Hay ciudades en las que prometer empleo debería exigir un mínimo pudor. Ferrol es una de ellas. La industria no abandona una ciudad de golpe. Primero desaparece un turno, después otro; un taller deja de abrir, un bar pierde la hora en que se llenaba, los hijos estudian fuera y terminan buscando trabajo también fuera. La decadencia industrial se caracteriza por una crueldad lenta que funciona como anestesia. Hasta que un día la ciudad descubre que buena parte de su futuro tiene dirección postal en Madrid, Vigo, Londres o cualquier lugar donde sus jóvenes hayan conseguido construir la vida que allí se había vuelto imposible.
Ferrol conoce demasiado bien esa forma de extinción. Prometerle ahora «2.300 empleos» no equivale a anunciar una inversión. Es intervenir sobre su memoria, tocar una herida que lleva décadas abierta y prometer algo mucho más valioso que una nómina: la posibilidad de que el futuro vuelva a suceder en casa. Con eso no se juega.
Un buen acuerdo industrial no necesita fe, solo hacer públicos contratos, cláusulas y compromisos por escrito. Mientras todo eso permanezca en la oscuridad, la escena de Caneliñas será mucho menos luminosa que la fotografía oficial
SAIC Motor ha llegado envuelta en las palabras que apelan a esa esperanza. Casi 200 millones de euros de inversión, hasta 120.000 automóviles al año, miles de puestos de trabajo, reindustrialización, porvenir. Después de tantos años de decadencia, la política gallega promete una restitución. El problema empieza, sin embargo, cuando se busca convertir el entusiasmo en sucedáneo de la información.
Sabemos cuánto se invertirá, cuántos coches podrían salir de Caneliñas y hasta cuántas personas trabajarán algún día alrededor del proyecto; desconocemos el documento que permitiría convertir la promesa en compromiso. No sabemos qué ayudas recibirá SAIC, qué obligaciones industriales ha asumido, qué parte del valor añadido tendrá que localizar en España, durante cuánto tiempo, con qué inversiones concretas y bajo qué penalizaciones. La política española ha desarrollado una concepción maravillosa de la transparencia: nos muestra el futuro con una claridad extraordinaria, pero nada sabe del contrato que debería garantizarlo.
Ese vacío importa mucho más cuando aparece la palabra «fábrica» y miras lo que habrá dentro. La primera fase recibirá componentes, incluidas carrocerías ya pintadas, completará el montaje, probará los vehículos y los expedirá. Eso naturalmente requiere trabajadores, instalaciones, organización y algún conocimiento industrial. Pero no equivale a recuperar una industria.
Una fábrica verdadera no termina en la puerta de la nave: empieza allí. A su alrededor crecen proveedores, ingeniería, maquinaria, formación, investigación, personal cualificado; el coche que sale por la puerta es solo la parte visible de una trama gigantesca de conocimientos y oficios acumulados a lo largo del tiempo. Una comarca no se industrializa simplemente porque ensamble, sino cuando aprende, cuando cada producto deja detrás un valor local creciente y cuando el tejido que produce ese valor arraiga hasta volverse difícil de arrancar. SAIC llega, de momento, con buena parte de ese valor con las raíces plantadas en China.
Nos aseguran que irán creciendo aquí. Alfonso Rueda lo ha «garantizado» y el proyecto habla de utilizar productos españoles siempre que resulte «económicamente viable», expresión de una elasticidad propia de la gimnasia rítmica. Nada se sabe del porcentaje obligatorio de contenido local, del calendario para sustituir componentes chinos, de la inversión mínima en ingeniería española ni de la penalización pública si aquello que hoy se promete mañana no se cumple. Quizá existan todas esas cláusulas y el Gobierno gallego termine sacándolas de alguna caja fuerte. Ojalá. Hasta entonces lo que se nos ofrece es una figura jurídica creativa: la garantía de rueda de prensa. La pregunta no es si SAIC fabricará coches en Ferrol ni si creará empleo. Hará, más o menos, ambas cosas. La pregunta es cuánto valor quedará en España cuando las cámaras se marchen a fotografiar otra promesa: cuánto conocimiento, cuánta capacidad industrial, cuánto valor añadido. Qué hemos obtenido nosotros a cambio de facilitar a SAIC una puerta trasera al mercado europeo.
Para ocultar ese vacío se apela a la cifra de 2.300 empleos. En Ferrol pocas palabras pesan más que «trabajo», y precisamente por eso resulta tan tentador utilizarla para cortar el paso a preguntas comprometidas. ¿Opacidad? 2.300 empleos. ¿Competencia desleal? 2.300 empleos. ¿Riesgos estratégicos? 2.300 empleos.
2.300 es el número mágico que cierra bocas y permite tachar de aguafiestas al que no aplaude con las orejas. Pero ¿de dónde sale esa cifra? El proyecto inicial contempla 1.000 empleos directos, 540 en producción y 460 en logística. Para alcanzar los 2.300 hay que añadir un millar de puestos indirectos calculados mediante una metodología que nadie conoce y otros 300 asociados a inversiones futuras de las que nada se sabe. 1.000 empleos previstos se convierten así en 2.300 anunciados mediante la suma de trabajadores, estimaciones y deseos. Llamarlo la cuenta de la vieja sería injusto con la vieja: ella, al menos, sumaba pesetas con pesetas.
Pero hay algo que debería preocuparnos más que esta contabilidad imaginaria. Los coches de SAIC no van a venderse en una dimensión económica paralela. Cada automóvil que conquiste una parte del mercado europeo desplazará potencialmente a otro. Y ese otro puede proceder de una fábrica española cuyos vehículos, al contrario que los MG de Ferrol, si incorporan asientos, cableados, cristales, frenos, electrónica, neumáticos, plásticos, maquinarias y servicios producidos por centenares de empresas locales.
Los puestos de Caneliñas tendrán nombres, nóminas y ceremonia. Habrá cascos blancos, chalecos reflectantes, cámaras, autoridades y apretones de manos. Pero la empresa auxiliar de Zaragoza que pierda un pedido en favor de la industria auxiliar asociada a SAIC, que está a miles de kilómetros de aquí, no tendrá una ceremonia inversa. Nadie cortará una cinta para celebrar al trabajador que pierde su empleo por la presunta reindustrialización china de España. La inversión cancelada en Valladolid no ofrecerá declaraciones a la prensa. El proveedor que cierre o reduzca plantilla simplemente desaparecerá dentro de la estadística meses después.
La mayor mistificación consiste en comparar este proyecto con aquellas grandes implantaciones industriales que durante décadas transformaron regiones enteras de Europa, como si bastara con que de una nave salieran automóviles para que alrededor naciera una industria. Aquellas fábricas eran el árbol visible de un bosque. Sus raíces penetraban en universidades politécnicas, talleres, centros tecnológicos, proveedores y generaciones enteras de trabajadores especializados. Décadas de capital, conocimiento y oficio viajaban dentro de cada coche. SAIC llega de momento con buena parte de esas raíces plantadas en China. Nos trae el tronco y pretende que demos gracias por la sombra. La contradicción aparece incluso antes de que salga el primer vehículo: para hacerle sitio en Caneliñas hubo que desplazar a otro puerto una inversión industrial española que ya disponía de espacio y licencia. La nueva reindustrialización empieza apartando industria propia para abrir paso a industria china.
La elección de Ferrol hace la historia todavía más difícil de comprender. La Xunta había ofrecido también terrenos en la PLISAN, junto a Vigo, dentro de uno de los grandes ecosistemas automovilísticos españoles. Si la aspiración consistía en conseguir que SAIC dejara de limitarse gradualmente al ensamblaje y hundiera sus raíces en nuestro tejido productivo, allí estaban precisamente los proveedores, la experiencia y una cultura industrial formada durante décadas alrededor del automóvil. La compañía prefirió Ferrol-As Pontes por su «apoyo público y viabilidad económica». SAIC escogió en función de sus intereses, sean cuales sean estos. La duda es si su elección era también la mejor para los nuestros, especialmente cuando Caneliñas añade una característica que Vigo no tenía: a unos cinco kilómetros en línea recta se encuentran el Arsenal y Navantia, con buques de la Armada, la construcción de las F-110 y sistemas ligados a algunas de las capacidades navales más sensibles de España.
No hace falta imaginar espías escondidos detrás de los contenedores sosteniendo unos prismáticos. La caricatura serviría para banalizar el problema. Los Estados con algún instinto de supervivencia no confían en que nunca suceda nada; organizan el espacio, los accesos y las precauciones de manera que cualquier amenaza quede conjurada aun cuando parezca inverosímil. El Gobierno consideró finalmente que los riesgos podían mitigarse mediante determinadas condiciones. Aunque nadie sabe cuáles. La opacidad, otra vez.
No es una mera cuestión de polígonos o distancias. SAIC no es simplemente un fabricante extranjero buscando un mercado nuevo, sino una corporación controlada por el Estado de Shanghái, integrada en un sistema donde empresa, Partido Comunista, financiación y estrategia nacional mantienen una relación muy distinta de la europea. Eso no convierte a sus ingenieros en agentes secretos ni vuelve sospechoso cada automóvil chino. Obliga a comprender que estamos negociando con una estructura industrial nacida dentro de una concepción del poder que Europa tardó demasiado en entender.
Durante años creímos que bastaba con abrir nuestros mercados para que el resto del mundo terminara jugando según unas reglas parecidas a las nuestras. China hizo algo mucho más inteligente: aprovechó aquellas reglas mientras construía una formidable potencia manufacturera mediante protección, financiación, transferencia tecnológica y apoyo estatal masivo. Cuando Europa se dio cuenta de que buena parte de su industria podía desaparecer antes de que su teoría económica se adaptara a los hechos, empezó a reaccionar. La Comisión investigó las subvenciones a los fabricantes chinos de vehículos eléctricos y reservó precisamente a SAIC el gravamen compensatorio más elevado, un 35,3% adicional al arancel ordinario del 10%.
La operación de Ferrol adquiere entonces otra luz. Europa levanta una muralla y nosotros discutimos con entusiasmo la mejor forma de abrir la puerta. China no merece ningún reproche por intentarlo. Sabe lo que quiere y actúa en consecuencia: preservar su industria, ganar mercado, sortear las barreras y aprovechar las facilidades que otros estén dispuestos a conceder. Sería un chiste exigirle que defendiera nuestros intereses además de los suyos.
China contempla industria, tecnología, comercio y poder como partes de una misma estrategia. Nosotros hemos fragmentado tanto nuestra mirada que podemos celebrar una inversión sin preguntarnos qué estructura industrial fortalece, qué dependencia perpetúa o qué posición nos dejará dentro de veinte años. Pekín comparece ante cada negociación sabiendo qué lugar quiere ocupar en el mundo. España comparece demasiado a menudo suplicando solo una buena noticia.
Quien necesita urgentemente vender, trabajar o recibir una inversión negocia peor que quien puede permitirse esperar. Los individuos lo saben desde mucho antes de que existieran los ministerios de Economía y los Estados deberían saberlo todavía mejor. La política sirve, entre otras cosas, para impedir que una debilidad coyuntural termine convertida en dependencia estructural. Ferrol necesitaba desesperadamente una buena nueva. Esa necesidad no justificaba exigir menos a SAIC. Obligaba a exigir más.
Los 2.300 empleos, reales o imaginarios, de Ferrol no deberían servir para silenciar preguntas, sino para multiplicarlas. Cuanto mayor sea la importancia del proyecto para la comarca, mayor es la responsabilidad de asegurarse de que realmente es industrial y no un subterfugio. Ferrol no necesita que nadie le explique el valor de una fábrica. Lo aprendió mejor que nadie cuando empezó a perderlas. Conoce el bullicio de los talleres y el silencio que dejan cuando cierran; sabe que la pérdida de industria acaba convirtiéndose en algo más profundo que una caída de la producción, porque altera la demografía, la autoestima y hasta la relación de una ciudad con el tiempo.
Una verdadera reindustrialización debería invertir ese proceso. Conseguir que SAIC necesitara algún día a Ferrol tanto como Ferrol necesita hoy a SAIC; que marcharse significara abandonar algo que no cabe en un contenedor: proveedores, trabajadores especializados, conocimiento, ingeniería, relaciones industriales levantadas durante años. Una fábrica arraigada no permanece por gratitud ni por patriotismo. Permanece porque arrancarla cuesta demasiado. Eso es industria. Eso es echar raíces. Eso es hacer política.
Si nuestros gobernantes han logrado de verdad la reindustrialización de Ferrol, deberían estar deseando mostrarlo todo con luz y taquígrafos. Un buen acuerdo industrial no necesita fe, solo hacer públicos contratos, cláusulas y compromisos por escrito. Mientras todo eso permanezca en la oscuridad, la escena de Caneliñas será mucho menos luminosa que la fotografía oficial. Barcos descargando componentes y carrocerías fabricados en China; una nave española completando los automóviles que después circularán por el mercado europeo; a pocos kilómetros, el Arsenal y los astilleros militares; en algún despacho, las garantías económicas y de seguridad que se nos asegura que existen; en el muelle, una comarca que lleva décadas esperando escuchar una buena noticia y unas autoridades pronunciando otra vez la palabra «futuro».
Ferrol tiene demasiadas razones para querer creerla. Esa era precisamente la razón para no pedirle fe.
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