«La condición principal para llegar a amar es superar el propio narcisismo» —escribe Erich Fromm en El arte de amar— «La orientación narcisista es aquella en la que uno experimenta como real únicamente lo que existe dentro de sí, mientras que los fenómenos del mundo exterior no tienen realidad por sí mismos, sino que se perciben únicamente desde el punto de vista de que sean útiles o peligrosos para uno». De entre las enfermedades del carácter que vive nuestro tiempo, pocas hay más destructivas que el narcisismo, que ha pasado de ser un aspecto individual destructivo a lo que Marino Pérez Álvarez llama «narcisismo normativo», una «gramática invisible» que está condicionando amplias masas de comportamiento en nuestras sociedades.

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Explica el catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo e iconoclasta de la terapia en su último y estupendo libro —Selfis, satisfyers, mascotas y robots (Deusto, 2026)— que vivimos según un mandato implícito de ser vistos. Los tatuajes, las mascotas convertidas en «accesorios vivos del yo» y por supuesto las redes sociales son aspectos diversos de este fenómeno, del que son tanto causa como consecuencia. Si el lector quiere saber hasta dónde llegó la riada, debería leer lo que escribe Marino Pérez.

Hay que salir de uno para tener talla real y hay que perder importancia para ser humanamente relevante

Lipovetsky habló en La era del vacío de «la eclosión de una cultura centrada en la expansión subjetiva». Hoy casi todo conduce a excusar nuestras relaciones con los demás y magnificar las relaciones con uno mismo. La cantidad de subterfugios que estamos creando para paliar —en realidad: para aumentar— la crisis relacional y su concomitante resultado en soledad es apabullante.

Para empezar, la imparable tendencia a grabarnos y fotografiarnos, ese mensaje constante de excitación del ego. Pero no en un sentido que podría ser interesante, por constituirse en reflexión interior que lleve al autoconocimiento, sino, al contrario, como exteriorización constante. Ya no hay autenticidad a la vista, solo un fuego cruzado de validación que quiere que los demás, con sus Likes y seguimientos, compongan nuestra figura; ya no hay investigación del mundo, de la realidad en sí, como vía de profundidad y trascendencia, el mundo quedó en escenario. Pide selfis tanto la alta como la baja autoestima, por eso el reflejo es tan poderoso. El yo es filtrado y editado para agradarnos, es decir, para agradar a los demás; dejamos de poder vernos sin que concurra la mirada del otro y se cumple la premonición de Pirandello: «La tragedia de la persona es ser solo personaje».

«Ya no se trata de representar la verdad del yo» —escribe marino Pérez— «sino de producir una imagen socialmente efectiva». La vida se vuelve un escaparate donde cada gesto y cada emoción se calibran según su potencial de aprobación externa. Volvemos a El show de Truman, la película de Peter Weir en la que el protagonista ignora que su mundo entero es un escenario para los demás. Nosotros también actuamos para un público invisible, atrapados en la ilusión de autenticidad a través de la autoexpresión.

Para seguir, la extrañación del sexo. Uno de los descubrimientos más impactantes de los últimos años ha sido la progresiva reducción de la práctica sexual en nuestro siglo. Tras la pleamar de las revoluciones sexuales y el fin de las opresivas convenciones, lo que ha llegado no es más y mejor sexualidad, sino la progresiva reducción de las relaciones sexuales. Como el mercado no es tonto, sabe esperarnos a la salida de la decepción para ofrecernos sucedáneos: entran en juego los sexbots y el satisfyer. Ya hay por ahí incluso parejas que están en esos ámbitos que consideran recreativos, pero que los abocan a un nuevo modo, patológico, de estar «solos juntos». En esto, una vez más, hay que recordar la primera ley de Kranzberg: la tecnología no es neutral y, como dice Marino Pérez, esta «codetermina nuestros deseos y necesidades al hilo de su desarrollo».

El asunto de las mascotas ha tomado tal magnitud que es difícil, a estas alturas, negarse a verlo. Cerca de dos de cada tres hogares en nuestro país conviven con mascotas, justo ahora que hay menos parejas y niños que nunca. Se publicitan sin cesar los —poco demostrables, salvo casos excepcionales, como los niños autistas— efectos positivos en salud y felicidad de perros y gatos, que suman unos doscientos treinta millones en una Europa en la que apenas hay ochenta millones de menores de dieciocho años. ¿Cuáles son los efectos narcisistas de las mascotas? Los dueños pueden proyectar sobre ellos una versión idealizada de sí mismos y de su vida. Al cuidar, exhibir o fotografiar a sus perros y gatos, muchas personas buscan reflejar su capacidad de amar, su estilo de vida «perfecto» o su éxito social (ya se consideran integrantes de la familia), transformando a las mascotas en extensiones de su propia identidad. Este fenómeno puede reforzar la autoimagen y la autoestima del dueño, pero también puede fomentar una relación más centrada en la admiración externa y en la validación personal que en el bienestar real del animal. En otras palabras, las mascotas a veces funcionan como espejos que reflejan la grandeza, ternura o cuidado que el dueño quiere que el mundo perciba, más que como seres con necesidades autónomas.

Los robots sociales representan el siguiente eslabón de esta cadena de narcisismo normativo: objetos diseñados no solo para acompañar, sino para responder exactamente como queremos ser vistos y apreciados. Igual que las mascotas y los sexbots, prometen afecto sin exigir reciprocidad, atención sin conflicto, cariño sin riesgo; todo perfectamente calibrado para reforzar la imagen de nosotros mismos que proyectamos hacia afuera. El problema es que, al concentrar nuestra capacidad afectiva en sustitutos controlables, se posterga la experiencia humana más compleja y desafiante: amar a otra persona de carne y hueso, con sus contradicciones, sus decepciones y sus misterios. El narcisismo tecnológico se convierte así en un mecanismo de autoengaño, que perpetúa la ilusión de conexión mientras erosiona la posibilidad de intimidad real.

Cuanto más alejado Dios, más divino el yo. Charles Taylor cuenta en La era secular que nuestro tiempo está marcado por el paso de la trascendencia a la inmanencia. El narcisismo deja de ser solo un rasgo psicológico para convertirse en un fenómeno cultural: ya no buscamos solo reconocimiento, sino la validación constante de un yo que se construye y se mide en términos de visibilidad y éxito dentro del mundo secularizado. Para Taylor, pasar de la trascendencia a la inmanencia significa que la vida deja de estar orientada hacia un horizonte más allá de lo inmediato y lo personal, y se vuelve centrada en los fines, valores y satisfacciones que podemos encontrar dentro de nuestro mundo inmediato. Ya no hay un marco moral o espiritual externo que otorgue significado; la autoridad del más allá se reemplaza por la autonomía del yo y la búsqueda de realización en el aquí y ahora. El sentido de la vida se reduce al saldo contante y sonante de nuestras emociones, deseos y logros, convertidos en el único terreno de lo valioso. Ya no ascendemos a lo divino: descendemos a lo subjetivo.

En un curioso giro imaginativo, podemos pensar en Soloyó, un personaje que parece una versión espejada de Pocoyó, pero mucho más atrapado en sí mismo. Mientras Pocoyó explora el mundo con curiosidad y ternura, Soloyó se refleja constantemente en los charcos, los espejos y hasta en las pequeñas gotas de lluvia, fascinado por su propio movimiento, su propia voz, su propia risa. Todo a su alrededor existe únicamente como telón de fondo para su auto-admiración: un perro que le ladra, un pájaro que canta, incluso los amigos de Pocoyó son meras sombras que confirman lo grandioso que es Soloyó. Así, su mundo se convierte en un escenario donde el narcisismo no es solo un rasgo, sino la ley que gobierna cada gesto, cada mirada, cada burbuja que toca sus manos.

¿Hay solución a este desbarajuste? Pues claro que la hay, pero tenemos que ponernos a ello. «El polo opuesto al narcisismo es la objetividad; es la facultad de ver a otras personas y cosas tal como son, de manera objetiva, y poder separar esta imagen objetiva de la imagen que se forma a partir de los propios deseos y miedos», dice también Fromm. La solución está entonces en cultivar un desinterés radical hacia uno mismo que vuelque nuestra atención sobre los demás y sobre el mundo. El olvido de sí, que es de siempre, no nos aboca a ser unos «pringaos», ni mucho menos; nos enfoca a todo lo que es interesante y nutricio.

En última instancia, el narcisismo es una reacción natural a la angustia, la inseguridad y el miedo. No obstante, la fortaleza real que puede doblegar esos males no está dentro, sino fuera. Hay que salir de uno para tener talla real y hay que perder importancia para ser humanamente relevante. Así es como logramos esquivar las ansiedades de la pulsión narcisista: embarcándonos en un proyecto en el que todo nuestro protagonismo consista en contribuir al bien ajeno. El escritor Jeffrey Bilbro llama a esto «convocación»: el acto de convertirse y ser miembros de algo más grande que nosotros mismos. Para eso habrá que recuperar, sin duda, la patria y el barrio como unidades importantes; pero sobre todo la humanidad, como aventura fascinante, peligrosa e incierta. Solo al desprendernos del yo absoluto descubrimos la medida de lo posible, y en esa generosidad silenciosa hallamos el pulso auténtico que va a hacer, más allá del juego de los espejos deformados, que nuestra vida sea significativa.

Foto: David Todd McCarty.

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