Francia contempla estupefacta el incendio de sus institutos. Se golpea a directores y profesores, incluso se les rocía con gasolina, se ataca a policías y bomberos, y se arrasan los centros con el pretexto de su degradación. 65 profesores han sido heridos, entre ellos 40 directores, y más de un centenar de institutos han resultado dañados gravemente. A esto lo llaman protestar. Pero, en democracia, protestar nada tiene que ver con eso. Una turba que incendia una escuela y agrede a quien intenta apagarla no protesta: ejerce la violencia.

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El relato que intenta justificar lo injustificable se ideó después. Discriminación, racismo y abandono de los suburbios. Por supuesto, hay carencias. Pero las reivindicaciones son un compendio de quejas,desde la falta de material hasta la comida del comedor, los horarios, la prohibición de los móviles en clase o la disciplina en la vestimenta. Un catálogo que poco tiene que ver con una injusticia grave y concreta.

El problema de cabalgar una multitud enardecida es que el jinete acaba siempre cayendo del caballo. Cuando la violencia se legitima moralmente, deja de obedecer a quienes la alentaron y amplía la lista de enemigos por su cuenta

El argumento de la discriminación es una cortina de humo. La escuela pública francesa se construyó sobre el universalismo republicano y mantiene una vigilancia estricta contra la discriminación por origen, raza o religión. Hay falta de recursos, centros peores que otros y, a lo sumo, injusticias puntuales, como en cualquier otra institución, pero de ahí a denunciar que cada aula es un laboratorio de opresión racial media un abismo.

En breve Francia celebra elecciones presidenciales y Jean-Luc Mélenchon necesita activar a un electorado joven que no tiene por costumbre acudir a las urnas. Su partido, La Francia Insumisa no disimula su estrategia: sus cargos se presentan en los institutos, jalean los bloqueos y se ofrecen como escudos humanos ante la presunta brutalidad policial.

Mélenchon proclama voz en grito que no habrá «ni olvido ni perdón»; Mathilde Panot, ayudado de un megáfono, enardece a los jóvenes gritando que «el poder os tiene miedo»; el alcalde de Saint-Denis incluso llegó a sugerir que la violencia era legítima, aunque luego rectificara. No hace falta imaginar ninguna conspiración: basta con ver a los políticos de extrema izquierda cabalgar a lomos de la agitación en dirección a las urnas para intuir de qué va la vaina.

En los suburbios, la izquierda radical ha unificado en un único relato los agravios sociales, la identidad étnica, la causa palestina y la islamofobia. No todo joven de origen inmigrante es islamista, pero desgraciadamente los entornos islamistas y antioccidentales ven en los disturbios su oportunidad. La proliferación de banderas palestinas y consignas ideológicas demuestran que lo que se ha colado en los institutos poco tiene que ver con la enseñanza. La mayoría de estos jóvenes no son recién llegados; son franceses de segunda o tercera generación. Lo que demuestra hasta qué punto determinados discursos llevan tiempo envenenando la convivencia.

El problema de cabalgar una multitud enardecida es que el jinete acaba siempre cayendo del caballo. Cuando la violencia se legitima moralmente, deja de obedecer a quienes la alentaron y amplía la lista de enemigos por su cuenta. Los líderes de la izquierda radical pueden creer que controlan el incendio, pero el fuego no tiene partido: hoy arde un instituto, mañana serán otros los que se quemen.

Una democracia no exige que la protesta sea cariñosa. Pero sí establece límites, como la integridad de las personas y el respeto a la ley. Cuando se golpea a un profesor que intenta apagar un incendio, ya no se ejerce el derecho a la protesta. Se impone la ley de la selva.

Esta confusión ni es nueva ni tiene su origen en el populacho. El 9 de diciembre de 2013, con el bicentenario de Georg Büchner, una universidad española organizó una mesa redonda titulada ¡Paz a las chozas! ¡Guerra a los palacios! Se proyectó un documental con ese nombre y varios profesores universitarios reivindicaron la vigencia del dramaturgo alemán. La invitación al evento ya era toda una declaración de intenciones: «La vigencia del legado de este joven revolucionario, doctor en medicina y escritor, debiera estar a la orden del día, puesto que nuestra situación de crisis en todos los ámbitos exigiría una respuesta como la que él puso en marcha en su época…».

Conmemorar a Büchner era un pretexto. El enfoque fue más político que literario. Pronto se instaló la idea que marcaría la jornada: “las democracias liberales capitalistas ejercen sobre los ciudadanos diferentes formas de violencia, desde la policial hasta la económica, resumidas en dos palabras que se repiten: desigualdad y precariedad”. Era 2013, el año más duro de la Gran recesión en España, y el momento propicio para reideologizar a una sociedad que vivía con angustia el fin de su prosperidad.

El mecanismo era simple: primero se estira el concepto de violencia como una goma de glicerina hasta abarcar casi cualquier injusticia, desigualdad o frustración. Después, una vez establecida la violencia del sistema como un hecho indiscutible, se justifica la violencia como defensa propia. De esta forma, los ponentes convertían a Büchner en referente de la violencia legítima, un ariete contra la democracia liberal y el Estado de derecho.

Para reforzar el argumento, se citó una frase de Büchner: «Si en nuestra época hay algo que puede ayudarnos, ese algo es la violencia». Büchner no fue un liberal pacifista tergiversado por académicos. Conoció y vivió la tentación revolucionaria, la defendió y pagó un alto precio por ello. Su obra no habla desde la distancia, sino desde la experiencia de quien se asomó al abismo y entendió que la violencia puede destruir un orden, pero no elige el que vendrá después.

En La muerte de Danton, el protagonista descubre que la máquina revolucionaria del Terror ya no necesita razones: le bastan enemigos. Danton es un revolucionario, pero también un hombre apasionado y sensible angustiado por la sangre derramada. Encarna al ser humano real. Robespierre, en cambio, es el revolucionario virtuoso e incorruptible, la utopía sin alma que se alimenta de sí misma. Cuando Danton duda, su duda es traición. La revolución no tolera a quienes tienen conciencia propia. Termina en la guillotina.

La escena que mejor expresa este vértigo tiene lugar en una calle. Una multitud enardecida recuerda que primero se ordenó matar a los aristócratas porque eran lobos; luego, al rey porque les quitaba el pan; más tarde, a los girondinos porque los condenaban al hambre. La gente dirigida por los cabecillas obedeció siempre y siguió miserable y descalza. Al final, la violencia prescinde de toda lógica. Ya no necesita una acusación concreta. «¡Muerto quien no tenga agujeros en la ropa! ¡Muerto quien sepa leer y escribir! ¡Muerto quien salga al extranjero!», gritan. De pronto ven a un joven: «¡Tiene un pañuelo! ¡Un aristócrata! ¡A la farola!». Ya no hace falta hacer ostentación de riqueza o tener un título nobiliario. Basta con un simple pañuelo. Algo que, por insignificante que sea, no tengan los demás

Ahí está el sinsentido que lleva a Danton a repudiar la revolución. La violencia política empieza identificando culpables y termina señalando a cualquiera. La culpa puede ser tener un piso demasiado grande, caro o simplemente coqueto. La necesidad se convierte en derecho; el derecho, en acusación; la acusación, en legitimidad para expropiar. Mañana ya no hará falta ninguna justificación. Nadie tendrá derecho a poseer nada.

Regular un alquiler, aumentar un impuesto o expropiar por ley no equivale a colgar a nadie de una farola, pero el lenguaje que convierte al propietario en parásito, al empresario en explotador y al que está en desacuerdo en fascista apunta en esa dirección: privar poco a poco al otro de su humanidad para no solo quitarle sus bienes, sino también sus derechos.

España lleva años envenenándose con esa pedagogía. Pedro Sánchez no inventó la polarización, pero la ha convertido en su método de gobierno. En el discurso de investidura de 2023 habló de un «muro» frente a la derecha y prometió emplear «toda la fuerza del Estado» para defender los valores democráticos. En su bando sitúo el progreso, la convivencia y la tolerancia; en el otro, a quienes, a pesar de haber sido votados por millones de españoles, eran una amenaza. En el mismo discurso llegó a decir que su Gobierno solo podía cuestionarse «desde el partidismo extremo o la mala fe», convirtiendo así la discrepancia en una tara moral.

Desde que Sánchez gobierna, no hay políticas acertadas o equivocadas, leyes útiles o inútiles, decisiones que debatir ni responsabilidades que asumir. Solo buenos y malos. Demócratas y fascistas. Progresistas y reaccionarios. La oposición no es que esté equivocada; es que es peligrosa. La palabra fascista, primero iba dirigida a los fascistas, luego a la extrema derecha, más tarde a la derecha y al final contra todo aquel que disienta.

La polarización de Sánchez no es un error ni una consecuencia de debates intensos. Es una herramienta. Sirve para mantener movilizado al bando propio cuando ya no puede ilusionarlo, para convertir cada fracaso en sabotaje, cada investigación en persecución y cada crítica en un ataque a la democracia. Sirve también para presentar la alternancia no como algo natural del sistema democrático, sino como una catástrofe moral a evitar.

Por ahora, dos cosas nos salvan de caer en la violencia abierta. Primero, España no es la sociedad joven, empobrecida y analfabeta de 1936. Es un país más envejecido y acomodado; una sociedad de hipotecas, pensiones, empleos, pequeños patrimonios y vidas demasiado esforzadas como para arriesgarlas en aventuras inciertas. La edad no garantiza la inmunidad frente a la irracionalidad, pero enfría los ánimos.

La segunda razón es más moral. La mayoría resiste la provocación. Se indigna, protesta, vota, acude a los tribunales o desespera, pero se resiste a responder a la violencia verbal con violencia. No es cobardía ni indiferencia. Es simple civismo. Aunque no conviene darlo por inagotable.

Durante un tiempo puede movilizarse a una parte del electorado mediante el miedo. Se pueden ganar votos agitando el odio y los agravios. Pero una sociedad no puede sostenerse en la envidia, el resentimiento y el rencor. Esos sentimientos pueden alimentar la maquinaria política, no la ilusión.

Esa maquinaria necesita alimentarse constantemente de nuevo culpables, mayores dosis de veneno, nuevos enemigos cada vez más cercanos. Cuando se agota el aristócrata, llega el burgués; después el propietario; más tarde, quien simplemente sabe leer o luce un pañuelo. La revolución no fracasa cuando se queda sin enemigos, fracasa porque no puede permitirse quedarse sin ellos.

Las tremendas imágenes que llegan desde Francia aún no son una profecía para España, pero sí una advertencia. Hay demasiadas personas  con agravios reales, demasiadas instituciones corrompidas y demasiados políticos, ideólogos y activistas dispuestos a convencernos de que toda frustración es violencia del sistema y que, por tanto, toda violencia contra el sistema es un ejercicio de justicia.

A pesar de cierta superstición romántica, las revoluciones violentas no hacen avanzar a la humanidad. No crean repúblicas de leche y miel, sino dictaduras, guerras y generaciones criadas entre escombros. Francia no encontró la luz al final del túnel porque rodaran suficientes cabezas, sino cuando, tras un baño de sangre y décadas de despotismos, el progreso económico, científico y tecnológico transformó la sociedad. Los verdaderos cambios los impulsaron personas movidas por sentimientos infinitamente mejores que la envidia y dirigentes más sensatos que los fanáticos de la pureza.

Una plaza abarrotada donde ruedan cabezas puede parecer una solución tentadora, incluso romántica, sobre todo cuando esas cabezas son las cabezas de otros. La realidad es menos literaria. Cuando se lleva la guerra a los palacios, la paz no llega a las chozas. Da igual cómo se justifique: la violencia sigue siendo la herramienta más burda. No construye un mundo nuevo. Ni siquiera sabe conservar el viejo. Es, como mucho, una medida desesperada inseparable de la calamidad; no es la salida, sino la entrada a la caverna.

La izquierda está jugando con fuego. Y el fuego, a diferencia de quienes lo alimentan, nunca distingue entre palacios y chozas.

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