La derecha sociológica también tiene ya sus rebeldes. Son desenvueltos, procaces cuando toca, modernos sin llegar a resultar sospechosos y capaces de despachar una crisis nacional con un conjunto de metáforas, dos motes y tres guantadas verbales. No vienen a conservar nada, faltaría más. Vienen a «dar la batalla cultural». La dan cada mañana, a ser posible en una tertulia o una columna remunerada, y terminan la jornada sin haber sufrido un solo rasguño.
Su tarea no consiste en pensar la derecha o lo que ellos llaman liberalismo, sino en representarlos. Proporcionan a su público una agradable sensación de insurrección sin obligarlo a revisar nada importante. Le confirman que sus adversarios son ridículos, hipócritas, corruptos y, en no pocas ocasiones, analfabetos. Todo ello a menudo es cierto, por supuesto. El truco consiste en detenerse ahí, justo antes de que la crítica empiece a volverse cortante también para quienes aplauden.
España necesita una crítica mucho más peligrosa: una que no conceda inmunidad a quien comparte público, periódico o preferencia electoral
La izquierda se lo pone fácil. Su modernismo de saldo, su moralismo punitivo, su capacidad para convertir cualquier disparate en un derecho humano y su corrupción intelectual y material permiten escribir una columna diaria sin repetirse. Basta sustituir el nombre del protagonista, añadir la última ocurrencia y agitar de nuevo la campana o mejor dicho el sonajero. El lector acude para disfrutar de una indignación gozosa, se ríe y experimenta la reconfortante sensación de pertenecer al reducido grupo de los que ven lo que los demás son incapaces. Misión cumplida.
El problema no está en denunciar disparates, sino en convertirlos en explicación de la decadencia española. España no se ha estropeado únicamente porque la izquierda se haya vuelto sectaria, el Gobierno mienta, abandone las fronteras o aparezcan sobres, comisiones y parientes travestidos de emprendedores.
La crisis viene de más lejos y es mucho más honda. Habría que hablar de un sistema de partidos que coloniza las instituciones, de una sociedad acostumbrada a reclamar al Estado cuanto necesita y a responsabilizarlo de cuanto le sucede, de un gasto público convertido en sistema de adhesiones, de unas autonomías que han multiplicado burocracias, clientelas y particularismos, de unos medios de información dramáticamente dependientes del poder y de una población que exige regeneración siempre que la factura la paguen otros. Ahí la rebeldía empieza a flaquear.
La derecha sociológica funciona, en realidad, mediante una forma de grupismo. Ni siquiera es tribalismo que, con todas sus prevenciones, al menos presupone una visión compartida. Aquí bastan unos cuantos signos: determinadas palabras, firmas de cabecera, un puñado de enemigos, bromas muy medidas y la reafirmación de que nosotros sí defendemos la libertad. El reconocimiento mutuo sustituye al pensamiento. Uno lanza la consigna, los demás la rebotan desde la trinchera y todos se sienten un poco menos solos.
El liberalismo forma parte de ese atrezo. Ser liberal es estar contra Pedro Sánchez, pagar menos impuestos y mofarse del último desvarío del Ministerio de Igualdad. Todo pertinente, pero insuficiente. No se discute qué funciones debería abandonar el Estado, cómo desmontar sus redes clientelares, qué hacer con la colonización partidista de las instituciones o por qué la derecha, cuando gobierna, se convierte en el administrador de fincas del edificio ideológico y burocrático construido por la izquierda. El liberalismo se reduce a estado de ánimo: una mezcla de cabreo fiscal e individualismo recreativo.
Cuando la mirada se vuelve hacia los de casa, la temible artillería se transforma discretamente en desinteresada asesoría de comunicación. Falta firmeza, sobran complejos, el mensaje no llega, las redes se utilizan fatal y alguien debería golpear la mesa con más fuerza. El problema se reduce a la puesta en escena. Como si detrás del vacío y unos portavoces desganados, existiera un proyecto formidable que algún día, cuando encuentren las actitudes y las palabras adecuadas, por fin podremos conocer.
Profundizar estropearía una conversación divina de la muerte. Hay preguntas bastante menos divinas que obligarían a seguir el rastro de los nombramientos y la clientela propia. Porque ahí la separación entre los nuestros y los otros se vuelve mucho más difusa.
No hace falta imaginar una trama. El artículo de opinión con la rebeldía de patas cortas surge de manera natural porque todos encuentran en él alguna ventaja. Los medios consiguen una voz rentable. Los partidos obtienen una válvula de escape para canalizar el descontento sin entrar en mayores averiguaciones. El público recibe indignación, humor y sentido de pertenencia. El opinador obtiene notoriedad y la convicción de estar desafiando al poder. Puede incluso llegar a creérselo.
La gracia literaria ayuda. Una columna ocurrente produce la sensación de haber formulado una buena idea, aunque no sea lo mismo. El ingenio literario ilumina, pero también puede deslumbrar. Cuando cada problema acaba reducido a un personaje grotesco, una referencia pop y un final afilado, la política deja de ser algo complejo para convertirse en una teleserie con villanos a los que culpar hasta del mal tiempo. Cada columna arroja un petardo de feria contra la trinchera contraria y el estruendo disimula que nadie avanza un solo metro.
Advertía Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra que donde comienza el mercado y el ruido allí comienzan también los grandes comediantes. Y añadía que el público rara vez se interesa por el trabajo creador, pero siente una gran fascinación por los actores del escándalo. El columnismo actual se ha llenado de estos comediantes de plaza pública, virtuosos del ruido que convierten el debate en un espectáculo hueco.
Patinar sobre el hielo de la anécdota diaria exige agilidad para la burla y equilibrio retórico, pero poco esfuerzo y, sobre todo, poco riesgo. Por el contrario, rascar el fondo del problema español exige mancharse de barro y que la cabeza te huela a pólvora. Las respuestas complejas jamás cabrán en el estrecho molde de una columna ingeniosa llena de invisibles líneas rojas.
España necesita una crítica mucho más peligrosa: una que no conceda inmunidad a quien comparte público, periódico o preferencia electoral; una que moleste a los propios y no sólo haga mofa de los adversarios; una que señale los vicios, incentivos y complicidades que provocan nuestra decadencia. La disidencia verdadera comienza precisamente donde terminan los aplausos. Es un mal negocio, no lo discuto. Pero es un mal negocio necesario.
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