Europa está colapsando. No de golpe, no con un gran estruendo. Es un colapso más lento, más difícil de percibir y, precisamente por eso, más fácil de negar.
Lo vemos en la vida diaria. Cuesta más llegar a fin de mes, acceder a una vivienda y confiar en que el futuro será mejor. Pero casi siempre nos explican cada problema por separado, como si fueran averías distintas. Y no lo son. El problema de la vivienda, el encarecimiento de la energía, la precariedad laboral y la falta de expectativas no son cuestiones separadas: están relaciondas.
Hay algo mucho más profundo que está removiendo el suelo bajo nuestros pies. Algo que afecta a la economía, a nuestra forma de vida y al futuro del Estado de bienestar. Y que no se arregla con nueva legislación, subvenciones o una de esas cumbres europeas en las que todos ponen cara de estar muy preocupados.
Durante décadas, la vida se concibió como una escalera. Cada generación subiría un poco más que la anterior: una casa mejor, un salario mejor, más seguridad, más derechos, mejor sanidad, mejor educación, una jubilación más holgada. No era solo una esperanza. Acabó asumiéndose como una ley de la naturaleza. Pero no lo era.
Era el resultado de una combinación histórica de factores excepcionales: demografía favorable, reconstrucción de la posguerra, productividad en alza, energía barata y abundante, liderazgo industrial y protección estratégica estadounidense. Demasiadas cartas buenas repartidas en una sola mano.
Europa cometió entonces un error que hoy está resultando carísimo: confundió aquella excepción histórica con una realidad perpetua. Y diseñó todo un modelo político y social descontando que aquellas condiciones serían permanentes. No lo fueron.
En este artículo pondré blanco sobre negro. Compararé, una a una, las condiciones que permitieron los Treinta Gloriosos —las décadas de mayor prosperidad y seguridad de la historia europea de posguerra— con el mundo que hoy afronta Europa. Verás, querido lector, hasta qué punto todo ha cambiado, incluso se ha dado la vuelta.
La demografía
La primera condición era una población joven. En la Europa de posguerra había muchos niños, muchos jóvenes incorporándose al trabajo y una proporción mucho menor de personas mayores. Había trabajadores de sobra para las fábricas y para las obras de nuevas infraestructuras. Se formaban nuevas familias a un ritmo que hoy sería inimaginable. Esas familias, además, crecían: tenían hijos. Y había una base amplia de personas para financiar las pensiones y los servicios públicos. Miremos ahora lo que ha ocurrido.

En 1960, en los países que hoy forman la Unión Europea, nacían, de media, 2,58 hijos por mujer. En 2024, según Eurostat, la cifra había caído a 1,34. En España, a 1,10. Y la caída no se detiene: continua. Estamos muy lejos del nivel de reemplazo, situado en 2,1 hijos por mujer.
No es una bajada de un año. Es una caída sostenida durante décadas. Y cada generación menos nutrida acabará teniendo que sostener a una población de personas mayores más numerosa. En 2025, por cada 100 personas en edad de trabajar en la Unión Europea había casi 35 mayores de 65 años. Diez años antes eran 29. Además, esa relación se agrava si tenemos en cuenta que no todos los que están en edad de trabajar cotizan; por eso esa cifra no equivale al número real de trabajadores por pensionista. Es menor.
Más pensiones, más gasto sanitario, más servicios de cuidados y asistencia y una base laboral que envejece. Así de simple.
La inmigración puede aliviar parte de la presión, pero no es una varita mágica. Su aportación depende del empleo, los salarios y las prestaciones que reciben los inmigrantes. También necesitan vivienda, sanidad y lo que se ha dado en llamar integración. Y también envejecen. Además, la inmigración que llega a Europa es en su gran mayoría poco cualificada y obtiene empleos de baja remuneración. Por lo que su aportación al sistema tiende a ser deficitaria. Recibe del Estado de bienestar más de lo que aporta. Lo que agrava el problema.

Europa, además, pierde peso en el mundo. En 1970, el continente reunía dentro de sus fronteras el 17,8 % de la población mundial. En 2023 había bajado al 9,2 %. Su peso demográfico se ha reducido prácticamente a la mitad. No significa que la población europea se haya reducido a la mitad. Significa que el resto del mundo ha crecido mucho más. Y esa pérdida de peso cuenta cuando se negocia y se compite.
La Reconstrucción
La segunda condición fue la reconstrucción. Después de la Segunda Guerra Mundial había que reconstruir Europa: levantar viviendas, fábricas, carreteras, ferrocarriles y puertos. Esa tiránica tarea demandó inversión y una enorme cantidad de trabajadores.
No solo se reconstruía lo destruido. Europa podía incorporar tecnologías ya desarrolladas y extenderlas por su industria. Cada máquina más eficiente, cada mejora en los transportes y cada fábrica modernizada permitían aumentar la producción por hora trabajada. Ese aumento de productividad elevaba los salarios y permitía sostener prestaciones sociales crecientes.

En los años sesenta, la productividad por hora trabajada crecía en Europa una media del 7 % ciento anual. Entre 2019 y 2025, ese crecimiento fue del 0,4 %. Más que reducirse, el incremento de la productividad se ha desplomado. El motor que impulsó la prosperidad europea ha gripado.
No hablamos de cuánto se produce en comparación con 1960. Hoy se produce mucho más. Hablamos de la velocidad a la que aumenta la capacidad de producir. Y esa velocidad tiende a cero.
Antes se podía aumentar el gasto social porque la economía que crecía deprisa. Hoy se pretende no ya sostener los servicios existentes, sino que se amplían mientras la productividad se estanca. Una economía que no produce más no puede repartir más sin recurrir a impuestos o deuda… O ambas al mismo tiempo.
La paradoja es que Europa lleva años aprobando planes para mejorar su competitividad mientras añade más regulaciones, barreras y obligaciones a quienes tienen que competir.
La Energía
La tercera condición fue la energía. El despegue europeo se apoyó en una energía abundante y relativamente barata, especialmente petróleo. Y Europa tenía acceso a materias primas en un mundo en el que China, India y otras economías asiáticas todavía no competían por ellas con la intensidad actual.
Hoy la situación es muy distinta. La industria europea paga una factura energética que sus competidores no soportan ni de lejos en la misma medida.

En 2024, la electricidad para la gran industria costaba 107 dólares por megavatio hora en la Unión Europea, frente a 45 en Estados Unidos y 70 en China. Esto significa que la industria europea paga cerca de 2,4 veces lo que paga una estadounidense y bastante más de lo que paga una china.
Esta diferencia es crítica. Una fábrica europea compite con rivales que pagan mucho menos por uno de sus costes básicos: la energía. Al producir acero, aluminio, fertilizantes o productos químicos, la factura eléctrica es clave a la hora de decidir dónde se instala una la fábrica y dónde se generan los empleos.
El problema de la energía no obedece a una sola causa. Como todos sabemos hoy, Europa dependía del gas ruso, y la invasión de Ucrania provocó una crisis de suministro demás de dejar al descubierto graves debilidades en sus redes y mercados energéticos. Pero también tomó decisiones políticas: se lanzó a una política de transición energética, fijó objetivos y plazos cada vez más irracionales. Es decir, la dirigencia europea impuso una política climática y tiró a la basura la política energética que prioriza la seguridad del suministro, el precio y la competitividad industrial.
Alemania, por ejemplo, cerró sus últimas centrales nucleares en 2023. Y mientras Europa se imponía una transición imposible en sus formas y plazos, China seguía potenciando su industria utilizando carbón de forma intensiva. El resultado es un tablero inclinado en el que Europa encarece su producción y después intenta compensar el daño con subvenciones… pagadas por los mismos contribuyentes que han sido perjudicados.
Muy típico de la tecnocracia europea: encarecer la producción local, asfixiar con regulaciones al que invierte y después convocar una cumbre para averiguar por qué la industria se está yendo al carajo.
Ahora Europa compite con gigantes por minerales críticos y componentes esenciales. En algunos de ellos depende precisamente de China. No basta con aprobar una norma que diga que Europa debe ser autónoma. Se necesitan políticas que, en vez de poner palos en las ruedas, faciliten esa tarea.
El centro del mundo
La cuarta condición fue el lugar que ocupaba Europa en el mundo. Tras la guerra, Europa Occidental era uno de los grandes centros industriales del planeta. Buena parte de Asia seguía siendo pobre y su capacidad industrial era muy inferior. Era lo que llamamos Tercer Mundo.
Europa tenía empresas vigorosas, tecnología, mercados y un peso enorme en la producción mundial. Hoy tiene competidores mucho más poderosos.

Si tomamos la Unión Europea actual y la comparamos hacia atrás en la misma serie de PIB nominal, su peso era del 29,1 % del PIB mundial en 1979. En 2024 había bajado al 17,5 %. Una pérdida de más de once puntos.
Eso no quiere decir que Europa haya dejado de producir. Quiere decir que otras economías han crecido mucho más. Y la pérdida de peso afecta a su capacidad para negociar, imponer condiciones comerciales y defender sus intereses.

El cambio industrial es todavía más llamativo. En 1990, Asia y Oceanía concentraban aproximadamente el 30 % del valor añadido manufacturero mundial. En 2024 ya superaban el 50 %. Solo China representaba el 32 %.
China ya no se limita a fabricar productos baratos. Compite en automóviles, maquinaria, baterías, electrónica, infraestructuras y tecnologías industriales. Y lo hace con una escala de producción y una política industrial que Europa no puede emular.
Cerrar las fronteras y clamar por la “soberanía” no hace que las fábricas caigan del cielo, ni que la energía fluya de todas partes mucho más barata, tampoco que se creen proveedores de la nada. Para competir hay que producir a precios que alguien esté dispuesto a pagar. Y eso requiere todo lo anterior además de economía de escala.
La defensa
La quinta condición fue estratégica. Durante la Guerra Fría, la amenaza soviética empujaba a Occidente a mantenerse unido. También daba a las élites occidentales un poderoso motivo para preservar la estabilidad social y demostrar que sus sociedades podían ofrecer prosperidad frente al comunismo.
Y Europa disponía de una ventaja decisiva: el paraguas militar estadounidense. Estados Unidos asumía una parte fundamental de la defensa occidental. Eso reducía la necesidad europea de financiar por sí sola todas las capacidades necesarias para disuadir a una gran potencia.
Estados Unidos sigue siendo el principal garante militar de la OTAN. Pero Europa ya no puede dar por hecho que Washington asumirá siempre el mismo coste.
Rusia ha invadido Ucrania y ha devuelto una guerra de gran escala al continente. Estados Unidos exige a sus aliados que gasten más. Europa necesita reponer armamento, producir municiones y reforzar sus ejércitos. Lo que no ha hecho durante décadas, ahora debe hacerlo en muy pocos años. La factura será enorme.

La factura ya está subiendo. Los países de la Unión Europea gastaron 343.000 millones de euros en defensa en 2024. Si se aplica al PIB de la Unión el objetivo de la OTAN del 3,5 por ciento para defensa militar básica, la cifra supera los 630.000 millones anuales. Y a ese objetivo se suma hasta otro 1,5 por ciento para gastos relacionados con la seguridad.
Es un compromiso de los miembros de la OTAN, no una obligación idéntica de todos los países de la Unión. Pero la dirección es clara: Europa tendrá que dedicar muchos más recursos a una seguridad que durante décadas descansó en gran medida sobre Estados Unidos.
¿De dónde saldrá el dinero? Esa es la pregunta que las proclamas sobre autonomía estratégica no contestan. Habrá que encontrarlo en economías que crecen poco, con sociedades envejecidas y con unos Estados que ya gastan y recaudan mucho más que durante buena parte de la posguerra.
El peso del Estado
Hay una última diferencia decisiva. El Estado de bienestar se expandió en una Europa joven y en rápido crecimiento. Y lo hizo con administraciones que, en muchos países, pesaban bastante menos en la economía que hoy.

En 1960, el gasto público de los países europeos occidentales no nórdicos que hoy pertenecen a la Unión Europea representaba, de media, el 20,8 por ciento del PIB. En 2024 había subido al 50 por ciento. El peso del Estado se había más que duplicado.
Cuando el Estado ya absorbe una parte tan elevada de la economía, hay menos margen para responder a cada problema creando un programa, ampliando una prestación y subiendo impuestos para pagarlo. Además hay que financiar pensiones, sanidad, deuda y defensa.

Y no basta con mirar la nómina neta. Hay que contar también lo que no se ve, lo que paga la empresa por el trabajador y los impuestos que el trabajador vuelve a pagar al consumir. Si se suman impuestos directos, cotizaciones sociales e impuestos indirectos, la carga actual se sitúa en torno a la mitad del coste laboral total.
En 1960, de cada cien euros de coste laboral, se estima que unos 32 acababan en impuestos y cotizaciones, y unos 68 quedaban disponibles. Hoy, entre 48 y 54 euros pueden acabar en impuestos y cotizaciones; al trabajador le quedan entre 46 y 52 euros después de los impuestos. La cifra concreta depende del país, de la situación familiar y del consumo, pero muestra una realidad que la nómina no enseña.
Y aquí aparece el choque entre la realidad y las demandas. Se piden mejores salarios, vivienda más accesible, pensiones holgadas, buena sanidad y buena educación. La cuestión es cómo sostener todo eso cuando el crecimiento languidece, la población envejece y el trabajador ya soporta una carga regulatoria y fiscal enorme.
A los jóvenes se les dijo que estudiar más y conseguir más títulos les abriría les proporcionaría un salvoconducto para acceder a la escalera de la prosperidad siempre creciente. Pero la realidad es que tienen que competir en un entorno cada vez más hostil donde la vivienda se vuelve inaccesible, el empleo es más precario y tienen que cargar sobre sus hombros con el peso de un modelo que apenas pueden sostener.
Que los jóvenes ya no puedan prosperar como lo hicieron sus padres tiene que ver con la desaparición de la garantía que Europa dio durante décadas por supuesta. Ahí nace su frustración.
El problema es el modelo
Llegamos al núcleo duro del asunto. Europa organizó su modelo político, económico y social para unas condiciones excepcionales que hoy han desaparecido. Y, sin embargo, buena parte de la discusión sigue girando alrededor de cómo conservarlo intacto.
La socialdemocracia promete que bastarán algunos ajustes, más inversión pública y mejores gestores. La corriente proteccionista promete que bastará con cerrar las fronteras, levantar barreras y recuperar una soberanía que se proclama mucho más fácilmente de lo que se construye.
Son respuestas distintas a un mismo deseo: que regrese un mundo que ya no existe. Y ese mundo no va a regresar por decreto.
La salida es dejar de fingir que se puede sostener la prosperidad europea destruyendo la capacidad para producirla. Una empresa que no puede pagar la energía no crea empleo. Una economía que pierde industria depende más de quien sí la conserva. Y un Estado que promete más de lo que puede sostener acaba exigiendo más al contribuyente y acumulando más deuda.
Nada de esto se resuelve añadiendo un apartado de “competitividad”, como un capítulo más al final de un programa electoral. Exige replantear prioridades, renunciar a políticas que están encareciendo la producción y dejar de medir el éxito de un gobierno por el número de leyes aprobadas o la cantidad de dinero comprometido.
Europa confundió unas condiciones excepcionales con una garantía permanente de prosperidad y bienestar. Es hora de asumir que esa garantía ha caducado.
Antes mirábamos al futuro con esperanza porque Europa tenía suelo bajo los pies. Hoy ese suelo ha desaparecido. Recuperar esa esperanza exige primero reconocerlo y después buscar la manera de volver a hacer pie.
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