Llevo meses —y me quedan muchos más— recorriendo el país hablando con jóvenes y no tan jóvenes. He oído de todo, pero mi impresión es que, cada día que pasa, menos personas entienden lo que el amor exige. Nunca se había dicho tanto sobre relaciones, vínculos, heridas, deseo, compatibilidad o bienestar emocional, y sin embargo estamos inmersos en una enorme confusión amorosa. Hay demasiada gente que entra en una relación esperando recibir de ella algo parecido a una «experiencia de autorrealización permanente», una mezcla de intensidad y validación absoluta. Cuando, inevitablemente, eso deja de aparecer con la facilidad del principio, se interpreta como la prueba de que «lo nuestro ya no funciona». Se le pide al amor lo que al enamoramiento, que es su fase ebria, eufórica y un tanto idiota; no debería sorprendernos que depare tantísimas frustraciones.

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En nuestra sociedad líquida ha irrumpido la idea de que el amor verdadero debe fluir sin demasiado esfuerzo. La idea de que, si hay trabajo que hacer, renuncia o conflictos esporádicos, entonces no era «la persona correcta». Pero esa lógica no produce relaciones más libres o sanas; produce personas cada vez más entrenadas para evaluar vínculos, pero cada vez menos capaces de construirlos. Dejemos a un lado esa premisa demencial, la de la persona correcta, que da lugar a otra premisa al buscar —tan de First Dates—, la del «el prototipo»; la cuestión es que queremos intimidad sin sacrificio y profundidad sin paciencia. Queremos la catedral de Burgos, pero la queremos en Cuenca.

Mientras más nos replegamos sobre nosotros mismos o fragmentamos nuestros vínculos en múltiples experiencias individuales, más debilitamos la posibilidad de vivir el amor profundo y sostenido que es una de las grandes fuerzas formadoras de sentido humano

En una reciente entrevista, la escritora Molly Roden Winter cuenta su experiencia en lo que ella llama un «matrimonio abierto», una relación en la que ha mantenido, además del que tenía con su esposo, múltiples vínculos amorosos y sexuales. «Tengo tres novios y un marido y soy muy feliz, pero ha sido duro», reconoce Roden al hablar de los desafíos emocionales que ha tenido que atravesar para conjugar afectos no exclusivos dentro de un mismo núcleo vital. He perdido la cuenta de quienes proponen en redes sociales acabar con la monogamia por «opresiva», gente que además se refugia en la biología para defender la inexorabilidad de las infidelidades. Deslizándonos por esa pendiente hemos llegado a la supuesta superioridad de las parejas abiertas sobre las cerradas, sin, por supuesto, nula información fidedigna que lo justifique. Ha bastado con decir que la psicología o la antropología son fachas y con obviar las muchas heridas que el experimento causa, cosas que ya tratará el psicoterapeuta. Lo cierto es que la exclusividad responde a mecanismos psicológicos muy profundos (apego, celos, seguridad, inversión parental…) que hacen extraordinariamente costoso sostener otra arquitectura afectiva, aunque habrá a quien le vaya bien, después de mucho penar, como a Roden. Lo ridículo es atribuir su escaso éxito a cepos de la moralidad convencional ¡en 2026 y en el mundo libre!

Sostiene Roden que este modelo no surge de una crisis: «No habría sido bueno para mis hijos que yo siguiera en ese lugar tan constreñido donde no era feliz», dice, articulando una crítica implícita al ideal monógamo como único camino aceptable de realización emocional. Admite sin embargo que, al abrir su matrimonio, no solo tuvo que lidiar con juicios sociales, sino también con emociones tan humanas como la soledad, los celos y la búsqueda de validación. Parte de su proceso, reconoce, fue aprender a querer y valorarse a sí misma, algo que para ella también estuvo ligado a su exploración sexual y afectiva más allá de la pareja primaria. «He aprendido sobre mí misma… he aprendido a quererme, a valorarme… ya no miro tanto hacia afuera», afirma, y aquí está la madre del cordero, un fenómeno del que ya se habló: el narcisismo desatado.

Quien quiera entender qué nos pasa en lo del amor tiene que ver un documental terrorífico, La teoría sueca del amor, donde se explica cómo una sociedad puede llegar a concebir las relaciones interpersonales como algo completamente prescindible. Partiendo del caso de Suecia —frecuentemente idealizada como paradigma de bienestar social—, la película muestra cómo la exaltación de la autonomía radical y el individualismo puede terminar por corroer los vínculos más básicos: familia, amistad y pareja. El ideal de libertad se convierte en una «libertad solitaria», es decir, ya no hay rastro de la libertad de encontrarse con otros, todo es la «libertad» de no necesitarlos. El resultado está a la vista de todos.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de quién hace caja con estas cosas. Dividir a familias en sus unidades narcisistas tiene evidentes réditos comerciales: a esa gente se le pueden vender muchas más cosas que no necesitan. Apps, gadgets, servicios premium, terapias exprés; hay mucho que facturar para explotar la soledad y la ansiedad. Cada fragmento del yo convertido en consumidor se traduce en beneficios para quienes saben monetizar la desconexión afectiva. En cuanto a la política, recibir a los ciudadanos uno a uno y en fila india es el sueño húmedo de los politicastros. Las personas aisladas, dependientes de sistemas impersonales, son mucho más fáciles de manipular y de dirigir hacia programas y promesas que nunca construirán comunidad real. La atomización emocional no solo genera ventas, también es magnífica para facilitar la obediencia.

Esta confusión afectiva no es un fenómeno aislado de Occidente. China, una sociedad que tradicionalmente colocaba la familia en el centro de su estructura social, enfrenta ahora una profunda transformación demográfica y relacional. Millones de personas viven solas, las tasas de matrimonio caen y emerge lo que los economistas han llamado una «economía de la compañía» en la que se pagan servicios para mitigar la soledad y la ausencia de vínculos humanos genuinos. Más de setenta y siete millones de adultos chinos viven solos, un número que sigue creciendo, propiciando mercados enteros dedicados a suplir una carencia social que antes atendían la familia y la comunidad. La aplicación llamada «Sile Me» («¿Estás muerto?» en chino) se ha convertido en la descarga pagada más popular del país. Funciona requiriendo a los usuarios para que presionen un botón que confirmen que «siguen activos» (sic); si no lo hacen durante dos días consecutivos, la app envía un mensaje a un contacto de emergencia designado por el usuario. Se estima que habrá doscientos millones de hogares unipersonales para finales de la década en el gigante asiático.

La soledad no es ya solo un trastorno emocional individual, sino un problema social con consecuencias reales en la calidad y la expectativa de vida. Más allá del enorme coste en salud, supone un verdadero fracaso civilizatorio, pues golpea el sentido vital y daña la convivencia. Es un síntoma de cómo nuestra sociedad contemporánea prioriza la autonomía extrema y el confort individual sobre la interdependencia humana, transformando la necesidad de vínculos afectivos en un mercado de consumo y vigilancia. El resultado es millones de seres humanos sin la red emocional que históricamente sostuvo la vida comunitaria.

El caso de la autosexualidad (Satisfyer y Fleshlight) es significativo. Más allá de una simple preferencia o etiqueta, refleja una tendencia asociada a la creciente ruina de los vínculos sentimentales y el miedo a la vulnerabilidad que describen los expertos. Que muchas personas prefieran mantener una relación íntima con ellas mismas porque las relaciones humanas, en un mundo hiperconectado y a la vez emocionalmente aislado, les parecen insostenibles, debería encender todas las alarmas. Es una respuesta a un anhelo absolutamente antropológico que se ha vuelto enfermizamente individualizado.

La tragedia afectiva contemporánea estriba en que cada vez menos personas saben qué significa sostener algo que valga la pena. Hemos confundido libertad con aislamiento y deseo con autorreferencia; hemos querido vacunarnos contra el azar y las dificultades, acercándonos, así, cada día más a un mundo orwelliano. Mientras más nos replegamos sobre nosotros mismos o fragmentamos nuestros vínculos en múltiples experiencias individuales, más debilitamos la posibilidad de vivir el amor profundo y sostenido que es una de las grandes fuerzas formadoras de sentido humano. Tal vez sea esta la última epopeya genuina a nuestro alcance, la de amarse; es un fracaso sin paliativos que crezca el número de quienes renuncian a ella.

Escribía en X el usuario Mr. S.T.A.R.: «Mi mayor arrepentimiento en la vida, a los 37, es no haber buscado una relación seria cuando era más joven. A ustedes, los chicos más jóvenes: mucha gente va a querer decirles que anden por ahí persiguiendo mujeres, que tienen muchísimo tiempo. No lo tienen. La vida es muy corta, hermano». Este no es un destino inexorable. Podemos y debemos hacerlo mucho mejor, en primer lugar, creando espacios de diálogo y reflexión sobre el amor, que está en el núcleo de nuestros proyectos individuales y colectivos. Hay ahí afuera muchas llamadas de socorro como la de Mr. S.T.A.R.; y tras un avatar suele haber una persona de carne y hueso. Es hora de que las atendamos mostrando que un amor grande y persistente sigue siendo posible.

*** El último libro de David Cerdá es Amar para siempre. La insolencia de vivir a contracorriente, en Editorial Rialp

Foto: frank mckenna.

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David Cerdá García
David Cerdá (Sevilla, 1972), es economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado diez ensayos, entre ellos Ética para valientes. El honor en nuestros días (2022) y El dilema de Neo (2024); El bien es universal (2025) es su último libro. También ha traducido más de cincuenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información en www.dcerda.es