganda de los “expertos” y la acción de los “bienintencionados”.

Usted y yo, estimado lector, no sabemos lo que es bueno para nosotros. Pero, gracias a Dios, hay expertos e intelectuales que conocen el bien y nos llevan de la mano por este proceloso y complejo mundo – desde la cuna hasta la tumba. Ese es el credo del paternalismo estatal moderno.

Apuntaladas en el encanto de la justicia social y la rotunda emocionalidad de la igualdad, minorías sociales bien articuladas y debidamente subvencionadas, apadrinadas por el gobierno de turno, se afanan hoy en la labor de propaganda de la vida correcta. Cada vez con mayor agresividad, mayor presencia en medios, menor resistencia de los indoctrinados. Incluso la comida se ha convertido en una cuestión política. En términos generales, una red de regulaciones precisas se extiende por encima de la vida de cada individuo y nos hace dependientes del benéfico Estado de bienestar incluso en las cosas más simples de la vida.

Asistimos a la metamorfosis del Estado social de bienestar en un Estado social preventivo. El Estado social preventivo priva a sus ciudadanos de las libertades en grados diferentes para que sean mejores personas y protegerlos de sí mismos. Estamos gobernados por quienes creen que hay que proteger a las personas frente a su propia debilidad. Estos neopaternalistas creen que la libertad individual ya no es soportable para la sociedad y para el propio individuo, por lo que debe ser reemplazada por una especie de manual de conducta que limite, o dirija, las opciones de elección del incompetente. Sí, le están llamando incompetente. A usted. Y a mí.

La receta neopaternalista se explica rápidamente: en los temas básicos de salud, educación o pensiones, los ciudadanos no necesitan una gran cantidad de opciones, sino un diseño fácil de usar, que les ofrezca orientación y proponga “buenas” soluciones predeterminadas por los expertos. Cuanto más complejo sea el problema, más importante es un diseño social que empuje a los ciudadanos en la dirección correcta. El neopaternalismo me protege de mi propia debilidad y mi irracionalidad. Otros hacen para mí lo que yo haría si estuviera en mi sano juicio.

Los neopaternalistas modernos asumen que algunos tienen el legítimo derecho a influir en el comportamiento de otras personas para que éstas vivan más tiempo, más saludablemente y sean más felices. En términos concretos: se propugna un consenso general en el que se asume la bondad de los comportamientos políticamente correctos y cualquier comportamiento anormal debe ser denunciado explícitamente: “mira, ahí va uno que se niega a participar en la vida razonable de los buenos”.

Este Estado que todo lo ve y todo lo provee, se consolida como una “dictablanda”: el bienestar total requiere de la vigilancia y reglamentación total del comportamiento de los ciudadanos. Y es un bienestar para todos, también para los que no necesitan ayuda: ¡es un bienestar obligatorio!  Y así es como llegamos a lo que observamos en los últimos días previos a nuestra visita a las urnas: la política pervertida, convertida en mera hoja de instrucciones para obtener la felicidad.

Y acudiremos a votar sin caer en la cuenta de que este mundo del bienestar total y totalitario se divide en supervisores y supervisados. Los supervisores, los economistas del comportamiento y los trabajadores sociales tienen un especial interés en mantener niveles altos de impotencia e incompetencia en su clientela. Lo contrario, ciudadanos con criterio propio, bien formados y dispuestos a hacer uso de su voluntad, les privaría de su estatus, su privilegio e incluso su sueldo. Nosotros, los votantes, caeremos del otro lado, el de los supervisados, los que han aprendido a sentirse impotentes e incompetentes, los que no tienen más preocupación que la de no sentirse excluidos de la “sociedad de los buenos”, o peor: ser señalados con el dedo.

Nuestros políticos están de campaña y, con sus cantos de sirena, bien estudiadas las lecciones que les han impartido sus expertos, nos hacen olvidar que quien puede forjarse la felicidad, también debe poder forjarse su propia desgracia.

Foto: Sepehr Ghorbanpoor


Por favor, lea esto
Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo con tu pequeña aportación puedes salvaguardar esa libertad necesaria para que en el panorama informativo existan medios disidentes, que abran el debate y marquen una agenda de verdadero interés general. No tenemos muros de pago, porque este es un medio abierto. Tu aportación es voluntaria y no una transacción a cambio de un producto: es un pequeño compromiso con la libertad.

Apadrina a Disidentia, haz clic aquí

Muchas gracias.

3 COMENTARIOS

  1. La gente busca afanosamente respuestas a las incertidumbres básicas de su devenir existencial. Entre otras, al mismísimo sentido de sus vidas.
    Hasta ahora, con diferentes procedimientos, las religiones, la filosofía y la política, principalmente cubría una buena parte de estos anhelos y la irrupción de la tecnología, en sus albores, contribuía también a la solución de muchos problemas que les acuciaban. Y las generaciones se sucedían, entre guerras, en avance permanente, sobre la base de la concatenación de hitos epistemológicos.
    Pero, de un tiempo a esta parte, en la escena ha aparecido, basándose en la utilización de redes que conectan a los individuos con la nada, la utilización de la mentira, o bien de la utilización artera de la verdad contrastada, con el simple objeto se sembrar la duda, la confusión y con ello el dominio de la satisfacción de los anhelos que es objeto de la muy sofisticada ingeniería social.
    La mitificación de los avances tecnológicos ha contribuido a la decepción que muchos que pensaban hace tiempo que la medicina conseguiría erradicar el cancer o las enfermedades cardiovasculares, por ejemplo, cuando la realidad muestra que cada día que pasa aumentan sin control y sin explicación, ya que si se repasan los supuestos descubrimientos que se trasladarían a la clínica pasados diez años, resulta que casi todos lo que en realidad venían a solucionar eran las enfermedades de los ratones. Las patentes que proceden de la investigación publica española, son algo ridiculo si se compara con los medios empleados y las publicaciones en las revistas especializadas.
    Por su parte, la reciente crisis económica, ha demostrado, por su parte, que la economía no sirve mas que para mentir sobre lo que desconoce y hacer valer sus modelos para la creación de productos llenos de sierpes, que han arruinado a medio mundo y dejado los salarios al nivel de hace treinta años.
    Valgan, estos dos ejemplos, entre un montón, para inferir que la proliferación de pastores, abogados defensores de supuestos incautos, médicos naturales, nutricionistas, politicos demiurgos equidistantes de todos los males y vacunados contra las corrupciones y toda una inmensa tropa de charlatanes que tratan de venderte de todo, cuando, en realidad solo buscan lucrarse de las incertezas que acucian de manera creciente a la gente, presa ya de angustias y depresiones como jamas se habían conocido.
    Era la sencillez, el conocimiento de las aportaciones de las tradiciones y las menores dependencias, las que proporcionaban la felicidad, incluso a los que no tenían nada.
    Un servidor, dice aquí mucho, de manera quizá cansina, que las izquierdas llevan centurias sofisticando sus técnicas de engaño para el dominio y la hegemonía, desde Marx a Adorno, desde Horkheimer a Foucault, pasando por Keynes, hasta llegar con sus tentáculos a todas las trincheras que se están movilizando en la calle
    donde sus variopintos profetastros, tahures, flautistas y bufones de las televisiones están construyendo para su exclusivo beneficio una versión de la realidad tan taimada que, para hacerla frente y desenmascararla harán falta muchas decadas de sufrimiento para esta sociedad de nihilistas, bobos y prosélitos de cualquiera que les prometa el paraíso en la tierra, sin que tengan que mover un dedo en el esfuerzo; solo su voto complice.

  2. Gracias por el comentario.

    Cierto, no es tarea fácil, como bien apunta, devolver al ciudadano la confianza en sí mismo. Soy de los que cree (tal vez ingenuamente) que la clave de todo, por donde deberíamos empezar, es la educación. Ya en las escuelas enseñamos a los niños los principios sobre los que se asienta la estado-dependencia. No, no tengo soluciones mágicas ni rápidas al problema, pero tal vez el diagnóstico no sea equivocado al 100%.

  3. La solución para dejar de ser vigilados y tutelados por ese Estado que todo lo ve y controla me parece muy compleja, al menos para una inmensa mayoría de la ciudadanía que se ha convertido totalmente dependiente, incluso para muchos que no somos tan dependientes resulta muy complejo separarse de esa vigilancia y casi tutela
    Las sociedades dependen muchísimo del Estado, la autosuficiencia en sociedades tan grandes es muy compleja.
    Pero también es muy complejo el mantenimiento del llamado Estado del Bienestar, las sociedades se hicieron demasiado grandes y demasiado dependientes. Vamos una pescadilla que se muerde la cola.

    Sí ciertamente, también es terrible que el criterio propio abunde poco.

Comments are closed.