Hay derrotas que se celebran con euforia y victorias que esconden un ligero olor a problema. Lo ocurrido este domingo en Andalucía pertenece probablemente a la segunda categoría. Porque sí: la derecha ha ganado. Otra vez. Y además con claridad. Pero conviene no dejarse arrastrar por el estado de embriaguez colectiva que suele producir la política española cada vez que una televisión coloca un mapa autonómico teñido de azul. En este país somos capaces de interpretar un empate como una gesta histórica y una pérdida de apoyos como “consolidación del liderazgo”. La imaginación política nacional tiene algo de realismo mágico caribeño.

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El problema para el PP es que, mirando los resultados con cierta frialdad estadística —esa actividad tan poco popular en las noches electorales—, aparece un detalle preocupante: el bloque de derechas pierde cinco escaños respecto a las anteriores elecciones. Cinco. No cincuenta, claro. Nadie está hablando de un hundimiento. Pero tampoco parece exactamente el preludio de la Reconquista política definitiva que algunos tertulianos llevaban meses anunciando con el entusiasmo de un predicador evangélico en una carpa de Oklahoma.

Cada escándalo debía destruirle. Cada crisis debía hundirle. Cada filtración era “el principio del fin”. Y, sin embargo, ahí sigue, observando desde La Moncloa con esa mezcla de sonrisa hierática y resistencia cínica que empieza a adquirir cualidades metafísicas

Más aún: el PSOE, con una candidata bastante peor que floja, una campaña llena de pifias y el desgaste acumulado de un Gobierno que parece gestionado por un comité de guionistas insomnes, mejora en votos respecto a las anteriores autonómicas. 60.000 más. Que no es poca cosa. No hablamos de una remontada épica ni del regreso triunfal del felipismo sociológico cabalgando por Sierra Morena, pero sí de algo mucho más relevante: el PSOE sigue vivo. Y quizá bastante más vivo de lo que muchos creían.

Eso tiene implicaciones interesantes de cara a las generales. Porque durante meses se ha instalado la idea de que España se encuentra ante una especie de automatismo político inevitable: Sánchez cae, Feijóo llega, Vox suma, foto en Génova, himno de la alegría, cambio de ciclo y fin de la pesadilla. Todo muy limpio, muy ordenado, casi escandinavo. El problema es que España nunca hace nada de forma escandinava. España tiende más bien al esperpento, al susto y al requiebro.

Andalucía introduce precisamente esa duda inquietante que nadie quería demasiado analizar. ¿Y si el PP tiene techo? ¿Y si Vox no termina de movilizar y solo es capaz de crecer de forma muy marginal? ¿Y si el PSOE conserva un suelo electoral mucho más resistente de lo que indican las columnas inflamadas de X? Porque hay algo que la izquierda española hace extraordinariamente bien desde hace décadas: sobrevivir. Puede perder gobiernos, prestigio, cuadros, coherencia ideológica o incluso contacto con la realidad durante temporadas enteras… pero sigue manteniendo una capacidad casi biológica para conservar el poder.

Mientras tanto, en la derecha persiste un fenómeno fascinante: la tendencia periódica a confundir deseo con sociología. Cada cierto tiempo aparece la convicción de que “ahora sí” existe una mayoría natural aplastante esperando manifestarse. Luego llegan las urnas y España vuelve a recordar que es un país mucho más fragmentado, contradictorio y extraño de lo que las burbujas digitales imaginan.

De hecho, probablemente el mayor error estratégico del PP sería interpretar Andalucía como una confirmación tranquilizadora. Porque quizá no lo sea. Quizá sea exactamente lo contrario: una advertencia. Una señal de que incluso en un contexto extraordinariamente favorable la suma PP-Vox no termina de despegar como muchos daban por descontado.

Y aquí aparece el verdadero elefante en la habitación: Pedro Sánchez. Ese personaje político que lleva tantos años siendo declarado cadáver que empieza a parecerse a Rasputín con Falcon. Cada escándalo debía destruirle. Cada crisis debía hundirle. Cada filtración era “el principio del fin”. Y, sin embargo, ahí sigue, observando desde La Moncloa con esa mezcla de sonrisa hierática y resistencia cínica que empieza a adquirir cualidades metafísicas.

Quizá porque muchos siguen analizando la política española como si aún funcionara bajo los parámetros de hace veinte años. Y no. España entra cada vez más en una lógica de bloques emocionales, identitarios y culturales donde las fidelidades son más profundas de lo que sugieren las encuestas instantáneas. La política no funciona como gestión, ni mucho menos; funciona como tribu, como relato con trampa y, en algunos casos, casi como terapia colectiva.

Por eso Andalucía no deja una conclusión simple. Deja algo mucho más inquietante: la sensación de que nadie tiene realmente el control del tablero. Y en un país así, dar por segura una mayoría absoluta antes de tiempo suele ser una actividad peligrosamente próxima a la superstición.

*** Marcelo langarica

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