Las relaciones con Marruecos han sido complicadas desde la muerte de Franco porque ni Mohamed V ni Hassan II se atrevieron a meterse con el dictador del que tenían suficientes referencias como para saber que no les saldría gratis. Hassan II preparó astutamente la marcha verde para tratar de anexionarse el Sahara justo desde el momento en que vio que la vida de Franco se acercaba a su fin y ejecutó su maniobra, modelo indiscutible del asalto a Ceuta a finales de julio, con un Franco agonizante y un rey que todavía no se había hecho con el poder.

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Lo que ocurrió entonces es que el rey Juan Carlos consideró que empezar con una guerra incierta su reinado no era lo mejor, una decisión que contaría de uno u otro modo con consejos diplomáticos y militares, pero nos conviene desmentir la leyenda de que, poco menos que la CIA fue quien impulsó la operación. Ya se han desclasificado suficientes documentos oficiales de los EEUU para que esa interpretación, en la que hay mucho de esa extraña mezcla española de antiamericanismo de las izquierdas y del de la extrema derecha, quede perfectamente desacreditada.

Hay unas cuantas maneras de apretarle el zapato a Marruecos y nuestros izquierdistas, si su cortedad no se lo impide, debieran dejar de reírse de la desocupación del islote del Perejil

La política exterior de los EEUU, en aquel momento en manos de Kissinger, no se caracterizaba, contra lo que muchos tienden a pensar, por ser azarosa o precipitada, otra cosa es que las acciones militares consiguientes tiendan a salirles mal, lo que ha culminado, por el momento, en la vergonzosa salida de Afganistán y en la caótica política de Trump que parece inspirada en cualquiera de esos libros sobre cómo hacer amigos y ya veremos en qué acaba.

Volviendo a nuestro presente es una estupidez pensar que si el conflicto con Marruecos escalase los EEUU mandarían a la flota a bombardear España. Lo que nos ocurre es mucho más sencillo que eso, en primer lugar que a alguien de importancia en Marruecos le ha parecido que la debilidad de Sánchez era un buen momento para hacer una especie de demostración y nos han metido en un lío monumental frente al que la actuación de nuestro gobierno está siendo de vergüenza ajena, como poco.

Sánchez ha actuado como un verdadero bombero pirómano, bien sea por su impericia, bien porque haya decidido que podía convenirle una situación podrida en Ceuta para navegar con cierta soltura el último tramo de la legislatura culpando a los agredidos y cantando las alabanzas de los agresores, a los que quiere presentar como pobres gentes víctimas del cambio climático, perdón quise decir de la desigualdad y el racismo. Lo malo es que esto sólo lo defiende la izquierda más acrítica, sumisa y obediente del mundo, mientras que a los ceutíes y a los españoles medianamente normales nos parece que, con independencia de la posible inocencia de muchos de los asaltantes, todos habrían de ser devueltos de manera inmediata al país invasor.

Puede, por tanto, que Sánchez haya cometido en este asunto uno de sus mayores errores, tal vez el último. Por desgracia cabe temer que como es tan arrogante y creído trate de estirar al máximo esta vergonzante invasión de una parte de nuestro territorio, pero aquí habría que aplicar algún refrán bien conocido porque es extremadamente improbable que Sánchez consiga convertir su indigna y cobarde conducta en un factor de recuperación del voto, ni siquiera entre marroquíes residentes en España.

Volvamos al asunto principal porque aunque Sánchez crea que España es suya y que con ella puede hacer lo que le venga en gana, no es así en absoluto. Sánchez se irá y en Marruecos seguirá habiendo aventureros que quieran aprovecharse de la actual situación de debilidad de las ciudades españolas del norte de África y eso hay que arreglarlo más pronto que tarde.

Hay que proteger esas fronteras con la misma seriedad que se ha hecho en el este de Europa ante las invasiones programadas por las naciones bajo la órbita de Moscú. En uno de sus escasos aciertos tanto la presidenta de la Comisión como el Parlamento europeo han proclamado que las fronteras españolas en África son fronteras europeas y, aunque las menciones a Marruecos hayan sido moderadas, en Rabat ya saben que esta vez se han metido en camisa de once varas y que ni siquiera la obsequiosidad de Sánchez va a hacer que salgan de este asunto rodeados de gloria, por mucho que disimulen.

La presencia militar en Ceuta y Melilla, aunque no sea estrictamente necesaria en virtud de las cualidades tan distintas a las de cualquier otra guerra anterior que tendría un conflicto armado con Marruecos, ha de servir para expresar de manera simbólica y efectiva que no vamos a tolerar más bromas como la padecida a finales de julio. Se necesitan unas guarniciones suficientes y bien dotadas, cosa que no está claro que ahora suceda y que no vuelva a producirse la penosa imagen de unos soldados españoles indefensos ante agresiones de bandas de forajidos emboscados entre miles de personas que han sido engañadas en su propio país y que acabarán por darse cuenta de ello.

Hay unas cuantas maneras de apretarle el zapato a Marruecos y nuestros izquierdistas, si su cortedad no se lo impide, debieran dejar de reírse de la desocupación del islote del Perejil, gracias a lo cual hemos tenido más de veinte años sin que a ningún personaje de los que manejan Marruecos se le haya ocurrido la menor agresión a nuestra frontera.

Tenemos un problema con esas fronteras, no cabe duda, pero será mucho menor e irrelevante si saben que España tiene la suficiente dignidad y fortaleza para defender territorios españoles que tienen una antigüedad superior a muchas ciudades peninsulares y que nuestra política exterior no va a seguir manejada por absurdos motivos de carácter interno, para que Sánchez pueda presumir de ser el líder moral del progresismo mundial porque apuesta a que las patadas que merece su conducta irresponsable y cobarde se van a recibir, al menos en primera instancia, en el culo de los ceutíes.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web