Recuerdo que tuve la oportunidad de entrevistar a Richard Perle en 2005. Era el número dos del secretario de Defensa de Bush II, Donald Rumsfeld. Las preguntas versaron sobre las preocupaciones del momento, como el epíteto “neoconservadurismo”, el papel de Naciones Unidas o, por supuesto, el terrorismo islámico.
Recuerdo que después de que concluyese la entrevista le hice la pregunta más relevante, y que debí incluir en el texto final. ¿Cuál es la mayor amenaza para la paz mundial? Su gesto se tornó serio, y me dijo sin vacilaciones: “El programa nuclear iraní”. Yo esperaba que me hablara de Corea del Norte, que entonces ocupaba los análisis más deprimentes. Pero su respuesta apuntaba a la antigua Persia.
La mera mayoría social de oposición no sirve de nada sin instrumentos de fuerza que permitan la toma de control del gobierno
Lo cierto es que el programa nuclear iraní fue reptando, ante la atenta mirada de los Estados Unidos, y la mirada más atenta aún de Israel. A Bush II le siguió Obama, que recibió el premio Nobel de la paz de forma preventiva, al que respondió haciendo una razonada defensa de la iniciativa bélica: “Entiendo por qué la guerra no es popular, pero también sé esto: la creencia de que la paz es deseable rara vez es suficiente para lograrla”. Obama abrió la mano al régimen de Irán, y éste se tomó la tesitura a beneficio de inventario, sin llegar a dar pasos definitivos.
Los cuatro años de Trump I enfriaron el programa nuclear no pacífico de Irán, y en realidad la presidencia de Biden no supuso un cambio sustancial.
¿Por qué, entonces, mira Trump II a Teherán con una “furia épica”, que es como ha llamado a su operación de ataque al régimen de los Ayatolás? Si nos apegamos a la literalidad de la declaración de Washington, el detonante de la furia es la represión del pueblo iraní por parte del gobierno; una represión cuya unidad de cuenta son los miles de muertos, o incluso decenas de miles.
No parece que esa motivación sea suficiente. Sí lo es, parece, la decisión del gobierno de Benjamin Netanyahu de dar un golpe definitivo al régimen iraní en un momento de debilidad. El éxito de la operación “resolución absoluta” de detención de Nicolás Maduro, ¿habrá animado a Trump a conseguir un segundo éxito en Irán?
Lo cierto es que son operaciones muy distintas. En Venezuela el Estado, como tal, no existe. Sus formas se mantienen, pero ha sido cooptado por una familia de parásitos que consisten en diversas organizaciones criminales vinculadas a la droga. Trump ha llegado a un acuerdo con una de ellas, el clan de los Rodríguez, para operar el cascarón del gobierno desde allí. No es fácil, ni el éxito está asegurado, pero cada mes que pasa parece más asentado.
En el caso de Irán los propios asesores del presidente Trump le advirtieron de que era imposible un cambio de régimen. Es decir, que su declaración de que lo que le movía era la respuesta a las revueltas del pueblo persa siempre fue falsa. El régimen descansa en una proporción pequeña de la población, que está dispuesta a todo para lograr que no haya un cambio en el sistema político. La proporción es pequeña, sí. Pero su tamaño no: se calcula que son unos diez millones de personas (de más de 90 millones que puebla el país). Defenderán a los Ayatolás con su vida, quizás por que ella dependa del propio régimen. ¿Qué sería de ellos en el caso de un vuelco? También depende de un conglomerado de intereses económicos vinculados a varios sectores de la economía iraní; principalmente los hidrocarburos.
Un régimen es una realidad abstracta. Es decir, tú puedes acabar con una persona, como el difunto líder Jamenei, y con él con la de una cohorte de mandamases, pero las funciones y las relaciones se mantienen. Y se mantiene el apoyo de esa parte de la población que he mencionado. La mera mayoría social de oposición no sirve de nada sin instrumentos de fuerza que permitan la toma de control del gobierno. Y aunque fuerza no le falta a los ataques aéreos operados por los Estados Unidos y por Israel (con armas en gran parte estadounidenses), ésta es ineficaz para cambiar un régimen.
El Centro de Política Internacional de la Universidad de las Hespérides, de reciente creación, ha publicado su primer informe sobre esta cuestión. Enfriando la furia épica: el dilema estratégico de Trump en Irán. El informe distingue entre lo que llama capacidad para degradar y capacidad para transformar. Degradar sí. La operación lo ha hecho en gran medida. Irán ha perdido gran parte de sus medios de disuasión convencionales, como los misiles o la armada. Por otro lado los servicios básicos, aunque muy dañados, se mantienen. Y aunque el sector petrolero ha sufrido graves daños, el régimen espera recuperar entre el 70 y el 80 por ciento de su capacidad en dos meses. Eso, si nos creemos al propio régimen, a lo que no estamos obligados, y si la operación de castigo no se mantiene. Porque lo que es cierto es que a corto plazo sus exportaciones prácticamente se han detenido.
Si antes comparábamos la operación de Venezuela con la de Irán es porque son muy distintas. Aquélla era “quirúrgica”. Ésta, en el propio lenguaje de Trump, es “una operación masiva y continua”. Si verdaderamente lo es, entonces ya podemos hablar de “capacidad para transformar”. Ni siquiera el régimen de los Ayatolás puede aguantar un ataque de estas dimensiones. Pero Trump no puede presentarse a las elecciones de mitad de mandato, que son en noviembre, con una situación empantanada.
El informe menciona tres condiciones para poner fin al régimen: una fractura decisiva en la coalición gobernante, la negativa del aparato de seguridad de seguir reprimiendo al pueblo, y la existencia de una plataforma política capaz de plantear una alternativa y llenar el vacío de poder. Ninguna de estas tres condiciones parecen presentarse de forma clara.
¿Qué podemos esperar? Un gran fracaso a corto plazo de Donald Trump, si abandona el teatro persa con un acuerdo vergonzante, o sin él, o una operación decidida, aún más decidida, con la esperanza de que, antes o después de las elecciones legislativas, este empeño dé los esperados frutos.
Foto: Staff Sgt. Kaitlyn Ergish.
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