¿Cómo ha sido posible? ¿Cómo ha podido Europa, cuna histórica de algunas de las mayores concentraciones de talento industrial y capacidad tecnológica del planeta, embarcarse con una mezcla de fervor y docilidad en una transición energética que ha ido minando, pieza a pieza, las bases de su propia prosperidad? La pregunta no es retórica ni busca un efectismo literario: es la única forma honesta de abordar una secuencia de decisiones que, vistas en conjunto, dibujan algo mucho más inquietante que un simple error de cálculo. Porque Europa no ha sido arrastrada a este proceso; lo ha diseñado, lo ha legitimado y lo ha ejecutado con una convicción que sólo puede explicarse de una manera: alguien consiguió transformar una opción política discutible en una necesidad moral incuestionable.

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Lo que proporciono en este texto es una respuesta documental con nombres, instituciones, programas y canales muy concretos de influencia, entre los que destaca uno especialmente revelador: el Institut du Développement Durable et des Relations Internationales (IDDRI), un think tank tan desconocido para el público como influyente en los despachos donde se decide la dirección regulatoria de Europa. Su papel no ha sido el de un simple colaborador académico, sino el de arquitecto intelectual de la costosísima transición energética europea. Un agente a priori desvinculado de la toma de decisiones pero en la práctica perfectamente integrado en la Comisión, a través de la DG CLIMA. La simbiosis ha sido perfecta. La Comisión aportaba capacidad coercitiva; el IDDRI, legitimidad científica.

En la política europea el poder real tiende a ser invisible. Actúa antes de la legislación, delimitando el terreno de juego, imponiendo qué es “realista”, qué es “responsable”, qué es “moderno” y qué queda automáticamente excluido del debate por retrógrado

En la política europea el poder real tiende a ser invisible. Actúa antes de la legislación, delimitando el terreno de juego, imponiendo qué es “realista”, qué es “responsable”, qué es “moderno” y qué queda automáticamente excluido del debate por retrógrado, populista o simplemente ignorante. Ese es el lugar exacto ocupado por el IDDRI. No el del lobby clásico que pide favores, sino el del fabricante de marcos mentales, proveedor de argumentos y dispensador de legitimidad tecnocrática. El objetivo: convertir una opción política en verdad científica y, en última instancia, moral.

La prioridad climática como dogma

Para el IDDRI, la prioridad climática funciona como fin último, incluso si el medio para alcanzarlo es el desmantelamiento de la industria europea. Ésa es la clave de bóveda de la prioridad climática. Por eso en Europa no hemos asistido a un debate racional de beneficios y costes. Una visión realista que buscara realmente armonizar medioambiente, empleo, industria, seguridad energética y poder tecnológico, sino que desde el principio se impuso una jerarquía moral en la que la descarbonización era indiscutible. A partir de ahí, cualquier pérdida quedó justificada. Si una fábrica cerraba, se presentaba como un mero ajuste; si un sector industrial se desmoronaba, era una consecuencia lógica, incluso deseable, de la transición; si la dependencia exterior aumentaba, era considerado un coste temporal; si las protestas arreciaban, se tachaban de ignorantes e irresponsable: la gente era incapaz de comprender la trascendencia del momento histórico.

La gran operación política de la transición energética consistió en disfrazar de empirismo lo que en realidad es una preferencia ideológica. Ante cualquier discrepancia, los ideólogos del clima contraponían la evidencia, la ciencia, la inevitabilidad, la responsabilidad. Con ese marco se imponía una conclusión: la decadencia industrial de Europa era un precio aceptable, si a cambio salvábamos el clima. El problema es que las grandes potencias, como China, no tenían el menor interés por compartir la pureza moral que emanaba de Brusuelas. Su enfoque era otro muy distinto: el del poder, los costes, la energía disponible y el control de las cadenas de valor.

Del liderazgo industrial a la rendición dirigida

El sector del automóvil ha sido el mejor laboratorio para observar los efectos de esta debacle planificada. Con 12,7 millones de empleos directos e indirectos, era el sector con mayor impacto social de Europa. No era una industria más, sino de una de las columnas maestras de la economía. Pero, en lugar de trata el sector del automóvil como un activo estratégico que debía protegerse durante el proceso de transición, se aceleró el salto al vehículo eléctrico, donde China ya dominaba la cadena de valor.

El IDDRI, lejos de advertir del peligro, dio por amortizada la pérdida. A cambio, propuso reorientar el sector de la fabricación a los servicios auxiliares y el mantenimiento. Puso como ejemplo el crecimiento del 8,3% España en ese segmento, mientras ocultaba que China hundía los precios de las baterías de sus vehículos eléctricos gracias a una sobrecapacidad de producción, animada por las incesantes ayudas del gobierno chino, colocando sus costes muy por debajo de las posibilidades de los fabricantes europeos. El resultado: la industria europea se veía forzada a desplazarse hacia el mantenimiento y los servicios, mientras China se quedaba con la parte del león: investigación y desarrollo, fabricación y valor añadido.

Hoy las marcas chinas representan el 76% de las ventas mundiales de eléctricos e híbridos y son las únicas capaces de ofrecer vehículos asequibles. Y todo porque, en base a las “recomendaciones” del IDDRI, Bruselas antepuso la electrificación del parque automovilístico a la preservación de la soberanía industrial europea. Redujo el sector del automóvil a mera variable. Si la industria local resistía, mejor. Si no, paciencia histórica.

Localizar no implica recuperar soberanía. Ensamblar no es liderar. Atraer a Europa factorías chinas no significa recuperar el control de las decisiones estratégicas, de la propiedad intelectual o de la cadena de valor

Como sabemos hoy, la industria no resistió. Esta debacle anunciada es asumida lacónicamente por el IDDRI en sus informes de 2025 y 2026, añadiendo una nueva vuelta de turca: desaconsejar medidas arancelarias para salvar los restos de la industria.  En cambio, recomienda a Bruselas no tratar de impedir que China venda, sino obligar a China a fabricar en Europa. Para fundamentar su nueva propuesta, cita ejemplos concretos: las plantas de baterías de CATL en Hungría o Alemania y el ensamblaje de marcas como BYD. Sobre el papel, el IDDRI presenta estos casos como ejemplo de captura de inversión, transferencia de actividad y creación de empleo. Pero esa contrapartida esconde una realidad desoladora. Localizar no implica recuperar soberanía. Ensamblar no es liderar. Atraer a Europa factorías chinas no significa recuperar el control de las decisiones estratégicas, de la propiedad intelectual o de la cadena de valor. El propio IDDRI reconoce que la inversión china en España se limita a la logística y el ensamblaje final. No hay aportación alguna a la cadena de valor. Dicho de otra forma: Europa se está convirtiendo en una nave industrial, mientras el núcleo del negocio, la tecnología y el poder de decisión pasan a manos chinas.

“Colaboradores” chinos: la influencia desde dentro

Aquí aparece una de las cuestiones más delicadas de este texto: la estrecha relación del IDDRI con entidades chinas. No hay constancia de transferencias directas de dinero. Pero existen otras formas de influencia que, en un sistema como el chino, suelen ser más sutiles que el tosco patrocinio visible en una memoria de donantes.

El IDDRI, con el pretexto de la colaboración, actúa como puerta franca para think tanks chinos, actores del sector privado y académicos, como ocurrió en octubre de 2025 en Suzhou, donde ejerció de maestro de ceremonias en las reuniones entre la UE y China para triplicar la capacidad de renovables de cara a 2030. Además, colabora habitualmente con entidades que dependen directamente del gobierno del PCCh, como la Academia China de Planificación Ambiental (CAEP) y el Centro Chino para Intercambios Económicos Internacionales (CCIEE). Por estos servicios, el IDDRI no recibe subvenciones directas. Pero eso no los hace menos llamativos. De hecho, los hace más sospechosos.

China, a través de su Ley de Seguridad Nacional, proyecta en el exterior lo que los analistas llaman “frente unido”, una red en la que ciudadanos, empresas, académicos, cámaras de comercio y centros de estudio operan, de forma más o menos explícita, como activos del Partido-Estado

El régimen chino no concibe la relación entre Estado, empresa, academia, diáspora y plataformas de influencia con el mismo esquema liberal que Occidente. La separación entre lo público y lo privado, entre sociedad civil y estrategia nacional, es confusa, por no decir inexistente. China, a través de su Ley de Seguridad Nacional, proyecta en el exterior lo que los analistas llaman “frente unido”, una red en la que ciudadanos, empresas, académicos, cámaras de comercio y centros de estudio operan, de forma más o menos explícita, como activos del Partido-Estado. En ese contexto, la ausencia de financiación directa no refuta nada. Lo decisivo es la presencia, el acceso, la colaboración y el efecto acumulado de esa injerencia travestida de interlocución con organismos que condicionan las políticas de la UE.

El IDDRI es uno de los pocos organismos europeos estrechamente relacionado con la planificación climática china, precisamente a través de su relación con la CAEP del Ministerio de Ecología chino. Y reconoce que, para mantener abiertos esos canales y evitar que el Pacto Verde Europeo fracase globalmente, el instituto debe suavizar sus críticas sobre las groseras asimetrías que existen entre la férrea transición energética que Europa se impone a sí misma y la laxitud con la que el PCCh supervisa ese proceso en China. Según el IDDRI, sumar a China al relato climático es incompatible con la crítica a su dominancia industrial. Ahí la cuestión ya no es moral, sino geopolítica.

Europa se autolesiona, China se fortalece

Mientras el IDDRI y la burocracia climática europea defienden una descarbonización que pasa por desmantelar sectores estratégicos o rebajar su competitividad, el Partido Comunista Chino aplica una estrategia de doble vía. Por un lado, domina el mercado global de renovables y vehículos eléctricos para exportar, ganar cuota de mercado y crear dependencia. Por otro, sigue asegurando a su industria un suministro de energía abundante y barata mediante la construcción de nuevas centrales de carbón, a una media de dos nuevas centrales a la semana, hasta el punto de superar la capacidad mundial combinada. Con solo ese dato se desarma años de sermón europeo.

El resultado de esta disparidad es un “juego de espejos”. Europa se autoimpone aranceles internos, vía CO2 y regulaciones, que encarecen su producción y hunden su competitividad. China utiliza carbón barato y subsidios masivos para producir tecnologías “verdes” que después exporta a una Europa que ha prohibido la tecnología en la que ella era competitiva, el motor de combustión. El resultado es tan obsceno que cuesta asumirlo: Europa acaba financiando, mediante sus subsidios al vehículo eléctrico, el despliegue industrial de China en Europa. Y, derivadamente, subsidia el empleo chino, mientras los despidos en las fábricas europeas se cuentan por decenas de miles mensualmente. Pocas imágenes resumen mejor la lógica del desastre.

Green Deal, 2040, 2050: la maquinaria doctrinal

El IDDRI ha influido de forma decisiva sobre la agenda comunitaria. Ha tenido un papel determinante en la validación de la Hoja de Ruta 2040/2050, incluido el objetivo del 90% de reducción de emisiones para 2040 propuesto por la Comisión Europea. También ha ejercido como brújula del Green Deal, promoviendo la sostenibilidad como pilar de la llamada “autonomía estratégica”, aunque, paradójicamente, el resultado sea la reducción de la autonomía real. También está vinculado al diseño intelectual de la estrategia del vehículo eléctrico y de la Ley de Industria Net-Zero (NZIA).

Si se unen los puntos, no es difícil ver el patrón. Todas estas piezas —Green Deal, CBAM, NZIA, objetivo 2040, fin del motor de combustión en 2035— componen una arquitectura doctrinal, donde “salvar el clima” es lo prioritario. No importa que la industria europea se encarezca, que sus productores compitan cada vez más asfixiados bajo el peso regulatorio y que la entrada de capital y producto chino se asuma haciendo la vista gorda, el conjunto sigue apuntando en la misma dirección: una Europa más limpia. En realidad, una Europa más frágil, más dependiente y más irrelevante.

El contraste con Estados Unidos

Con la Inflation Reduction Act (IRA) la prioridad norteamericana no ha sido presentarse como laboratorio moral, sino reindustrializarse frente a China usando, si acaso, la bandera climática como pretexto para reforzar la política industrial. En la práctica, la IRA no es una ley climática: es una ley de proteccionismo industrial. Washington ha entendido que la transición energética no puede abordarse como una expiación de los pecados en materia medioambiental, sino como una nueva fase de la competencia global en la que hay que ganar impulso. Europa, en cambio, bajo la “inspiración” de think tanks como el IDDRI, ha adoptado el papel de “líder moral” y ha convertido el continente en un infernal “laboratorio regulatorio”. Eso no es liderazgo; es una forma de suicidio económico que deja el mercado libre para que otros, con energía más barata y menos restricciones, ocupen el lugar de Europa.

Rehenes regulatorios

Ante este disparate, ¿por qué la rebelión industrial europea ha sido tan lenta, tan tímida y tan inoperante? La respuesta es evidente. No se trata sólo de cobardía empresarial o de conformismo político. Durante años, la UE ha construido una imponente arquitectura de coerción. El sector del automóvil está hiperregulado y eso proporciona a los tecnócratas de Bruselas una capacidad de presión extraordinaria. Los fabricantes son “rehenes regulatorios”. Las multas por emisiones funcionan como garrote: para evitarlas, deben vender vehículos eléctricos con márgenes ruinosos o comprar créditos a competidores como Tesla. Eso drena su capital y reduce el margen para explorar tecnologías alternativas o, simplemente, para sobrevivir sin plegarse totalmente a la hoja de ruta ambientalista.

A esa presión se suma la dimensión financiera. Los grandes fabricantes dependen de mercados de capital cada vez más colonizados por criterios ESG. Un fabricante que se rebele contra la Agenda 2030 no sólo se enfrenta a Bruselas, sino al riesgo de ser castigado por la financiación, el linchamiento mediático y el estigma moral. De ahí la esquizofrenia de los discursos corporativos: en privado se exterioriza el pánico; en público se repite el catecismo. El resultado es una industria contra las cuerdas y una burocracia convencida de que todo va como la seda, que mantiene el control, porque quienes ven venir el desastre no se atreven a denunciarlo.

China no siguió a Europa: la abandonó en el altar

Durante años, la legitimación del modelo descansó en la idea de que el liderazgo europeo arrastraría al resto del mundo, o al menos ayudaría a establecer una gobernanza climática global. Sin embargo, tal cosa no ha sucedido. En la última década, mientras la UE reducía sus emisiones, China las incrementaba hasta representar casi el 30% del total mundial. China no ha cambiado su política interna por los diálogos del IDDRI, sino que ha aprovechado esos foros para influir en Europa, proyectar imagen de “socio responsable” y ganar tiempo para dominar las tecnologías del futuro.

El “liderazgo moral” europeo ha quedado reducido a ideologización sin ninguna proyección exterior. Si China e India no siguen a Europa y si China, de hecho, refuerza simultáneamente el de combustibles fósiles y su hegemonía en tecnologías verdes, entonces el sacrificio europeo deja de ser ejemplo de liderazgo y empieza a parecer lo que realmente es: un suicidio. El IDDRI ha funcionado aquí como un sospechoso fabulador: ha convencido a Bruselas de que la pérdida de industria era un coste aceptable para mantener un orden climático global que, en la práctica, el resto del mundo no ha respetado.

Una letal confluencia de intereses

No hace falta imaginar una sala oscura con mapas y conspiradores. La explicación puede ser mucho más prosaica y, quizá, más mísera. El IDDRI obtiene financiación y relevancia en un mundo donde la “transición perpetua” necesita informes, foros, cumbres y hojas de ruta inacabables. Bruselas obtiene un proyecto colosal, moralmente intocable, que legitima su expansión regulatoria. China obtiene un competidor que se encarece a sí mismo, desmantela su ventaja tecnológica y se hace dependiente de las cadenas de suministro de Pekín. Todos los incentivos están alineados para que el sistema siga funcionando… salvo los del ciudadano y el tejido industrial europeo.

La ausencia —al menos, por ahora— de pruebas de compra de voluntades no borra esa huella. La hace, si acaso, más inquietante. Porque sugiere que la subordinación intelectual y, sobre todo, ideológica puede ser más eficaz que el soborno

El IDDRI no es responsable de todo. Pero sí es responsable de algo decisivo: haber contribuido a elaborar, sostener y legitimar una visión de la transición energética europea en la que la pérdida de capacidad industrial aparece como un precio asumible, la dependencia respecto de China como un riesgo gestionable y el mantenimiento de canales de cooperación con Pekín como un bien superior incluso cuando los resultados lo desmienten. No estamos hablando de un error menor, sino de una grave negligencia revestida de superioridad moral y blindada por un lenguaje técnico-científico que impide la crítica.

Su influencia sobre la DG CLIMA, sobre la validación de la hoja de ruta 2040/2050, sobre el Green Deal, sobre la NZIA, sobre la discusión de aranceles, precios mínimos y localización china, también sobre la función de “puente” con la CAEP y el CCIEE, y sobre la propia idea de que la industria europea debía aceptar una “derrota ordenada” para salvar los objetivos de emisiones, deja una huella demasiado profunda como considerarla irrelevante. La ausencia —al menos, por ahora— de pruebas de compra de voluntades no borra esa huella. La hace, si acaso, más inquietante. Porque sugiere que la subordinación intelectual y, sobre todo, ideológica puede ser más eficaz que el soborno. Eso, como digo, lo vuelve más inquietante porque nos obliga a preguntarnos en qué manos estamos.

Pregunta final

Europa se encuentra en una fase en la que la teoría ha empezado a chocar con la cuenta de resultados. Cierres de plantas, pérdida drástica de cuta de mercado, sangría de empleos, encarecimiento energético, dependencia exterior, fatiga industrial y desafección social. Las señales están por todas partes. Lo único que sigue faltando es la voluntad política de admitir que la transición energética, tal como ha sido diseñada y argumentada, no es solo un disparatado un proyecto climático, sino un inmenso experimento de desarme industrial cuyos verdaderos motivos, es de suponer, el tiempo acabará aflorando.

La pregunta ya no es cómo empezó. La pregunta es cuánto daño más tendrá que acumularse para que Europa deje de confundir liderazgo moral con rendición estratégica. Mientras no lo haga, el esquema seguirá siendo el mismo: Bruselas impondrá, el IDDRI doctrinará, China aprovechará, y el continente que fue potencia industrial se irá resignando a convertirse en mercado de servicios, plataforma logística y cliente cautivo de tecnologías que otros producen con energía barata y una brutal claridad estratégica que aquí se ha preferido sustituir por seminarios, reglamentos y liturgia.

Hay decadencias ruidosas y decadencias ceremoniales. La europea, en este asunto, pertenece a la segunda categoría: se redacta con notas técnicas, se presenta en cumbres, se justifica con informes y se ejecuta entre elogios de superioridad moral. Eso, quizá, la hace más elegante y pomposa. No menos destructiva.

Foto: Tarik Haiga.

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