Decían los cursis que no hay nostalgias como las de antes. Cuando queda menos por ver que lo que ya se ha visto con los años, a todos nos caen de la boca siempre las mismas anécdotas. El futuro es cada vez más de nuestros hijos y nuestros nietos y a nosotros nos queda lo vivido, lo consumido. No digo que no subamos a los nuevos trenes, llenos de modernidades, el progreso, hoy tan denostado, es por definición algo positivo, es solo que nos producen más placer las viejas películas vistas una y mil veces que el último estreno. Nuestro oído ya está hecho a las canciones del pasado. Nuestro cuerpo se acomoda a la confortable, aunque falsa, inmovilidad.

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Yo encuentro cierta paz cada vez que veo un capítulo de House, aquel médico maleducado, soberbio, cojo y adicto a los opiáceos, que no dudaba en pisotear los derechos de los pacientes, con tal de obtener su diagnóstico. Reponen la serie en uno de tantos canales que me ofrece mi proveedor de internet y televisión. Me reconfortan sus obsesivas búsquedas y elucubraciones hasta dar con el bicho o la sustancia que está matando al paciente porque adivino en cada trama una yincana desesperada por encontrar la verdad. De hecho, la obsesión del protagonista, interpretado por Hugh Laurie, no es tanto curar al paciente, como saber lo que le pasa. No todo en la vida tiene cura, pero si sabemos la causa con certeza podremos aplicar el remedio con precisión, si es que lo hay.

Es más sencillo diagnosticar resfriados y recetar aspirinas y frenadoles que decirle a alguien que hay que amputarle una mano

Al maquiavélico doctor no le preocupaban en absoluto los sentimientos del paciente y afirmaba, apoyado en un indisimulado cinismo, pues se incluía, sin duda, a sí mismo, que todo el mundo miente. Estoy convencido que una encarnación perfectamente pulida del médico, con unos modales simplemente correctos y la mala leche justa sería demasiado insoportable para la generación de cristal en la que nos estamos moviendo. La vida es cruel e injusta y es necesario el dolor para conocer la verdad, en demasiadas ocasiones.

Hoy preferimos una versión edulcorada de la existencia. Preferimos atacar la forma en lugar de investigar el fondo. La nomenclatura como parte fundamental y dulzona que lo adereza todo, menos la realidad. Si han visto la serie, recordarán que uno de los empeños diagnósticos de House era determinar qué y qué no tenía relación con la posible enfermedad. Los empeños de los doctores de nuestra iglesia van en la dirección de poner un nombre bonito y bien adjetivado a cada problema inexistente.

Si podemos pasar el día hablando del miedo que nos dan los pechos de las mujeres, no habrá tiempo para hacer el diferencial del aumento del precio de la gasolina o la electricidad. En cada grupo de Whatsapp en el que hay dos o más hombres si hay algo que abunda, son las tetas. Esto puede tener múltiples lecturas, pero el miedo no parece una de ellas. Tristemente, lo que en este caso es un fútil chascarrillo se traslada diariamente a problemas con mucha más enjundia. España era hasta no hace demasiado uno de los países más seguros para las mujeres, el quinto, hoy ya ha bajado hasta el decimocuarto. No es por tanto medicina adecuada para solventar los problemas que pudieran tener las mujeres el Ministerio de Igualdad o la LVG. Un pésimo análisis acaba por cronificar las enfermedades del país.

España es uno de los estados con más paro estructural de nuestro entorno y está rodeado por multitud de países con paro menor al 5% a los que solo cabría copiar el marco laboral, pero los intereses espurios de quienes tienen que tomar decisiones para frenar la sangría evitan que esta lacra termine. De hecho, la analogía adecuada sería la de un médico que se diagnostica y se opera a sí mismo y a todos los demás en función de la enfermedad que él cree que tienen todos tras haberse hecho las pruebas a sí mismo. Un dislate.

Es más sencillo diagnosticar resfriados y recetar aspirinas y frenadoles que decirle a alguien que hay que amputarle una mano. El experto en dar malas noticias de la serie es Wilson, el oncólogo y único amigo de House, que a fuerza de practicar convierte en arte decirle a la gente que se muere. En el mundo real nadie lleva a cabo tales prácticas. Es mejor esconder la enfermedad bajo un bonito nombre: violencia de género, machismo, loqueseafobia que decirle a un joven enfermo que no encuentra trabajo porque le han cercenado media vida con una educación lobotomizante que le ha dejado adocenado y apto solo para el subsidio. Un cerebro a medias tampoco lo puede encajar.

No hay una sola figura pública cercana al politiqueo que sirva para la diagnosis. Es más cómodo subsidiar al campo o a cualquier otro sector que necesita reconversión, que decirle que se han quedado atrás, que la autarquía y los aranceles son nefastos, que toca invertir en tecnología y plantarse frente a la desastrosa política común agraria europea. Allí tampoco hay un solo médico que valga la mitad de lo que cobra.

Pueden enumerar cuantas disciplinas gusten, no importa que sea la vivienda o el cambio climático, la emergencia sanitaria o el turismo. Antes un nombre bonito o un adjetivo rimbombante que un análisis desapasionado y crítico, todo con tal de no tener necesidad de atajar el problema.

Decía que ver House me reconforta. A alguien que tiene tal necesidad patológica de encontrar la verdad para salvarnos, se le podrían perdonar sus enormes defectos. Al fin y al cabo, la honestidad para diagnosticar y tratar a sus pacientes es tan brutal como su forma de relacionarse con ellos. Además, procura mantenerse al margen. Es inevitablemente ficción.

La realidad está conformada por seres pequeños e inmundos que nos pisotean y nos insultan mientras diagnostican mal todas nuestras enfermedades, a sabiendas de lo que hacen, porque tienen intereses que casi siempre se contraponen a los nuestros. Pero oye, todas las enfermedades tienen un bonito nombre, como todos sus placebos y sus falsas infecciones. Son más de recetar veneno de múltiples colores, luminosos y brillantes.

Imagen: El actor Hugh Laurie en el papel de Gregory House.


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