En El mercader de Venecia, Shakespeare imagina un contrato imposible. Antonio, incapaz de devolver un préstamo, deberá pagar con una libra de su propia carne. Si la escena nos remueve por dentro es porque todos intuimos que hay cosas que no deben convertirse en mercancía. El dinero sirve para comprar trigo, barcos o telas, no una parte de una persona (es decir: no una persona). Sin embargo, cuatro siglos después hemos terminado firmando un pacto todavía más extraño. Ya no vendemos un pedazo del cuerpo; somos nosotros mismos los que nos ponemos en el escaparate. Convertimos la personalidad en marca y las relaciones en transacciones. La libra de carne ya no la reclama Shylock; la ofrecemos voluntariamente cada vez que aceptamos que nuestro valor depende de nuestra capacidad para ser deseables y visibles, esto es, rentables.
Vivimos en un omnipresente mercado, y el producto somos nosotros mismos. Nos vendemos al mejor postor y entregamos el alma a los Dioses del Comercio. Alimentados por las ambrosías tecnológicas —empoderadas por oligarcas como Zuckerberg o Musk— existimos entre máquinas extractivas del bien más valioso de la vida: el tiempo. De propina, han brotado comportamientos antisociales como el aislamiento, el escapismo y el mogging (dominar o eclipsar a otro por tu aspecto físico). A quienes manejan esto solo les importa que tu atención valga dinero, porque cuando la atención es moneda, cada segundo cuenta.
La lógica de mercado aplicada a la vida nos está empeorando hasta límites insospechados. La cuestión es si al final vamos a rendirnos a esta avalancha o si vamos a despertar y pelear para revertirla
Pasamos casi cinco horas al día mirando una pantalla. Ese es, ahora mismo, el mercado más grande que existe: el de nuestra mirada. A los amos de este tinglado nuestro bienestar les importa exactamente cero; nosotros sufrimos, ellos cobran. No digo que sean malos per se —seguramente ni piensan en nosotros—, pero eso es justo lo más frío del asunto: la indiferencia es un motor más peliagudo que la malicia. Otro ejemplo de esto mismo es el auge de la llamada «marca personal». En lugar de ser experto en algo, la gente crea marcas personales con las que –de nuevo– venderse. El packaging ha sustituido al producto, por eso dice Dellafuente en su canción “Marketing”: «No es tener un buen producto, es saber venderlo (…) La vida es puro marketing y tentaciones».
Nos exponemos en redes adecentando la —supuesta— mejor versión de nosotros mismos. Jamás subimos una historia a Instagram que sea menos que nuestra versión idealizada; jamás nos permites ser cringe. Estos podrían ser nuevos mandamientos. El asunto, con todo, no es reciente. En El arte de amar y nada menos que hace medio siglo, Fromm lo diagnosticó cuando ni existía Tinder: «El hombre moderno se ha transformado en un artículo, experimenta su energía vital como una inversión de la que debe obtener el máximo beneficio según la situación del mercado de la personalidad». El amor está corrupto en nuestra sociedad de mercado porque tratamos a las personas como paquetes de atributos que hay que conseguir al mejor precio. El mercado convierte el amor en ley de la demanda; en suma, hace del alma un producto.
De ahí que hayan aparecido términos como SMV (sexual market value), «hombres de alto valor» o la regla de los tres seises: ingresos de seis cifras, seis pies de altura —aproximadamente 1,83 metros— y abdominales marcados. Todo debe ser cuantificable, medible y, por supuesto, superior. ¿Qué importan entonces la bondad, la dignidad, el honor, la amabilidad, el cuidado o el compromiso? Ahora se habla de valor, pero casi siempre se habla de números: eres un siete sobre diez o un cinco sobre diez según lo que posees y la apariencia que ofreces. La lógica ha calado tanto que El Xokas pudo hablar de Ester Expósito como de un producto mal puntuado: pese a su belleza, sostuvo, «es mejor estar con un 6» si el diez piensa de una forma inconveniente. La misma idea llega al gran público en la película Materialistas, donde Lucy —interpretada por Dakota Johnson—, una casamentera neoyorquina que trata las parejas como fusiones de activos, debe elegir entre Harry —Pedro Pascal, un hombre que sobre el papel «es un diez, es perfecto»—, a quien en realidad no ama, y John —Chris Evans—, su exnovio, un actor arruinado de treinta y siete años y, conforme a esta contabilidad sentimental, un perdedor.
Spoiler Alert: Elige a John, rechazando la lógica de mercado de la que ella misma se lucra. Acaba aceptándole un anillo de flor (que remite a la primera boda del mundo, un cavernícola poniéndole un aro de flor a una mujer) y a punto de dejar su empresa. De manera simplista, la directora concluye que el amor no es matemático. La película realmente acierta en el diagnóstico, pero se queda en lo superficial; como dice Matt Pais en su crítica cinematográfica: «Las relaciones tampoco son un momento donde se declara amor y luego felices para siempre. La película no tiene ni idea de lo que hace que una relación funcione a largo plazo». Tampoco es capaz de decir qué es el amor, ya que estamos; solo sabe oponerlo a su versión materialista.
Yendo a un lugar quizás algo más oscuro, me gustaría analizar un punto donde la mercantilización del yo llega a un estado psicótico; veamos un ejemplo. Braden Peters, alias Clavicular es un streamer de 20 años que se hizo famoso en 2025 con contenido de looksmaxxing, una especie de rama – con tintes muy antisociales– del desarrollo personal, prima hermana de la ideología de los incels. Su objetivo es maximizar el propio aspecto para «ascender»; subir en la jerarquía hasta ser «alfa». Corre el rumor de que el multimillonario Peter Thiel, un conocido neo-revolucionario protecnología y transhumanismo —quien dudó bastante cuando le preguntaron si la especie humana debería perecer— lo respalda.
Todo lo anterior ha llegado hasta un extremo tan controvertido como al uso de técnicas como el bonesmashing (golpearse la cara con un martillo para que el hueso «crezca más fuerte») o de esteroides para el crecimiento muscular, y un cóctel de metanfetamina y Adderall como supresor del apetito para mantenerse definido. A Clavicular se le ha ido tanto de las manos que ha llegado a quedar infértil temporalmente. Ni que decir tiene que monetiza su declive repartiendo el contenido a todo internet con un ejército de miles de clippers (freelancers, normalmente en países más pobres, quienes cortan partes de sus andanzas en directo). También vende acceso a un curso —el «Clavicular System» — por 50 dólares al mes, con guías de péptidos para inyectarse y lograr el preciado ascenso.
Clavicular es un ejemplo de extrema fijación, pero que haya explotado en fama tiene peso queramos o no. El looksmaxxer ha llevado el concepto del «hombre de alto valor» tan al extremo que se automodifica el cuerpo para cumplir sus expectativas. Curiosamente, Harry en la película mencionada también se hizo una cirugía de alargamiento de piernas para ser más alto. En esa charca estamos nadando.
La obsesión por el aspecto físico – en los hombres concretamente – nace de una comunidad de Internet llamada black pill. Al estilo Matrix, hay varias píldoras y uno «elige» cuál adoptar en su vida. Al comienzo solo había la roja (despertar) y la azul (seguir con las normas establecidas); con el tiempo se fueron desarrollando más vertientes; algunas asustan a cualquiera. La black pill es una de ellas. Argumenta que todo en la vida está determinado por el aspecto, la genética y las cartas que se reparten al principio del juego de la vida. Peters es precisamente la versión extrema de esta idea, aumentando su «valor» de formas tan burdas como tratar de mutilarse los huesos y usar todo tipo de drogas.
Si yo tuviera que definirme a mí mismo en este sentido, diría que soy blue pilled: esto significa creer en la monogamia y el amor; los clásicos. Creo que tanta «libertad» —reducida realmente a abundancia de opciones y falta de compromiso— y poliamor no ha dado sus frutos. Fíjese el lector en la cantidad de depresión que padecemos los jóvenes, cuántas drogas ansiolíticas y cuánto Tinder consumimos. El amor libre no está funcionando claramente. La mayoría de los jóvenes, millennials o de mi generación Z, «se muestran escépticos ante el amor — Bell Hooks en Todo sobre el amor— porque la inmensa mayoría tiene la sensación de que es imposible encontrarlo».
Los seres humanos somos eso, humanos, no productos a optimizar o empresas regidas por la ley oferta-demanda a punto de salir a bolsa. La lógica de mercado aplicada a la vida nos está empeorando hasta límites insospechados. La cuestión es si al final vamos a rendirnos a esta avalancha o si vamos a despertar y pelear para revertirla.
*** Juan Macías
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