Ayer me paseé por Madrid, pues los aldeanos tenemos que acercarnos alguna vez a la capital, y tuve ocasión de hablar con un par de taxistas y con varias personas con las que coincidí en un acto cultural de esos que según Eugenio D’Ors tanto abundan. Detecté cierto pesimismo, el más dramático el de un antiguo ministro de Rodríguez Zapatero que me pidió explicaciones sobre cómo habíamos podido llegar hasta aquí, ante lo que decidí que era prudente abstenerme pensando aquello de Becquer “¿Y tú me lo preguntas?”, pero me sentí consolado imaginando que no sería el único de entre sus colegas que estuviese abrumado por semejantes asuntos.
Otro viejo conocido me aseguró que estábamos como al comienzo de la guerra civil de 1936, pero no era historiador, así que no le di gran importancia, incluso le dije que no exagerase, pero me miró como diciendo “éste no se entera de nada” y tuve la fortuna de que se marchó rápidamente a otro corrillo.
Es terrible que muchos tengamos que pagar un desagradable peaje por hacer un último intento de evitar que nuestra débil democracia liberal acabe en una dictadura disimulada como la de Maduro o Delcy
Más me preocupó la charla de un taxista, ya mayorcito, que, molesto con la lentitud del tráfico, pues andábamos por las inmediaciones de Sol y había alguna manifestación en marcha, aprovechó la oportunidad para decirme que “esto está cada vez peor” y que no pensaba votar a nadie porque no servía para nada ya que al final “siempre pagamos el pato los mismos”. Traté de animarle para que hiciese apreciaciones algo más matizadas, pero me dijo que llevaba cuatro elecciones sin acudir a votar y que no iba a cambiar ahora porque todos los políticos van a lo que van, a forrarse y a colocar a familiares y amigos para cobrar sin hacer nada.
Esta mañana, leyendo los comentarios de Ignacio Varela en El Confidencial empecé a pensar que no había tropezado con una muestra muy sesgada porque los datos de la encuesta que comentaba son en verdad deprimentes. Los españoles estamos entristecidos o enfadados y asustados en un porcentaje realmente alto y, no sé si por desgracia o por buen tino, pensamos que los políticos tienen una gran parte de la responsabilidad en lo que nos está pasando. Según la encuesta de IMOP casi el 55% de los encuestados atribuyen su malestar a conductas políticas de uno u otro tipo, algo más de uno que de otro, pero tanto da, y eso les preocupa más que cualquier otro problema así sea la vivienda o el encarecimiento de la vida.
No cabe duda de que estamos ante un agotamiento de cualquier ilusión colectiva, en concreto ante la ruina absoluta de la positiva expectación política con la que, pelillos a la mar, se recibió la democracia. Nuestra democracia no está sirviendo para que los españoles se sientan más contentos de serlo, ni para que crean que nos hemos dotado de las cosas necesarias para vivir una vida interesante y para confiar en que, como la historia nos había enseñado, el futuro vaya a ser mejor que lo que tenemos ahora.
Es bastante probable que nuestro pesimismo esté ahora mismo aguzado porque vemos que los políticos se dedican a la gresca y actúan como si los españoles de a pie no existiéramos, como si la política no consistiese en trabajar por el bienestar de la mayoría y se pudiese reducir a una pugna sin apenas reglas entre los que mandan y los que quieren desalojarlos para mandar ellos. Eso explicaría que, pese a existir un alto grado de polarización, sin llegar a un clima bélico, desde luego, las encuestas no detecten que la participación en las próximas elecciones vaya a ser muy alta, contra lo que ha sucedido siempre que se ha supuesto, como ahora ocurre, que se vaya a producir un cambio de mayorías políticas.
Hablando con un diputado europeo del partido que se imagina vencedor me decía que les esperaba una tarea titánica y que, además, era posible que estuviesen muy solos a la hora de abordarla. Es consolador ver que hay personas que se dan cuenta de que un gobierno distinto no va a poder gobernar al tran-tran, incluso que teman enfrentarse con una tarea para la que les podría faltar fuerza. Yo he tratado de animar a esta persona trabajadora y valerosa, pero no deja de preocuparme esa amenaza de soledad que percibe.
Muchas veces se compara la división política con la de las aficiones deportivas entre equipos rivales, pero en estas puede haber miedo, pero no hay falta de ilusión. Por el contrario, la clase política parece haber perdido la menor habilidad para suscitar entusiasmo, más allá del fervor artificial y bien pagado de los que forman parte de esos partidos de empleados, como los llamó el profesor Jiménez de Parga.
Con la desconfianza creciente ante la política y los políticos no estamos ante un fenómeno imprevisto sino ante la saturación de un proceso que se ha acentuado de manera muy poderosa en los últimos años, pero que viene muy de atrás, de ese momento ya lejano en que los partidos se profesionalizaron, se pusieron en manos de sus juventudes y sus redes organizativas y se olvidaron por completo de ser instrumentos útiles de participación.
Ahora ese proceso y sus funestas consecuencias ya no puede ocultarlo nadie y por eso una buena mayoría de españoles, y muy en especial muchos de los españoles que querrían creer en algo, se siente tan ajena a las llamadas de los partidos, algo que recuerda la muy triste historia de Pedro y el lobo. Porque la verdad es que ahora sí tenemos al lobo aullando de lo lindo y es claro el tipo de dentelladas que va a dar, pero la falta de credibilidad de quienes se supone que podrían cortar ese proceso es una amenaza tan seria como la del propio lobo. Algunos nos pasamos el día diciendo que a pesar de todo hay que votar, estamos como los italianos cuando decían aquello de «Turarsi il naso e votare DC”, taparse la nariz y votar a los de siempre.
Nuestra democracia está muy mal herida y sólo hay dos alternativas, o apostamos por que alguien pueda hacer algo para detener el fatídico proceso de enfrentamiento civil en que nos están metiendo, que todavía no es popular, pero amenaza con serlo, o nos dejamos llevar al huerto por quienes sólo entienden la democracia si mandan ellos y que si, para lograrlo, tienen que acabar con todo lo que les ponga límites, con las instituciones esenciales de una democracia europea, no dudarán en hacerlo.
Es terrible que muchos tengamos que pagar un desagradable peaje por hacer un último intento de evitar que nuestra débil democracia liberal acabe en una dictadura disimulada como la de Maduro o Delcy, cada cual deberá tomar su decisión, pero sabiendo que votar en blanco o quedarse en casa será un estupendo ejercicio de excelencia moral y de aristocratismo político, pero apretará un poco más los rugosos tornillos del siniestro ataúd en el que quieren meternos.
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