Una de las muchas cosas que asemejan a Sánchez con Trump es el enorme empeño que ambos ponen en creerse sus barrocas mentiras, aunque la diferencia está en que Trump sigue siendo el presidente de la primera potencia del mundo, mientras que Sánchez corre serios riesgos de pasar a ser nada en apenas unos meses.

Publicidad

A ambos, de momento, la desfachatez les está saliendo relativamente barata, pero Sánchez lleva de nuevo las de perder porque no es difícil pronosticar que, vanidoso que es, terminará por tomarse en serio todo lo que fabula. Dada la cohorte de aduladores que aplaude sus fantasías, el batacazo final puede ser de órdago, lo que sucederá cuando el flautista de Hamelín compruebe que ya no le siguen ni sus ratas, que hasta el (in)noble bruto de Valladolid ha salido corriendo hacia vaya usted a saber.

El gobierno de Sánchez sólo ha sabido hacer proclamas que luego olvida e incumple, lo que, según su práctica habitual, le sirve para echar la culpa a otros

No es fácil adivinar si la última añagaza de Sánchez, el empeño en esos dos decretos mutantes sobre la vivienda, ha sido un fracaso, pues pensaba obtener el voto de Junts, o un éxito, pues le ha servido, se supone, para poner la vivienda en el centro de lo que pomposamente se denomina el debate político, que no es otra cosa que la costumbre inveterada de los medios de hablar de lo último, aunque lo último sea una estupidez colosal. Es claro, en todo caso, que Sánchez, con la colaboración ya mencionada, ha conseguido apartar un poco los temas que más le queman, que no son ni pocos ni fáciles de aniquilar.

Toda la metafísica del llamado relato político se basa en la inverosímil suposición de que eso que se llama la gente, para no concretar, prefiere creer lo que le cuentan que lo que son capaces de comprobar no ya con sus ojos sino con sus bolsillos. En el caso de la vivienda, el relato sanchista asume implícitamente que dos decretos de última hora, aprobados de forma tramposa y apresurada, serán capaces de que los millones, sí millones, de jóvenes que ven su vida muy mermada por la imposibilidad de acceder a un hogar propio, van a creer que este problema se lo van a arreglar los decretillos sanchistas, estando seguros, además, de que si no lo han hecho antes ha sido por culpa de “esos malditos roedores”, como se decía en los dibujos animados de la tele.

Además, se supone que quienes van a creer toda esa fabulación, oportunista y contraria a un mínimo buen sentido, van a hacerlo gracias a la imaginería sanchista de las calles tomadas, al empeño de unos sindicalistas de gutapercha en certificar que la maldad congénita del capital, los ahorradores, los fondos buitres, los especuladores, Ayuso, su exnovio, Feijóo y sus gaiteros, etc.  Los que no consiguen un alojamiento medianamente digno van a creer, según está implícito en el relato sanchista, que sus problemas se deben en exclusiva a que legiones de malvados propietarios retienen sin ocupar sus viviendas a la espera de quien pague más en esa bolsa que cada día sube sin desmayo.

No es eso lo que ven sus ojos y sienten sus bolsillos: la evidencia les muestra que la vivienda es un mercado en el que si disminuye la oferta o aumenta la demanda, cosa que esas gentes ven suceder cada día que pasa, sube el precio del alquiler y de la venta, lo que vuelve cada vez más inservibles los modestos ahorros que hayan podido atesorar.

El único remedio a semejante escasez es aumentar la oferta y eso supone construir más y evitar el exceso de normas que lo impiden, no hacerlas más complejas, confusas, contradictorias y arbitrarias como, una vez más, acaba de hacer Sánchez, pretendiendo que los ciudadanos crédulos piensen que él y sus cuates son una legión de ángeles desinteresados a los que conviene votar en señal de gratitud infinita.

Los que no pueden ni comprar ni alquilar una vivienda han sido víctimas colaterales de una clamorosa ausencia de cualquier medida política durante ocho años de gobierno, y saben de sobra que decretos que promueven la intervención de precios y la prórroga forzosa de alquileres van a reducir la oferta en lugar de aumentarla: no arreglarán ningún problema, alargarán la llegada de soluciones.

Por si fuese poco, los directamente perjudicados también habrán de creerse que el préstamo de 50.000 euros que ha prometido el padrino Sánchez no incrementará la demanda ni hará que suban los precios. Semejante hojarasca no permitirá que se construya más ni evitará que la vivienda siga subiendo como lo ha hecho desde 2018 ya que, según datos del INE y de la encuesta trimestral de coste laboral, ha subido mucho más (34,4 %) que el salario bruto (3,2%).

El gobierno de Sánchez sólo ha sabido hacer proclamas que luego olvida e incumple, lo que, según su práctica habitual, le sirve para echar la culpa a otros. Por desgracia, construir viviendas de manera que soporten el aumento de la población y no se estrangule el crecimiento de las ciudades, no puede hacerse sin pactos entre las grandes fuerzas políticas, objetivo que Sánchez ha impedido de todas las manera imaginables, y el frenazo a la construcción con la consiguiente escasez es una consecuencia directa e inevitable del empeño en imponer su política a toda costa.

Los que no pueden ni alquilar ni comprar vivienda han sido víctimas directas de los ocho años sanchistas. Sánchez ha apostado por aumentar la población, a base de emigrantes, para conseguir un crecimiento del PIB del que presumir donde no le conozcan, pero no ha hecho nada por construir las viviendas necesarias para no crear el problema consiguiente. Esa es la realidad que pretende ocultar con artimañas de mago barato, pero esa demagogia a raudales no le granjeará ni un solo adepto adicional.

En el ocaso Sánchez apuesta por la movilización imparable de las masas y, al tiempo, por el incremento de la fe en el conducator declinante, doble carambola que de producirse dejaría a Trump como un mentiroso chapucero que trata de vender la victoria sobre Irán al tiempo que asegura que no lo ha destruido del todo más que nada por pereza. En contraste, los aduladores de Sánchez suponen que sus promesas le avalarán porque sus mentiras habrán logrado una deslumbrante reelección en medio del delirio de las masas.

El dicho atribuido a Lincoln según el cual se puede engañar a todo el mundo algún tiempo, y a algunos todo el tiempo, pero no cabe engañar a todos para siempre, se vería desmentido si Sánchez lograse retener los votos que tuvo en 2023, incluso dando por hecho que se va a merendar a buena parte de los sufridos votantes situados a su izquierda. Aunque bastante han tenido estos pobres con soportar tanto los discursos y outfits de Yolanda como las ingeniosidades del brujo que dio en inventarla, es obligado admitir que  se trata de individuos con un don especial que los hace, como diría aquel, bastante inasequibles al desaliento.

¿Por qué ser pequeño mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300 episodios disponibles) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.

Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.

Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho. Muchas gracias.

¡Hazte mecenas!

Artículo anteriorEl carajal amatorio contemporáneo
J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web