Los españoles de mi generación, tal vez los primeros que pudimos salir al extranjero por estudios o por el placer de viajar, tuvimos que pasar alguna que otra vergüenza al comparar, por ejemplo, nuestro reducido parque automovilístico, hablo de los años sesenta del pasado siglo XX, con el de Europa, por ver la penuria de nuestras infraestructuras comparadas con otras o por comprender la diferencia entre  vivir en un país con libertades públicas o en un régimen muy distinto que es lo que teníamos nosotros. Ha pasado mucho tiempo y podemos sentirnos libres de alguno de aquellos complejos, aunque nos queden cosas que aprender, pero estamos a un palmo de volver a sentir la rareza de ser distintos si nos fijamos en algunas de las cosas que no pasan en España mientras son de decencia elemental en cualquier país de la Unión Europea, hasta en Portugal, por cierto, para no irnos más lejos.

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Este gobierno parece empeñado en que nos convenzamos de que España está llena de trúhanes y que lo único que pasa es que ellos son los malandrines más listos

Está bien, por descontado, que se procese a la esposa del presidente del gobierno si hay motivo para ello, pero no es ni medio normal que su marido promueva o consienta que una jauría de ministros, militantes y prensa adicta, se lance a proclamar que doña Begoña sufre una persecución por ser quien es, cuando lo que en realidad sucede es que se aprovechó de su condición marital para saltarse barreras que el común de los españoles soporta con harta paciencia y pretendió lucrarse con  privilegios y favores por su condición marital.

Tampoco es normal que la universidad que aceptó dar por la cara una cátedra, por extraordinaria que fuese, a una persona que no era ni siquiera licenciada ni tenía el menor mérito para ser objeto de un trato tan excepcional, no haya promovido ni un gesto de reproche hacia quienes consintieron semejante cacicada. El rector y sus colaboradores, cuyo rubor debiera ser tan intenso como interminable por haber cedido parte de su honra a cambio de no se sabe qué, parece seguir a lo suyo e incluso ha amparado que la Complutense se presente en el proceso como perjudicada, tiene bemoles.

Total que ni el marido dimite, que es lo que haría cualquier político europeo decente, ni el rector de la Complutense tiene nada de qué arrepentirse por ser sensible a la cercanía de un poder que él debía imaginar corrupto hasta las cachas con sólo ver lo que le proponían, pero este veterinario que gobierna la histórica universidad de Madrid vio una oportunidad de lucimiento y de ventajas donde no había sino vergüenza y tropelías.

Sánchez amontona los casos por los que cualquier inglés o alemán, de derechas o de izquierdas, habría salido por piernas de su cargo. Lo hace amparado por el refrán que reza “el que hace un cesto hace ciento”, que podría ser emblema de su mandato, de modo que si no pasó vergüenza, a saber si tiene idea de lo que es, por su primer caso no se va a derrumbar por todos los que se le acumulan. Muy al revés, exhortará a un mayor celo a su cuadrilla habitual, capitaneada por el tal Puente, para que inunden España de reproches a cuál más soez contra cualquier clase de jueces, sean del Supremo, de la Audiencia de Madrid, de un tribunal pacense o de donde fueren como se atrevan a juzgar lo contrario de lo que les interesa.

La vergüenza no conoce reglas ni disculpas, sólo tiene una especie de instinto basado en una lógica de la reciprocidad que nos impide hacer o disculpar lo que censuraríamos en otros. Por eso tenemos que avergonzarnos de ministros, como el tal Puente, que critican a voz en grito los defectos ajenos pero que ante el primer accidente grave de la alta velocidad se refugia en que él no empuñaba el soplete que, al parecer, soldó mal la vía causante del descarrilamiento. Es verdad que no lo hizo, pero no puede evitar la vergüenza ajena que todos los ferroviarios y millones de españoles sienten al ver que es incapaz de reconocer que sus descuidos en el mantenimiento, la inspección y la renovación de los carriles es la causa directa e innegable del deterioro ferroviario y de las decenas de muertes que ha traído consigo. Tan cierto está de ello el vociferante vallisoletano que no se atreve ni a inaugurar un vestíbulo con presencia de público, salvo que haya compromiso de la federación socialista correspondiente de aportar aplaudidores, pero vaya usted a saber la causa, tampoco está fácil ahora ese recurso a la fiel infantería.

Si nos fijamos en el sector exterior los motivos de sonrojo son innumerables, desde las ridículas disculpas del ministro del ramo por las desafortunadas palabras de Rajoy, que parece ahora convertido al humorismo, hasta las continuadas humillaciones que hemos de padecer como país por las salidas de tono de un gobierno que se apunta a toda clase de causas por equívocas que sean con tal de que puedan agradar al mandarín chino que es quien ahora parece estar al timón de las grandes decisiones del gobierno de Sánchez.

Puestos a reconocer alguna señal de tino en Sánchez, algo que no de pie a mayores rubores, cabría apuntar a que, al menos de cara al público, Pedro Sánchez parece haber roto el hilo discipular y de veneración que tenía con Zapatero, tal vez a causa del bochorno de las joyas, que ni el propio Sánchez ha podido disfrazar de manera mínimamente decente. Tras afirmar que los presidentes reciben muchos regalos, de lo que podría inferirse alguna vaga alusión a los joyones zapateriles, no se ha vuelto a ver ningún cable desde la Moncloa para que el náufrago Zapatero recupere el aliento.

Tampoco ha estado mal el sofocón que nos hemos llevado los contribuyentes al enterarnos de que, ¡oh casualidad!, el testaferro de Zapatero había dejado de hacer la declaración de la renta varios años seguidos sin que en la agencia tributaria nadie se enterase de semejante asunto, lo que contrasta vehementemente con la diligencia habitual de los señores inspectores a nada que a uno cualquiera de nosotros se nos pueda atribuir el menor desliz.

Va a ser que “Hacienda somos todos” menos Zapatero y Julito, lo que no sería sino una aplicación del principio que reza que a los altos cargos socialistas se les investigue con parsimonia y sin celo, doctrina asombrosa que ha defendido un teniente general de la Guardia Civil lo que es doblemente penoso cuando ya no podía ascender un peldaño más para cubrir con nuevas enseñas su uniforme. Hay gente que se empeña en que sintamos vergüenza ante el verde uniforme que siempre ha inspirado respeto, pero no lo conseguirán porque sabemos que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y a nadie ha de extrañar que Marlaska se empeñe en ascender a monas mientras el reglamento no se lo impida porque hablar de vergüenza en este contexto sería de locos.

Este gobierno parece empeñado en que nos convenzamos de que España está llena de trúhanes y que lo único que pasa es que ellos son los malandrines más listos. Pues va a ser que no, que España está llena de gente decente a la que le cuesta admitir, de momento, que muchos de los que nos mandan sean unos delincuentes, pero el personal se está cayendo del guindo y que tres o cuatro uniformados se hayan puesto de parte de los engañabobos no nos va a apartar de la recta conciencia que sabe distinguir entre las víctimas, todos, y los delincuentes, unos cuantos que ya tienen los días contados. El cuento de que existen unos políticos que defienden la justicia y sólo piensan en el bienestar de los más débiles pero que, mientras no miramos, da la casualidad de que se dedican a forrarse, tiene cada vez menos adeptos.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web