Nacido en el seno de una familia musulmana en las Islas Comoras, Ferghane Azihari es ensayista y analista de políticas públicas. Delegado general de la Academia Libre de Ciencias Humanas (ALSH) desde 2019, colabora regularmente en prensa y medios audiovisuales como Le Figaro Magazine, Le Point, Marianne, Europe 1, BFM TV o France Info TV. En 2022 recibió el Premio Turgot al joven talento por su ensayo «Les Écologistes contre la modernité» (Los ecologistas contra la modernidad).

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Hablamos de su nuevo y polémico libro, «L’Islam contre la modernité» (El islam contra la modernidad), en el que Azihari describe al islam como intrínsecamente hostil a la modernidad, la libertad y el progreso.

Su libro pone de relieve el contraste entre el esplendor pasado de las civilizaciones de Oriente, cuna del islam, y el actual estado de declive en muchas sociedades musulmanas. Muchos señalan a Occidente y a su colonialismo como la causa de esta situación.

Hace unos días, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, condenó a cualquier Estado que desprecie el principio de igualdad entre los seres humanos. De ello deduzco que se muestra hostil hacia casi todo el mundo musulmán, que alberga un número desproporcionado de regímenes tiránicos. Las democracias liberales e igualitarias en las tierras del islam se pueden contar con los dedos de una mano atrofiada. Más del 60 % de las minorías más perseguidas del mundo viven en los territorios del islam. La religión de Mahoma es la única que, aún hoy, condena a muerte a sus antiguos seguidores. Casi todas las sociedades musulmanas se sitúan en la mitad inferior de las clasificaciones relativas a la condición de la mujer. Una cuarta parte de la población mundial, que es musulmana, solo ha aportado el 1 % de los premios Nobel, en todas las categorías combinadas.

La utopía de un islam liberal es comparable al deseo de convertir el plomo en oro, y tiene tantas posibilidades de éxito como un estalinismo democrático

Este atraso cuantificable resulta aún más desalentador si se tiene en cuenta que el islam heredó las regiones más civilizadas de la Antigüedad tardía —algo que la tradición musulmana oculta constantemente, al presentar el Oriente preislámico como una era de barbarie e ignorancia—. Este menosprecio del Oriente antiguo ha resultado tan eficaz que los musulmanes de hoy están convencidos de que la superstición de Mahoma fue lo mejor que les pudo haber pasado.

Y lo que es aún más grave, esta propaganda se ha ganado a las mentes en Europa. El borrado de la memoria del Oriente Próximo y la mentira de que el islam supuestamente elevó esta región contribuyen a mantener una indulgencia injustificada en las sociedades occidentales hacia la religión musulmana.

El islam conra la modernidad

Sin embargo, cuando uno recuerda que, antes del islam, el mundo árabe pudo aportar emperadores a Roma y profesores a Atenas; que los bereberes podían aportar papas a la cristiandad, así como novelistas de talento a la literatura latina; o que Afganistán, siglos antes del islam, produjo magníficas esculturas greco-budistas, uno tiene derecho, al igual que el antropólogo Claude Lévi-Strauss, a cuestionar la mentira de un islam civilizador y a lamentar que la superstición de Mahoma dividiera en dos un mundo que en su día fue mucho más refinado. La idea de que el deplorable estado del mundo musulmán actual —y su desproporcionado número de regímenes tiránicos— sea atribuible a la colonización equivale a defender la mentira de que las sociedades islámicas eran paraísos a la vanguardia del progreso antes de la llegada de los europeos. La realidad es que estas sociedades eran autoritarias, esclavistas y estaban profundamente atrasadas en ciencia y tecnología. No se puede atribuir a Bonaparte el hecho de que los egipcios descubrieran la imprenta por primera vez con la llegada de las tropas francesas en 1798 y se apropiaran de esta tecnología veinte años después de su partida, a pesar de que muchos judíos y cristianos del Imperio Otomano la llevaban utilizando desde finales del siglo XV.

Sin embargo, uno de los mitos más repetidos en Occidente es el de la superioridad de la cultura islámica frente a la Edad Media europea. Esto es especialmente cierto en el caso de Al-Ándalus, que a menudo se presenta como el escenario de Las mil y una noches. ¿Tienen algún fundamento estos mitos?

Al destruir el régimen sasánida y apoderarse de Mesopotamia, junto con los esplendores del Egipto y la Siria bizantinos, el islam se afianzó en una de las encrucijadas más antiguas de los pueblos civilizados del mundo. Desde el principio mismo de su historia, los musulmanes se beneficiaron de un patrimonio inmaterial mucho más rico que el que tenían a su disposición los fundadores del judaísmo, el cristianismo o el budismo. Sería erróneo afirmar que las sociedades musulmanas nunca fueron centros de creatividad. Sin embargo, una cosa es reconocer estos logros y otra muy distinta atribuirlos al islam como sistema de normas y valores.

Nadie atribuye el genio de Shostakóvich al Manifiesto del Partido Comunista. Deberíamos aplicar el mismo rigor al islam. Lo que se denomina erróneamente la «Edad de Oro del islam» fue obra tanto de los musulmanes como de los judíos y los cristianos, entre otras comunidades. La transmisión de la ciencia greco-árabe bajo el dominio abasí se debe principalmente a los cristianos sirios, ya que los musulmanes se negaban a aprender griego, salvo contadas excepciones. Cada genio que el azar situó en el mundo musulmán debería hacernos lamentar los talentos, cien veces más numerosos, que habrían surgido si los conquistadores árabes se hubieran fusionado con las civilizaciones autóctonas del norte de África y el Oriente Próximo en lugar de sustituirlas. Oriente no esperó a Mahoma para convertirse en un centro de la ciencia. Lo espectacular es que una región que partía de tantas ventajas acabara hundiéndose de forma tan lamentable.

Otro mito es el antirracismo islámico defendido por figuras como Malcolm X, que, sin embargo, pasan por alto el papel del islam en el comercio de esclavos (el libro de la Nación del Islam «La relación secreta entre negros y judíos» culpa a los judíos como los principales traficantes de esclavos). Usted afirma que las sociedades musulmanas nunca abolieron la esclavitud por iniciativa propia y que, de hecho, esta ha persistido hasta nuestros días. ¿Cómo se justifica la esclavitud en la religión islámica?

Todas las sociedades han practicado la esclavitud. Pero no todas las culturas han sido capaces de cuestionar y abolir la esclavitud por iniciativa propia. La primera denuncia de la esclavitud en la cristiandad data del siglo IV d. C. y es obra de Gregorio de Nisa. Nunca hubo nada comparable en el mundo musulmán antes de la llegada de los europeos. En las tierras del islam nunca hubo un debate como el de Valladolid ni una sociedad civil antiesclavista comparable a la Sociedad Francesa de los Amigos de los Negros o a la Sociedad Británica contra la Esclavitud. El declive de la esclavitud en las tierras del islam se debe casi por completo a las intervenciones coloniales europeas. Fueron los franceses quienes cerraron los mercados de esclavos en Marruecos. Fueron los británicos quienes presionaron al Imperio Otomano, al Imperio Persa y a tantos otros regímenes para que renunciaran gradualmente al comercio de seres humanos. Cabe señalar que no existe ningún monumento que conmemore la lucha contra la esclavitud en las tierras del islam, ya que sería blasfemo criticar esta institución, que es perfectamente lícita en el Corán —por no mencionar el hecho de que el propio Mahoma es celebrado como propietario de esclavos por la tradición islámica.

Un fenómeno muy extendido en Francia —aunque también se da en otros países occidentales— es el del «islamoizquierdismo». Impulsados por el odio hacia Occidente, muchos progresistas occidentales defienden a capa y espada las virtudes del islam, mientras hacen la vista gorda ante la violación de los derechos de las mujeres y de los homosexuales. ¿Nos están llevando estos «idiotas útiles» del islam al suicidio de nuestra civilización?

La islamofilia de la izquierda occidental tiene su origen en el desconocimiento del fenómeno islámico y en una concepción rousseaunista y condescendiente de las civilizaciones no occidentales. En este contexto, no tiene sentido esperar ni exigir que estas poblaciones adopten una distancia crítica respecto a sus creencias más cuestionables, amparándose en la «excusa de la minoría». Algún día habrá que hacer comprender a esta izquierda que la coexistencia entre Simone de Beauvoir y Mahoma es precaria. Las enseñanzas de la primera rara vez son bien recibidas en los países donde rigen las leyes del segundo.

La influencia del islam también se deja sentir en las instituciones y en los medios de comunicación. Hemos visto casos como el «Qatargate» o las revelaciones de los «Qatar Papers» en Francia. ¿Hasta qué punto cree usted que el dinero procedente de Catar y de otros actores se está utilizando para blanquear y promover el islam en Occidente?

Desde Catar hasta Turquía, pasando por los países del Magreb, numerosas potencias extranjeras compiten entre sí por controlar a los musulmanes de Europa y corromper nuestras instituciones. Sin embargo, los principales responsables de la islamización de nuestras sociedades son nuestros propios gobiernos.

Ante la clara amenaza del fundamentalismo, se nos dice que esos movimientos no tienen nada que ver con el verdadero mensaje del islam, o se habla de la idea de un «islam liberal», una idea que usted describe como una «quimera». ¿Es posible otra forma de islam? ¿Puede someterse el dogma islámico a un análisis racional?

No niego que existan, en los países islámicos, valientes modernizadores que intentan adaptar la interpretación de su religión a las exigencias de las sociedades libres. Su valentía merece un elogio aún mayor porque corren el riesgo de ser tachados de apóstatas y asesinados. Sin embargo, también hay que preguntarse por qué estas interpretaciones liberales tienen dificultades para arraigarse y chocan con las versiones más autoritarias, a pesar de que estamos en 2026 y el mundo nunca ha estado tan conectado. Lo que nadie en Occidente se atreve a admitir es que los fanáticos del Daesh son perfectamente capaces de reivindicar una interpretación rigurosa de la tradición y la ley islámicas. Por eso, la utopía de un islam liberal es comparable al deseo de convertir el plomo en oro, y tiene tantas posibilidades de éxito como un estalinismo democrático.

Además de la inacción de los políticos y los medios de comunicación, la inmigración masiva procedente de países musulmanes ha dado lugar a la aparición de guetos en los que se aplica la sharía. ¿Es la islamización la mayor amenaza para la civilización occidental?

La democracia liberal, tal y como la aprecian los occidentales, es fruto de un proceso antropológico que ha permanecido ajeno al mundo musulmán. En todos los países europeos se observa que los musulmanes constituyen la categoría sociológica más reacia a la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la igualdad entre hombres y mujeres y la igual dignidad de los seres humanos, independientemente de su fe. El escritor André Malraux afirmó que la expansión islámica era el principal fenómeno social de nuestra era. Es también la principal amenaza que se cierne sobre las sociedades occidentales, debido a su carácter potencialmente irreversible.

En «Sumisión», Michel Houellebecq sostiene que el islam se ha arraigado tan profundamente en Francia que muchos franceses aceptarían un cambio radical en su modo de vida. ¿Queda aún tiempo para revertir esta islamización? ¿Qué medidas propone para hacerle frente?

La primera medida se refiere a la política de inmigración. No se puede acoger al mismo tiempo a los valientes jóvenes iraníes que luchan contra la República Islámica y a los defensores de la sharía. Todo el mundo entiende que acoger a estos últimos supone traicionar a los primeros, poniendo en peligro el edificio que los occidentales han construido pacientemente. A continuación, todas las organizaciones fundamentalistas que trabajan para la destrucción de nuestras instituciones deben añadirse a la lista de organizaciones terroristas. Por último, debemos librar una batalla cultural implacable que reafirme la superioridad de los valores occidentales, sin temor a calificar al islam de doctrina falsa e indeseable. Debemos utilizar las herramientas que nos proporcionan el orientalismo y la islamología académica para convencer a los musulmanes más moderados de que su religión es una red de mentiras y de que el Corán no es lo que pretende ser. Ernest Renan dijo que emancipar a los musulmanes de su religión es el mayor servicio que se les puede prestar. Como apóstata del islam, estoy convencido de ello. Incluso un no creyente es sensible a la antigua sabiduría bíblica que nos invita a juzgar el árbol por sus frutos. Y, parafraseando a Voltaire, un árbol que da tantos frutos envenenados merece ser talado de raíz.

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