En España, la estructura de los hogares ha cambiado de forma profunda en las últimas décadas. En torno a 1995, los hogares unipersonales representaban aproximadamente un 9 % del total, los hogares de dos personas alrededor de un 22 %, y los de más de dos personas —incluyendo familias con hijos— superaban ampliamente el 65 % del conjunto. Treinta años después, el patrón se ha reconfigurado en estos términos: los hogares de una sola persona rondan ya el 29 %, los de dos personas se sitúan en torno al 31 %, y los de más de dos personas han descendido hasta aproximadamente el 40 %. En este cambio estructural, los hogares monoparentales han seguido una evolución especialmente significativa. En torno a 1995 representaban en torno a un 5 % del total, unos 700.000, mientras que en 2025 se sitúan en torno a los dos millones, según el INE.
Quien crea que va a ser posible sostener una sociedad funcional y democrática sin una cantidad suficiente de hogares nutridos, sencillamente se equivoca
Hay algo que me fascina del análisis del vaciamiento de los hogares y el crecimiento sin freno de la familia monoparental, y es que jamás se menciona su causa más obviamente principal: el aumento (también sin freno) del fracaso amoroso. Decía Woody Allen que había muchas causas para el divorcio, pero que la principal fue, es y será el matrimonio; lo mismo cabe decir de este desgraciado fenómeno, cuya causa esencial es que el amor cada vez funciona peor y, lo que es más sangrante, por motivos en buena medida evitables.
Vayamos por partes. Lo primero, aunque sea un tanto obvio, es aclarar por qué el fenómeno es desgraciado. Hogares con menos personas, por ejemplo, con una, son hogares más precarios. De un lado, la amenaza de la soledad; de otro, la dificultad de sostenerse en unidades más pequeñas. De las familias monoparentales, qué decir: socioeconómicamente, están entre las más vulnerables; socioafectivamente, suponen una sobrecarga evidente para el adulto y una mayor exposición a inestabilidad para los hijos, al concentrarse en una sola figura responsabilidades que de otro modo se repartirían y al perderse la complementariedad entre ambos progenitores. Y ello sin entrar siquiera en la fragilidad de las redes de apoyo que de ahí se deriva, o en lo que supone la proliferación de unidades más pequeñas en un país con el drama habitacional de España.
La gente se enamora menos, convive menos, ama menos. Saludar esta alteración como un mero «cambio de formato» (como estúpidamente algunos sostienen respecto al abandono de los libros en favor de los medios audiovisuales) solo está al alcance del progresismo más tosco y necio, aquel que interpreta toda variación como un avance. En las últimas décadas, la soltería ha aumentado de forma sostenida en los países desarrollados. En Estados Unidos, por ejemplo, el porcentaje de adultos que viven sin pareja ha pasado de alrededor del 30 % en los años noventa a cerca del 45 % en la actualidad, según datos del Pew Research Center. Tendencias similares se observan en Europa, donde los hogares unipersonales han crecido de forma constante y ya representan en torno a un tercio del total en muchos países, de acuerdo con Eurostat.
Este cambio estructural ha ido acompañado de una transformación en los criterios de elección de pareja. Al hacerse más viable la vida en solitario —especialmente para las mujeres con mayor nivel educativo—, la tolerancia a relaciones percibidas como «insatisfactorias» ha disminuido. No hace falta decir que verse atrapada en una relación dañina por falta de independencia económica era un mal a vencer; pero lo que ha llegado en su lugar no es una disposición fuerte y aventurera, sino una actitud en exceso cauta y exigente, con rasgos propios de una lógica de consumo. Hoy, en la mayoría de los países occidentales, las mujeres superan a los hombres en acceso a la educación superior, lo que ha elevado el umbral mínimo de estabilidad económica y cultural exigido en una pareja. En términos prácticos, una relación «neutral» o mediocre ha dejado de ser una mejora evidente respecto a la soltería. Sumémosle a esto la deleznable ideología misándrica («todo hombre es un violador en potencia», etcétera) y el miedo propalado en las redes y tendremos el cuadro completo del hundimiento.
El resultado es un desfase creciente entre oferta y demanda. Ya no es China, que paga el castigo de su demente política asesina de niñas; el problema ya está entre nosotros. Los hombres con menor nivel educativo —especialmente aquellos sin estudios superiores— presentan tasas más altas de desempleo o precariedad laboral en prácticamente todas las economías avanzadas. En la Unión Europea, la brecha de ingresos y estabilidad laboral entre niveles educativos es especialmente marcada, y los hombres con menor formación quedan sobrerrepresentados en los segmentos económicos más frágiles. Esto tiene un efecto directo en el mercado afectivo: menor estabilidad económica implica menor probabilidad de emparejamiento estable. Hay un sinnúmero de varones que están siendo rechazados a tasas no razonables en cuanto a su valía humana real, que no puede explicarse únicamente en términos socioeconómicos; aten cabos y llegarán hasta la manosfera o los incels, que no son objeto de comprensión, ni siquiera de estudio, sino de escarnio.
Hay, además, un factor conductual: las encuestas de uso del tiempo muestran de forma consistente que las mujeres valoran cada vez más la corresponsabilidad doméstica y emocional en la pareja. Cuando esta no se percibe —o cuando se percibe de forma insuficiente—, aumenta la decisión de no entrar en relaciones o de abandonarlas. Falta por conseguir en este sentido, pues las mujeres siguen sobrerrepresentadas en los cuidados y tareas domésticas; pero es demencial negar que los jóvenes están muy cerca del equilibrio. Lo que sucede es que cada vez hay menos intención de solventar los desequilibrios que queden en la convivencia (incluidos los aspectos que han de mejorar las mujeres), cuando precisamente así —con dificultad y ajuste— se han resuelto históricamente muchas tensiones convivenciales. Ya no conviene que ocurra, porque hay mercachifles de la propaganda a quienes les va el sueldo en ello; toca reeditar la guerra entre los sexos.
Un dato especialmente revelador apunta a la transformación del propio concepto de vínculo: en encuestas recientes en países como Japón, Corea del Sur o Estados Unidos, entre un 5 % y un 10 % de los jóvenes solteros reconoce que podría mantener algún tipo de relación afectiva con una inteligencia artificial. Estas tecnologías —cada vez más avanzadas en conversación y personalización— introducen una forma de compañía que elimina fricciones básicas de la convivencia. Puesto que no exigen reciprocidad material, ni entran en conflicto doméstico y mantienen una disponibilidad constante, empiezan a ser preferidas por demasiada gente. Háganse una idea del monstruo que estamos alimentando: una industria que proporcione satisfyers a las mujeres y robots sexuales a los hombres; comunidades femeninas de sostenimiento mutuo e inteligencias artificiales que no se quejen ni exijan, complacientes ficciones para los hombres. Una sociedad que perpetúa la inmadurez, en suma, porque solo en el contraste y el conflicto adulto y en la incomodidad del compartir puede un ser humano realizar el proyecto al que está llamado, que es el de una vida problemática, sí, pero lograda.
El resultado de estas tendencias no es solo un cambio en los patrones de pareja, sino una redefinición progresiva de lo que se considera una relación viable. Cada vez hay menos tolerancia a la mediocridad percibida y mayor exigencia de compatibilidad económica y emocional. Al juntarse con la aparición de sustitutos digitales que compiten, al menos en parte, con las relaciones humanas (no «tradicionales», sino «humanas», a secas), cabe esperar lo que ya tenemos, un aumento sostenido de las patologías relacionales. No va a haber psicoterapeutas para tanto entuerto, ni tampoco dinero, porque España no es precisamente un país que esté en la tesitura de explorar gastos adicionales.
La carcoma —nombre doméstico para un conjunto de diminutos escarabajos xilófagos de la familia Anobiidae— tiene algo particularmente inquietante. Apenas visible, casi insignificante, deposita sus larvas en la madera y desaparece; lo que sigue ocurre en silencio. Durante años, esas larvas excavan galerías invisibles, devoran la estructura desde dentro, sin alterar en apariencia la superficie. No hay estruendo, no hay señal evidente, hasta que un día la viga cede y entonces descubrimos que llevaba mucho tiempo hueca. Hay procesos sociales que operan del mismo modo. No estallan, no ocupan titulares constantes, pero avanzan sin pausa, debilitando aquello que parecía sólido. El fracaso amoroso es una de esas plagas. No se presenta como una crisis colectiva, sino como una suma de historias privadas; y sobre todo como un proceso inexorable. Sin embargo, cuando se acumula, empieza a corroer —sin estridencias— los fundamentos mismos de la vida en común.
Quien crea que va a ser posible sostener una sociedad funcional y democrática sin una cantidad suficiente de hogares nutridos, sencillamente se equivoca. Ha llegado la hora de que nos pongamos serios con el amor, la hora de devolverlo al centro de la conversación pública. Hablemos del aprendizaje de la convivencia, de la paciencia, del perdón, de la elección sostenida, de la educación sentimental de nuestros hijos, de la diferencia entre libertad y huida, entre exigencia legítima y soberbia defensiva, entre protección de uno mismo y clausura del corazón. Hablemos también de la gente que se quiere, se aguanta y se corrige, de la gente que lucha por algo más grande que sus comodidades. El amor no es una antigualla sentimental; es uno de los componentes esenciales del sentido. Hay otras formas de amar que no son la erótica, pero no hay otra aventura de igual tamaño ni de mayores consecuencias que comprometer la vida con otra persona. Allí donde el amor se degrada, la sociedad no se vuelve más libre, sino más triste y débil; allí donde el amor se honra y se protege, se reconstruyen la confianza y la alegría.
No vamos a resignarnos a la carcoma: lo vamos a reconstruir todo.
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