Sun Tzu dejó escrito que la excelencia suprema no consiste en ganar todas las batallas, sino en vencer sin combatir. Aunque la frase ha sido citada infinidad de veces por expertos en estrategia, conserva intacta su verdad. El poder más eficaz no siempre cruza la frontera con tropas y columnas blindadas; a menudo entra de forma más sutil, a través de invitaciones, foros, contratos, intermediarios, fundaciones, seminarios, plataformas de diálogo y antiguos dignatarios convencidos de que siguen haciendo historia cuando, en realidad, tal vez solo están abriendo puertas. La conquista perfecta es la que no parece una conquista porque empieza con una palabra hermosa: cooperación.
Ése es el ángulo desde el que debe analizarse el caso Zapatero, y no como un nuevo capítulo de la corrupción costumbrista con sus comisionistas, bolsas de dinero, sociedades pantalla, adjudicaciones y personajes secundarios moviéndose entre despachos, aeropuertos y resorts. Todo eso está ahí, desde luego, porque España no se desprende de sus elementos folclóricos ni cuando entra en contacto con la geopolítica de las grandes potencias, pero reducir el asunto a simple corrupción sería empequeñecerlo. La corrupción sirve para describir una mordida o una caja fuerte llena de joyas, pero no alcanza para explicar una arquitectura entera.
En esta historia, el protagonista real no es solo un expresidente, ni siquiera una trama. Es una forma contemporánea del poder: la conversión del prestigio institucional de un antiguo jefe de Gobierno en mercancía estratégica al servicio de los intereses de una superpotencia.
Los Estados con ambición imperial siempre han sabido que es más eficaz rodear el poder que asaltarlo: reclutar mediadores, halagar vanidades, abrir espacios, financiar causas, ofrecer respetabilidad, convertir la dependencia en riqueza y la subordinación en oportunidad
Los jueces decidirán qué parte de todo esto es delito; aquí me limitaré a señalar los hechos y observar el dibujo que forman al ordenarlos. Porque ese dibujo no muestra a un expresidente dedicado a pronunciar conferencias inofensivas sobre la paz mundial ni a coleccionar doctorados honoris causa. Muestra a un antiguo mandatario moviéndose durante años en un ecosistema donde confluyen Huawei, petróleo venezolano, corporaciones estatales chinas, constructoras, consultoras, sociedades familiares, mediadores, sedes compartidas, plataformas de influencia y un lenguaje tan sospechosamente inmaculado que casi delata por sí solo la naturaleza del tinglado. Todo se llama diálogo, encuentro, entendimiento, cooperación o desarrollo compartido. Sin embargo, la historia del poder advierte que las palabras más nobles siempre son las primeras en ser reclutadas para llevar a cabo las operaciones más turbias.
Al fin y al cabo, un expresidente no vende solo conferencias, sino que ofrece acceso, normalización y respetabilidad. Facilita la posibilidad de que una operación de infiltración parezca una iniciativa de cooperación, aportando la fotografía que transforma una estrategia de control en alianza, el abrazo que convierte una dependencia en amistad y el discurso que oculta el conflicto de intereses detrás de la niebla de las buenas intenciones. Un expresidente posee un activo que no le pertenece por completo: haber encarnado al Estado. Su agenda, sus contactos, su aura institucional y su capacidad para abrir puertas son la herencia de la responsabilidad pública que ostentó. Monetizar después ese capital sirviendo a potencias extranjeras no es una simple actividad privada, sino una privatización en diferido del Estado. Es algo parecido a llevarse la cubertería de La Moncloa, solo que los cubiertos son relaciones, información, prestigio y capacidad de influencia.
Los Estados con ambición imperial siempre han sabido que es más eficaz rodear el poder que asaltarlo: reclutar mediadores, halagar vanidades, abrir espacios, financiar causas, ofrecer respetabilidad, convertir la dependencia en riqueza y la subordinación en oportunidad. Richelieu lo entendió desde la razón de Estado; Talleyrand, desde el cinismo exquisito de la diplomacia; Palmerston, desde la evidencia brutal de que las naciones no tienen aliados permanentes, sino intereses permanentes. Nuestro tiempo no es distinto, simplemente la jerga se ha vuelto un poco más sofisticada. Donde antes había legaciones, agentes de influencia y salones diplomáticos, hoy encontramos consultoras internacionales, laboratorios de ideas, foros de inversión, plataformas de gobernanza global y exmandatarios que disfrazan la puerta giratoria de misión histórica. La lógica, sin embargo, sigue siendo la misma: no se conquista el centro político por asalto, sino que se le convence de que abrir la puerta es un gesto de modernidad con suculentas contrapartidas.
En ese juego, China no es un horizonte lejano, sino el centro gravitatorio. La primera prueba de su centralidad es Huawei, una empresa que no compite en un mercado cualquiera. En Occidente se suele fingir, por conveniencia, que las empresas chinas son equivalentes a sus homólogas europeas o norteamericanas, con balances, accionistas, directivos, estrategias comerciales y algún exceso de ambición corporativa, una ficción que permite hacer negocios sin mala conciencia. Pero China no es una pintoresca Dinamarca con dragones; es el ecosistema del Partido-Estado, donde empresa, administración, ejército, inteligencia, universidad, fondos de inversión y relaciones comerciales son vasos comunicantes. Y en ese entorno, Huawei no es una tecnológica más, sino una pieza clave de soberanía cuya expansión de red, en el siglo XXI, no es simple cobertura, sino ocupación del territorio.
Sin embargo, ninguna red de influencia se despliega solo con antenas, cables y contratos de hardware; necesita también permisos, complicidades, silencios, atajos regulatorios, despachos con la puerta entreabierta y voluntades oportunamente entusiastas. La infraestructura material necesita una infraestructura política. Ahí es donde la geopolítica abandona los mapas y entra en los despachos, y donde una empresa tecnológica estratégica deja de depender únicamente de ingenieros para empezar a necesitar mediadores. No basta con conectar líneas de fibra: hay que conectar relaciones.
Ahí entra en juego la red del caso Zapatero, una red a la que China habría compensado mediante cupos de petróleo venezolano —crudo y petcoke— a cambio de intermediación política para favorecer la posición de Huawei en el despliegue del 5G. El esquema es claro: Pekín aportaba el interés tecnológico y estratégico; Caracas, el recurso energético; Madrid, el acceso político; y entre medias, una estructura de conseguidores capaz de convertir la influencia institucional en un negocio geopolítico. La multipolaridad, una vez retirado el barniz, no huele a la estabilidad internacional prometida por Pekín, sino a petróleo, antenas, contratos, comisiones y control.
Así se explica que España haya mantenido con Huawei una relación mucho más permeable que otros países de su entorno. Mientras los aliados occidentales limitaban, arrinconaban o expulsaban a la tecnológica china, aquí la prudencia era sospechosamente inexistente. Por eso, la presunta intervención de un expresidente en el despliegue del 5G no puede tratarse como mera corrupción. La cuestión no es solo si cobró, cuánto cobró o quién emitió la factura, sino el hecho de que un antiguo jefe del Gobierno haya operado, en la práctica, como facilitador de intereses de Estado para una superpotencia aun a costa de la seguridad nacional. En un país con un mínimo instinto de supervivencia, eso habría encendido todas las alarmas; en España ha producido, como mucho, un puñado de tertulias.
Pero Huawei no aparece solo en el plano abstracto de la seguridad nacional, las redes críticas y el despliegue del 5G, sino que desciende al terreno mucho más concreto del dinero y del entorno familiar. La policía localizó un contrato de más de un millón de euros entre la tecnológica china y la empresa de las hijas de Zapatero. Curiosamente, Huawei desapareció de su portafolio web justo cuando estalló en Bruselas una investigación por presuntos sobornos vinculados a la compañía. Nadie niega el derecho a facturar por servicios, pero el problema es que la UDEF sostiene que tales servicios no aportaban un valor técnico apreciable. Dicho de otro modo, la factura no parece pagar un trabajo, sino comprar un entorno: apellido, proximidad, acceso y discreción, bienes que en esta clase de operaciones pueden valer más que cualquier informe.
El dinero es la prosa que aterriza todos los idealismos, y el supuesto idealismo de Zapatero no escapa a esa realidad. El sumario del caso Plus Ultra identifica transferencias recibidas por el expresidente desde firmas vinculadas a China, canalizadas a través de consultoras y plataformas como el Gate Center. El nombre resulta proverbial: Gate, puerta. Una puerta de entrada para intereses chinos en España y Europa que nació en 2022, justo cuando España tramitaba la Ley de Ciberseguridad 5G, una norma que afectaría directamente a Huawei. Las casualidades existen, por supuesto, y la vida sería insufrible sin ellas, pero en política son extremadamente raras, más aun cuando todas confluyen en la misma dirección postal.
Las estructuras modernas de influencia no son cajas negras, sino cajas grises. La caja negra registra los hechos como son; la caja gris los maquilla. Cuenta con web corporativa, organigrama, fotografías de eventos, lenguaje neutro, desayunos de trabajo y palabras como liderazgo, impacto, transición, transformación y futuro. No necesita ocultar nada, le basta con dispersar el conjunto, trocearlo y repartirlo entre sociedades, contratos, sedes, nombres y actos públicos, confiando en que nadie se tome la molestia de recomponer el puzle. El poder contemporáneo ha aprendido que no necesita esconderse, sino que basta con exhibirse con absoluta corrección para volverse casi invisible. Esa es su astucia: convertir la falsa transparencia en opacidad.
La biografía de Feng Yi Zhang parece escrita precisamente para desenvolverse al amparo de esa opacidad. Copresidente del Gate Center y figura clave de su conexión asiática, se presenta bajo el disfraz del empresario global, exhibiendo presidencias de consorcios, escuelas de negocios, trayectoria académica, redes internacionales y un aura cosmopolita. Todo en su perfil público se adapta como un guante al capitalismo global: un inversor, un mediador y un hombre de mundo más. Sin embargo, en esa biografía se omite un dato crucial: su formación en la Academia de Comando del Ejército Popular de Liberación de Nanjing.
No hablamos de una escuela de negocios, sino de una institución militar de élite dedicada a la formación de cuadros de mando y vinculada a la cultura estratégica del Ejército Popular de Liberación. Ese dato por sí solo no convierte a Feng en un agente secreto de película, pero obliga a mirar de nuevo toda la escena desde otra perspectiva. En China, empresa, Estado y ejército no son mundos separados por limitaciones liberales, sino partes de una misma maquinaria de poder.
La inauguración de la delegación de Gate Center en Pekín completa el cuadro: una plataforma española de análisis global, presidida simbólicamente por un expresidente del Gobierno, abre una filial asiática bajo la dirección de un empresario chino vinculado al aparato militar de su país. En la fotografía todo parece cooperación, en el lenguaje oficial todo es diálogo y en la superficie todo es modernidad. Pero la historia nos enseña que las operaciones de influencia no se delatan por lo que proclaman, sino por lo que conectan. Y aquí se conectan una compañía tecnológica estratégica, petróleo venezolano, consultoras españolas, empresas familiares, plataformas de influencia, mediadores políticos, activos de la inteligencia china y estructuras estatales controladas orgánicamente por el PCCh. No hay azar, sino arquitectura.
Esta arquitectura no se conforma con ocupar el espacio por donde circulan los datos, sino que necesita asentarse sobre el terreno. Después de la red tecnológica vienen las infraestructuras: carreteras, ferrocarriles, puentes, corredores logísticos, adjudicaciones públicas y obra civil. El poder que controla las comunicaciones tiene acceso a la información, pero el que construye infraestructuras obtiene presencia, dependencia y arraigo. La tecnología abre el sistema nervioso de un país; la obra pública penetra el esqueleto.
Ahí aparece Aldesa, constructora española adquirida por China Railway Construction Corporation, uno de los grandes brazos estatales chinos en el negocio mundial de las infraestructuras. La policía sitúa a Zapatero reunido con un mediador de la compañía en fechas próximas a adjudicaciones públicas. Podría parecer un capítulo distinto, pero no lo es: la tecnología permite infiltrar los flujos de información, mientras que la infraestructura permite asentarse. Una red transmite datos, pero una obra pública es presencia. Quien construye para un Estado termina conociendo sus necesidades, sus dependencias, sus urgencias, sus presupuestos y sus puntos débiles.
Sin embargo, incluso las operaciones más sofisticadas tienen episodios chuscos. La geopolítica habla de corredores, mercados, conectividad y alianzas, pero el dinero, cuando se queda solo, habla un idioma más antiguo. En el registro a Julio Martínez, amigo íntimo de Zapatero y presunto testaferro de la red, la policía encontró 286.000 euros en efectivo en bolsas de viaje y de golf. Parte del dinero estaba repartido en sobres con caracteres chinos manuscritos cuya traducción era «diez mil», la cantidad exacta que contenía cada uno. Después de tanta cooperación, tanta gobernanza y tanto entendimiento entre civilizaciones, el rastro terminaba de la forma más prosaica: en billetes, sobres marcados y dinero oculto detrás del radiador de un cuarto de baño.
Fangyong Du, conocido como «Miguelito Duch», completa esa caída del caballo. Empresario ligado a Huawei, vio vetada su nacionalidad por el CNI por motivos de seguridad nacional y espionaje. Sus empresas compartían el mismo piso señorial de Madrid que el Gate Center y fueron liquidadas pocas horas antes de que la policía entrara a registrar. No hace falta convertir una dirección compartida en sentencia para entender su valor político; en las redes de influencia, las proximidades importan. Importa quién factura, quién media, quién desaparece, quién comparte sede y quién cierra sociedades cuando la policía se acerca. El poder rara vez deja una confesión escrita, suele dejar rastros de convivencia.
La pieza venezolana no es un añadido exótico, sino la cámara de compensación que da sentido al mecanismo. Zapatero lleva años presentando su papel en Caracas como mediador de paz, el hombre del diálogo y el puente entre posiciones enfrentadas. Pero Venezuela no es únicamente una crisis política americana; es un nodo energético, financiero y geopolítico donde convergen intereses chinos, rusos, iraníes y bolivarianos. En ese entorno, la mediación nunca es inocente: puede aliviar presiones, legitimar interlocutores, abrir canales, suavizar sanciones, desbloquear operaciones y convertir una distancia diplomática en oportunidad económica. El mediador no solo acerca posiciones, sino que descubre que puede hacer circular petróleo, dinero, favores y poder.
El régimen de Maduro habría pagado favores de la red liberando cupos de petróleo para comisionistas a cambio de presiones favorables a intereses chinos en Europa. Así se cierra el hilo conductor de una serie de tramas que, en realidad, conforman una trama mayor: Huawei en el frente tecnológico, Aldesa y CRCC en infraestructuras, Gate Center como puerta de influencia, consultoras como engranajes de respetabilidad, empresas familiares como zona de proximidad, Venezuela como caja de compensación y China como beneficiaria estratégica. No es una línea recta, sino un entramado de líneas que interseccionan entre sí formando una constelación. Precisamente por eso resulta más eficaz. Las líneas rectas se observan con facilidad; las constelaciones exigen levantar la cabeza y saber mirar.
Lo verdaderamente grave no es que todo esto haya ocurrido en la sombra, sino que buena parte ha sucedido a plena luz, protegido por el lenguaje correcto. Nadie se presenta como intermediario de una potencia autoritaria ni entra en un salón diciendo que viene a facilitar la penetración de China en España. Todo se formula con palabras nobles como cooperación, desarrollo, alianzas, transición, modernización o amistad entre pueblos. Talleyrand, que sabía algo de traiciones disfrazadas de buenas intenciones, entendió mejor que nadie que la diplomacia consiste muchas veces en adornar lo que, dicho con claridad, resultaría insoportable. La diferencia es que ahora la diplomacia ya no pertenece solo a los Estados, sino que ha sido privatizada por redes, consultoras, exmandatarios, fondos, fundaciones y plataformas que operan en la difusa frontera que separa lo público de lo privado. Es ahí donde se juega buena parte del poder contemporáneo.
Zapatero encaja de manera casi perfecta en esa zona gris. No aparece como un operador marginal, sino como un expresidente con aura internacional, habituado a moverse entre gobiernos, foros, empresas, mediaciones y dictaduras tratadas con una delicadeza diplomática que no concede a sus propios nacionales. Su valor no reside en una competencia concreta, sino que es simbólico: abre puertas, legitima espacios y normaliza interlocutores porque fue presidente. Un antiguo jefe de Gobierno reclutado como activo es una herramienta formidable para cualquier potencia que aspire a infiltrar una democracia sin parecer que lo hace.
España no es vulnerable porque carezca de leyes —de hecho tiene demasiadas, incluso para regular aquello que antes se resolvía con sentido común o una mínima vergüenza—, sino porque carece de reflejos. Todo está documentado en alguna parte y es perfectamente visible para quien se moleste en buscarlo: una escritura, una factura, una transferencia, una web corporativa, una reunión, una adjudicación, una sociedad disuelta, una sede compartida o una foto diplomática. Sin embargo, todo eso tarda años en ser visto como conjunto. El secreto ya no consiste en esconderlo todo, sino en conseguir que cada fragmento parezca normal por separado. Esa es la ventaja de las tramas contemporáneas, que no necesitan ocultar cada pieza porque les basta con confiar en que nadie se molestará en componer el rompecabezas.
El caso Zapatero obliga a formular una pregunta que España evita desde hace décadas: qué ocurre cuando el poder público se convierte en patrimonio negociable; qué ocurre cuando la agenda de un expresidente se transforma en herramienta de intermediación exterior; qué ocurre cuando el prestigio institucional sirve para abrir puertas a los intereses estratégicos de un régimen totalitario; qué ocurre cuando la diplomacia paralela deja de ser una rareza y se convierte en un mercado accesible al mejor postor; qué ocurre, en fin, cuando la traición ya no llega envuelta en una épica siniestra, sino en cooperación, paz, amistad y oportunidades de inversión.
El poder contemporáneo no necesita imponerse con ejércitos si puede hacerlo con tarjetas de visita, ni necesita conquistar un país por la fuerza si puede cultivar dentro de él una red de mediadores, académicos, empresarios agradecidos, consultoras discretas, plataformas respetables y antiguos dirigentes capaces de prestar su biografía al servicio de intereses ajenos. Pero sería ingenuo imaginar que todo esto ocurre siempre a espaldas del poder formal. Tal vez la pregunta ya no sea si Zapatero engañó al Gobierno, si lo rodeó o si utilizó su antiguo prestigio para abrir puertas por cuenta propia. La pregunta más inquietante es si esas puertas estaban ya abiertas desde dentro.
El caso Zapatero obliga a mirar más allá del expresidente. Si Huawei conserva intacta su influencia en España mientras otros aliados occidentales la limitan, si empresas estatales chinas avanzan en sectores estratégicos, si la mediación venezolana sirve para conectar petróleo, comisiones e intereses de Pekín, si las plataformas de influencia se mueven con naturalidad entre Madrid, Caracas y China, y si todo eso ocurre durante años sin que el Gobierno lo frene, lo investigue o lo considere una amenaza, entonces el problema no es solo Zapatero.
No estamos ante un expresidente que actúa como francotirador de la influencia extranjera, sino ante algo más turbio: una diplomacia paralela que no discurre contra el poder, sino a su lado. No sería una desviación, sino la prolongación de una política exterior y económica cada vez más inclinada hacia Pekín.
¿Por qué ser mecenas de Disidentia?
En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.





















Debe estar conectado para enviar un comentario.