«Olé, olé, olé; Olé, olé, olé, olá; Olé olé, olé, cada día te quiero más. Soy argentino, es un sentimiento, no puedo parar».
Canta la hinchada albiceleste. La canción se escucha una y otra vez en los estadios y en los “banderazos” previos a los partidos que acompañan a la selección nacional allí donde juegue. Una marea humana entona una letanía interminable, un canto de amor a la camiseta y no solo al fútbol, sino también a la argentinidad, a la identidad de un pueblo, a su idiosincrasia y a su forma de ser. Como dicen los hinchas, “es un sentimiento” y, como tal, resulta inaprensible. ¿Cómo explicarlo con palabras? Es imposible; intentarlo es como describir el amor o los colores.
Sí, el fútbol es un sentimiento, pero, fundamentalmente, es un juego y, como tal, el disfrute constituye su esencia. Maradona se divertía; Messi se divierte, y de ahí nace gran parte de su belleza. Es un juego evolucionado hasta convertirse en un deporte de alto nivel, intenso, extremo y, por momentos, brutal, representado como una lucha entre rivales que buscan imponerse mediante la destreza y la planificación estratégica dentro de un marco de reglas, bajo la supervisión de un árbitro.
Tiene normas escritas y aceptadas, pero también entran en juego la astucia y el azar, y, sobre todo, la picardía, que desafía ese límite reglamentario con el propósito de alcanzar el epítome de la victoria: el ansiado gol. Sin la picardía, la astucia y la “viveza”, el fútbol no sería lo que es. Cuando esa picardía se transforma en arte, aparece “la Mano de Dios”, convertida ya en una imagen inmortalizada en la memoria colectiva de la humanidad. ¿Exagerado? Puede ser. Pero el fútbol también lo es, igual que lo somos nosotros, porque el dramatismo forma parte de la naturaleza humana.
Un partido de fútbol es una batalla sublimada, un combate representado sobre un campo de juego, una guerra simbólica que culmina al final del campeonato. Es una maravillosa metáfora construida por ingleses y escoceses en el apogeo de la Revolución Industrial, en el corazón de Occidente. El fútbol es todo eso y mucho más: también es un producto cultural.
Todo el fenómeno social que genera el fútbol alcanza su punto culminante cada cuatro años con la celebración de la Copa Mundial de la FIFA. La Copa del Mundo, o simplemente el Mundial, constituye la apoteosis de la pasión futbolera, donde el deporte se convierte también en espectáculo.
“El fútbol se vuelve un espectáculo en que el mundo real, de carne, en las gradas del estadio, se mide con los protagonistas reales, los atletas del campo, que se mueven y se comportan según un ritual preciso. Por ello considero que el fútbol es el único gran rito que queda en nuestra época. […] El fútbol es la última representación sagrada de nuestro tiempo. Es, esencialmente, un ritual, aunque también una vía de escape. Mientras que otras representaciones sagradas, incluso la misa, están en decadencia, el fútbol es la única que nos queda. El fútbol es el espectáculo que ha sustituido al teatro”, afirmó Pier Paolo Pasolini.
Para el italiano, el fútbol también era poesía improvisada. Son bellas e innumerables las fotografías que lo muestran vistiendo la camiseta de su amado Bologna o pateando una pelota con traje de calle. Cuando le preguntaron qué le habría gustado ser, además de cineasta y escritor, respondió: “Un buen jugador de fútbol. Después de la literatura y el erotismo, para mí el fútbol es uno de los mayores placeres”. Y añadió: “El fútbol me lleva a mi niñez, al patio del colegio, a esos días en que podía ser completamente feliz…”.
El fútbol conecta con nuestra primera memoria, con miles de instantes vividos en la infancia, con momentos inolvidables, con esa felicidad a la que se refería Pasolini. Aún recuerdo la primera camisetita azulgrana de San Lorenzo de Almagro que me regaló mi padre y la primera pelota de cuero, con gajos pentagonales azules y rojos, allá por finales de los años sesenta. También recuerdo la disputa con mi familia materna, hincha de Boca, por intentar teñir mi corazón de azul y oro.
Cómo no evocar aquella primera tarde de domingo en el Gasómetro de Avenida La Plata, de la mano de papá. Al llegar a las puertas de la cancha me compró un humilde gorrito de tela con los colores del Ciclón de Boedo. Los tablones de madera, la hinchada, los cantos, el alambrado. Sobre el césped, los jugadores vestidos con la tradicional camiseta azulgrana a rayas y el escudo circular con las letras blancas a la altura del corazón. Ganamos 3 a 0 frente a Atlanta. Al salir, una Coca-Cola en el bar de la esquina.
Me acompañaban un tamborcito de plástico, con dos bolitas atadas a una cuerda que sonaban al hacerlo girar entre los dedos, y un banderín de Los Matadores, con la imagen de todo el plantel, la Copa del Campeonato Metropolitano de 1968 y el escudo del CASLA, que terminó colgado en la cabecera de mi cama.
Cuando uno vive algo tan hermoso y tan intenso, el fútbol pasa a formar parte de la historia personal para quedarse allí para siempre. Cuando alguien pregunta de qué equipo eres, se responde: «Soy de…». SOY. El verbo deja de expresar una simple preferencia para convertirse en una forma de identidad. Uno se reconoce como tal. Nada ni nadie puede juzgarte; no hay explicaciones ni excusas que dar.
En mi caso, soy de San Lorenzo por las circunstancias de mi vida, pero podría haber sido de Boca, de River, de Racing o de cualquier otro club, y el valor habría sido exactamente el mismo. Es una pertenencia íntima y, al mismo tiempo, colectiva. Está el barrio que te representa y te contiene. Después vienen la ciudad, la patria y las sucesivas capas de identidad, cada una con sus símbolos, sus himnos, sus banderas y su propia liturgia. Por eso el fútbol es mucho más que un juego o un deporte. Por eso despierta controversias y pasiones; genera amores y odios, alegrías y tristezas, orgullo y vergüenza. Simplemente es así, porque refleja, como pocas cosas, lo que somos.
Nada hay más personal, íntimo y profundo y, al mismo tiempo, más común, grupal y universal. Hoy solo el fútbol consigue una síntesis tan completa entre lo individual y lo colectivo, entre lo inconsciente y lo racional. Como en una gran asamblea global, todo el mundo opina sobre él, y esa universalidad también alimenta filias y fobias.
Paradójicamente, pocas cosas resultan más democráticas que el llamado “deporte Rey”, el producto cultural universal, popular y masivo por excelencia. Sin embargo, ni siquiera todo esto basta para comprenderlo. El fútbol es mucho más complejo.
“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”, dijo alguna vez Albert Camus, filósofo francés nacido en Argelia y apasionado portero en su juventud. Para él, la cancha era una verdadera escuela de vida y de moral. El esfuerzo, la disciplina, el compañerismo y la voluntad convergen en la búsqueda de un objetivo común que, inevitablemente, encuentra la resistencia del adversario, empeñado en alcanzar exactamente el mismo fin.
Pocas cosas son más difíciles que marcar un gol o impedirlo. Y Camus lo sabía bien: “Aprendí pronto que una pelota nunca llega del lado que uno espera”. Años después confesó que, de no haber padecido tuberculosis, quizá habría elegido el fútbol antes que la filosofía.
Recuerdo mi primer Mundial: fue el de México 70. Toda la familia se reunía frente al televisor a válvulas, en blanco y negro, una enorme caja de madera con una gruesa pantalla de vidrio verdoso, conectada a una antena algo destartalada que asomaba desde la terraza. Allí estábamos, en la cocina, donde colgaban de la pared tres banderines: el de la Juventus, el del Inter y, cómo no, el de Boca Juniors.
Delante de todos se encontraba Anna Maria, la nonna vecchia, la más longeva de la familia, nuestra matriarca calabresa. A pesar de su sordera, intentaba escuchar el relato pegada a un parlante de uso exclusivo. A su alrededor estaban sus hijos, mis tíos, mis primos… todos contemplando la final entre Brasil e Italia. Aquella tarde, el rey Pelé levantó el trofeo Jules Rimet. Nosotros, comimos la pizza casera…
Después llegó Alemania 74 y el entusiasmo de las primeras figuritas mundialistas, disputadas con verdadera pasión entre los compañeros de clase durante los recreos. Cuatro años más tarde llegó el Mundial de Argentina de 1978 y el primer campeonato del mundo para la Albiceleste.
A partir de ese momento, el tsunami de recuerdos se vuelve abrumador. Después vendrían España 82 y la Guerra de Malvinas; México 86, el Mundial de D10S Maradona; la tristeza de Italia 90 y, sobre todo, Estados Unidos 94, el último Mundial de Diego y el día en que vi llorar, silenciosamente, a la gente por las calles de Buenos Aires.
Se puede detestar el mundo del fútbol, pero jamás ignorarlo. He ahí otra prueba de su enorme impacto.
“El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta, sobre todo, lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así. La idea de que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”. Así opinaba Jorge Luis Borges. El fútbol -o, más precisamente, todo aquello negativo que puede generar como fenómeno de masas- le provocaba un profundo rechazo. También afirmó:
“Jamás he visto un partido en mi vida. Primero, porque soy casi ciego; segundo, porque es parte del tedio; y, además, porque la gente que asiste a esos partidos no va por el juego en sí mismo, como deporte, sino exclusivamente para ver ganar a su equipo”.
Sin embargo, Borges sostenía que el amor no necesita justificarse, porque constituye una forma de fe que no requiere pruebas ni argumentos lógicos. Creía que intentar explicarlo era inútil, ya que pertenece al ámbito de lo instintivo. Tanto el amor como la belleza se justifican por su sola existencia. Buscar razones para el amor equivale a negar la esencia misma del sentimiento. ¿Cómo explicar por qué amamos a alguien? No se puede. El amor existe por sí mismo y no necesita explicaciones. Curiosamente, los hinchas más apasionados definen al fútbol exactamente del mismo modo: es un sentimiento.
Siempre me pregunté cuál habría sido la opinión de Borges en un mundo ficcional y alternativo, si hubiera nacido en Villa Fiorito y hubiese encontrado, en un oscuro rincón de su humilde casa, un Aleph de cuero para patear con los pibes de la villa. En ese sentido, el fútbol, entendido como territorio de lo fantástico, también puede ser profundamente borgeano.
Lo imprevisto, las circunstancias que rodean la vida del ser humano, los factores que escapan a nuestro control pese al cálculo, al orden y a la planificación, terminan muchas veces determinando nuestro destino. Cuando algo nos sorprende, nuestra capacidad de reacción nunca es la misma.
Lo mismo ocurre en el fútbol. Nunca se sabe con certeza por dónde saldrá una pelota, cómo rebotará, cómo picará sobre el césped, en qué poste terminará un penal o si un remate se irá apenas desviado por encima del travesaño.
Dante Panzeri, maestro del periodismo argentino, publicó en 1967 el libro “Fútbol. Dinámica de lo impensado”. Su título ya constituía todo un manifiesto, una definición magistral que, aún hoy, sigue generando controversias e interpretaciones encontradas. Se trata de una obra indispensable para comprender la esencia de este deporte:
“El fútbol bien jugado tiene tácticas. ¡Muchas! En lo posible, una para cada jugada; no una sola para cada partido. Pero todas, en el momento, imprevistas. Porque el fútbol es lucha de imprevistos”.
Panzeri fue, ante todo, un gran profesional: erudito, honesto, riguroso y valiente. También fue un crítico severo. Se manifestó abiertamente en contra de la realización del Mundial de 1978 en la Argentina, convencido de que el país tenía otras prioridades. No llegó a verlo. Murió a los cincuenta y siete años, pocos días antes de su inauguración. Otra de sus afirmaciones resume buena parte de su pensamiento:
“En el fútbol no existe ordenación posible que gane los partidos sin depender de la capacidad individual de los jugadores. El plan es el jugador y las circunstancias”.
Hay en esa sentencia una resonancia más filosófica que deportiva, cercana incluso al pensamiento orteguiano: la realidad siempre termina imponiéndose sobre cualquier sistema previamente diseñado.
Jamás existirá una definición consensuada del fútbol. Nunca habrá un acuerdo definitivo sobre su naturaleza. ¿Es un juego? ¿Un deporte? ¿Un negocio? ¿Un espectáculo? ¿Un instrumento político? ¿Una forma de arte? ¿Un vehículo de las pasiones más nobles o de las más bajas? ¿Poesía? ¿Violencia? ¿Un catalizador de valores? Quizá sea un poco de todo ello. O quizá no sea ninguna de esas cosas por separado, sino todas al mismo tiempo.
Yo prefiero quedarme con la idea de que el fútbol es un sentimiento, como el amor del que hablaba Borges: una realidad que no necesita justificación, porque encuentra su sentido en sí misma. Y también me quedo con las palabras de Diego Armando Maradona el día de su despedida de las canchas:
“El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Eso no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué. Pero la pelota no se mancha”.
Foto: Alberto Sharif Ali Soleiman.
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