La forma más eficaz de esconder algo no es ocultarlo; es fragmentarlo. Una noticia económica por aquí. Una visita diplomática por allá. Un contrato tecnológico. Una fábrica de baterías. Un expresidente en Pekín. Un intermediario chino. Una empresa pública venezolana. Una fundación. Un foro. Una carta de intenciones de una corporación estatal. Una adjudicación. Una asociación cultural. Una fotografía con sonrisa de dentífrico. Una nota de prensa adornada con eufemismos: cooperación, diálogo, inversión, desarrollo, futuro.

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Todo a la vista, sí. Pero todo separado.

Así, durante más de dos décadas, España ha ido contemplando la penetración de una potencia extrajera como quien mira piezas sueltas de un rompecabezas que nadie tiene la menor intención de ordenar. Cada pieza, presentada de forma inconexa, admite una explicación inocua: comercio, diplomacia, empleo, reindustrialización, pragmatismo, apertura, oportunidades, relaciones bilaterales, inversión extranjera. Pero cuando se unen, las piezas ya no parecen una sucesión de casualidades, sino parte de un plan lento, paciente y metódico. No una conspiración de novela barata, sino una estrategia de influencia perfectamente adaptada a las debilidades de un país.

Ese país es España. Y el nombre del actor que casi nadie quiere escribir con todas sus letras es China.

Se intuye, se roza, se menciona de pasada, se incluye en una línea secundaria, pero enseguida se aparta la mirada. Como si nombrarla fuera cruzar una raya invisible. Como si decir “China” no fuera una descripción de la realidad, sino una temeridad

El problema no es la falta de información. Ese es precisamente el dato más alarmante. La información no solo existe; está publicada y a la vista de todos. Aparece en medios de información, autos judiciales, registros mercantiles, viajes oficiales, notas económicas, informes, entrevistas, filtraciones y noticias diseminadas que entran y salen del debate público sin que nadie parezca tener el menor interés en confeccionar el cuadro. Los hechos no son inaccesibles. Lo inaccesible —casi diría lo prohibido— es el análisis.

Se habla de Huawei, pero no de la estrategia tecnológica china. Se anuncia el lanzamiento de nuevos automóviles eléctricos “made in China”, pero ni una palabra sobre el riesgo del software, los sensores, los datos y las plataformas conectadas. Se informa del establecimiento de fábricas, pero ni una palabra sobre la creciente dependencia industrial. Abundan los titulares sobre inversiones, pero sin advertir que España se está convirtiendo en una entrada trasera a la Unión Europea. Se informa de Venezuela, la República Dominicana o los cupos de petróleo, pero se ignora sistemáticamente las relaciones trianguladas con Pekín.

China aparece como un actor de reparto en muchas historias, pero casi nunca como actor principal. Se intuye, se roza, se menciona de pasada, se incluye en una línea secundaria, pero enseguida se aparta la mirada. Como si nombrarla fuera cruzar una raya invisible. Como si decir “China” no fuera una descripción de la realidad, sino una temeridad. Ahí está el tabú.

No en que esté prohibido publicar un dato. Eso no es necesario. El dato en sí, aislado, no molesta demasiado. Lo que molesta es la conclusión. Lo que dispara las alarmas no es una noticia suelta sobre una empresa china, un viaje de Zapatero o una nueva inversión. Lo que molesta es que se establezca una relación. El dato aislado puede manejarse, diluirse, olvidarse. La relación, no.

La explicación más socorrida para justificar esta ceguera es que España está absorbida por su propia crisis interna. Y en parte es verdad. La corrupción que cerca al Gobierno, al PSOE y al presidente consume prácticamente toda la energía política y mediática. Cada semana hay un audio, un registro, un informe, un imputado o una filtración. La política española es como una habitación cerrada en la que todo el mundo mira el incendio del centro mientras las paredes se mueven sin hacer ruido.

Cuando la atención logra escapar de la cloaca doméstica, se detiene casi siempre en Venezuela, República Dominicana o las conexiones iberoamericanas del sanchismo. El espacio exterior que resulta más manejable para la prensa porque tiene personajes reconocibles, tramas más asequibles a la narración y una corrupción grotesca, con vuelos, rescates, intermediarios, favores y dinero. China, en cambio, pertenece a otra escala. Demasiado grande para ser señalada. Demasiado poderosa para ser incorporada a la trama. Demasiado peligrosa e imprevisible como para ser tratada con la frivolidad habitual.

Pero esa justificación de la ceguera se queda corta. Los incentivos económicos y la prudencia diplomática existen en todos los países. En todas partes los alcaldes quieren cortar cintas inaugurales y los gobernantes regionales, anunciar inversiones. Y sean españolas, alemanas, francesas o italianas, todas las grandes empresas desean acceder al mercado chino. No vamos a descubrir ahora que Pekín compra simpatías prometiendo empleo, inversión, rentabilidad y futuro.

En España hay algo mucho más profundo y resistente que la simple cautela. Se ha formado una prohibición tácita. Una de esas prohibiciones que funcionan precisamente porque no necesita declararse

La diferencia es que en otros países esos incentivos no han silenciado el debate. Señalar a China ya no es tabú. Se discute sobre puertos, universidades, telecomunicaciones, vehículos conectados, compras estratégicas, espionaje, presión diplomática, transferencia tecnológica o dependencia industrial. Sin duda, también habrá hipocresías, errores, intereses cruzados y algunos silencios. Pero el asunto existe. Tiene nombre y está sobre la mesa. En España, no.

En España hay algo mucho más profundo y resistente que la simple cautela. Se ha formado una prohibición tácita. Una de esas prohibiciones que funcionan precisamente porque no necesita declararse. Todo el mundo sabe hasta dónde puede llegar. Todo el mundo percibe cuándo conviene cambiar de tema. Todo el mundo distingue entre publicar una pieza y construir una acusación política de fondo.

Lo he visto de cerca. Cuando he tratado de ordenar los lazos de Zapatero con China y su intersección con asuntos clave de la corrupción —Venezuela, los cupos de petróleo, intermediarios, Gate Center, nombres chinos de enorme relevancia— no he encontrado simple indiferencia. He encontrado otra cosa. Una fría resistencia. Un silencio repentino. Una prudencia excesiva. Esa clase de prevención que aparece cuando un asunto toca no solo a un político, sino a una red demasiado amplia de intereses, temores y complicidades.

Poder acudir a la televisión para explicar la relación directa de personas vinculadas al entorno chino con Gate Center requirió no pocos esfuerzos. Al final hubo que mover algunas piezas para que aquello pudiera salir. Y cuando salió, ocurrió exactamente lo que cabía esperar: la información, ordenada y razonada, tuvo impacto. Porque el público puede entender perfectamente lo que sucede cuando alguien se toma la molestia de explicárselo sin trocearlo ni tratarlo como una sucesión de casualidades.

Pero el impacto duró poco. El ecosistema mediático echó tierra encima. No hubo desmentidos ni debates. No hubo opción a profundizar ni a pedir explicaciones políticas. No hubo opción a que se mantuviera vivo el asunto siquiera un par de días. El ecosistema político y mediático español hizo lo que suele hacer cuando algo resulta inconveniente: dejarlo caer. Y nunca más se volvió a hablar de ello… o, mejor dicho, nunca más se volvió a hablar de ello en público.

Porque esa es otra parte reveladora. En privado, la historia es distinta. A un nivel más discreto, más confidencial, sí hay interés. Se piden datos. Se hacen preguntas. Se reconoce el trabajo. Se consulta. Se invita a conversar. Se admite que el asunto es relevante. Se asume que hay algo serio. Se percibe que el patrón existe. Pero siempre bajo la estricta confidencialidad. Es decir: hable usted, explique, documente, conecte, ilumine, pero que no se sepa quién ha escuchado, quién ha preguntado y quién ha tomado notas. Esa es la oscura realidad del tabú chino en España: todos quieren saber, pero pocos quieren que se sepa que han preguntado. En privado, interés. En público, silencio.

Así no es como reacciona un país seguro de sí mismo sino un país que presiente que ha dejado entrar algo demasiado grande y ahora no sabe cómo reconocerlo sin reconocer también su propia negligencia… o quizá algo peor que negligencia.

El caso Zapatero es especialmente revelador porque obliga a mirar donde, a la hora de la verdad, nadie quiere mirar fijamente. No se trata solo de un expresidente con una agenda internacional más o menos conflictiva o, si se prefiere, extravagante. No se trata solo de sus viajes a Pekín, de sus contactos con dirigentes del Partido Comunista Chino, de la presencia en su entorno de lo que el propio CNI considera activos de la inteligencia china o de su papel como interlocutor entre China y determinados ambientes políticos iberoamericanos. Se trata de la intersección entre China, Venezuela, negocios estratégicos, redes de intermediación y un entorno político que llega hasta el corazón del poder español.

¿Dónde está el escándalo político? ¿Dónde está la presión? ¿Dónde está la exigencia de explicaciones? ¿Dónde están las preguntas sobre la convergencia entre intereses chinos, petróleo venezolano, sanciones, intermediarios españoles y el papel de un expresidente convertido en puerta trasera? Sencillamente no están

El auto del juez Calama sitúa la “Oficina del Presidente Zapatero” como punto de contacto para agentes interesados en crudo venezolano de PDVSA y en otras materias primas estratégicas; entre ellos figuraba una corporación estatal china controlada orgánicamente por el PCCh que, según las conversaciones intervenidas, los propios investigados describían de forma inequívoca: “Esta es una empresa que depende del Partido Comunista Chino”. No es una frase inventada por un columnista exaltado. No es una hipótesis conspirativa. Es una frase recogida en una investigación judicial y publicada por medios generalistas.

Y, sin embargo, ¿dónde está el escándalo político? ¿Dónde está la presión? ¿Dónde está la exigencia de explicaciones? ¿Dónde están las preguntas sobre la convergencia entre intereses chinos, petróleo venezolano, sanciones, intermediarios españoles y el papel de un expresidente convertido en puerta trasera? Sencillamente no están. O, si acaso, están un día, unas horas, unos minutos de tertulia, una pieza suelta, una columna, un comentario lateral. Pero luego desaparecen. Otra pieza. Otro dato. Otra noticia. Otro silencio. Así se impone la invisibilidad: no borrando las huellas, sino impidiendo que dibujen el camino.

De esta forma se difumina, por ejemplo, el rastro del Gate Center. Un centro presentado bajo los acostumbrados eufemismos de la cooperación, el diálogo y el multilateralismo, pero situado en el centro de una trama mucho más seria. En su propia web, Gate Center se presenta como un espacio de análisis gestionado por Thinking Heads y con un consejo asesor presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Pero sus vínculos y algunos de sus protagonistas obligan a hacer preguntas incompatibles con los acostumbrados eufemismos.

El caso chino en España no se parece a una película de espías porque es mucho más sofisticado y eficaz que un guion convencional. No necesita gabardinas de cuello alto, pistolas PPK ocultas en los bolsillos ni maletines o sobres bajo la mesa. Funciona con inversiones, foros, consultoras, fundaciones, contactos, antiguos cargos, empresas tecnológicas, promesas industriales, viajes discretos, inauguraciones con sonrisas, apretones de manos y una red de personajes que no necesita recibir órdenes específicas para saber qué conviene callar.

China ha sabido presentarse en España como solución y no como amenaza. Solución para regiones desindustrializadas. Solución para políticos locales necesitados de titulares. Solución para empresas endeudadas. Solución para universidades decadentes necesitadas de convenios. Solución para gobiernos inoperantes que quieren vender modernización. Solución para quienes confunden una planta de ensamblaje con reindustrialización y una inversión extranjera, que no aporta nada a la cadena de valor, con prosperidad.

En realidad, China no reindustrializa España. La utiliza. La utiliza como nave de ensamblaje. Como plataforma logística. Como puerta de entrada a la Unión Europea. Como puente a Hispanoamérica. Como escaparate político. Como coartada comercial para la penetración de mercados y sectores estratégicos sorteando las resistencias de otros países europeos.

Para un alcalde o un presidente autonómico la foto cortando la cinta puede bastar. Para un ministro, también. Para un presidente de Gobierno, más aún. La cinta se corta hoy. El empleo se anuncia hoy. La dependencia llegará mañana, cuando nadie recuerde quiénes abrieron las puertas. Es el negocio político perfecto: beneficios inmediatos, costes diferidos y responsabilidades olvidadas.

Lo más grave no es que China actúe como China. Lo grave es que España actúe como España. Un país sin cultura estratégica, sin reflejos, sin una conciencia compartida de seguridad nacional, sin debates propios de cualquier sociedad adulta y con unas élites acostumbradas a llamar pragmatismo a cualquier rendición que les resulte rentable. Un país donde la política se reduce a siglas, la prensa gira alrededor de los partidos y demasiados analistas llaman prudencia a lo que en otros países se llama traición.

No estamos solo ante una operación de influencia extranjera. Estamos ante una operación de hipocresía nacional

En España, denunciar la injerencia china tiene un coste. Callarla, ninguno. Ese es el incentivo moral más destructivo de todos. Nadie pierde prestigio por no ver venir una amenaza. Cuando la amenaza se confirma, la culpa ya se ha diluido. Ya se ha olvidado. En cambio, quien lo advierte a tiempo queda expuesto: exagerado, alarmista, conspiranoico, imprudente, sinófobo. La sospecha se lanza contra quien se atreve a formular la pregunta, no contra quienes deberían responderla. Así es como funciona una sociedad intelectualmente capturada: no necesita que la censuren; se censura ella misma.

En realidad, el tabú chino no protege solo a China. Protege a una parte muy extensa del ecosistema político español. Protege a quienes aceptaron la inversión sin preguntar. A quienes llamaron interés nacional lo que no era más que su interés particular. A los académicos que adornaron la propaganda con un lenguaje respetable. A los medios que publicaron noticias sueltas y luego renunciaron a unirlas. A los partidos que prefieren hablar de corrupción cuando el dinero señala al adversario, pero se quedan mudos cuando la trama apunta a Pekín. A quienes en privado preguntan con enorme interés, pero en público fingen que no hay nada que preguntar.

Si España, por algún extraño milagro, reconociera de verdad el problema chino, tendría que reconocer también otra cosa: que durante años demasiados han confundido su conveniencia con la conveniencia del país. Esa es la verdad que no quieren que se sepa.

No estamos solo ante una operación de influencia extranjera. Estamos ante una operación de hipocresía nacional. China ha encontrado puertas abiertas, sí. Pero alguien las abrió. China ha encontrado interlocutores, sí. Pero alguien los legitimó. China ha encontrado silencios, sí. Pero alguien los naturalizó. China ha encontrado un país dispuesto a mirar hacia otro lado, sí. Pero el gesto de desviar la mirada no nos lo ha impuesto Pekín. Nos lo hemos impuesto nosotros.

Por eso el silencio español es más grave que la propia presencia china. Una potencia siempre actúa conforme a sus intereses. Lo escandaloso es que un país renuncie a defender los suyos.

La victoria de Pekín en España consiste en haber conseguido que su presencia resulte visible como una sucesión de negocios, pero invisible como amenaza. Consiste en que muchos contemplen piezas separadas y casi nadie se atreva a mirar el conjunto. Consiste en que la prudencia diplomática se haya convertido en imprudencia estratégica. Y consiste en que el miedo a parecer exagerado derive en colaboración pasiva. No hace falta imaginar una mano negra silenciando redacciones. Basta con algo mucho más triste: un país entero callando por propia iniciativa.

Al final el tabú chino no dice tanto sobre China como sobre España. Dice que nuestras élites prefieren saber en privado antes que actuar en público. Dice que nuestros medios pueden perseguir un escándalo durante semanas, pero se quedan sin aire cuando el escándalo debe ser analizado en términos de soberanía. Dice que nuestros partidos son feroces con el odiado adversario y mansos como cabestros con una potencia extranjera. Y dice, sobre todo, que España se ha acostumbrado a tratar como exageración todo lo que expone a la luz una grave amenaza que aún podría conjurarse.

Ese es el verdadero drama. No que China avance. China avanza porque puede. El drama es que España haya decidido ignorarlo hasta que sea demasiado tarde.

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