Resultan sorprendentes las imágenes y videos que circulan en las redes sociales y medios de comunicación sobre la invasión de los Talibán en Afganistán durante el fin de semana. No es extraña, sin embargo, la noticia en sí misma sobre una región y, concretamente Afganistán, que ha sufrido décadas de invasiones, guerras civiles y conflictos étnicos que no se han resuelto hasta hoy y sobre los que pesa el papel que las potencias mundiales y occidentales han tenido en los sucesivos conflictos.

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El lector se preguntará ¿Por qué debemos preocuparnos por la estabilidad de un país alejado de las fronteras europeas? ¿No es más conveniente que los propios afganos definan sus soluciones y no inmiscuirnos en su política interna y en los conflictos de una región ajena a nuestra idiosincrasia?

Joe Biden ha ratificado la sospecha generalizada que se tiene respecto de la incapacidad o la falta de voluntad de que el país americano despliegue una política exterior con ‘altura de miras’ en un contexto donde no se pueden reducir los hechos a la pretensión filosófica de lesse fair lesse passer, porque la amenaza será aprovechada por otros protagonistas

Pero es fundamental prestar atención a este nuevo cambio del orden geopolítico en la región, aunque los ciudadanos y gobiernos que subyacen en aquellos países no compartan la cultura, el idioma ni la visión de las cosas y del mundo —por ejemplo, la democracia como sistema de gobierno y la libertad como valor indisoluble del ser humano— que los países europeos y occidentales tienen salvo contadas excepciones, más bien, reducidas a la corrupción de grupos u oligarquías que ostentan el poder en algunos casos.

Lo ocurrido este fin de semana no es más que la caprichosa repetición de la historia en una región tradicionalmente inestable política y socialmente que tiene un punto de quiebre en 1919, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y en 1973 cuando se establece el sistema de gobierno republicano, en un intento más por modernizar el país. Pero, aunque los hechos vertiginosos de los que somos testigos se remiten a consecuencias de orden histórico, me referiré al rol que ha tenido el presidente afgano y el análisis de la situación de la potencia norteamericana que son también importantes en un contexto voraz de información.

A más de uno ha extrañado la salida abrupta del presidente Ashraf Ghani, que apenas pudo proveer de certidumbre a los ciudadanos y frenar el avance de los talibanes a la capital afgana cuando los especialistas americanos —entre ellos la CIA y el Pentágono—, daban un margen de entre seis y dieciocho meses para que esto ocurra, lo que finalmente se produjo en apenas unas semanas.

Ashraf Ghani que fue profesor universitario en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, asume el poder en 2014 envuelto en un mantra nostálgico de las aulas que precedió y la experiencia académica no menos relevante que le antecede: es fundador de un think tank en Washington, cuya principal tarea era estudiar la brecha existente entre la participación de los ciudadanos y la confianza entre estos y los Gobiernos para la creación de políticas públicas.

El presidente huido de Afganistán pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, entre centros universitarios, círculos académicos y consultoras políticas. Y en buena medida, conocía mejor Estados Unidos que Afganistán (para ser presidente de su país tuvo que renunciar a su nacionalidad americana).

Una vez en el poder, al que accedió gracias a su capacidad para convencer y codearse con los americanos —quienes verdaderamente decidían sobre el futuro de la nación ‘ocupada’—, abrazó el nacionalismo de su comunidad étnica, los pastunes, lo que produjo una división aún más profunda con las otras comunidades que habitan el país árabe, y nunca pudo establecer una cooperación notable y duradera con otras potencias que lo rodean, como China, Irán o Pakistán: su incapacidad política se vio dimensionada en los dos ámbitos, interno y externo, y su liderazgo se redujo a la figura ornamental de un gigante con los pies de barro.

Ashraf Ghani es el más claro ejemplo del fracaso de las élites occidentales en Medio Oriente, territorio históricamente hostil a los encantos de la democracia y los sistemas liberales de gobernanza y economía. A ello hay que sumar la desidia que los gobiernos americanos han tenido en este caso en concreto y la ausencia de una política exterior seria para la resolución de un conflicto que amenaza a la estabilidad de Europa: violencia, migración y terrorismo.

Ghani no solo ha sido derrotado estrepitosamente por los talibanes, ha sido abandonado por los americanos y ninguneado por sus aliados internos e incluso por el propio ejercito afgano corrupto y sin motivación alguna por defender una patria que, en cierta medida, no les reporta ningún valor moral ni económico.

Estados Unidos ha abandonado Afganistán a su suerte y Joe Biden ha ratificado la sospecha generalizada que se tiene respecto de la incapacidad o la falta de voluntad de que el país americano despliegue una política exterior con ‘altura de miras’ en un contexto donde no se pueden reducir los hechos a la pretensión filosófica de lesse fair lesse passer, porque la amenaza será aprovechada por otros protagonistas, tal como ocurrió en los años setenta con la invasión rusa, denominada guerra afgano-soviética que se extendió hasta los años noventa. Por su parte, China buscará evitar verse afectada por las hostilidades en Afganistán, país con el que comparte unos 60 kilómetros de frontera en la región noroccidental de Xinjiang.

Estados Unidos, el país liberal y capitalista por excelencia y una de las mejores democracias del mundo se ha quedado ausente y sin posición, mientras el pueblo afgano se debate entre la huida y la resignación a un régimen absolutista islámico que no reconoce los Derechos Humanos ni ninguna categoría de libertad y dignidad humanas, solo la barbarie.

*** Mateo Rosales, Abogado y máster en Gobierno, Liderazgo y Gestión Pública.

Ilustración: DonkeyHotey.

Contenido publicado originalmente en la web del Instituto Juan de Mariana.

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8 COMENTARIOS

  1. Las élites occidentales, solo tienen de occidentales la ubicación geográfica de sus casoplones. Como acertadamente señala Argantonio, las élites y no solo las useñas (gentilicio cortesía de Pío Moa) son élites de la plutocracia, del globalismo. La derrota en Afganistan no es una derrota de Occidente como civilización, sino de los globalistas europeos y useños.

  2. Como dice Rabo de Pasa, la élite occidental (anglosajona) ya no puede esconder su ineptitud y su venta a agendas ocultas. Es imposible hacerlo tan mal y dar muestras de tanta estupidez. Tiene que ser orquestado. Estos piensan que el mundo es su finca, pero ya no son lo que eran. EE UU cada vez se parece menos a un país, sino que parece un estado subcontratado por la plutocracia. Por otra pparte, en España no hay élites. Lo que vemos no pasam de administradores del cortijo.

  3. El problema de esta época es elegir donde situarnos para analizar la política de Occidente. Si en la política de Asia es fácil situarse para contemplar el panorama e intuir como puede desarrollarse, en occidente no hay objetivos concretos por parte de las naciones, ni lugar en el que situarse para desarrollarlos.

    La agenda 20-30 es una contradicción en esencia que solo sirve a unos pocos y empobrece y subyuga a la mayoría. 20-30 tiene menos futuro que adivinar el futuro.

    La estrategia de disgregación y enfrentamiento social ha activado una variedad de intereses particulares que difuminan un objetivo común tanto de las naciones como de las élites. Nos encontramos con naciones disgregadas y sin referencias comunes, con miles de organismos y administraciones con intereses ajenos o contrapuestos que regulan e inciden en la vida diaria de la gente. Sin conocer el mundo han querido inventarse el mundo prescindiendo de todo conocimiento anterior.

    Ideologías ramplonas se han adueñado de un discurso político alejado de toda realidad, conocimiento y experiencia.

    Los jóvenes de occidente no han vivido occidente, han vivido videos y juegos virtuales,

    Lo que ha sucedido en Afganistán era lo que todos sabíamos que sucedería desde la voladura de los Budas antes de las Torres Gemelas. Del «Veni Vidi Vici.» de Julio César hemos pasado al Voy, Trinco y Vuelvo.

    Ahora solo falta saber si el «Fuck Joe Biden» que le gritan en USA no está orquestado en esta ocasión por los mismos que orquestaron la ida y vuelta de Afganistán.

    Yo soy español, extremeño y nacido en la calle Hernán Cortés esquina con Viriato, nadie va a venir a estas alturas de la historia cargando como cargo con genes españoles de la más diversa procedencia acumulados durante siglos a contarme como son, piensan y sienten el resto de culturas cuando yo las llevo todas puestas. Soy español, leches. Esto ya lo hemos vivido muchas veces.

  4. Excelente relato donde se nos vuelve a descubrir el Mediterraneo, Sr Rosales.

    ¿Nuestras «élites» que élites son?

    Porque pareciera, y es así, que sólo existieran élites en el mundo anglo. Las de origen francés o pasan por cedazo USA o no valen (desde que de Gaulle no anda ahí, de Gaulle que fue enviado a galeras por las élites francesas pasadas por USA).

    De las alemanas (germánicas) ni le cuento. Y lo relacionado con las élites católicas pasadas por el Vaticano … después del Concilio (incluso antes) están a otras cosas. Y del resto para que mencionarlas.

    O sea que cuando hablamos de élites son élites anglo y punto. Una vez ahí habrñía que ver donde han pastado esas élites desde la IIGM, incluso antes… Usted ha nombarado dos universidades por las que pasó el expresidente de Afganistán, Berkeley y Johns Hopkins, nada mas y nada menos.

    Y la pregunta del millón es quien manda en esas y otras universades de élite useñas. Y que papel han tenido y tienen fundaciones Ford, Rockefeller, CFR, Gates… en la conformación de esas élites.

    Las élites del futuro, visto el panorama, vendrán de China, Rusia, India… y las nuestras serviran de guias turísticos y poco mas.

    Un saludo

  5. Gran error es creer que Estados Unidos es ahora una democracia. ¿Qué clase de democracia es esa en la que no se verifican los votos y se le prohíbe a Trump que use las redes sociales?
    Pero esta degradación no es un fracaso de las élites occidentales, es que esas élites están imponiendo un nuevo totalitarismo y están teniendo éxito.

    • En ese país, antaño considerado muy democrático, el presidente Biden quiere imponer la vacunación obligatoria. ¿Por qué la élites tienen más interés en eso que en librar a los afganos de los talibanes? Seguramente algunos negocios turbios les irán mejor a las élites con los talibanes dando mal.

      • Ayer una radio, no se con que intención aunque la supongo, daba datos de hospitalizados vacunados y no vacunados. Según decían les había costado recabar los datos y el gobierno y algunas comunidades no los habían facilitado. A la radio le aconsejaría que compararse las cifras de fallecidos por/con Covid de vacunados y no vacunados. A lo peor se asustan.

        Sin embargo el pasaporte Covid es registrado y comprobable en todo el mundo.
        Aquí hay algo que no encaja, el registro tiene constancia internacional pero no autonómica o nacional.

        Yo no sé si los políticos son todos imbéciles y no saben registrar un muerto, enfermo o parado o nos toman por imbéciles.

        Ese empeño en la vacunación obligatoria no tiene ningún sentido si no es el la primera vuelta de tuerca antes de la segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima… Vuelta de tuerca a la libertad.
        Me temo que eso aquí el PSOE se lo dejará el PP. Feijóó, Bonilla y Casado apuntan maneras de imbéciles totalitarios.