Se trata de una palabra que la ingeniería y la agronomía usan con precisión y que deberíamos ya adoptar sin pudor.
Toda organización humana tiene su merma. El problema, el verdadero problema de nuestro tiempo, es que la merma ha dejado de ser un residuo marginal para convertirse en el criterio de selección.
Hace unos años, Umberto Eco se preguntaba cuántos son los imbéciles en nuestro mundo, si son una mayoría o una minoría. Él no lo sabía si eran mayoría, pero sí entendía que había que tomar conciencia de que son muchísimos y que hoy son más activos que nunca gracias a internet y las redes sociales.
Lo inquietante es que hayamos construido, sin darnos apenas cuenta, un sistema de incentivos (mediático, electoral, institucional, etc…) que ya no los detecta como anomalía sino que los produce como resultado esperable
Carlo Cipolla, el erudito que se dedicó a estudiar con humor la estupidez humana, formuló, en una línea parecida a Balzac pero menos literaria, una ley muy incómoda: la proporción de individuos estúpidos es constante y no depende del nivel educativo, la clase social o el país.
Parece evidente que lo que distingue a una sociedad sana de una enferma no es que carezca de estúpidos, eso es imposible, sino el lugar que ocupan. Cipolla definía al estúpido como aquel que causa daño a los demás sin obtener, ni siquiera, beneficio propio, es decir, es el peor de los agentes posibles, porque ni la maldad calculadora del malvado ofrece la cobertura racional de un móvil comprensible.
Y añadía algo que hoy suena a profecía cumplida: los estúpidos son más peligrosos cuando ocupan posiciones de poder, porque multiplican su capacidad de daño sin que nadie pueda anticipar sus decisiones, ya que ni ellos mismos obedecen a una lógica de intereses reconocible.
Gustave Le Bon, por su parte, ya había diagnosticado el mecanismo por el cual esa promoción se hace posible.
En su psicología de las masas, explicaba que no es la suma de las inteligencias individuales sino su sustracción el verdadero problema. Es decir, el individuo integrado en una multitud desciende varios peldaños en la escalera de la civilización, pierde el sentido crítico y se vuelve sugestionable, contagiado por la emoción colectiva y ávido de certezas simples pronunciadas con autoridad.
Las masas, decía Le Bon, no razonan, sino que creen, se emocionan y se sugestionan. No siguen a quien mejor argumenta, sino a quien mejor encarna la imagen que desean ver. En ese caldo de cultivo, la aptitud deja de ser un valor cotizable.
Lo que se cotiza entonces es la capacidad de emitir consignas que resuenen, de ofrecer enemigos reconocibles y de prometer sin matices. Por eso funciona tan estupendamente hoy las redes sociales que todos nuestros analfabestias de gobernantes usan con pasión y por eso el socialismo también acaba abriéndose paso entre nosotros, siendo más fácil salir de la droga que de este catecismo.
Y aquí es donde ambos diagnósticos encuentran soldadura. Si Le Bon tiene razón y las sociedades de masas premian la sugestión sobre el juicio, entonces el mecanismo de selección de élites deja de filtrar por competencia y empieza a filtrar por resonancia emocional. Y si Cipolla tiene razón, ese vacío de exigencia es precisamente el hábitat idóneo para que el estúpido, no el malvado, no el incompetente inofensivo, sino el que hace daño sin necesidad ni provecho, ascienda sin que nadie active la alarma, porque la alarma misma requiere un juicio crítico que la masa ya ha entregado en depósito.
El resultado lo vivimos como una sensación difusa antes que como una tesis articulada: la impresión de que cada gestión pública, cada nombramiento, cada decisión judicial o administrativa, tarda más, cuesta más y rinde menos que hace una generación.
No es nostalgia reaccionaria. Es merma acumulada.
Cada ciclo de selección que premia la lealtad tribal sobre la competencia técnica, la ocurrencia viral sobre el análisis sereno, deja un poso. Y esto, a diferencia de los errores puntuales, no se corrigen, sino que sedimentan, capa sobre capa, hasta que la convivencia y la articulación del sistema empieza a crujir.
Lo verdaderamente inquietante no es que existan estúpidos en el poder; los ha habido siempre, y Cipolla los daba por descontados como una constante estadística. Lo inquietante es que hayamos construido, sin darnos apenas cuenta, un sistema de incentivos (mediático, electoral, institucional, etc…) que ya no los detecta como anomalía sino que los produce como resultado esperable.
Un sistema que ha sustituido el examen por el aplauso y la trayectoria por el titular.
Contra la merma no hay ingeniería que valga si no se restaura, primero, el criterio, esto es, la disposición colectiva a exigir competencia antes que ensoñaciones irracionales, y a distinguir, como pedía Cipolla, entre quien puede equivocarse por mala suerte y quien está estructuralmente condenado a hacer daño porque nunca aprendió, ni le hizo falta, a calcular las consecuencias de lo que decide.
Visto lo visto, no parece que podamos tener mucha esperanza en esta restauración contra la merma.
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