Con el tiempo empiezas a notar cosas. Alguien que antes te llamaba deja de hacerlo. Una relación profesional se enfría sin una razón aparente. Conoces a una persona y percibes una prevención extraña, una distancia que no sabes explicar. Entras en una reunión y, por primera vez, te preguntas si alguno de los que están allí habrá oído hablar de ti antes de conocerte.
No sabes exactamente qué se ha dicho, quién lo ha dicho ni hasta dónde ha llegado. Nadie te acusa formalmente de nada. No existe una opinión explícita a lo que puedas responder, una afirmación concreta que puedas desmentir o una conversación en la que puedas defenderte. Solo empiezas a descubrir que, mientras tú seguías con tu vida, en lugares donde no estabas se había ido construyendo otra versión de ti.
A mí me ocurrió.
Durante una etapa de mi vida comenzó a circular la idea de que yo era machista. No nació de una conducta que alguien pudiera señalar ni de ningún conflicto relacionado con las mujeres o con la discriminación. Surgió en medio de diferencias profesionales que nada tenían que ver con eso. Pero la palabra estaba allí, a disposición de cualquiera, y en aquel momento —cuando la corrección política era una apisonadora— tenía una gran capacidad de destrucción.
Si alguien hace pública una falsedad, puedes exigir una rectificación. Pero ¿cómo se rectifica una conversación a la que no tuviste acceso? ¿Cómo llegas a todas las personas a las que llegó el comentario? ¿Cómo averiguas siquiera quiénes fueron?
Era mucho más eficaz decir que alguien era machista que explicar por qué molestaba, qué intereses reales estaban en litigio o en qué consistía realmente el conflicto. Una palabra podía resolver de un plumazo lo que hubiera necesitado una discusión mucho más complicada y difícil de manipular.
Además, la acusación no operaba a cara descubierta. Maniobraba en el terreno confidencial, la conversación privada, esa frase pronunciada con gravedad y acompañada, acto seguido, de un “prefiero no entrar en detalles”. Así quien escucha completa lo que falta. Y casi siempre imagina lo peor.
Así funcionan algunas reputaciones destruidas: no mediante una gran acusación que pueda combatirse, sino mediante una acumulación de insinuaciones hechas en privado que, por supuesto, nadie está obligado a demostrar.
El problema es que quien paga las consecuencias no es una reputación en abstracto. Es una persona de carne y hueso.
Hay oportunidades profesionales que se pierden. Relaciones que cambian. Personas que deciden mantener las distancias sin siquiera conocerte. Puede haber dinero que dejas de ganar y trabajos que nunca sabrás que no recibiste por aquella razón. Después está algo mucho más difícil de estimar: la sospecha permanente de no saber quién ha oído qué sobre ti.
Esa incertidumbre acaba formando parte de tu vida. No porque te obsesiones, sino porque algunos acontecimientos te recuerdan que existe. Descubres que alguien que no te conoce ya tiene una opinión formada. Aparecen alusiones que demuestran que circulan determinadas historias. Comprendes entonces que hay una biografía paralela circulando sobre ti y que tú no tienes acceso a ella.
Ese daño es especialmente cruel porque resulta imposible repararlo. Si alguien hace pública una falsedad, puedes exigir una rectificación. Pero ¿cómo se rectifica una conversación a la que no tuviste acceso? ¿Cómo llegas a todas las personas a las que llegó el comentario? ¿Cómo averiguas siquiera quiénes fueron?
Podría intentar desmontar aquella imagen contando mi vida. Una de las personas que más profundamente me ha influido fue mi madre, no solo porque fuera mi madre, sino porque representó para mí muchas de las virtudes que más admiro en cualquier persona: independencia de criterio, competencia profesional, fortaleza y fidelidad a sus propias convicciones. A lo largo de mi carrera profesional he promocionado con frecuencia a mujeres cuando consideraba simplemente que eran mejores. Algunos de mis principales referentes políticos e intelectuales son mujeres y algunas de mis mejores amistades también lo son.
Pero no creo que ese sea el argumento más indicado. Tener amigas o admirar a determinadas mujeres no convierte automáticamente a nadie en inocente de machismo. Una persona debe ser juzgada por lo que hace, no por sus relaciones personales. Y precisamente de eso se trata.
Quienes utilizaron aquella etiqueta contra mí no estaban describiendo unos hechos constatables para llegar después a una conclusión. Su procedimiento iba al revés: necesitaban una conclusión y echaron mano de una palabra que podía dársela.
El machismo todavía existe, como también existen el racismo, el acoso, la discriminación y otros abusos. Precisamente porque son cosas graves, convertirlos en armas para resolver disputas personales o profesionales es una perversión moral. Cuanto más destructiva es una acusación, mayor debería ser el cuidado a la hora de formularla.
Sin embargo, las etiquetas funcionan justamente al revés. La gravedad no exige más pruebas; permite exigir menos. La fuerza moral de una causa termina siendo utilizada para suprimir las garantías que deberían asistir a la persona juzgada.
Pero hay algo todavía más tremendo. Para causar ese daño es necesario dejar de ver al ser humano que está al otro lado; es decir, es necesario deshumanizarle. Una persona pasa a ser «el machista», «el racista», «el acosador», «el homófobo». La etiqueta elimina a la persona. Ya no importa conocer los hechos: creemos saber qué clase de ser humano tenemos delante.
Cuando eso sucede, perjudicar a alguien resulta más fácil. Si imaginamos a una persona concreta, con su trabajo, su familia y sus problemas, probablemente sintamos algún escrúpulo antes de contribuir a destruir su reputación. Si lo reducimos a «un machista», dañarle nos parece incluso legítimo.
La deshumanización degenera una espiral de acusaciones que se retroalimentan. Una acusación nueva se apoya en las anteriores y, al mismo tiempo, parece confirmarlas. Alguien escucha que dos mujeres te han llamado machista y piensa que aquello demuestra que los rumores previos eran ciertos. Después una tercera persona escucha todo lo anterior y llega a la misma conclusión.
La leyenda negra termina certificándose a sí misma. Nadie necesita ya conocer el supuesto hecho originario que inició la cadena. De hecho, no es necesario ningún hecho originario. Basta con la acumulación de chismorreos, recelos e insinuaciones.
Lo que más me llamó la atención en mi caso es que las personas que participaron de ese mecanismo no eran precisamente progresistas. Criticaban la corrección política, denunciaban el falso feminismo y les molestaba la utilización de determinadas causas como medios de control social. Pero cuando una de esas armas resultaba útil contra alguien que les molestaba, descubrían repentinamente su eficacia. No creían en el dogma. Creían en su poder.
Esa es probablemente una de las victorias culturales clave de la ideología: conseguir que incluso quienes la combaten utilicen sus mecanismos cuando les conviene.
El fenómeno no se limita al machismo. Cualquier acusación que otorgue una superioridad moral inmediata puede convertirse en instrumento de una disputa que nada tiene que ver con aquello que supuestamente denuncia. Una rivalidad profesional puede transformarse en discriminación. Una antipatía puede presentarse como defensa de una causa justa. Una lucha por el poder puede envolverse en el lenguaje de la protección a una víctima.
Cuando alguien contribuye a extender una acusación de este tipo casi nunca presencia sus consecuencias. No ve la llamada que deja de producirse. No sabe qué persona decide marginarle de forma preventiva. No conoce la oportunidad profesional perdida. No está delante cuando el acusado descubre estupefacto que alguien que jamás ha hablado con él ya lo desprecia. La víctima sí está allí.
Los principios, con los que a menudo nos golpeamos el pecho, sirven precisamente para evitar que caigamos tan bajo. La presunción de inocencia, la exigencia de pruebas, la proporcionalidad, el derecho a responder o la simple prudencia no son exquisiteces prescindibles. Son barreras que hemos levantado porque sabemos de qué maldades somos capaces cuando dejamos de ver una persona y empezamos a ver un enemigo.
No se combate la cultura de la cancelación cancelando mejor que el adversario. No se defiende la presunción de inocencia únicamente cuando el acusado pertenece a nuestro grupo o pandilla. Los principios existen realmente cuando protegen también a quien nos disgusta. Todo lo demás es conveniencia.
Quizá una de las pruebas más sencillas de madurez consista precisamente en renunciar a utilizar contra otra persona un arma que sabemos injusta incluso cuando sabemos que podría resultarnos útil. Porque el daño que causamos puede acompañar a alguien durante años. La pataleta pasa. La reputación destruida puede no recuperarse nunca.
La víctima siempre es alguien de carne y hueso. Y podría ser cualquiera.
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