Un fruto ingrato de los años de gobierno de Sánchez ha sido restablecer respecto a la imagen de España un tópico que había sido ampliamente explotado por el franquismo, aquello de que “España es diferente”. Sánchez ha borrado, primero de manera suave, luego muchas veces de un plumazo, el largo esfuerzo de todos para asimilarnos a lo que era normal en los países de nuestro entorno, para salir de una excepcionalidad que, con la disculpa de presumir, había servido para ocultar unas cuantas verdades poco gratas.
En el franquismo sólo había un poder político, el del gobierno y eso es lo que ha conseguido restablecer, pasito a pasito pero sin la menor reserva, Pedro Sánchez. El poder legislativo está sometido de una manera vergonzosa, porque quienes lo rigen en su funcionamiento normal sólo están atentos a la “lucecita de la Moncloa”, como antes se obedecía a la “lucecita de El Pardo”. De estas cosas sólo nos damos cuenta los que contamos algunos años, pero no son difíciles de comprender para cualquiera, aunque sea un quinceañero, porque es dolorosamente evidente que el Congreso está maniatado por edecanes de Sánchez y el Senado, que nunca ha tenido, una importancia decisiva, es objeto de una rechifla continua y sistemática no ya por el gobierno sino por cualquiera que mande lo más mínimo, aunque sólo sea un atajo de borregos, como diría don Quijote.
Pedro Sánchez ha reducido España a su minúscula medida: un país con las instituciones sometidas, el poder concentrado en la Moncloa y un prestigio internacional dilapidado
Como pasaba con Franco, el gobierno mismo tampoco pinta nada, nuestros veintitantos ministros son tan inútiles e irrelevantes como desconocidos porque todo se cuece en la Moncloa. Aquí sí hay una diferencia con el franquismo, el personal político de El Pardo no pasaba mucho de las dos docenas, mientras que Sánchez dispone de un millar de sumisos escribanos que le asesoran en toda clase de cuestiones para lograr que no se mueva un puñetero papel sin que el señorito esté conforme. Luego, cuando algo se tuerce, esa abultada corte de sanchistas e intrigantes se las arregla para desplegar toda clase de efectos que distraigan la atención, al tiempo que ponen en circulación versiones que culpan siempre a cualquiera que no sea de la panda.
Si se compara la Moncloa de Sánchez con la de Suárez la distancia es todavía mayor, porque el presidente que pilotó la transición con ambición, energía y éxito estaba acompañado de muy pocas personas, eso sí de valía comprobada. Ahí fue donde se impuso la ruta de europeización y normalización internacional que España pudo seguir durante decenios y que ahora Sánchez ha destruido de manera sistemática tratando de hacer una España a su minúscula medida.
España consiguió en relativamente poco tiempo una posición de respeto en las instancias internacionales que el sanchismo está destruyendo de manera sistemática. Fíjense en el ridículo que debe acompañar en las cancillerías europeas al ministrillo de Exteriores que se empeña en convencer al Parlamento europeo de que aumente más todavía la complejidad idiomática de sus reuniones aceptando como lenguas de uso al euskera, el catalán y no sé si el gallego, pero seguro que Barbón anda detrás de este buen señor para que no olvide el bable. La idea es en sí misma absurda pero cuando se sabe, y es claro que se sabe, que esa petición tan irrisoria responde a la necesidad de que Sánchez se mantenga al frente del gobierno seguro que no son de repetir lo que dicen de nosotros y del ministro de ocasión. Albares está causando también honda admiración en el mundo diplomático por su viaje a Ceuta, su original manera de reafirmar la españolidad de esa ciudad martirizada por el Sultán y sus ansias expansionistas.
De ser miembros leales de la UE y de la OTAN nos hemos convertido en los tontos del bote en ambas organizaciones, con Europa por nuestra valiente política de emigración que sólo sirve para que Sánchez pueda presumir de forma bastante torpe de que aumenta el PIB nacional, claro está que a base de disminuir el de cada uno de nosotros y por nuestra manera tan gallarda de defender a los ciudadanos de Ceuta dando las gracias al Sultán porque sólo nos ha dejado apenas diez mil marroquíes por las calles después de habernos enchiquerado ocho veces más, algo es algo.
También están encantados por Europa con nuestra solidaridad frente a la penetración china que para Sánchez, discípulo de Zapatero y probable rehén, resultan ser amigos entrañables y desinteresados a los que dejamos destruir nuestras industrias en aras de la alianza de civilizaciones o cualquier otra necedad parecida. En la OTAN, que no está en sus mejores momentos, no se habla de otra cosa que de los esfuerzos españoles para dotarla de mayor unidad y cohesión y para frenar las salidas de tono del presidente norteamericano.
La reciente amistad entre el sanchismo y el sultán debe ser una de las razones por las que Sánchez hace un veraneo que escandaliza en toda Europa. Nuestro amado líder no llega a competir con Hassan en cuanto a tamaño de la corte acompañante, pero se va acercando. Compárese el veraneo de Giorgia Meloni que se paga sus vacaciones en un lugar perfectamente común, vulgar y público con el boato de Sánchez rodeado de mayores anillos de seguridad que la que se destina a las fronteras ceutíes o melillenses.
Se dice que Franco presumía de haber tenido suerte con los periodistas, Sánchez todavía no ha conseguido tanto, pero no será por no intentarlo. En los anales no se recuerda un fenómeno similar y de tanta intensidad como el de la llamada prensa sincronizada siempre dispuesta a presentar la huida de Paiporta, y es un simple ejemplo, como una hazaña ciudadana digna de las mayores alabanzas, ni tampoco nadie recuerda el tesón puesto por Sánchez en controlar no sólo las televisiones públicas sino en hacerse con un canal adicional de recambio por si en alguna ocasión se viere privado de tal auxilio.
No creo que en Europa parezcan ni medio bien los éxitos empresariales de Sánchez que tan pronto se apodera de todo lo que puede en Telefónica como mueve a las industrias militares para que sus amigos puedan gozar de buenos sillones en los consejos, sin los cuales no hay manera de conseguir ni un contrato para fabricar tirachinas, o para importarlos del imperio celestial.
También ha sido muy celebrada en Europa la reunión de ministros en el observatorio de Yepes para contemplar el eclipse y contribuir, eso han dicho, a la popularización de la ciencia, al tiempo que se tomaban unas copas, ellos y unos cientos de adeptos, con cargo al presupuesto de investigación. En toda Europa, y el mismo Trump, saben que el apoyo sanchista a la ciencia es de los más ambiciosos del mundo, justo lo que se necesita para seguir ganando Premios Nobel, disciplina en la que andamos un poco despistados, pero en la que Diana Morant seguro que nos pone rápidamente en cabeza, si le deja el asesor principal de ciencia de la Moncloa.
Nuestro presidente del gobierno se comporta de forma ejemplar en este punto tan acuciante del apoyo a la ciencia, aunque sus frutos están a la altura de los de su política de vivienda, cuyo precio no me negarán que crece por todas partes. La prueba más evidente es que no deja de hablar el tío de la emergencia climática que, como sabe cualquier persona mínimamente ilustrada, es lo más de lo más en esto de la ciencia. Se merece, sin duda, el descanso en La Mareta y que los caballas ceutíes no se quejen tanto, que ya está bien.
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