Una simple enumeración de los surrealistas fenómenos que nos vienen sucediendo a los atribulados españoles nos lleva a recordar la situación de la España isabelina que retrató Valle Inclán, esa esperpéntica cadena de conspiraciones, revueltas y milagrerías que no parecía servir a otra cosa que al entretenimiento de la variopinta camarilla que gobernaba un país atribulado y sin remedio.

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Desde la república de los 17 segundos hasta el peculiar exilio de don Juan Carlos, desde el gobierno Frankenstein al enredo inaudito de la ¿aprobación? de la reforma laboral, no hay día en que no nos podamos llevar a la boca algún suceso atrabiliario trufado con las horrísonas razones que hunos y otros nos despachan para cargar en la cuenta del enemigo los costes que, de manera indefectible, acabamos pagando todos.

Casado ha sido el líder del PP que más empeño ha puesto en llevarse bien con sus antecesores, olvidando el hecho evidente de que ninguno de ellos se llevó bien con los suyos, porque la misión del líder es hacer viable la novedad, nunca la continuidad ni la pervivencia

La corte isabelina era un mundo cerrado y asfixiante como empieza a serlo de manera sistemática el extraño mundillo político que parece vivir en un universo aparte del común de los mortales. Puede que la pesada pandemia que hemos padecido nos haya obligado a apartar la vista del espeso e incomprensible mundo en el que se desenvuelve la España oficial, pero parece razonable suponer que una vez que haya pasado la gran alarma el ánimo ciudadano pueda entrar en un estado de hastío y cabreo que no hará presagiar nada bueno.

¿Cómo es que estamos tan lejos de cualquier escenario razonable de convivencia, cooperación y progreso? Muchos sugerirán que miremos al mundo en derredor para entender que estamos en una época poco propicia a las buenas andanzas, que Putin amenaza por el este, que las expectativas de Biden se hunden muy de prisa, o que Boris Johnson puede acabar de mala manera. La UE anda a trompicones entre ordenanzas tecnocráticas y nuestro vecino del sur nos toma cada vez más a pitorreo, y ojalá que todo quede en eso.

Mal de muchos, consuelo de gobernantes escribió José María Pemán, así es que seguro que Pedro Sánchez cree tener con quien consolarse, pero los demás tenemos que padecer sin consuelo. No es fácil explicar que frente a un gobierno que se mueve en el alambre, con el riesgo evidente de que se nos caiga encima, y cuyo presidente se ha ganado un merecido prestigio como chanchullero, embaucador y pícaro incompetente, el electorado sienta incomodidad, desconcierto y desazón puesto que no parece existir todavía una alternativa capaz de restaurar con calma y firmeza la esperanza en algo que no nos lleve sin remedio a lo peor.

Aunque nadie sabe cuándo van a ser las próximas elecciones generales, ahora mismo Sánchez cuenta con dos posibilidades muy distintas para tratar de ganarse su segunda prórroga, y es seguro que se atendrá a la que le reporte mayores oportunidades de continuar en la Moncloa, sea cual fuere el precio que nos haría pagar a todos. ¿Queda margen para evitarlo?

Hace poco hemos visto cómo Rafael Nadal levantaba un partido en el que casi cualquier lógica le daba como víctima y dado que, como suele repetir Guillermo Gortázar, la política es la ignorancia de lo que va a pasar al día siguiente, cabría pensar que acabe por suceder lo que ahora se antoja inimaginable, pero para que pudiere pasar, hay que hacer lo que hizo Rafael Nadal… y no se ve que nadie esté haciendo nada comparable.

El PP de Pablo Casado (nótese que los partidos, y de modo muy singular los españoles, tienen propietarios antes que presidentes) parece haber puesto sus esperanzas en una especie de escalera electoral, una victoria en Castilla y León, que está por ver, seguida de una victoria en Andalucía… para acabar ganando en toda España. Si estos son los planes de Casado no es demasiado difícil imaginar que pueden salirle mal, tanto porque en Castilla se pierda el gobierno, como porque el adelanto de Andalucía se vea, a su vez, adelantado por unas generales que traten de aprovechar el mal momento del PP y el muy barroco giro al centro que Sánchez tratará de representar a ver si se produce en esta orilla de la península lo que ha pasado en Portugal.

¿Tiene Casado alguna posibilidad de imitar a Nadal y dar la vuelta a un resultado que se antoja muy dudoso? Si se preguntase a una amplia mayoría de analistas la respuesta sería ahora mismo tan unánime como negativa, porque los incentivos que tienen los grupos parlamentarios que podrán sumarse a un resultado precario de Sánchez son mucho mayores para apoyarle a él que para poner a Casado en la Moncloa.

Casado debe saber que la posibilidad de ser el sucesor de Sánchez se le está quedando muy pequeña, no habiendo sido nunca demasiado grande. La estrategia que el PP ha proclamado para acercarse a la victoria es la de la unidad del centro derecha, una hipótesis que tropieza con el fuerte interés de los líderes de las fuerzas aledañas en mantenerse a flote con sus barcazas. Esa línea la ha seguido el PP absorbiendo a mandos intermedios de un partido en trance de desaparición, pero parece inviable para minimizar las fuerzas de quienes todavía creen en posibilidades mayores, aun si se considera que ese plan es quimérico.

Una carambola podría darse en el caso de que la única mayoría viable fuese la suma del PP con el PSOE, claro es que con su Sanchidad fuera de juego, pero incluso para hacer posible eso Casado debería de cambiar de manera urgente de estrategia y de actitud. ¿Acertará a hacerlo? La razón que aconseja un cambio radical debiera ser evidente. El problema de Casado es que no consigue distinguirse de nuestra corte de los milagros porque desempeña en ella un papel bastante desairado, hasta el punto de que en ocasiones parece empeñado en arrebatarle a Sánchez la propiedad del “No es no”.

Casado nunca ha asumido que ser el líder del PP le obligaba a no vivir de las rentas del pasado, tan discutibles. Desde junio de 2018, toda su labor ha consistido en tratar de controlar el partido, con un éxito que no es indescriptible, pero ha descuidado demasiado otra labor mucho más importante, ganarse a los electores, que no son de ningún partido y ya han dado muestras abundantes de ello, poniendo en pie una oferta electoral atractiva, rigurosa y creíble. Frente a esa tarea incumplida, Casado parece haber confiado en que ser el líder del PP podría ser bastante, y, para su desgracia, no lo está siendo, de ninguna manera.

Casado ha sido el líder del PP que más empeño ha puesto en llevarse bien con sus antecesores, olvidando el hecho evidente de que ninguno de ellos se llevó bien con los suyos, porque la misión del líder es hacer viable la novedad, nunca la continuidad ni la pervivencia. El PP lleva a cuestas demasiadas hipotecas como para confiar en exclusiva en su atractivo, de forma que si un nuevo líder no consigue recrear un nuevo PP no alcanzará a hacer nada.

Le quedan muy escasos meses a Casado para rectificar por completo una trayectoria muy equivocada, justo lo que queda hasta julio, momento en que el PP celebrará congreso. O ese congreso se hace en serio, o Casado correrá el riesgo de que un poderoso runrún le discuta, incluso, la propiedad del invento.

Hacer bien un congreso no consiste en organizar un evento, sino en que el líder llegue a él con méritos para ser reelegido, y esos méritos no se cosechan en los pasillos de Génova, sino trabajando con unos y otros, preparando programas serios y atractivos y pisando la calle para darlos a conocer, no solo por Casado sino por un auténtico coro de nuevas voces que sea capaz de hacer que la oferta suene a promesa creíble, nunca a más de lo mismo.  Su objetivo tendría que ser convencer a los españoles de que no son inevitables ni el desánimo, ni el empobrecimiento, ni la vulgaridad y la ausencia de cualquier plan digno para poner España en donde podría estar si dejan de impedirlo las malas políticas de sus dirigentes.

Nadal consiguió zafarse de un rival temible y vencerlo, ¿sabrá Casado sustraerse al influjo pestífero de esa corte de los milagros en la que se le ha reservado un papel tan ridículo como irrelevante? Es su sueño y su futuro el que está en juego, pero el destino ha querido que de él dependan las esperanzas de muchos y es su obligación tratar de no defraudarlas, lo que le exigirá salir del tran-tran y pelear con denuedo, con imaginación y fiereza, pero sin prestar atención a los estúpidos molinos que tratan de parecer gigantes.

Foto: European People’s Party.


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web