Durante la visita de Donald Trump a China, circuló una anécdota aparentemente trivial que, sin embargo, resulta muy reveladora. Algunos observadores señalaron que, en la reunión entre ambos líderes, el asiento de Xi Jinping habría sido discretamente elevado mediante un almohadón con una altura adicional para que, una vez sentados, el dirigente chino apareciese visualmente por encima de Trump. El detalle tenía algo casi cómico: Xi Jinping mide oficialmente alrededor de 1,75 metros; Trump ronda el 1,90. Y, sin embargo, en las imágenes la percepción parecía invertirse. Xi aparecía dominante, casi un gigante frente al presidente estadounidense.
Quizá nunca sepamos hasta qué punto la anécdota era exacta. Pero, en el fondo, eso es irrelevante. Lo verdaderamente interesante es que el episodio resulta perfectamente coherente con la lógica política, estética y psicológica del Partido Comunista Chino. El régimen chino comprende algo fundamental: en el poder contemporáneo, la percepción forma parte de la realidad. La escenografía importa. La atmósfera importa. La imagen importa. Y la sensación de superioridad, repetida y cuidadosamente manipulada, termina produciendo efectos reales incluso cuando contradice hechos objetivos tan incontestables como una diferencia de altura de quince centímetros.
La geopolítica nunca desapareció. Solo fingimos durante algún tiempo que había desaparecido. Y en ese lapsus Europa confundió prosperidad con soberanía y dependencia con eficiencia, China, sin embargo, entendió algo mucho más antiguo: que quien controla la producción controla la dependencia: controla a los demás
Sin embargo, lo más interesante no fue la escenografía, sino la reacción posterior de una parte importante del ecosistema mediático occidental. Apenas terminada la visita, numerosos análisis se apresuraron a proclamar un vencedor y un vencido. El relato apareció casi instantáneamente y con una sorprendente unanimidad marcadamente emocional: Trump había sido humillado; Estados Unidos había capitulado; China emergía como potencia claramente dominante; el equilibrio global acababa de inclinarse definitivamente hacia Oriente. Todo ello, y esto es lo llamativo, antes de que pudiera conocerse el verdadero alcance estratégico de la reunión.
Las negociaciones entre grandes potencias no pueden evaluarse en cuestión de horas, tampoco de un día para otro. Sus consecuencias, las reales, no los gestos o las declaraciones teatrales, suelen hacerse visibles lentamente: acuerdos discretos, reajustes económicos, cambios de posición diplomática, efectos financieros, movimientos tecnológicos o modificaciones estratégicas que solo pueden certificarse con el paso del tiempo. Sin embargo, gran parte del análisis occidental contemporáneo parece experimentar una necesidad casi compulsiva de interpretar cualquier gesto de contención estadounidense como prueba definitiva de una decadencia irreversible, incluso una rendición. Ahí es donde aparece un fenómeno mucho más profundo e inquietante.
Existe en buena parte de Occidente una fascinación casi estética por el relato del “fin de Occidente”. Como si nuestras élites culturales, mediáticas o intelectuales necesitaran psicológicamente que China aparezca como una civilización destinada inevitablemente a reemplazar a Estados Unidos y al orden occidental. La prudencia estratégica estadounidense se interpreta automáticamente como debilidad; la agresividad escénica china, como prueba de superioridad; la mera contención diplomática, como rendición. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, esos marcos mentales empiezan a consolidarse en la conversación pública: Occidente —muy particularmente EE.UU.— sería decadente, viejo, agotado; China, disciplinada, eficiente, imparable.
Durante años, Occidente creyó que estaba transformando China. El comercio, la apertura económica y la globalización debían conducir inevitablemente a la disolución de las diferencias políticas y culturales. Cuanto más rica y próspera fuese China, más se parecería a nosotros. Ese era el gran supuesto sobre el que descansaba buena parte del optimismo occidental posterior a la Guerra Fría. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Fue Occidente quien empezó a transformarse lentamente sometido a dinámicas extrañas difíciles de comprender.
Ese desplazamiento psicológico es probablemente mucho más importante que cualquier fotografía diplomática. Porque las grandes transformaciones históricas rara vez comienzan únicamente en el terreno militar o económico. Empiezan antes, en el terreno de la percepción, del prestigio, de la propia cultura y de la construcción de atmósferas intelectuales.
Es precisamente ahí donde reaparece una figura extraordinariamente relevante para entender cómo se construyen las realidades alternativas en el presente: Willi Münzenberg, el gran arquitecto de la propaganda soviética en Occidente durante el período de entreguerras y probablemente uno de los hombres que mejor comprendió cómo manipular psicológicamente a las sociedades abiertas sin necesidad de recurrir a la tosca imposición de catecismos ideológicos.
Münzenberg comprendió antes que nadie algo decisivo: la propaganda más eficaz es la que no parece propaganda; es decir, no consiste en imponer consignas burdas, sino en construir entornos morales y psicológicos donde determinadas interpretaciones de la realidad terminen pareciendo naturales, inevitables o simplemente inteligentes. La influencia más sofisticada no obliga a creer. Consigue algo mucho más eficaz: que amplios sectores adopten voluntariamente ciertos marcos mentales mientras sienten que están llegando a conclusiones propias e independientes.
La propaganda clásica da órdenes, impone consignas y exige adhesión. Funciona sobre fanáticos, desesperados o masas. Pero Münzenberg comprendió que las sociedades occidentales eran mucho más sofisticadas y, precisamente por ello, mucho más vulnerables a otro tipo de influencia: la seducción moral.
Su intuición era acertada. En Occidente, el camino hacia la hegemonía cultural no pasaba necesariamente por partidos o cuarteles, sino por universidades, revistas prestigiosas, círculos intelectuales, asociaciones humanitarias, plataformas culturales, causas nobles y movimientos aparentemente espontáneos. Había que construir entornos morales donde determinadas ideas acabaran pareciendo inevitables, modernas o simplemente decentes, mientras otras quedaban progresivamente expulsadas del terreno de lo aceptable sin necesidad de prohibirlas de forma explícita.
Era una forma de poder muchísimo más sofisticada que la mera imposición.
Münzenberg creó redes de intelectuales, escritores, artistas, periodistas y activistas que actuaban convencidos de obrar libremente. Ese era precisamente el núcleo del método: el colaborador perfecto no es el mercenario obediente, sino el creyente sincero que cree que actúa por conciencia propia. Décadas después, esa lógica no ha desaparecido. Simplemente ha evolucionado. Ahí reside una de las claves fundamentales para entender muchas de las transformaciones contemporáneas.
Las nuevas formas de poder rara vez necesitan ya imponerse mediante la violencia. No requieren necesariamente invasiones, ocupaciones militares o censura. Operan de manera mucho más discreta: a través de la dependencia tecnológica, las infraestructuras, las cadenas de suministro, la presión regulatoria, los marcos culturales, la influencia económica, la cooperación dirigida y la construcción lenta de consensos morales. El ciudadano actual ya no siente que obedece. Simplemente vive dentro de un entorno diseñado por otros.
Mientras tanto, Occidente fue adoptando decisiones que, vistas separadamente, parecían razonables. Desindustrializarse era modernizarse. Externalizar producción era eficiencia. Multiplicar regulación era progreso. Sustituir autonomía estratégica por interdependencia global parecía una forma más sofisticada y civilizada de organizar el mundo. Europa abrazó ese paradigma con un entusiasmo casi religioso.
Ahí es donde aparece la gran paradoja de nuestro tiempo. La geopolítica nunca desapareció. Solo fingimos durante algún tiempo que había desaparecido. Y en ese lapsus Europa confundió prosperidad con soberanía y dependencia con eficiencia, China, sin embargo, entendió algo mucho más antiguo: que quien controla la producción controla la dependencia: controla a los demás.
La pandemia desveló esa realidad con crudeza. De repente, muchos países occidentales descubrieron que dependían del exterior incluso para producir elementos esenciales. Sin embargo, la vulnerabilidad iba mucho más allá de las mascarillas o los productos sanitarios. Afectaba a sectores estratégicos completos: energía, baterías, tierras raras, telecomunicaciones, tecnología, capacidad industrial y cadenas logísticas.
La interdependencia global presentada durante décadas como antídoto contra el conflicto revelaba también su otra cara: la dependencia estructural.
Pero quizá lo más inquietante no sea la posición de poder e influencia que le fue cedida a China, sino la misteriosa disposición occidental a debilitarse de forma simultánea. Muchas de las decisiones que socavan la autonomía industrial, energética y tecnológica europea no fueron impuestas desde fuera. Fueron asumidas voluntariamente, a menudo envueltas en un lenguaje moral atractivo. Sostenibilidad. Gobernanza global. Transición verde. Responsabilidad climática. Nueva economía. Modernización.
El problema es que las sociedades rara vez perciben la dependencia como peligrosa mientras sigue siendo rentable, si supone ahorro de costes y beneficios corporativos. Solo cuando determinadas capacidades desaparecen —la capacidad de fabricar, de producir energía barata, de controlar infraestructuras y tecnología— empieza a emerger la verdadera dimensión del problema. Pero para entonces, revertir el proceso resulta muchísimo más difícil.
Eso es precisamente lo que explora LA GUERRA INVISIBLE: cómo las formas contemporáneas de influencia y poder han evolucionado hasta volverse casi invisibles; cómo las sociedades democráticas occidentales son especialmente vulnerables a los mecanismos de seducción moral; y cómo buena parte del debilitamiento occidental ha ocurrido no mediante imposición directa, sino mediante una lenta sucesión de decisiones que adoptaron los ropajes de la inevitabilidad, la modernidad y la virtud.
La gran transformación de nuestro tiempo no está ocurriendo a través de conquistas visibles, sino mediante algo mucho más sofisticado: conseguir que una civilización vaya cediendo autonomía mientras cree ingenuamente que seguirá siendo libre.
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