“Náuseas, falta de libido e impotencia” son las contraindicaciones del antidepresivo que toma el personaje central de Serotonina, la última novela de Michel Houllebecq. La serotonina es una molécula que se encuentra en nuestro cerebro y en la cantidad adecuada genera un justo punto medio en los estados de ánimo. Pero el estrés hace que ésta disminuya y eso genera desequilibrios. El problema de la baja de serotonina es tan acuciante que ya se habla de una epidemia. De hecho podría concluirse que ése es el clima de la novela y de la época que Houllebecq pretende describir.

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Porque los nuevos valores del emprendedorismo que nos dice que ya no hay explotadores ni explotados, no deriva en empoderamiento ni mayor autonomía sino en la explotación de cada uno de nosotros por nosotros mismos, introyección de la responsabilidad y depresión. En este sentido, en una sociedad donde lo que prima es la autoexigencia y el rendimiento, la única revolución posible parece ser la de las pastillas.

Houllebecq es de esos escritores que uno recomendaría a alguien que quisiera conocer cuál ha sido el sentir del ciudadano medio europeo/occidental en los últimos 25 años, en un recorrido que va desde su primera novela, Ampliación del campo de batalla, donde denuncia el modo en que el retiro del Estado y la destrucción de “la norma” dejan al individuo a la intemperie, hasta sus últimas dos novelas, la recientemente mencionada Serotonina, y Sumisión, aquella en la que se postula la posibilidad de que un hipotético partido musulmán triunfe en las elecciones francesas.

Sin embargo, Houllebecq no solo es reconocido por su obra sino también por sus comentarios críticos de la corrección política. Esto le ha valido acusaciones de misógino, fascista, racista, etc. Sus personajes tienen bastante de eso, aunque claro está, hay quienes no se dan cuenta que solo son personajes.

Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible. No crea ni transforma; interpreta. Lo que era definitivo lo convierte en pasajero; lo que era inevitable lo vuelve contingente. Proporciona una nueva interpretación de la vida: menos rica, más artificial, e impregnada de cierta rigidez

En esta novela, el personaje principal que habla en primera persona es capaz de atacar a los holandeses, odiar a los burgueses ecorresponsables, afirmar que Francisco Franco es el creador del turismo en España (de hecho Houllebecq tiene una bonita casa en Almería y la historia del personaje comienza allí mismo), hacer comentarios críticos hacia el feminismo y llamar “mariquitas” a los gays.

A su vez, Houllebecq, como en casi todas sus novelas, no duda en ingresar en lo sórdido con un desapego que espanta, el mismo desapego del occidental clasemediero para el que nada vale demasiado la pena. De hecho puede contar suelto de cuerpo que su novia japonesa realizaba orgías en el cuarto que compartían y hasta practicaba zoofilia. También confiesa que en algún momento realizó los cálculos acerca de qué consecuencias podría traer matarla y que alguna vez dudó entre ingresar a un monasterio o irse de tour sexual a Tailandia. Naturalmente, no tuvo la decisión para realizar nada de eso ni tampoco la tuvo cuando planeó matar al niño de la ex novia cuyo amor pretendía recuperar sin compartirlo con ningún “extraño”. Menos aún se animó a hacer algo cuando descubrió que el vecino alemán de la cabaña de enfrente era un pedófilo.

Pero no hay que olvidar que el elemento político siempre aparece en Houllebecq, a veces en el centro, a veces en la periferia, pero siempre incómodo. Aquí gira en torno a la agricultura (téngase en cuenta que Houllebecq es ingeniero agrónomo) para, desde allí, describir la tensión social en Francia. Es que mientras la novela comenta el proceso de gentrificación parisino, de repente la historia vira hacia un conflicto gremial que tiene como protagonista a un viejo amigo. Así, mientras advierte que el librecambismo, y más con Macrón, claro, siempre acaba imponiéndose sobre el proteccionismo, un corte de ruta realizado por productores de leche acaba con su amigo volándose la cabeza como un mártir frente a la policía y con una represión que arroja varios muertos.

Sin embargo, el eje central es la depresión como signo de la época. Se dice que Houllebecq la sufrió en los años 80, bastante antes de publicar su primera novela y ese tópico atraviesa casi todas sus obras pero, sin dudas, se halla con fuerza en ésta en particular. La depresión y la falta de afecto, claro, la distancia hacia todo y alguna mínima nostalgia hacia las historias de amor como la de sus padres, que deciden suicidarse juntos, de la mano, en su cama, cuando se enteran que uno de ellos sufría un cáncer terminal. Esa nostalgia que se observa cuando él no se anima a decirle a Camille, su novia, que se quede con él, porque entiende, racionalmente, que no correspondía frustrar el destino profesional de ella. Todo eso y el sexo como un falso motor o un exmotor, una iniciativa casi compulsiva que luego se entibia y que deja de ser tan importante, como todo lo que rodea al personaje. Ya no hay erecciones y tampoco le interesa demasiado pues al fin de cuentas se mantiene en el promedio del ciudadano medio europeo.

De hecho, en unos de los pasajes de la novela se puede leer: “Francia, y quizás todo Occidente, estaba sin duda retrocediendo al estadio oral, por decirlo en los términos del fantoche austríaco. Yo seguía el mismo camino, era indudable, engordaba poco a poco, y la alternativa del sexo ni siquiera se me presentaba claramente. (…) Habíamos vuelto en cierto modo al siglo XVIII, en el que el libertinaje estaba reservado a una aristocracia variopinta, mezcla de nacimiento, fortuna y belleza.

Quedaban también, quizás, los jóvenes, bueno, algunos jóvenes, pertenecientes en virtud de su simple juventud a la aristocracia de la belleza, y que creían todavía en ella durante unos años, entre dos y cinco, desde luego menos de diez (…) las chicas jóvenes, obedeciendo, me figuro, a un irreprimible impulso hormonal, seguían recordando al hombre la necesidad de reproducir la especie, objetivamente no se las podía censurar (…) estaban allí pero era yo el que ya no estaba, ni para ellas ni para nadie, y no tenía pensado volver a estar (…) El tiempo de las relaciones humanas había caducado, al menos para mí”.

Lo que sí hay son planes de suicidio aunque también hay falta de decisión; hay un cuerpo desequilibrado que no para de engordar y que espera la muerte pero quiere consumirse todo el dinero para no dejarle nada a ninguna Fundación benéfica y hay, sobre todo, un psiquiatra que le provee el antidepresivo y le advierte que equilibrar la serotonina baja la testosterona. Por ello agrega: “Desprovisto tanto de deseos como de razones para vivir (…) mantenía la desesperación a un nivel aceptable, se puede vivir desesperado, e incluso la mayoría de la gente vive así, no obstante de vez en cuando se pregunta si puede concederse una bocanada de esperanza, bueno, se lo pregunta antes de responder negativamente. Sin embargo persevera, y se trata de un espectáculo impactante”.

Tan impactante como el momento en que el psiquiatra le hace un análisis y le dice que está muriendo de pena, que la cantidad de cortisol que ha generado lo va a hacer engordar cada vez más hasta ser un obeso y que hay un montón de alternativas médicas pero que, al fin de cuentas, no debería desestimar la posibilidad de dejar todo e ir de putas.

Pero pasaron dos o tres meses y el personaje prefirió el antidepresivo y mudarse a un barrio donde pudiera estar cerca de un batallón de terapeutas, uno por cada órgano:

“Comprendí que en adelante mi vida iba a reducirse a eso: a disculparme por las molestias”.

Culminemos entonces con una breve descripción de los efectos de los antidepresivos que aparece hacia el final de Serotonina, quizás para que usted entienda que la autoayuda miente cuando dice que es más efectiva que éstos o cuando le sugiere que leyendo más a Platón evitará tomar Prozac.

“Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible. No crea ni transforma; interpreta. Lo que era definitivo lo convierte en pasajero; lo que era inevitable lo vuelve contingente. Proporciona una nueva interpretación de la vida: menos rica, más artificial, e impregnada de cierta rigidez. No procura ninguna forma de felicidad, ni siquiera un verdadero alivio, su acción es de otra índole: transformando la vida en una sucesión de formalidades, permite engañar. Por lo tanto, ayuda a los hombres a vivir, o al menos a no morir….durante un tiempo”.

Foto: Dmitry Bayer


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