El talento no tiene sexo. No lo tuvo nunca. La cuestión ha sido, y es todavía, las circunstancias o condiciones que permiten o impiden que aflore. Confundir el don con sus obstáculos es el error de quienes, con la palabra igualdad, acaban confundiendo todo y tratando a la mujer como categoría estadística necesitada de tutela.

Publicidad

La historia desmiente a los que la invocan sin conocerla, la retuercen o se acercan a ella buscando ajusticiarla. Mucho antes de que existieran ministerios, observatorios y millonarios planes estratégicos, hubo mujeres que destacaron en todos los órdenes de la vida.

No es casualidad que quienes reparten cargos en nombre de la igualdad sean implacables con las mujeres que piensan por su cuenta

Casos más conocidos y citados como el de Hipatia enseñando en Alejandría, Hildegarda de Bingen escribiendo tratados de medicina, componiendo música e incluso amonestando a algún emperador, Teresa de Ávila, que reformó una orden y dejó una prosa que muchos académicos quisieran alcanzar, o la propia Caterina de’ Vigri, autora de Le sette armi spirituali.

Tenemos también a Beatriz Galindo, que ya sabemos que enseñó latín a una reina. En Bolonia, las crónicas recuerdan a Bettisia Gozzadini y a Novella d’Andrea o Laura Bassi. Sin olvidar a Lavinia Fontana o Sofonisba Anguissola pintando a la altura de los mejores de su época.

No saber quiénes son, ni qué hicieron, no significa que la historia las haya escondido por ser mujer, significa simplemente que no sabes quiénes son. Como aquella que no sabía quién era Saramago o cualquier otro que no ha leído a Baltasar Gracián, se lo citan, y le suena a rey mago.

Hoy nadie lee a Polibio y no es necesariamente por antipatía o dolo de ocultación, del mismo modo que tampoco se recuerda a infinidad de mujeres aristócratas que entregaron su vida a cultivar el saber, el arte o el mecenazgo, alcanzando logros muy destacables.

Más recientemente, antes de esta moda tan socialista del ajusticiamiento continuo a la historia, Oriana Fallaci marcó un estilo único de periodismo, Ayn Rand no necesitó a nadie para crear una filosofía y Ricarda Huch tampoco para plantar cara al nacionalsocialismo, dejándonos preciosas enseñanzas que este mundo entregado al gregarismo y ávido de echarse en brazos de una nueva barbarie, ya ni citan.

Ninguna llegó al reconocimiento por cuota ni por decisión política. Llegaron porque eran extraordinarias y porque, en un momento dado, alguien tuvo la inteligencia o la honradez de no ponerse en medio. Y cuando alguien se puso, el talento encontró la grieta.

Concepción Arenal asistió a clases de Derecho vestida de hombre. Emilia Pardo Bazán fue rechazada por la Real Academia, pero obtuvo una cátedra en la Universidad Central, aunque los alumnos boicotearan sus clases. Maria Vittoria Delfini Dosi tuvo que ampararse en el Colegio de San Clemente de los españoles de Bolonia, un colegio universitario masculino, para defender su tesis.

Aquí está el nudo de la cuestión. Durante siglos, el problema fue que, a ciertas mujeres, como también a no pocos hombres, se les impidió la carrera y se les puso obstáculos. La solución razonable, la que la modernidad liberal prometió y en buena medida cumplió, era eliminar esas barreras, entre las cuales estaba el sexo en no pocas ocasiones.

Lo que se nos propone ahora es otra cosa bien distinta. No se trata ya de que nadie quede fuera por ser mujer, sino de que alguien entre precisamente por serlo. Y encima suelen ser hombres quienes lo proclaman, como el ínclito el otro día en la Asamblea de Naciones Unidas: «ahora le toca a una mujer. A una mujer latinoamericana».

El efecto es perverso, y lo es, ante todo, para la propia mujer. Cuando un nombramiento se anuncia con la coletilla de que «ya tocaba a una mujer» sólo se desliza la sospecha sobre su mérito. Al menos a los ojos del mundo desideologizado.

La mujer brillante, trabajadora y perseverante queda así igualada con quien llegó por el atajo. Y la que llegó por el atajo político, lejos de emanciparse, queda en deuda con quien le abrió la puerta.

Esa es la lógica de los discursos justicieros. Una lógica que no libera, sino que colectiviza. Porque detrás de cada «ya toca» lo que hay es una camarilla. Alguien decide cuándo toca, a quién toca y a cambio de qué. Hemos visto que a la Ministra de Trabajo parecía que le tocaba, por ser mujer, y ahora parece que no toca, siendo todavía mujer.

Las mujeres dejan de ser individuo para convertirse en pieza de un colectivo administrado por otros. Normalmente hombres que las consideran instrumento de propaganda y poco más. Porque si tan convencidos están, ellos, los justicieros históricos, no les buscarían cobijo en otras instancias y les ofrecerían la propia.

En fin, la democracia liberal y el capitalismo han traído más oportunidades para todos. Pero no es casualidad que quienes reparten cargos en nombre de la igualdad sean implacables con las mujeres que piensan por su cuenta. Porque la mujer que no se deja colectivizar resulta, para el aparato, mucho más incómoda que cualquier hombre.

Hay pues, quienes piden, dan codazos, y quienes no lo hacen. Las del talento no piden que se les reserve una silla, sólo que no se les impida sentarse en ella. Muchas no llegarán, y no por falta de méritos, sino por la ausencia de determinada filiación política o no frecuentar cofradías o asociaciones de la modernidad. Esta, y no otra, es la auténtica barrera.

Foto: Museums Victoria.

¿Por qué ser pequeño mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300 episodios disponibles) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.

Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.

Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho. Muchas gracias.

¡Hazte mecenas!