Arcadi Espada escribió la crónica de una derrota. El único inconveniente es que España había ganado. Sería demasiado fácil detenerse en esa discordancia. Los errores de previsión pueden resultar divertidos, pero los errores de concepto son más interesantes, porque no desaparecen cuando el marcador los desmiente. Y el verdadero error del artículo no consiste en haber anticipado la derrota de España, sino en haber confundido un equipo con una masa, la cooperación con el colectivismo y la disciplina que proyecta el talento con la sumisión que lo anula.
Espada contempla la selección y cree ver en ella una parábola de la España contemporánea: la estrella disuelta en el colectivo, el mérito devaluado por decreto, la excelencia sometida a la coreografía, el individuo obligado a agachar la cabeza para no destacar sobre los demás. El diagnóstico podría perfectamente aplicarse a nuestro modelo educativo, a las Administraciones e instituciones españolas y, sobre todo, a la política. Pero la selección es precisamente uno de los peores ejemplos posibles para demostrarlo. Porque un equipo de alta competición no es una organización colectivista. Es casi exactamente lo contrario.
El individualismo liberal nunca ha consistido en imaginar una sociedad formada por ermitaños que se contemplan altivamente desde sus respectivas cuevas. El mercado es cooperación. La empresa es cooperación. El contrato establece obligaciones bidireccionales. La división del trabajo convierte capacidades distintas en resultados que ningún sujeto podría alcanzar por separado
El colectivismo convierte al grupo en sujeto moral y al individuo en un mero consumible. Desconfía de las diferencias, recela de la excelencia, protege al mediocre frente a la competencia y termina pidiendo a los mejores que agachen la cabeza para no dejar en evidencia a los demás. Un equipo competitivo hace lo contrario: selecciona, discrimina, jerarquiza, mide, compara y exige. No le pide sus estrellas que dejen de serlo, sino que lo sean en el momento preciso y en beneficio de todos.
No se me ocurren instituciones menos igualitarias que la selección nacional. Entre millones de futbolistas se elige a unas pocas decenas. Y de esas decenas, solo once jugadores comienzan el partido. Algunos juegan todos los minutos; otros aguardan en el banquillo; otros ni siquiera son convocados. No hay un derecho universal para disputar una final, policía de cuotas ni redistribución de goles ni reparto solidario de regates. El puesto se gana, la titularidad está siempre en disputa y el rendimiento es examinado por millones de espectadores. El banquillo no es injusticia social. Es consecuencia de la competencia.
Tampoco se expropia el mérito. El gol tiene nombre propio. La parada tiene portero. El pase fallado, responsable. La entrada decisiva, el desmarque, el regate, la pérdida y la genialidad no son anónimos: tienen nombre. El equipo no borra la autoría: la hace posible dentro de una estructura en la que las acciones de cada uno adquieren sentido gracias a las de los demás. Una masa disuelve la responsabilidad. Un equipo la distribuye con una precisión pasmosa.
El artículo de Espada presupone que el sistema y el talento mantienen una relación inevitablemente hostil: allí donde aparece la organización, el individuo desaparece. Pero esa oposición es equivocada. Un sistema puede asfixiar el talento, naturalmente, pero también puede liberarlo. El quid está en si pretende uniformar o coordinar las diferencias.
Un delantero necesita que alguien recupere el balón, que otro construya la jugada, que un tercero arrastre a los defensas y que un cuarto encuentre el espacio. Esa cadena no disminuye el mérito del que acaba marcando el gol. Lo hace posible. La genialidad individual no surge en el vacío, sino dentro de una red de cooperaciones, anticipaciones y esfuerzos recíprocos. Hasta el jugador más extraordinario necesita que los otros diez comprendan y cooperen con su excepcionalidad.
La psicología social tiene un concepto que explica este fenómeno: la fusión de identidad. Se produce cuando alguien siente una profunda unidad con un grupo sin que desaparezca su identidad personal. El yo individual no es sustituido por el colectivo. Su carácter, su voluntad, su talento y su iniciativa no se extinguen; se orientan hacia un objetivo compartido. Eso es muy diferente del colectivismo. En el colectivismo, el grupo exige que el individuo se reprima. En un equipo, exige que alcance su mejor versión.
El error resulta especialmente llamativo en alguien que defiende el individualismo. Porque el individualismo liberal nunca ha consistido en imaginar una sociedad formada por ermitaños que se contemplan altivamente desde sus respectivas cuevas. El mercado es cooperación. La empresa es cooperación. El contrato establece obligaciones bidireccionales. La división del trabajo convierte capacidades distintas en resultados que ningún sujeto podría alcanzar por separado. La alternativa al colectivismo no es el aislamiento, sino la cooperación voluntaria.
Las empresas privadas más exitosas, que viven de la competencia y del talento, dedican ingentes recursos a formar equipos, coordinar departamentos, definir objetivos y alinear incentivos. No lo hacen porque sean socialistas, sino porque saben que un conjunto de individuos brillantes actuando a la buena de Dios resulta mucho menos eficaz que un conjunto de personas que comprenden su función y confíen unas en otras. El individualismo que no sabe cooperar no produce excelencia. Produce una cacofonía de solistas interpretando simultáneamente diferentes partituras.
Es cierto, sin embargo, que no resulta fácil separar a la selección de la propaganda interesada. Espada tiene razón al desconfiar de su utilización como símbolo de una España «mestiza, igualitaria y risueña». La política contemporánea tiene la irritante costumbre de apropiarse de cualquier éxito para convertirlo en demostración de sus prejuicios. Si vence una selección formada por jugadores de distintos orígenes, la victoria pasa a presentarse como una confirmación de los dogmas progresistas. Si los jugadores sonríen, sonríe la diversidad. Si se abrazan, se abraza la España plurinacional. Si levantan la Copa, la levanta el Ministerio de Igualdad. Pero una cosa es la propaganda y otra muy distinta el mecanismo real que desemboca en el éxito.
España no gana porque sus jugadores representen el mestizaje, ni tampoco a pesar de que lo representen. Gana, simplemente, porque selecciona a los mejores, los entrena, les exige disciplina, identifica sus diferencias, asigna papeles de forma correcta y orienta el talento de cada uno hacia un objetivo común.
El propio Espada escribe que «el mestizaje sin fusión es yuxtaposición». La frase es certera. El fallo está en que Arcadi no caiga en la cuenta de que la selección constituye precisamente un ejemplo de fusión. Sus integrantes no necesitan proceder de un único lugar, tener el mismo aspecto ni el mismo carácter. Simplemente, necesitan aceptar el mismo estándar. No se les exige igualdad en sus cualidades, sino igualdad en su compromiso.
La izquierda puede intentar convertir a la selección en una metáfora colectivista. Puede presentarla como prueba de que igualar por abajo, la diversidad administrada y la disolución de las identidades individuales conducen al éxito. Pero que la propagada progresista coloque una etiqueta ideológica sobre una realidad no cambia las razones de su funcionamiento. La selección no se vuelve colectivista porque un periódico, un ministro o una campaña decidan explicarla de manera interesada.
De hecho, lo más divertido del caso es que el fútbol de élite reúne casi todo aquello que el colectivismo estigmatiza: competencia feroz, selección permanente, jerarquía estratégica, rendición de resultados, responsabilidad individual, disciplina, recompensa del mérito y riesgo permanente de ser reemplazado por alguien mejor.
Por eso precisamente al texto de Espada incurre en una llamativa paradoja. Pretende encontrar los defectos de España —por otro lado, innegables— en una de las instituciones que mejor los refuta. Ve igualitarismo donde existe selección; mediocridad donde se exige máximo rendimiento; y negación del individuo donde cada error y cada acierto, cada pase decisivo y cada pérdida de balón catastrófica siempre tienen nombre propio. La selección no es la metáfora de la España mediocre, conformista e igualitarista. Es todo lo contrario: es su refutación. Es, en definitiva, su reproche.
Y su éxito en realidad nos interpela: ¿por qué los españoles somos capaces de admitir en un estadio lo que tantas veces rechazamos en la escuela, la universidad, la empresa o la Administración? En el deporte comprendemos sin dificultad que no todos juegan igual, que el esfuerzo es importante, que el talento debe cuidarse y cultivarse, que la autoridad técnica es necesaria, que el puesto se pelea y se merece y que nadie gana porque tenga derecho a sentirse ganador. Fuera del estadio, en cambio, consideramos ofensivos esos mismos principios.
Espada acierta, por tanto, en algo fundamental: nunca es solo fútbol. Pero la lección que extrae es la contraria de la que el terreno de juego proporciona. La selección española no demuestra que la excelencia haya sido sacrificada en el altar del sistema. Demuestra que la excelencia necesita un método capaz de reconocerla, coordinarla y exigirle responsabilidades. No triunfó porque redistribuyera equitativamente el mérito, sino porque lo aglutinó. No porque disolviera a sus estrellas, sino porque consiguió que sus mejores jugadores cooperaran entre sí. No porque borrara las diferencias, sino porque las hizo complementarias.
Arcadi escribe que esos once hombres «pixelan» una imagen de España. Tal vez los píxeles solo aparezcan porque se acerca demasiado a su metáfora y se aleja demasiado del terreno de juego.
Nunca es solo fútbol, ciertamente. A veces, incluso, el fútbol se convierte en una lección sobre la inteligencia del individuo: comprender que cooperar no significa diluirse, que aceptar determinadas reglas no equivale a someterse y que ponerse al servicio de un objetivo compartido puede ser la manera más exigente y eficaz de desarrollar las propias cualidades. No es la abolición del individuo. Es el individuo aprendiendo a jugar con los demás.
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