Me pregunto cómo se explicará en el futuro nuestro tiempo actual y tengo la sensación de que alguien, igual ni nacido siquiera, debe saber que en nuestro tiempo no se discute ni debate sobre inmigración, energía, seguridad o política social de modo racional, sino que discutimos sobre Trump.

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Basta con que el inquilino de la Casa Blanca defienda una posición —cualquiera, la que sea— para que media Europa o más de media Europa, se sienta obligada a sostener la contraria. No porque la haya pensado, sino porque la ha pensado o se ha posicionado él primero.

Lo verdaderamente preocupante no es que Trump provoque rechazo, es razonable pensar que tiene motivos sobrados para provocarlo, lo preocupante es que ese rechazo se haya convertido en la brújula que orienta decisiones que deberían tomarse por razones propias

Hemos sustituido el debate de ideas por un ejercicio de espejo invertido, es decir, nuestras políticas no nacen de un diagnóstico propio, nacen de la necesidad de no parecernos al inquilino de la Casa Blanca.

El fenómeno, que puede comprobarse diariamente en TODOS los telediarios y medios, tiene un nombre técnico y se llama reactividad negativa.

Consiste en definir la propia posición no por lo que se cree o por lo que más interesa o conviene, sino por lo contrario de lo que cree el adversario, esa persona a la que se detesta y sin saber muy bien ni por qué y sin pararse a pensar si puede tener razón o algo de razón.

Es el recurso intelectual de quien ha renunciado a pensar por sí mismo y necesita que alguien piense primero para poder llevarle la contraria con la conciencia tranquila.

Trump, guste o no, se ha convertido en ese alguien. Y así, la política europea —también, y sobre todo, la judicial— ha empezado a funcionar como una fotografía en negativo de cada declaración presidencial norteamericana.

Miremos la inmigración. Durante años, cualquier propuesta de control fronterizo razonable en Europa era discutible, matizable, incluso defendible desde ciertos sectores de izquierda preocupados por la gestión de los flujos. Desde que Trump convirtió el muro y la deportación en su marca, esas mismas propuestas, aunque las firme un socialdemócrata escandinavo ya desesperado por lo que está viendo a su alrededor, pasan automáticamente a la categoría de xenofobia estructural.

No ha cambiado el argumento; ha cambiado quién lo pronuncia primero al otro lado del Atlántico..

Con la energía sucede algo parecido, aunque con una vuelta de tuerca más cínica. Trump defiende los combustibles fósiles y la soberanía energética con el argumento de que la dependencia exterior es una forma de vulnerabilidad estratégica. Europa, para no darle la razón ni por accidente, ha preferido pagar el precio de una transición acelerada y mal calculada, apagar centrales nucleares perfectamente operativas y depender de proveedores cuya fiabilidad geopolítica es, como mínimo, opinable.

El resultado lo pagan las facturas domésticas y la competitividad industrial, pero el principio ha quedado a salvo: no hemos hecho lo mismo que él.

La seguridad ofrece el ejemplo más incómodo, porque toca directamente a los tribunales. La Corte Penal Internacional, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea: instituciones que deberían aplicar criterios jurídicos estables, no un barómetro de simpatías presidenciales, llevan tiempo mostrando un aroma y una asimetría que salta a la vista de cualquiera que se moleste en ir comprendiendo el hilo conductor de las sentencias.

Así, ciertas conductas se examinan con lupa cuando las respalda Washington bajo administración republicana; las mismas conductas, cometidas por otros actores, generan un silencio jurídico sorprendentemente disciplinado. No hace falta ser «trumpista» para advertir que un tribunal que decide en función de quién ocupa el despacho oval ha dejado de ser un tribunal para convertirse en un termómetro emocional con toga.

Y en los asuntos sociales, el patrón se repite hasta la caricatura. Cualquier posición que Trump adopte sobre familia, género o educación queda automáticamente descalificada en los foros europeos, no por sus fundamentos, sino por su procedencia.

Es un extraño argumento de autoridad al revés. La verdad no se establece por evidencia, sino por distancia respecto a quien la enuncia. La conversación pública ha renunciado así a su función más elemental, que es contrastar razones.

Lo verdaderamente preocupante no es que Trump provoque rechazo, es razonable pensar que tiene motivos sobrados para provocarlo, lo preocupante es que ese rechazo se haya convertido en la brújula que orienta decisiones que deberían tomarse por razones propias: qué frontera queremos, qué energía necesitamos, qué seguridad jurídica ofrecemos, qué sociedad aspiramos a construir.

Cuando la política y la justicia de un continente entero se definen por oposición a un solo hombre, ese hombre ha ganado, aunque pierda todas las elecciones que le queden por delante. Porque ha conseguido lo que ningún imperio logró jamás sin ejército: que sus adversarios dejen de pensar por sí mismos y empiecen a pensar exclusivamente en contra de él.

Al final, la medida de todas las cosas no debería ser Trump, ni a favor ni en contra. Debería ser, sencillamente, la realidad que cada política pretende resolver. Mientras sigamos legislando y juzgando de espaldas a esa realidad, y de cara a Washington, seguiremos confundiendo la reacción con el pensamiento, y el reflejo con la convicción.

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