Hay una escena veraniega que debería declararse rito nacional, porque explica mejor nuestro país que una entrada de la Wikipedia. Suele ocurrir en agosto, a la vuelta de un viaje. Da igual si ha sido a Dinamarca, al sur de Alemania, a Holanda, a Austria, a Irlanda o, para quien todavía conserva ambición comparativa, a Canadá o a Estados Unidos. La familia española media regresa del extranjero y experimenta una revelación que, en un país serio, daría lugar a una conversación adulta, aunque en nuestro país solo suele producir un murmullo incómodo. Tal vez hayan cogido trenes que no se caen a pedazos y hasta hayan disfrutado de otras infraestructuras que parecen razonablemente bien mantenidas. Han pasado una semana viendo calles limpias, barrios habitables, supermercados sin alarmas en el aceite de oliva o los quesos, coches que no tienen quince años y una sensación general de solvencia que no necesita exhibirse porque forma parte de la textura de la vida.
Durante años se sostuvo una especie de pacto psicológico según el cual en España quizá se ganaba menos, sí, pero se compensaba con una vida más barata, amable y disfrutona. Ese pacto se ha roto
Lo raro no es constatarlo. Lo raro es el inmenso aparato sentimental, ideológico y administrativo —We are the champions— que España ha levantado para no tener que admitir este hecho palmario: somos un país más pobre de lo que nos contamos. No un país hambriento, no una nación fallida, no una Cuba o una Venezuela, faltaría más, pero sí un país cuya clase media vive con una estrechez y una falta de margen que no nos contamos para no romper el hechizo. La pobreza relativa podría ser una simple mala racha. Lo preocupante es que somos un país en decadencia, esto es, que ha empeorado netamente en los sentidos arriba apuntados en el último decenio, si no desde hace más tiempo. Todo esto no ocupa titulares mediáticos ahora, por supuesto; estén atentos al próximo cambio de gobierno, porque en tres meses van a volver a ver protestas en las calles por las mismas cosas que ya están sucediendo.
España no es pobre en el sentido en que lo son los países pobres. La cuestión es más hiriente. Somos un país mediocre que se cree en el club de sus vecinos ricos. Esa mezcla de estrechez material y soberbia narrativa —«en España se vive mejor que en cualquier otro sitio», «tenemos la mejor Sanidad del mundo», etcétera— más pronto que tarde nos estallará en las manos.
Hemos sustituido la realidad por las macrocifras, infladas además por la voracidad del sector público. El PIB sube, se baten récords de empleo, llegan turistas a espuertas y los ministros desfilan para proclamar con entusiasmo que vamos como un cohete; asunto zanjado, nada que ver, circulen, discutir esto es de fachas. Por desgracia para el relato, el español medio no vive dentro del PIB, sino en su nómina estancada, en un alquiler que, cual Indurain en el Mont Ventoux, escala sin descanso, si es joven, en una hipoteca imposible, en la compra que le atosiga y en la gasolina y la luz que se disparan. Apenas puede permitirse el menú del día y acaba probando eso de almorzar en el comedor del supermercado. Vive cariacontecido, sobresaltado por cualquier gasto inesperado.
No es que aquí no se pueda vivir. Se puede, si uno acepta como normal un nivel de renuncia que en otros países desarrollados se consideraría, como mínimo, una chapuza colectiva. El problema español no es el hambre —sería criminal estando donde estamos—, es la angostura. Esa sensación persistente de que todo cuesta demasiado para lo poco que se gana, de que cualquier proyecto que se salga del sota, caballo, rey exige una heroicidad financiera. Es una mediocridad material suficientemente llevadera como para no provocar una revuelta (especialmente mientras manden los que a uno le gustan), pero suficientemente asfixiante como para pudrir una generación entera. Y lo peor es que nos hemos acostumbrado a embellecerla.
España posee una virtud civilizatoria inmensa y, al mismo tiempo, peligrosa para su avance: sabe conseguir que la estrechez no le duela demasiado. Sabemos envolver casi cualquier forma de precariedad en una cerveza, una terraza, una sobremesa y una carcajada. Convertimos el no llegar en costumbrismo: «estilo de vida mediterráneo». Envolvemos la impotencia económica en clima, familia, tapas y «calidad de vida». Claro que hay ahí cosas valiosas; sería idiota despreciarlo. Pero también es la razón por la que aquí cuesta tanto mirar de frente a la depauperación, sobre todo cuando se produce con cadencia paulatina. Viajar ayuda mucho a desmontar esa ficción. Decía Hans Rosling —médico y divulgador sueco que dedicó su vida a explicar el desarrollo mundial mediante datos— que la verdadera riqueza de un país se descubre mirando los garajes, las cocinas y los cuartos de baño, no los ministerios.
Durante años se sostuvo una especie de pacto psicológico según el cual en España quizá se ganaba menos, sí, pero se compensaba con una vida más barata, amable y disfrutona. Ese pacto se ha roto. La vivienda se ha convertido en una trituradora de la juventud y de la clase media (si es que queda). La inflación ha terminado de rematar lo que los salarios no podían compensar. Comer fuera, llenar la nevera, reformar una casa, criar un hijo o simplemente proyectar una vida mínimamente estable se ha vuelto insultantemente oneroso. La tasa AROPE, que mide el porcentaje de personas en riesgo de pobreza o exclusión social, está en torno al 25 %, cinco puntos más que las declinantes Alemania y Francia. El coche más vendido en nuestro país, desde 2023 a hoy, es el Dacia Sandero.
Viven en España tres millones de personas más que en 2008 y apenas hay un millón más de viviendas. La vivienda merece capítulo aparte, porque es probablemente el lugar donde el fracaso español se ha vuelto más obsceno. Hay algo casi indecente en haber normalizado que una persona con trabajo, estudios, disciplina y cierta continuidad laboral necesite ayuda familiar, herencia anticipada o una combinación de suerte, resignación y servidumbre bancaria para aspirar a un piso decente. Y, sin embargo, lo hemos normalizado con una docilidad propia de ganado administrativo. Lo llamamos «reto habitacional» y a otra cosa.
La inflación, por su parte, ha tenido un efecto especialmente perverso. No ha arruinado a todo el mundo de golpe, que siempre sería más visible y políticamente más incómodo, sino que ha conseguido algo mucho más eficaz y más nuestro: ha empequeñecido la vida sin escándalo. La gente sigue saliendo, sigue yéndose de vacaciones (menos días, más cerca), sigue comprando; pero, debajo de esa apariencia de continuidad, hay un ajuste devastador y silencioso. Se baja la calidad de lo que se adquiere y se posterga el ahorro.
El problema es estructural, no transitorio. Un país no se hace próspero porque el Estado gaste mucho, contrate mucho, anuncie mucho o reparta mucho. Un país se hace próspero cuando produce mucho valor, cuando tiene empresas que escalan, cuando innova, cuando capitaliza, cuando proporciona una educación elevada y exigente, cuando paga salarios altos porque genera riqueza real y no solo movimiento contable. Y España, por desgracia, lleva demasiado tiempo confundiendo actividad con prosperidad. Hay poca densidad y mucho trasiego; y mucho empleo de mala calidad. Hay mucha más gente sobreviviendo que prosperando.
Ayudaría, para tratar de resolver esto, no arremeter contra todos nuestros empresarios exitosos, perder el miedo y ser más ambiciosos. Joseph Schumpeter explicó hace mucho que la prosperidad la crean la innovación, el riesgo, la destrucción de inercias y la aparición de nuevas formas de crear riqueza. España, en cambio, sigue empeñada en creer que puede vivir indefinidamente de camareros excelentes, turistas borrachos, funcionarios y notas de prensa ministeriales. Añádase a eso la irritante experiencia fiscal española. Para el nivel de renta que tiene, la presión fiscal es desproporcionada. Eso tiene un efecto devastador sobre la moral económica de un país. Cuando a una sociedad relativamente modesta se le exige un esfuerzo fiscal, laboral, burocrático y regulatorio que se siente propio de un país mucho más rico, aparece la fatiga cívica. El ciudadano tiene la impresión —a menudo correcta— de que se le exprime con una solemnidad nórdica para devolverle un resultado tirando a carpetovetónico.
Decir esto no es ser cenizo. Ser cenizo sería concluir que no hay remedio, que todo está perdido y que solo nos queda lloriquear en una barra o emigrar con resentimiento. La lucidez no es pesimismo; es higiene. Un país empieza a mejorar el día en que deja de insultar a quien le describe el espejo. El patriotismo verdadero no consiste en repetir que somos maravillosos, ni en responder a cada crítica con un meme de tortilla de patatas y sanidad pública o señalándonos en el pecho la segunda estrella mundial en la zamarra de pega. El patriotismo de verdad consiste en querer para tu país algo mejor que una mediocridad engalanada por el sinvergüenza político de turno. Y que nadie vaya a pensar que todo va a mejorar con un simple cambio de polaridad política.
No se trata de rendir reverencia provinciana al extranjero, sino de medirse con realidades más exigentes para dejar de vivir encantados con nuestras coartadas. Eso es exactamente lo que nos hace falta: comparación, no complejo; honestidad, no relato. Saber que se es más pobre de lo que uno creía es empezar a solucionarlo. Es una forma de madurar. Amar lo que se es implica no dejar de aspirar a lo que se puede llegar a ser.
Foto: Christian Dubovan.
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