Alguien ha escrito que antes mirábamos al futuro con esperanza; hoy lo miramos con miedo. La frase, imponente, resuena con el poderoso eco de un estampido milenarista. Es a la vez revelación y misterio; hallazgo y sentencia. Pero la incertidumbre y el miedo que se han enseñoreado de nuestra época no encierran, en realidad, ningún misterio. Podría explicarse a un alumno de ESO y lo comprendería sin necesidad de invocar profecías ni sufrir pesadillas.

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Ocurre sencillamente que ya no disfrutamos de las ventajas y singularidades que nos permitieron construir regímenes políticos redistributivos y fuertemente asistenciales, Estados de bienestar exuberantes en los que se daban por seguros derechos y prestaciones que la voluntad del legislador podía proclamar, pero no sostener por sí sola. Vivienda digna, trabajo digno, sanidad universal, educación para todos, jubilación dorada y una idea estable del futuro, siempre en constante mejora. En la Europa de los «Treinta Gloriosos», la vida acabó concibiéndose como una escalera por la que, salvo fuerza mayor, sólo era posible ascender, aunque fuera sin grandes saltos, peldaño a peldaño.

La paradoja más reveladora del escenario político actual radica en que la feroz polarización no nace de visiones verdaderamente contrapuestas sobre el futuro, sino de dos manifestaciones distintas de una misma nostalgia por un mundo que ya no existe

Dentro de esa visión, en la que demasiadas cosas se daban por sentadas, fueron educadas generaciones enteras. La mejora constante fue elevada a categoría de dogma y la clase política se dedicó a competir electoralmente prometiendo más derechos, más garantías, más redistribución, más subsidios, más sanidad y jubilaciones todavía más doradas. Cada generación recibiría más que la anterior y entregaría aún más a la siguiente. Así debía suceder porque así había sucedido. La historia ya no era historia sino una renta perpetua.

No fueron sólo los boomers. También quienes vinieron detrás absorbieron como esponjas aquella doctrina, presentada como un destino inexorable y una verdad moral que no admitía disputa. Su disgusto empezó a hacerse visible cuando las promesas comenzaron a incumplirse, pero no porque cuestionaran el dogma. Al contrario, exigían blindarlo. Bajo los incumplimientos no veían el suelo que se desmoronaba o que, sencillamente, dejaba de existir. Veían políticas mal concebidas y desalineadas de la promisoria escalera.

En esa grieta encontró su gran oportunidad la evidence-based policy, las políticas basadas en evidencias. Sus promotores afirmaban que la escalera se había descompuesto no porque la base sobre la que descansaba estuviera desintegrándose —decir eso era anatema—, sino porque su mantenimiento había acabado en manos de arquitectos incompetentes. Bastaba con reemplazarlos por otros mejor informados, provistos de mejores datos y mejores modelos, para que la escalera al cielo volviera a funcionar. Serían necesarias algunas reformas, por supuesto, pero nunca reformas sistémicas porque el problema era técnico. El modelo seguía siendo válido. Bastaba con administrarlo mejor.

El error de la política basada en evidencias no estaba tanto en sus datos como en el marco con el que los interpretaba. Los datos podían afinarse, aunque a menudo se recurriera al cherry picking. El problema estaba en el marco, no en las políticas constreñidas dentro de él. La superestructura del modelo fallaba y el Estado de bienestar había dejado de hacer pie no porque se aplicaran políticas equivocadas, sino porque las condiciones materiales, exógenas e irrepetibles sobre las que se asentaba habían desaparecido.

Pero ¿qué condiciones eran ésas?

Ante todo, el dividendo demográfico. La Europa de posguerra contaba con una población muy joven, lo que significaba que había muchísimos trabajadores cotizando para sostener a un número reducido de pensionistas. Hoy aquella relación se ha invertido: la población envejece, la base que sostiene el sistema se estrecha y las cuentas del Estado soportan una presión creciente. A ello se añadía una reconstrucción de posguerra que ofrecía extraordinarios beneficios, un enorme margen para incorporar tecnologías ya disponibles y una energía abundante y barata.

El despegue económico europeo se levantó sobre un petróleo asequible y un acceso privilegiado, con mucha menos competencia, a las materias primas globales. Hoy en Europa la energía ya no es ni barata ni abundante y el viejo continente tiene que disputar con otras potencias los minerales críticos y las tierras raras y, además, soportar cuellos de botella que estrangulan a su industria.

Había también un mundo industrial hecho a la medida de Europa. Con gran parte de Asia todavía dentro de lo que entonces se llamaba el Tercer Mundo y Estados Unidos concentrado en su gigantesco mercado interior y el dominio geopolítico, Europa Occidental disfrutó durante décadas de una posición extraordinariamente ventajosa para vender manufacturas de alto valor con mucha menos competencia.

La Guerra Fría completaba el repóker de ases. La amenaza soviética al otro lado del Telón de Acero obligaba a las élites a no poner demasiados palos en las ruedas al crecimiento económico y pactar una redistribución de la riqueza que contuviera el avance del comunismo en casa. El paraguas militar estadounidense reducía, además, el coste de la defensa.

Demografía, energía, reconstrucción, primacía industrial, cohesión y protección estratégica se alinearon durante unas décadas excepcionales. El problema fue que Europa convirtió aquella excepción en una promesa eterna que ya no puede cumplir.

La paradoja más reveladora del escenario político actual radica en que la feroz polarización no nace de visiones verdaderamente contrapuestas sobre el futuro, sino de dos manifestaciones distintas de una misma nostalgia por un mundo que ya no existe. Por un lado, la ortodoxia socialdemócrata vive instalada en la ficción de que el modelo actual es autosuficiente y de que bastarán un par de ajustes para sostenerlo. Cierra los ojos a la sangría demográfica, la asfixia regulatoria, el coste de la energía y la dependencia industrial exterior que reducen nuestro margen de maniobra de forma crítica año tras año.

Por otro, los discursos proteccionistas prometen que bastará con cerrar fronteras y recuperar una soberanía meramente nominal para restaurar la gloria industrial del pasado. Omiten la escala gigantesca que exige hoy la competición en innovación, defensa y recursos frente a superpotencias como China o Estados Unidos, y sobre todo frente a un mundo mucho más segmentado, donde la globalización ha dado paso a dominios regionales, alianzas cambiantes, cadenas de suministro inestables y una incertidumbre creciente.

Europa, sin embargo, sigue erre que erre. Lo vemos en las elecciones regionales alemanas, donde vuelve a seducir la promesa de que la intervención, el control y la expropiación podrán convertir la vivienda en un bien accesible a todo el mundo. Lo vemos en el «caso Maricarmen», donde el enfoque moralista del derecho a la vivienda oculta una historia mucho más prosaica, hecha de decisiones personales, comodidad y olvido de algunas reglas básicas que afectan a todos por igual. Lo vemos en el disgusto de los jóvenes a quienes se les dijo que estudiar una carrera —daba igual la disciplina— era el salvoconducto para acceder a la omnipresente escalera. Nadie les explicó que eso sucedía antes, cuando sólo una minoría alcanzaba tan preciados tesoros, no hoy, cuando más de la mitad de los jóvenes obtiene una titulación superior para competir en un mercado laboral esclerotizado y que, además, demanda más técnicos y profesionales de cuello azul que títulos académicos.

Lo vemos también en la demanda de mejores salarios, sin caer en la cuenta que una parte enorme de lo que ganamos se destina a sostener el modelo de Estado de bienestar que tanto adoramos. Queremos conservarlo intacto. Más aún, ampliarlo y, al mismo tiempo, encadenar subidas salariales por decreto. Pero cuando la productividad se estanca mientras aumentan el coste de la vida, los impuestos y las obligaciones del Estado, no prosperamos como hicieron nuestros padres: nos empobrecemos pagando la factura de la prosperidad que ya no producimos y que sin embargo proclamamos como cierta.

Ambos extremos comparten, en definitiva, la incapacidad de mirar de frente una realidad inescapable: Europa está en retirada porque ha perdido la centralidad demográfica, industrial y económica que le permitió liderar el mundo durante siglos y proyectar sobre su primacía el modelo de Estado de bienestar. Sostener hoy nuestra relevancia económica y nuestra autonomía estratégica exige asumir una transformación radical en competitividad, energía, defensa e innovación; una transformación que jamás será posible desde la nostalgia, mucho menos desde un marco pensado para un mundo que ha dejado de existir.

Paul Valéry abrió en 1919 La crisis del espíritu con una de esas frases que no envejecen, sino que atraviesan el tiempo: «Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales». Europa ha ignorado esa advertencia, quizá porque creyó que la mortalidad solo afectaba a los imperios, pero no a los Estados de bienestar, a los modelos sociales ni a los niveles de vida. Pero también ellos mueren cuando quienes los heredan confunden las condiciones extraordinarias que los hicieron posibles con leyes eternas.

La fe en el futuro no regresará porque legislemos su regreso. Regresará cuando, en vez de temer el mañana, afrontemos el presente. Para que Europa no muera hay que abandonar la escalera que conducía al mundo de ayer y construir otra que nos eleve en el mundo de hoy.

Foto: Vitaly Gariev.

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