Estoy en el aeropuerto. Veo decenas de hispanoamericanos trabajando. Todos ellos se han levantado hoy muy temprano, y todos tienen detrás una historia. La mayoría son jóvenes o muy jóvenes. Tienen esa sonrisa un tanto ingenua en el rostro y siempre hablan con exquisita educación.
Por alguna razón, he reparado en pensar en ellos.
Hay una promesa que España lleva décadas haciendo creer a quienes cruzan el Atlántico para trabajar aquí: trabaja, cotiza, y algún día cobrarás.
Es una promesa que descansa sobre un sistema —el de reparto— que hace tiempo dejó de ser sostenible para los españoles de nacimiento, y que para el inmigrante que llega a limpiar, a cuidar ancianos o trabajar en servicios por un salario apenas suficiente para sobrevivir y mandar algo a casa, es sencillamente una ficción.
El problema no es un vicio nacional español, sino la consecuencia lógica de un modelo de pensiones diseñado para sociedades con pirámides demográficas que ya no existen en ninguna parte de Europa
El sistema de reparto español no ahorra: transfiere. Lo que hoy cotiza un trabajador no se acumula en una cuenta con su nombre, sino que paga la pensión de quien ya está jubilado. Lo sabemos todos.
El castillo de naipes depende de una proporción sostenible entre cotizantes y pensionistas, proporción que en España lleva completamente rota más de una generación.
Cuando esa promesa se hizo a los españoles nacidos en los años sesenta y setenta, la pirámide demográfica todavía la sostenía, el sistema de reparto tenía sentido.
Hoy, con una tasa de natalidad hundida y una esperanza de vida que no deja de crecer, el sistema exige cada vez más cotizantes jóvenes para sostener a cada vez más jubilados. Ahí es donde entra el inmigrante, pero seamos sinceros, ¿lo hace como beneficiario futuro o como parche presente?
Estamos reclutando trabajadores. Muchos provienen de países donde el sistema es de capitalización individual, precisamente para financiar un sistema que ellos mismos, con toda probabilidad, no van a disfrutar. Ni siquiera nosotros lo vamos a disfrutar.
En Chile, en Perú, en Colombia, en México, con sus defectos y sus debates pendientes, el trabajador sabe que lo que aporta es suyo, y su pensión depende del rendimiento de ese capital y de lo acumulado, no de la evolución demográfica de una generación futura o de las decisiones de un país políticamente cada vez más conflictivo y entregado al derroche.
Por eso, precisamente por eso, usted, inmigrante con ganas de trabajar, debe saber que aquí no ahorra para sí mismo, sino que sostiene a otros, y debe confiar en que alguien le sostendrá después.
¿De verdad confía?
El problema no es menor, porque se agrava cuando el salario es de subsistencia. Cotizar sobre bases mínimas durante décadas, que es lo común en estos empleos, no genera derecho a una pensión digna incluso si el sistema se mantuviese intacto. Genera, en el mejor de los casos, derecho a un complemento a mínimos financiado por el Estado, es decir, otra transferencia más, no una pensión ganada por lo cotizado.
Y en el peor de los casos, si la carrera de cotización se interrumpe por la irregularidad administrativa, por la temporalidad o por el retorno al país de origen antes de completar los períodos exigidos, veremos si genera derecho alguno o a nada en absoluto.
El problema no es un vicio nacional español, sino la consecuencia lógica de un modelo de pensiones diseñado para sociedades con pirámides demográficas que ya no existen en ninguna parte de Europa.
Una Europa que, además, sigue deslizándose peligrosamente en el socialismo. Y quien emigra desde Hispanoamérica normalmente lo hace para huir del socialismo, no para huir hacia el socialismo.
El emigrante trabajador busca, precisamente, escapar de sistemas que prometieron protección universal y entregaron escasez, control y dependencia del Estado. Esto es lo que, de un modo u otro, le ofrecen hoy los países europeos.
Y Es de una crueldad atroz que estas personas terminen atrapados en una variante más sofisticada del mismo principio: la promesa estatal de un bienestar futuro que depende enteramente de decisiones políticas ajenas y de una demografía que no coopera.
La solución no pasa por gestos y más engaños, sino por decir la verdad a quienes se plantean salir de sus países de origen. La cuestión es ya de orden moral. ¿Cómo se puede seguir vendiendo una promesa que el propio sistema no puede garantizar? ¿Cómo se puede seguir engañando miserablemente a tantas personas?
Foto: Victor Aldabalde.
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