Que los seres humanos somos animales de costumbres se sabe desde hace mucho y que tenemos la capacidad de acomodarnos a casi cualquier cosa tampoco es ningún secreto, pero me gustaría apuntar que, en este punto, es posible que una cierta porción de españoles se haya pasado de la raya, como suele decirse, y sería interesante saber por qué.
La palabra “normalizar” ha tenido entre nosotros un éxito poco común y es probable que hayamos sucumbido demasiado pronto a sus efectos más narcotizantes. Seguro que no está mal que no se pierda la calma ante sucesos estrambóticos, pero una cosa es contemplar con cierta serenidad y autodominio lo excepcional y otra cosa es considerar que lo censurable haya dejado de serlo por mucho que abunde, en especial cuando no es el caso. Pero basta de teoría y vayamos a tres ejemplos.
Si Orwell viviera reescribiría su 1984 porque este gobierno no sólo emplea una “neolengua” con “doblepensar” sino que se entrega a explicaciones con tres y más niveles contradictorios sin el menor arrobo
Empezaré por la izquierda, política, me refiero. La izquierda española ha dejado de ser cualquier cosa parecida a lo que pudo ser, en algunos aspectos, en otros no tanto, pero aquí sigue concitando el entusiasmo de mucha más gente de lo que sería razonable, dada su extraña metamorfosis. Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón han escrito en El Mundo un texto excelente al respecto y me permitiré apoyarme en él para evitar mayores razonamientos. Se supone que la izquierda existe para crear un mundo mejor, pero ahora sólo quiere protegernos. Se sigue considerando progresista, pero se ha hecho conservadora, reaccionaria. Sólo sabe meter miedo, censurar y prohibir. Fijémonos en lo que ahora ocurre en Ceuta: sólo se les ocurre insultar a los ciudadanos que se quejan de la situación y de la inutilidad del gobierno, algo así como los viejos ricachones que insultaban a los parados llamándoles vagos.
Y ya que hablamos del gobierno, demos un repaso a algunas de las cosas que se han pretendido normalizar y que no tienen el menor pase, como diría un castizo. Casi no sé por dónde empezar, pero escogeré el argumento del triple ministro para justificar el largo asueto del presidente del gobierno ante la gravísima e intolerable situación que se vive, y se vivirá, en Ceuta: ha dicho que ha estado hablando mucho tiempo por teléfono. Es para mondarse de risa. Una explicación tan estúpida sólo es imaginable en alguien que ha normalizado la idea de que Sánchez es una especie de chamán y los españoles unos fumados de su secta que seguimos creyendo que su sola presencia, la del chamán, todo lo arregla. Eso es exactamente lo que dijo el ministro Puente a las veinticuatro horas del comienzo del martirio ceutí: “otra crisis más que resuelve Pedro Sánchez”, supongo que esperaba que los ceutíes, musulmanes judíos y cristianos, salieran a las calles a aclamar al señor presidente a la vista de la exitosa gestión del gobierno frente a la llegada masiva de marroquíes tras violar nuestras fronteras.
Si Orwell viviera reescribiría su 1984 porque este gobierno no sólo emplea una “neolengua” con “doblepensar” sino que se entrega a explicaciones con tres y más niveles contradictorios sin el menor arrobo: “se ha vulnerado la soberanía nacional”, “la colaboración con Marruecos es fluida”, “ha habido informes suficientes”, “no sabíamos nada”, y se atreven incluso con los números: en el día de hoy tres ministros han dado tres cifras oficiales distintas sobre los menores que aún pululan por las calles de Ceuta: una población que ha sido abandonada, invadida y privada de la menor seguridad, cuya vida normal ha sido destruida mientras el gobierno hace malabares para que el resto de los españoles pensemos que los fascistas están agrediendo a indefensos musulmanes en su propia tierra.
Para terminar, un ejemplo de la extraña normalidad que gastamos y que no es exactamente político. El presidente del Barcelona C.F. ha decidido suspender el homenaje que en todos los estadios de la liga española se está dando a los jugadores que han ganado el último mundial de fútbol alegando que un socio de su club que exhibía una estelada ha sido agredido en Elche por la policía. Para completar la maniobra que, como es fácil ver, posee una lógica implacable, ha decidido que en lugar de ello el estadio del club haga un homenaje a la estelada que, según él estima, no es sino una manifestación de la libertad de expresión amparada por la Constitución española.
Veamos, unos sucesos en Elche sirven de excusa para que el baranda del club catalán por excelencia, que no es juez que yo sepa, aunque ya le gustaría, propine un castigo ejemplar a unos jugadores, que en su mayoría ni siquiera son catalanes, privándoles del homenaje popular que seguro les darían los asistentes al Nou Camp y, además, les obsequia con un homenaje, que resultó muy minoritario, a una bandera con la que es extremadamente probable que nada tengan que ver muchos de ellos. Puro cartesianismo, sin duda.
El señor Laporta hace algo muy común, usar un cargo electo para hacer algo que seguramente no le habría dado el triunfo de haberlo advertido, para promocionar a su manera, mezcla de chapucerías y barrocos regates, unos objetivos políticos que le convienen a él en este momento y no tiene para nada en cuenta ni las reglas del juego en que se mueve, entre las cuales resulta elemental evitar la politización de cualquier éxito deportivo, ni nada que se le parezca.
Este mismo Laporta es quien exhibió unas cajas enormes cuyo contenido nadie pudo examinar que, según su palabra, contenían los enjundiosos informes que justificaban pagos bastante generosos y constantes a un señor árbitro, un mandamás entre los suyos, de cuya honorabilidad no puede caber la menor duda, por descontado. ¡Qué homenajes no hará Laporta a lo que sea necesario si algún improbable juez sentencia cualquier día que la generosidad de un club tan laureado no debiera haberse empleado en una dirección tan sospechosa!
Esta clase de normalización de lo que habría que considerar inadmisible nos está haciendo mucho daño, pero se apoya en el ciego empeño de quienes siguen gritando “vivan las cadenas” porque son las que creen haber elegido ellos. Mientras sigan abundando los que sólo respetan las reglas que les convienen y que el poder no admite límites, España seguirá descendiendo en todos los ránquines imaginables, así viene sucediendo desde hace más de veinte años, no vendría mal un despertar.
¿Por qué ser pequeño mecenas de Disidentia?
En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300 episodios disponibles) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.


















