La igualdad de los ciudadanos es la coartada de los totalitarios y los dictadores. La igualdad no existe. No es deseable. La igualdad es con total seguridad el final de la especie humana.

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Cuando afirmas esto, muchos replicarán que la igualdad ante la ley es imprescindible. Si expresamos con mayor exactitud la frase anterior veremos que lo que tiene que ser igual para todos es la ley, no quienes regula, que seguimos siendo machaconamente diferentes. Es la ley la que no ha de modificarse en función de los individuos, por lo que me reafirmo en lo dicho. La igualdad entre seres humanos no solo es imposible, tampoco es viable, ni deseable.

En cualquier caso, en el mundo existen muchas leyes en muchos lugares distintos con diferentes formas de afrontar los mismos problemas, por lo que ni siquiera existe esa única ley que es igual para todos, más allá si acaso de la Ley Natural, que termina por igualarlo todo con el paso del tiempo. En España, como en cualquier otro lugar, existen leyes de distinto rango territorial, con sus matices y sus diferencias, entre municipios y autonomías, con lo que la igualdad ante la ley, es decir, que la ley sea igual para todos —o en todas partes, que viene a ser lo mismo— se perfila como una quimera de imposible implantación. De hecho, cuando llega el abuso desde el ejercicio de la propia ley, es mucho más sencillo cambiar de territorio, emigrar, que cambiar la propia ley.

No hay otra manera de igualar a las personas que no sea por abajo. Las clases siempre hay que darlas al ritmo de los lentos si queremos que todos aprendan por igual

A cualquiera que se le erice el cabello cuando oye o lee “un único gobierno, un solo orden mundial” debe entender por tanto que las leyes no pueden ser iguales y que deben competir entre ellas, sirviendo —así sí— al ciudadano y no sometiéndolo. Como botón de muestra sirvan los anuncios en política fiscal de la Comunidad de Madrid, queriendo arrebatar inversión a otras Comunidades Autónomas, mejorando las leyes, o el pin parental murciano. Leyes distintas en competencia. Eso sí, aunque haya leyes en competencia, la ley es la misma para cualquiera de sus ciudadanos regulados. Ese es el principio que sostiene las democracias.

Quizá usted sea de los que aboga por la igualdad de oportunidades. Yo disiento. No caben las mismas oportunidades para todos. Ni en número, ni en forma. Aspectos físicos como el tamaño o la fuerza darán distintas oportunidades a distintas personas. También el lugar de nacimiento o el extracto social, claro que sí. No discriminar a nadie por cualquiera de sus características físicas o sociales no es lo mismo que dar las mismas oportunidades a todos.  Una persona alta tendrá más y mejores oportunidades para jugar al baloncesto o al voleibol que una bajita. Una determinada fuerza o intelecto se requieren en algunos trabajos y deberán llevarlos a cabo personas aptas. ¿Quieren ustedes cuotas para que todos tengan la oportunidad de ser neurocirujano? No todos podemos ser deportistas de élite ni estrellas de la canción… ni neurocirujanos.

De lo que se trata es que nadie nos ponga otros impedimentos más allá de nuestra propia condición humana. Al tratar de igualarnos a todos, es exactamente eso lo que ocurre, que impedimos aprovechar sus oportunidades a los que destacan. No hay otra manera de igualar a las personas que no sea por abajo. Las clases siempre hay que darlas al ritmo de los lentos si queremos que todos aprendan por igual, lo que acaba por desanimar a los más rápidos en el aprendizaje. Igualar en oportunidades solo puede conseguirse eliminando las oportunidades de muchos.

El mantra se repite evidentemente cuando de cuestiones económicas se trata. Hay que acabar con la desigualdad, bombardean. La gente debe ingresar más o menos lo mismo en todas partes. Poco importa que seamos pobres. El índice o coeficiente de Gini que se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos en un país da mejor puntuación a Kirguistán que a Dinamarca. Albania es más igualitaria que Alemania y Sierra Leona es menos desigual que Australia. Sin duda alguna, la pobreza parece no interesar a nuestros gobernantes y a sus voceros, que se fijan mucho más en como detraer bajó extorsión la riqueza de sus contribuyentes forzosos para repartirla, siguiendo el principio que ya determinó el profesor Carlos Rodríguez Braun: “La redistribución no es de ricos a pobres sino de grupos desorganizados a grupos organizados.”

Como dato curioso, no me resisto a poner de manifiesto que, aplicando las políticas de control intervencionista que nuestro gobierno parece querer llevar a cabo, hasta convertirnos en un erial comunistoide, no llegaríamos a situarnos más allá de la mitad inferior de la tabla que ocupa China, con el puesto 95 de 165. Venezuela o Bolivia están en el furgón de cola. La URSS, tan igualitaria ella, no andaba mucho mejor que España, y en sus mejores años, estaba como nosotros o quizá un poco más igual, como Albania o Suecia, que andan parejas. En cualquier caso, la medida de la igualdad o desigualdad de ingresos es una absurda forma de medir el bienestar de las personas en un país.

La igualdad no es un fin. Es el fin. El final. La igualdad mata la creatividad y por tanto el progreso. El pensamiento disruptivo es el que produce avances en la ciencia. Para crear algo que no existe es necesario imaginar algo que nadie imaginó antes, algo distinto. La evolución de la civilización no es más que la aplicación sistemática de la desigualdad. La diferencia nos permite hibridaciones que pueden solventar problemas. Es necesaria la diversidad ecológica, la biodiversidad, la protegemos y la cuidamos para disponer de cuanto más material genético distinto del que echar mano llegado el caso.

Cualquier procedimiento que mutile la diferencia entre seres humanos es un ataque a la libertad intrínseca de todos y cada uno de nosotros. No podemos ser libres e iguales. Hemos de ser necesariamente libres y diferentes. En contra de todo lo que se nos pueda decir, no cabe igualar sino dejar hacer y no entorpecer. Hace mucho el que no estorba, dice el refranero. Esa debiera ser la máxima de cualquier gobierno. Porque igualar o tratar de hacerlo, no es más que cercenar la Libertad.

La igualdad es la coartada de los totalitarios y los dictadores. La igualdad no existe ni puede existir. Solo apelan a nuestra envidia y a nuestros bajos instintos. Es eso y no otra cosa. La llamada a las partes más oscuras de nuestro ser, para apoderarse de nosotros y convertirnos en seres serviles esperando que el amo reparta carguitos. Cuando usted quiera algo que tiene otro, no le queda más remedio que conseguirlo por sí mismo. Si apela al Estado para que lo haga, se lo quitará al otro y a usted solo le dará las migajas.

Foto: Andrew Wulf


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