Finalmente, Recep Tayyip Erdogan ha conseguido su principal objetivo: deshacerse de la democracia. Con su reelección y la reforma constitucional completa, que también lo convierte en jefe de estado, el Sultán de Bósforo se ha asegurado un poder ilimitado. Erdogan nunca ha ocultado su intención de usar los principios e instituciones de la democracia únicamente hasta consolidar su omnipotencia. “La democracia es solo el tren al que subimos hasta que lleguemos a nuestro destino”, confesó cuando era alcalde de Estambul hace 20 años.

“Las mezquitas son nuestros cuarteles, los minaretes nuestras bayonetas, sus cúpulas son nuestros cascos y los fieles nuestros soldados”, dijo entonces, y todos pudimos intuir que la meta de su camino era convertir Turquía en un estado islámico. Turquía es el ejemplo perfecto de cómo una democracia se autodestruye. En la Alemania del 1936 ya lo habíamos visto, y el mal uso del poder post-fáctico de Erdogan y Hitler no escapa a cierta similitud.  El catalizador en Turquía fue el “golpe de estado” que, mirándolo desde la perspectiva de hoy, ha resultado ser lo mejor que jamás le había podido pasar al erdoganismo. Y lo peor para la democracia turca.

Erdogan ha utilizado todos los medios, tanto legítimos como ilegítimos, para ganar las elecciones. Ha usado la policía, la justicia y la administración para su campaña

Derrotada a manos de una dictadura nacionalista, amenazada por las turbas en la calle, con un sistema de justicia inoperante ya sea porque muchos jueces han acabado en la cárcel (o asesinados) o porque los que quedan siguen fielmente el guión fijado desde Ankara. ¿Recuerdan? La justicia alemana tampoco hizo nada contra las turbas nacionalsocialistas en la Alemania del 36. Bueno, la misma impunidad con que en la España de hoy se toleran las turbas censoras de opiniones disidentes en las universidades o los escraches contra los contrarios políticos… siempre que los protagonistas sean los de una parte del espectro político, claro.

Erdogan ha utilizado todos los medios, tanto legítimos como ilegítimos, para ganar las elecciones. Ha usado la policía, la justicia y la administración para su campaña. La televisión estatal le dedicó 180 horas de tiempo de transmisión, casi diez veces más que los cinco candidatos de la oposición juntos. El nuevo sistema presidencial, que finalmente entra en vigor tras estas elecciones, le dota de poderes sin parangón desde los tiempos del fundador de la democracia turca, Mustafa Kemal Atatürk. Erdogan es, de ahora en adelante, jefe de estado y jefe del gobierno al mismo tiempo. Puede nombrar y cambiar ministros a voluntad y nombrar a la mayoría de los jueces constitucionales.

Se necesita un alto grado de estupidez política para afirmar que esos votantes están integrados en nuestras sociedades

Al tiempo que este asalto a la democracia turca se fraguaba en Turquía, en Europa, donde no hemos sabido defender los principios de los que les hablaba hace unos días -esto es: Ilustración, Democracia y Derechos Humanos-, los supuestamente integrados ciudadanos turcos caían uno tras otro en los brazos del neonacionalismo religioso turco. No importa si miramos los resultados entre los emigrantes turcos en Alemania, Francia, Bélgica, los Países Bajos o Austria: en todas partes el gobernante turco goza de abrumadores índices de aprobación. Se necesita un alto grado de estupidez política para afirmar que esos votantes están integrados en nuestras sociedades. El rechazo hacia nuestra sociedad secular y nuestro estado constitucional democrático es cada vez más patente, como lo muestran las periódicas encuestas entre los inmigrantes turcos.

Y a Erdogan no le faltan “modelos” a imitar: por odiado que sea el archienemigo, el vecino iraní ofrece instrucciones visuales sobre cómo la dura mano de la religión mantiene el estado y la sociedad iraníes bajo control y asegura el poder de los islamistas. No, no se abren perspectivas positivas para Turquía. El nombre del AKP de Erdogan, que se presenta como el “partido por la justicia y la prosperidad”, suena casi como una burla. Siento mucha curiosidad por ver cómo los gobiernos europeos encuentran una manera de tratar con la dictadura islámica recién establecida en Turquía sin que huela a rendición o cobardía. Ya durante el siglo pasado vimos cómo una mirada benévola hacia un proyecto dictatorial puede allanar el camino para el desastre. Aunque esta vez no sean los nazis los que amenazan a Europa, debemos mantenernos vigilantes. Estamos lidiando con una visión del mundo no muy diferente de la del dictador nazi.

Aquí la democracia no sucumbirá en nombre de Alá, pero tenemos nuestros propios ídolos de barro

¿Y en casa? Podemos poner las barbas a remojar: contínuos ataques a la libertad de expresión, a la propiedad privada, noticias falsas, postfactismo, son hechos que deberían ser motivo de reflexión. La cuestión es, ¿reflexionamos? Me atrevo a decir que la mayoría no lo hace, por lo que los españoles nos comportamos exactamente igual que los turcos. Apoyamos a un sistema de injusticia que no solo no protege nuestra propiedad (¡la expropiación está consagrada en la mismísima constitución!) sino que tampoco nos garantiza la imposibilidad de un proceso involucionista antidemocrático. Las consecuencias deberán ser soportadas- por desgracia – no sólo por los aquiescentes consumidores de nuestra democratura, también – y en primera instancia- por quienes defendemos aquellos principios de los que una mayoría reniega. Es sorprendente la facilidad con que las personas pueden/quieren oprimir a otros. Aquí no será en nombre de Alá, pero tenemos nuestros propios ídolos de barro.

Foto Andreas Trojak


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6 COMENTARIOS

  1. A mi modo de ver, el autor hace una interpretación etnocéntrica desde la trinidad que se imagina universal, basada en “Ilustración, democracia y Derechos Humanos”. Sin caer en la cuenta que esta “santísima trinidad” es un resultado histórico, característico y exclusivo del círculo cultural cristiano.
    Quizás lo que está ocurriendo en Turquía y en general en los mundos políticos del islam, no sea otra cosa que la certificación histórica de que la santísima trinidad no es universal.

    Atatürk, el gran autócrata y nacionalista turco, modelo inspirador del sha de Persia, de Nasser, de Bourguiba, de Boumedian, del baazismo irakí y sirio y de tantos líderes nacionalistas árabes y musulmanes, importó un modelo occidental de la política basado en el Estado Moderno. El Estado Moderno es también un producto típicamente occidental, y la lógica de esta forma política es que desarrolla su propia legitimidad a partir de la razón de estado. Y aquí es donde colisiona frontalmente con el sentido de la legitimidad para cualquier musulmán, para el que la legitimidad del poder procede de Alá, y el que lo ejerce actúa como Vicario del Profeta.

    La legitimidad, en una definición para andar por casa, no es otra cosa que el modo en que se explica y justifica la relación mando/obediencia, el modo en que se consiente que alguien mande sobre otros. En el fondo es una noción hierocrática que procede de lo sagrado y de la que el poder depende. Solo en el occidente cristiano o poscristiano se ha desarrollado una noción abiertamente no hierocrática del poder, inmanentista, que nos hace confundir lo legítimo con lo legal, siendo lo legal lo que dicta el Estado. Aunque también podríamos observar en occidente la dificultad de construir legitimidad inmanentista pura; en la práctica ocurre que se sacralizan algunos objetos, tales como la Constitución (Carta Magna, La Constitución es sagrada, etc.) o los Derechos Humanos, consagrados como novísimas Tablas de la Ley, etc. Los creyentes modernos de la democracia, los derechos humanos, y la razón ilustrada, hablan de todo esto con un fervor religioso, que ya quisiera para sí la Iglesia en sus tiempos de máximo esplendor, cuando el católico hombre europeo era mucho más escéptico en general.

    Todo el mundo político musulmán, tras el derrumbe del imperio Otomano, se vio en la encrucijada de cómo seguir en la Historia. El Estado Moderno, era la máquina prometeica de la época y Europa se encontraba en plena euforia estatal y nacionalista. Los líderes musulmanes confiaron que adueñándose de esta máquina prometeica y estimulando el nacionalismo a la europea, conseguirían permanecer en la Historia. Y no se equivocaron. Pero la máquina del Estado, que en principio es neutral, con el tiempo, tiende a ir generando a través de la legalidad y el despliegue del Estado, una legitimidad de orden diferente a la que un musulmán puede aceptar. El inmanentismo tiende inevitablemente a crecer y desbordar la legitimidad tradicional basada en la revelación del Corán, los dichos del Profeta o sunna, la Sharía, etc., para ser sustituído por la pura legalidad, una segregación del Estado.

    En principio, unas élites urbanas modernizantes, apoyaron estas innovaciones, miméticamente raptadas de Europa. Pero con la entrada en la concurrencia política de masas de votantes, las viejas élites nacionalistas, estatalistas y modernizantes, se han visto desbordadas, y los pueblos están poniendo de manifiesto que no están dispuestos a obedecer por la pura razón de estado, sino por la tradicional Ley de Alá. Las viejas élites nacionalistas solamente pudieron mantener su orden impostado, mientras gobernaron mediante dictaduras, la mayoría militares. Se sabe que Mussolini y Hitler encontraron inspiración política en Atatürk.

    Por ello, creo, que lo que estamos viendo hoy en esos mundos políticos, no es un retroceso, en el sentido cueviforme que lo ven los europeos ingenuos, sino una reformulación de la legitimidad del poder acorde con la tradición musulmana, rompiendo con la legitimidad inmanente de un modelo impostado –el Estado Moderno-, para volver a la tradición histórica de la legitimidad propia del islam. Si esto tendrá porvenir o no, es otra cuestión.

    • Excelente respuesta.

      Pero esas apuestas a veces salen bien. Recordemos la revolución Meiji en Japón. Claro está que no son precisamente musulmanes, aunque tampoc cristianos. Y como colofón les cayeron dos bombas atómicas para que tuvieran bien calro quien mandaba.

      Algo sobre lo que reflexionar es que zonas donde la democracia no estaba y ni se la esperaba, las correspondientes con los actuales Mauritania, Argelia, Tunez, Libia, Egipto, Sudan, Siria, Irak, Afganistan… y seguro que me dejo algunos mas (por ejemplo comparen al OLP de los años 70 con los movimientos palestinos actuales) .. cuando pasaron a ser descolonizados acabaron bajo influencia soviética o afín.

      Bajo esa influencia las otras minorias religiosas (cristianos, judios) seguieron existiendo. Las mujeres tuvieron otra consideración.. y en general hubo una secularización y el poder civil mandó mucho mas. Una vez caido el muro y desaparecida la URSS hubo una reversión.

      Pero no fue una involución casual. Lo fue de mano de las madrasas financiadas por las monarqueias del golfo, Arabia Saudí, Kuwait, EAU, Qutar,… esas que usted, Don Luis, no nombra ni por casualidad.

      Y eso ocurrió no sólo oc el beneplácito USA y de las antiguas potencias coloniales, si no con su impulso.

      Los nuevos califatos no han aparecido por casualidad. Había unas bases de una secularización que podría haber continuado, y echo en falta en su análisis el papel perverso, no de Irán, si no de todas esas monarquías golfas (por cierto se sabe algo del rey (el actual o el pasado) de Arabia Saudita, o continuará la censura informativa al respecto) en lo que ha pasado.

      Lo mismo que con Israel.

      ¿Que pasó con el Israel secularizado de principios del XX, para que ahora tengamos que hay ahora?

      Y ¿que conviene mas a ese Israel, el actual, unos estados arábes, turcos, persas… secularizados o islamizados y fanatizados?

      Respecto a las minorías musulmanas en Uropa, USA… ¿por qué se tolera y se ha tolerado la financiación de mezquitas de ideología wahabí salafista?

      Un cordial saludo

      • Vaya a You Tube y busque documentales de Afganistán en los años 60. Se quedará asombrado. Pero el primer responsable de arrojar a Afganistán al Neolítico fue la Unión Soviética. Cuando engatusó al primer ministro afgano y primo del rey a derrocar a éste, mientras estaba en Italia recibiendo tratamiento médico. Luego se deshicieron del primo y ya montaron un régimen comunista. Como siempre USA, “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. El resultado está a la vista.

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