Alejandro Macarrón es ingeniero, consultor empresarial y coordinador del Observatorio Demográfico del CEU-CEFAS. Es autor de los libros “El suicidio demográfico de España” y “Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo”.

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El cambio climático es la última moda en las campañas contra la natalidad, y posiblemente la más radical y absurda. ¿Cómo es posible que este tipo de campañas tenga tanta aceptación en los grandes medios de comunicación e incluso en agendas políticas?

Hay varios factores. En primer lugar, los medios están ávidos de noticias y cualquier titular sensacionalista es publicado sin ninguna comprobación y estoy harto de ver datos demográficos publicados que no coinciden con la realidad. Con el ejemplo del cambio climático, se genera una ola de pesimismo en la sociedad y no se tienen en cuenta las consecuencias. Con este nivel de natalidad es seguro que lo vamos a pasar muy mal, por el contrario, el cambio climático es hipotético y no hay ese nivel de certeza porque es un tema complejísimo. Por eso, no es racional pegarse un tiro en el pie y no tener hijos cuando ni siquiera estamos en el nivel de reemplazo, porque las consecuencias van a ser desastrosas a nivel social y colectivo, y también a nivel humano, porque el antinatalismo lleva a una sociedad envejecida por la falta de jóvenes y muy triste por la pobreza afectiva. Y luego hay intereses políticos y económicos en favor de propagar estas ideas, y hay una evidente alianza de hierro entre la izquierda y los que hacen dinero con el cambio climático.

Hemos pasado de sociedades muy creyentes y que pasaban muchas dificultades, pero con familias estables y muchos hijos, a la sociedad mucho más acomodada y blanda

La teoría Malthusiana ha fracasado por completo hasta ahora porque se han producido muchos más recursos de lo que ha crecido la población. Es verdad que hay unos límites físicos al crecimiento, pero aún están muy lejos de alcanzarse y lo que es seguro es que el desplome de la natalidad va a causar un verdadero desastre. Con una situación como la que tenemos en España, con 1,1 hijos por mujer, cada nueva generación es poco más de la mitad que la anterior y eso es una catástrofe.

Pero este mensaje está sobre todo dirigido al mundo occidental.

En el mundo no occidental hace 50 años hubo un proyecto estadounidense, el informe Kissinger, que fue secreto inicialmente y luego fue desclasificado, que es muy racional y muestra la preocupación por el crecimiento de la población en el Tercer Mundo, debido sobre todo a la reducción de la tasa de mortalidad de niños y jóvenes -que fue también la causa del gran crecimiento de población en Europa y América en los siglos XIX y XX. Por ejemplo, desde su independencia Pakistán ha multiplicado su población por cinco. Estados Unidos tenía miedo de que eso pudiera impedir el desarrollo de los países del Tercer Mundo y dar lugar a revoluciones y gobiernos hostiles contrarios a sus intereses, y se elabora un plan para reducir la natalidad en todo el mundo. Ahora no puedo afirmar si se están haciendo campañas antinatalistas en otros lugares, pero en Occidente sí y es verdaderamente patético porque estamos en un proceso de suicidio demográfico. Estamos en una inercia en la que, como hace treinta años nacieron menos niños, cada año hay menos mujeres en edad fértil y de forma mecánica está disminuyendo el número de nacimientos.

El informe Kissinger era muy racional, no digo que fuese moral, en plena Guerra Fría, no se puede entender el suicidio actual de Occidente. Es triste que suceda, pero es deleznable que se fomente y no se haga nada por evitarlo. Uno de los peores ejemplos en España es Asturias, y eso no parece importarle nada a su gobierno regional. Por ejemplo, en el año 2022 hubo 2,9 muertes por nacimiento, 3,6 si no contamos los hijos de extranjeros. Son unas proporciones tremendas.

Cada vez son más los mandos militares y políticos que anuncian que Occidente tiene que prepararse para la guerra y alistar al mayor número posible de soldados. ¿Quién va a combatir en una sociedad sin hijos?

Sí, todo va en la misma dirección. Además de los que promueven estas ideas contra la natalidad, esto tiene que ver con el espectacular progreso de la humanidad en los últimos doscientos años. Hemos pasado de sociedades muy creyentes y que pasaban muchas dificultades, pero con familias estables y muchos hijos, a la sociedad mucho más acomodada y blanda, y esa es la causa fundamental del problema. En España, cuando murió Franco, el número de hijos por mujer era la mitad del histórico, aunque no se notaba mucho por el descenso de la mortalidad infantil y juvenil. Pero la voluntad de tener hijos era menor y eso es lo que ha pasado en todo Occidente, y a esto se añade la mentalidad de que tener una familia numerosa es casi un acto heroico. Es una mentalidad pesimista, promovida desde muchos medios de comunicación, que a la larga es suicida.

Quizá porque la gente no es consciente de lo que significa una sociedad sin hijos, ni de lo que eso significa para su propio futuro.    

Exacto. Es una mentalidad individualista que separa al individuo de la comunidad, de la familia, y que sólo vive en el presente.

Y la solución que nos proponen es que vengan inmigrantes para cubrir ese déficit de población.

Esa mentalidad es absolutamente patética, porque manifiesta que nosotros, que nos creemos por encima, no vamos a cansarnos teniendo hijos, sino que van a venir personas de países más pobres a hacerlo por nosotros y a solucionar los problemas que hemos creado al no tener hijos. Eso es lo que realmente significa esa mentalidad. Es una trampa, porque en la práctica no va a evitar los problemas afectivos generados por la falta de hijos y la inmigración que viene cubre generalmente sólo los trabajos menos cualificados, a lo que hay que añadir los problemas culturales y de integración. Es una realidad, y no es culpa de las personas, que existen choques culturales, como entre el cristianismo y el islam. Y en el plano económico, el estado del bienestar atrae y retiene a mucha más gente de la que se necesita. Muchos inmigrantes ganan más dinero cobrando un subsidio en España que trabajando en su país, por ejemplo, a raíz de la crisis de 2013 un 60% de los inmigrantes africanos se quedaron en paro; al año siguiente sólo se había ido el 1% porque están mucho mejor aquí que en sus países. Y eso no es responsabilidad suya, somos nosotros los que estamos permitiendo esa situación. En consecuencia, sigue llegado en masa una afluencia de mano de obra, aunque el país tenga un elevado índice de paro, que consume recursos que el Estado tiene que recaudar vía impuestos. Es decir, afecta a todo, a los salarios, a las pensiones, etc.

¿Los políticos no hablan de este tema porque es difícil de admitir para una sociedad cada vez más infantilizada?

Es un tema incómodo, sobre todo para la gente que no tiene hijos o no quiere tenerlos. Siempre ha habido gente que no ha tenido hijos, pero antes eso era lo menos común y todo el mundo tenía una amplia red familiar. También es incómodo para las feministas radicales. Yo me declaro feminista 1.0 porque estoy totalmente de acuerdo con la esencia teórica del feminismo de igualdad entre hombres y mujeres ante la ley. El feminismo de última generación es agresivamente antimasculino y antifamilia. Para este feminismo tener hijos es una remora para la mujer. Aunque esto es minoritario respecto a la cantidad de gente que se siente incómoda porque no tiene hijos, y esto lo perciben los políticos y por esa razón prefieren no hablar de ello. Sin embargo, hay que explicar a los que no han tenido hijos que les conviene que los demás los tengan.

Además, en la política hay muchas personas sin hijos. De los tres últimos cancilleres de Alemania, ninguno ha tenido hijos biológicos. Macron no tiene hijos, el primer ministro francés no tiene hijos. En España, Ayuso, que está lanzando algunas políticas pronatalidad, no tiene hijos; Almeida no tiene hijos; Feijóo sólo tiene un hijo, y así la mayoría. Cuando se creo el movimiento de la España vaciada se reunieron los presidentes de Galicia, Asturias, Castilla y León, y Aragón. Entre los cuatro habían tenido un hijo, y hablaban del envejecimiento como si hubiese caído del cielo. Culpaban a la emigración, pero el factor determinante es la falta de niños. Asturias ha perdido muchísima más población por la caída de los nacimientos que por la emigración.

Hungría es un país que está apostando por políticas natalistas y ha logrado frenar el descenso demográfico empleando incentivos económicos y promoviendo una mentalidad a favor de la familia. ¿Es Hungría el ejemplo a seguir? ¿Estamos a tiempo de revertir esta situación?

Hungría está tomando unas medidas muy interesantes y positivas, aunque los resultados son solo parciales, porque ha habido una cierta recuperación, pero menor de lo deseable. Y, desde luego, ya me gustaría que en España se hiciese lo que se está haciendo en Hungría. En todo caso, cambiar la mentalidad requiere tiempo y no se consigue a corto plazo. Polonia, antes de Tusk, había hecho también un plan con incentivos económicos, pero la cuestión al final no es meramente económica, antes no había incentivos porque la gente tenía hijos porque quería tenerlos. Lo fundamental es que la gente comprenda que tener hijos es mucho mejor que no tenerlos. La cuestión está en cambiar la mentalidad.

¿Podemos evitar el suicidio demográfico? Sí, es posible recuperar la natalidad. La buena noticia es que con dos hijos por persona basta y no estamos tan lejos de esa cifra. Con un hijo más por mujer sería suficiente.

Foto: Adele Morris.

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