Las ocupaciones del espacio público que son tan del gusto de las izquierdas más fogosas y juveniles suelen ser recibidas por mucha gente como una suerte de manifestación de algo grave y desatendido y esa recepción, que constituye una forma de condescendencia, tiene un inconveniente muy serio porque oculta algo que nunca debiera perderse de vista, que son formas de violencia cuya percepción se ve suavizada, en cierto modo, porque nadie siente la necesidad de hacerles frente de manera directa. Son jóvenes, se dice, son radicales, son perroflautas o lo que fuere y ese dictamen manifiesta, también de un modo bastante oblicuo, que nadie espera, en el fondo, que ese sarpullido pase a mayores.
Ocurre, por el contrario, que, en ocasiones, esa erupción si se convierte en un cáncer, como ha sucedido con muchos de los movimientos con ese cariz en las naciones hispanas y ahí tenemos el ejemplo de Cuba o de Nicaragua donde los líderes surgidos de esas viruelas han acabado impidiendo las elecciones libres, de hecho, o incluso proclamando ese final glorioso de la revolución al decir, como ha hecho Daniel Ortega, que en Nicaragua ya nunca habrá unas elecciones. Aunque puede que todavía sea más vergonzosa y execrable la conducta de los chavistas apañando un buen pasar con Trump de modo que éste se lleva la pasta y Delcy sigue al frente del cotarro.
Lo que ahora ocurre es que hay un intento de volver patas arriba el sistema político de la transición y que ese intento lo protagoniza el sanchismo con la entusiasta ayuda de etarras y secesionistas
Pero volvamos a nuestro caso, a lo que está pasando en Sol, por ejemplo. No creo que quepa temer que los acampados tomen el poder e instauren una dictadura, pero si eso no ocurre será, únicamente, porque no pueden lograrlo. En su espíritu sí está esa vocación de intervención por las bravas que se manifiesta convirtiendo la puerta del Sol en un espacio en el que sólo ellos mandan, sin que nunca se sepa con qué títulos legítimos. También se percibe su ambición desmedida en su marcha sobre el Congreso que es como un signo de que puedan venir presiones más directas y acciones más violentas, si no se les hace caso. Seguro que si se les pregunta dirán que son partidarios de la pena de muerte, pero no renuncian a un designio lapidario: “Ayuso, cuidado”.
En ese juego al amparo de las libertades, la prudencia general y las maniobras políticas de un gobierno en apuros, se han llevado por delante los derechos de unos cuantos, sin la menor vacilación. Impiden el comercio de pequeñas tiendas, obstaculizan el trabajo de profesionales que necesitan moverse con libertad, prohíben a los ciudadanos acceder al Metro y tocan las narices a los cientos de miles de madrileños que están lejísimos de sentir nada parecido a lo que ellos quieren imponer mediante esa violencia medida, pero violencia al fin y al cabo.
Tratan de presentarse como un movimiento espontáneo, pero no hay que ser Einstein para entender que la trama que mueve todo ese tinglado es compleja y costosa y que detrás de ella hay un abigarrado y oscuro laberinto de ayudas políticas, con cargo al bolsillo de todos ustedes, sueldos y subvenciones que son las columnas que sostienen el trabajo de los dirigentes, de esos cargos ocultos que nadie ha elegido, salvo, si acaso, en asambleas más manipuladas que un alimento ultraprocesado en oferta promocional. Creo que todo esto es de sobra conocido por cualquiera que no quiera comulgar con ruedas de molino, de manera que la pregunta esencial es ¿quién juega con todo esto, quién saca tajada?
Se dice que en Sol, no puedo asegurarlo, ha recibido aplauso una especie de moción a favor de los marroquíes que han ocupado Ceuta y en contra de la bandera ceutí, amén de la española. Es evidente que existe una connivencia política muy estrecha entre quienes quieren hacernos creer que Marruecos no ha llevado a cabo una operación de guerra mixta y la movilización, justo ahora, de estos chicos que dicen salir en auxilio de una anciana mancillada, al parecer, por la legislación de Franco.
Al margen del disparate histórico que es hijo de la ignorancia voluntaria, al acusar al dictador fallecido hace ya más de medio siglo, lo que quieren hacer es ofender y culpabilizar de lo que se les ocurra a todos los que no nos arrodillamos frente a los dogmas izquierdistas. Su violencia, que no llega a más por pura impotencia, sirve también para disimular que el gobierno de Pedro Sánchez, que, a estos efectos, sigue siendo el amo, el clavo ardiendo al que tienen que agarrarse para disimular su inanidad, no sólo no ha hecho nada de lo que hubiese podido hacer para empezar a tratar el gravísimo problema de la vivienda de manera razonable y factible, sino que ha sido el necio laborioso que lo ha llevado a un nivel casi explosivo.
Como escribe Lindbeck en The Political Economy of the New Left, «el control de los alquileres es la forma más efectiva para destruir una ciudad, junto con el bombardeo» y eso han hecho Sánchez y los suyos mientras han podido, bombardear Barcelona, Madrid, Málaga, el País Vasco y las Canarias, sobre todo. Una penúltima fortuna ha impedido, de momento, que esa legislación destructiva consiga efectos todavía peores.
Es cierto que gracias a nuestras instituciones, sobre todo al Rey, a la prensa, a algunos funcionarios valientes y a la judicatura, todavía no hemos alcanzado el nivel de deterioro político que ha hundido hasta límites insoportables a muchas repúblicas hispanas, pero tenemos que dejar de considerar como una especie de acné juvenil las pretensiones de estos alevines que pretenden el derribo de las instituciones representativas. No es casualidad que ese sea también el sueño húmedo de lo que ya no se puede llamar socialismo porque es puro aventurerismo sanchista, subordinación del gran partido socialdemócrata de la transición a un proyecto suicida para la convivencia y para la libertad.
Hace un par de días escribía Juan José López Burniol, en la línea muy pesimista que ahora le caracteriza, que siempre había creído que en España hemos tenido un Estado muy débil pero la nación era fuerte y que ahora está empezando a pensar lo contrario, que es la nación la que desfallece. Me permito discrepar: es cierto que las izquierdas y los nacionalistas están haciendo todo lo posible por desguazar España, pero creo firmemente que no lo conseguirán.
Lo que ahora ocurre es que hay un intento de volver patas arriba el sistema político de la transición y que ese intento lo protagoniza el sanchismo con la entusiasta ayuda de etarras y secesionistas, pero lo único que consiguen en el plano popular es que aparezcan estos grupitos radicales bien financiados que están dispuestos a usar la violencia a su alcance, pero, al margen de lo que muevan los aparatos de los partidos implicados, desde el punto de vista de la opinión pública y la movilización ciudadana no tienen el menor respaldo y eso se verá con claridad en cuanto podamos acudir a las urnas, cosa que pasará, sin duda.
Las democracias pueden ser traicionadas, ha pasado muchas veces, pero los españoles nos hemos acostumbrado a la libertad y nadie nos la va a arrebatar y menos que nadie estos arrapiezos totalitarios que, si la cosa se pusiese seria, no tendrían ni media bofetada. Más preocupante resulta el intento de falsear el censo para tratar de resucitar votos muertos, pero esa maniobra ten burda ha tropezado como era previsible que lo hiciese. Ni con votos falsos ni con acabar con el voto conseguirán los que admiten la violencia para imponer sus quimeras poner fin a casi cincuenta años de libertad.
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