Siempre dentro de la habitual tendencia a la polémica que nos caracteriza, los ambientes militares andan estos días alborozados porque dos submarinos nuevos de la serie S-80 se han paseado juntos por la mar océana. No quisiera ser un aguafiestas de nadie, menos aún de los militares, gente seria y competente que destacan por su ética y su preparación en el panorama de los servidores públicos españoles, pero no dejo de preguntarme algo elemental que estos días está de lamentable actualidad: ¿para qué demonios sirve gastar decenas de miles de millones de euros en armamentos sofisticados si luego somos incapaces de ejercer una disuasión sólida que evite que el sultán, y los forajidos que le hacen la corte, les toquen las narices a los ceutíes?

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Insisto en que no es responsabilidad de nuestros ejércitos que España entera haya hecho el ridículo, una vez más, ante las artimañas de guerra híbrida de Marruecos para convencernos de que han de recuperar nuestras ciudades africanas y quedarse también con las Islas Canarias, pero eso no evita que haya que llamar la atención sobre la enorme paradoja de que tengamos aviones alucinantes, misiles aterradores, obuses de acojone y naves temibles pero no seamos capaces de disuadir a los marroquíes de que no se puede entrar por las bravas en una ciudad española para arruinar la vida y el futuro de centenares de miles de compatriotas.

Es obvio que Marruecos no puede intentar una invasión militar de Ceuta porque le saldría muy cara, pero sí puede hacer casi gratis lo que ha hecho

Claro que es el gobierno el responsable del ridículo histórico que estamos padeciendo y del daño causado a los ceutíes y a la dignidad de todos los españoles. Hay que esperar que esta afrenta le salga cara al submarinista Sánchez que ha intentado que su plácido veraneo en la Mareta fuese capaz de apagar el cabreo de los ceutíes y el pasmo de millones de españoles al ver la suma incompetencia y el cinismo apoteósico de su gobierno.

Necesitamos no perder de vista un buen número de temas políticos de fondo evitando que Sánchez se salga con la suya, porque es evidente que pretende abotargar nuestra atención haciendo que nos dejemos llevar por nuestro natural compasivo al contemplar el desastre humanitario provocado por los desarrapados magrebíes que el sultán nos ha arrojado a la cara. En particular, es necesario fijarse en que un Estado que administra la friolera de 764.884 millones de euros, según las últimas cifras consolidadas, haya sido incapaz de evitar una invasión, bien trazada a la vista de nuestras debilidades, pero muy chapucera se mire como se mire. Lo que a nosotros nos han hecho no se lo pueden hacer a nadie que tenga una administración pública mínimamente aseada.

Y ese es nuestro verdadero problema ahora mismo. Resulta que, como acabamos de ver, el parlamento no sirve para otra cosa que para repetir, con ligeros matices, escenas ya vistas unas cuantas veces en esta legislatura. Resulta también que nuestros servicios jurídicos no han sido capaces de convencer al gobierno y a los partidos de que había que tapar el hueco legal en materia de delitos de inmigración detectado por una sentencia hace ya más de dos años. Y resulta, por fin, que los órganos que se ocupan de la seguridad nacional no han logrado convencer al gobierno ni transmitir a la opinión pública que mantener una frontera como la ceutí con unas medidas de seguridad de chiste era invitar a Marruecos a darnos una bofetada, como así ha sucedido.

Ahora, como pasó con la Dana, los sabuesos periodistas, hábilmente espoleados desde Moncloa, se parten la cara por ver quién es el que encuentra más documentos que hayan avisado unas horas antes de la que se nos venía encima, lo que evita que nos fijemos en lo más importante, en que no tenemos una defensa adecuada para poner coto a las ansias anexionistas de Marruecos, del mismo modo que en la Dana ocuparse de la tardanza que pudo haber en las alarmas ha sido una broma de mal gusto en comparación con el hecho decisivo, que no se habían hecho las canalizaciones de aguas que impedirían en la orilla derecha del Turia lo que sí se evitó en la izquierda sometida a la mismísima Dana.

El cinismo del gobierno suele llegar más lejos porque se empeña en atribuir los desastres que fuere al cambio climático, habitual sustituto del proverbial maestro armero, del mismo modo que ha atribuido a las redes sociales, a las mafias y al Camuñas lo de Ceuta, todo menos señalar a Marruecos para ocultar sus responsabilidades por no proteger adecuadamente a unas decenas de miles de españoles y, por supuesto, por importarle un pito la seguridad nacional o la unidad indisoluble de la nación española en la que se funda la Constitución. Todo para intentar vanamente que no se adviertan sus simpatías y sumisión al sultán, que será lo que sea pero no es un campeón de los derechos humanos y del feminismo del que presume esta banda que nos gobierna, no mal sino rematadamente mal.

Volviendo al asunto principal, es obvio que Marruecos no puede intentar una invasión militar de Ceuta porque le saldría muy cara, pero sí puede hacer casi gratis lo que ha hecho. Bastaría con que la frontera de Ceuta estuviese bien protegida con barreras físicas y con que se dispusiese de la fuerza necesaria para ejercer una disuasión suficiente a estas marchas marroquíes para que nada de esto que ha ocurrido hubiese pasado, y bastará que un nuevo gobierno, de éste nada hay que esperar dada su sumisión al vecino del sur, haga lo propio para que las absurdas y estúpidas ambiciones marroquíes de lograr un Gran Marruecos a nuestra costa, vuelvan a asentarse en el imaginario fantástico del sultán, en lugar de estar, como ahora mismo lo están, entre sus planes inmediatos, pero no por ello menos fantásticos.

Nosotros, sin que prescindamos de las alianzas internacionales para otros fines, tenemos que tener muy presente que nuestro primer peligro se llama Marruecos y que las políticas de apaciguamiento no sólo no consiguen que se aquiete sino que se envalentona. Podemos desarmar la frontera con Portugal, con Francia pero no las de Marruecos. No es sólo una cuestión de legionarios o de tanquetas o helicópteros, que no estarían de sobra, sino de verdadera protección política, jurídica y física, algo de lo que ahora mismo carece Ceuta. La disuasión es la primera de las funciones de los ejércitos, una disuasión eficaz que les permita evitar las guerras, y me encantan los submarinos, las fragatas y los portaviones, pero me subo por las paredes si pienso que estamos gastando millones en ellos para lucirnos en maniobras por el mundo adelante, pero no tenemos una presencia militar claramente disuasoria del tipo de invasiones híbridas que se pueden repetir, además, claro está de dejarse de hacer el imbécil con normas jurídicas que nos pueden perjudicar porque  no sirven para lo que se supone que debieran servir.

En esta ocasión, la culpa ha sido, sin paliativos, del gobierno, pero si las ocasiones se repiten, lo será de todos nosotros, de los cientos de miles que salimos el día 2 a las calles de toda España a demostrar que estamos con los ceutíes y que aunque nos gobierne una panda de cobardes el pueblo español todavía conserva moral y valor para responder a quien nos insulta y nos agrede. Pero hace falta que esa energía nacional se traduzca en medidas de defensa concretas para que no tengamos que lamentar males peores.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web