Los médicos no siempre aciertan a curar las enfermedades, eso lo sabe cualquiera, pero lo que nunca pueden hacer es acertar con el tratamiento de quien no acude a ellos. Los seres humanos tenemos un sistema de alertas que, en general, funciona bastante bien, aunque hay enfermedades silenciosas y muy crueles. La gente sensata pide ayuda cuando se siente mal y entonces comienza un proceso que, aunque no siempre, procura el alivio del enfermo, su curación definitiva incluso.
Las sociedades humanas no siempre saben atender los avisos que les indican que algo va mal y tampoco tienen un sistema de salud, con médicos, hospitales, farmacia etc. que funcione con una eficacia comparable a la de la salud individual. Hay sociedades que se dejan llevar por vientos de locura, otras que se abandonan a una decadencia tan imperceptible como implacable y no son muchas las que consiguen mantener durante largos períodos de tiempo un nivel de bienestar y un clima moral estimulante.
Y ¿cuándo comenzó a pasar todo esto? La respuesta es muy sencilla: desde el momento en que Zapatero consiguió aprobar la desdichada ley de memoria histórica, que Rajoy
Decía el filósofo Collingwood que para saber de qué somos capaces los seres humanos basta con fijarse en lo que hemos hecho en una u otra ocasión, cita que, por cierto, cierra la película de James Vanderbilt destinada a reproducir el juicio de Núremberg en la que, dicho sea de paso, el magnífico Rusell Crowe representa con enorme solvencia al principal condenado, el Reichsmarschall Hermann Göring que no se arrepintió jamás y no aceptó ser condenado porque se suicidó antes de que pudieran llevarlo a la horca. Los nazis cometieron crímenes horrendos, barbaridades brutales y otros pueden hacer cosas similares o incluso peores en cualquier momento: no eran monstruos sino seres humanos tan vulgares como nosotros mismos.
Me disculparán este largo exordio, pero quiero que me sirva de marco para subrayar algo que nos pasa a los españoles de hoy, algo que empiezan a advertir las conciencias más despiertas pero que todavía no ha llegado a ser una preocupación general, aunque hay signos de que la mayoría de los ciudadanos saben que pasa algo, pero no aciertan a escuchar los diagnósticos certeros, sobre todo porque son presos de ideas muy equivocadas acerca de los asuntos políticos, algo parecido a lo que pasaría con un enfermo que desdeñase acudir al médico por pensar que lo que le pasa no tiene la menor importancia, una conducta que ha llevado a la tumba antes de tiempo a más de uno.
Y ¿qué es lo que nos pasa? Ortega hizo famosa la afirmación de que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa y, aunque esa frase suya no esté escrita en un contexto político, se ve que al filósofo también le parecía preocupante esa falta de conciencia. Pues bien, lo que nos ocurre es que se nos está echando a perder la democracia, que estamos cerca de preferir de nuevo el enfrentamiento radical a la convivencia y que nos están haciendo rehenes de unas políticas de campanario que nos conducen a disputas territoriales por un pastel común que es cada vez más pequeño y está peor cocinado.
Los españoles llevamos más de dos décadas empobreciendo y en todo este tiempo hemos padecido gobiernos incompetentes que tratan de ocultar sus carencias con mera ideología, con relatos imaginarios, con enfrentamientos reales o fingidos, con mentiras y con insultos. Hemos soportado gobiernos que no arreglan ningún problema, ni la escasez de vivienda, ni el bajo nivel de nuestras universidades, ni el funcionamiento de los servicios públicos, ni que la renta personal se desplome… al tiempo, crean dificultades innecesarias, suben el gasto público, aumentan el número de los empleados a sus órdenes, abren de manera irresponsable las fronteras sin el menor intento de hacer que la inmigración resulte beneficiosa, o firman acuerdos internacionales en los que España siempre sale perjudicada, como ha pasado en las relaciones con Marruecos o con el misterioso acuerdo sobre Gibraltar.
Y ¿cuándo comenzó a pasar todo esto? La respuesta es muy sencilla: desde el momento en que Zapatero consiguió aprobar la desdichada ley de memoria histórica, que Rajoy, por cierto, no se atrevió a derogar, por la cual se pretendió que la democracia española, en lugar de inspirarse en los logros de la transición, se ligase al fracaso de la segunda república representándola como un ideal político de modo completamente sectario. El mismo Zapatero que ahora no sabe explicar qué hacen unas joyas ostentosas en su caja fuerte o que pretende negar la evidencia que le vincula con una operación desastrosa por la que los españoles le regalamos un montón de millones de euros a una compañía aérea sin aviones ni pasajeros y de propiedad venezolana, es el que nos ha llevado a la senda equivocada por la que ahora andamos a tientas y temiéndonos lo peor, incluso que Sánchez pudiera llegar a hacer como Daniel Ortega en Nicaragua y decir que ya no va a haber más elecciones. No es fácil que lo consiga, pero se está empeñando a fondo en modificar el censo a ver si la trampa le devuelve una nueva mayoría que le permita una nueva investidura.
Zapatero es responsable, sin duda, pero no el único. Sánchez ha continuado y agravado la senda de perdición por la que ahora circula lo poco que queda del PSOE que fue uno de los fundadores políticos del sistema de la transición. Las malas políticas de estos, junto a la falta de acierto del PP y los errores de los partidos que pretendieron corregir el panorama, han agravado la situación, han contribuido a que, en lugar de hacer políticas de reformas positivas, estemos enfrascados en enfrentamientos inacabables sobre cuestiones muchas veces abstrusas, dicho en forma de refrán “Unos por otros, la casa sin barrer”.
Estas políticas irresponsables y necias han puesto de manifiesto algunas carencias importantes en el ordenamiento constitucional que se explican, a mi entender, porque el texto fue redactado pensando que los políticos serían responsables y leales a los principios esenciales que se aprobaron en 1978. Es evidente que no ha sido así, los nacionalistas regionales se han convertido en separatistas, los partidos políticos carecen de la menor democracia interna y se han convertido en “partidos de empleados” en los que el líder todo lo decide y no hay la menor participación ni el mínimo debate exigible para hacer viables políticas que representen a los españoles.
Son cosas que hay que corregir. Hay que evitar que el presidente de gobierno sea inamovible en la práctica, hay que acentuar la separación de poderes y preservar la independencia judicial, hay que impedir que el tribunal constitucional pueda corregir sentencias del tribunal supremo y hay que obligar a los partidos a que respeten las leyes vigentes y los principios de la democracia en su funcionamiento interno, porque se la saltan sin el menor reparo cada vez que les conviene. Hay que evitar también que el partido en el gobierno se apodere de las empresas que le apetezcan con la peregrina excusa de la utilidad pública.
Todo esto será difícil de hacer si el PSOE pierde el poder en las elecciones que deberán celebrarse antes de un año, pero si los españoles se descuidan y acaban haciendo posible un gobierno ligeramente semejante al que ahora padecemos entraremos en un proceso acelerado y casi imparable de corrupción política y nos convertiremos en una república bananera, que es lo que Sánchez espera heredar para poder indultar y amnistiar a todos sus parientes y aliados que han creído que ese momento ya había llegado.
Begoña será rectora de la Universidad Complutense y el hermano músico dirigirá la orquesta nacional, el teatro real y en los colegios será obligatorio conocer su sinfonía de las chirimoyas. Zapatero, por supuesto, será indultado de cualquier pena y los jueces que le hubiesen tratado de condenar serán conducidos inmediatamente a prisión del brazo de la Guardia Civil que habrá pasado a llamarse Guardia Solidaria y Resiliente. Así que esto nos pasa, ustedes verán.
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