Flota en el ambiente una frustración difícil de explicar a quien no quiera verla: la de vivir en un país que podría haber sido mucho mejor. No un poco mejor. Muchísimo mejor. Un país que lo tenía casi todo a favor: historia, carácter, belleza, clima, ingenio, una posición geográfica privilegiada, una lengua universal, un fuerte vínculo trasatlántico, una relación casi natural con la vida buena y una sociedad que, pese a todos sus defectos, conserva una reserva formidable de humanidad, talento, humor y resistencia.

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España no es un país fracasado. Esa es precisamente —al menos a mis ojos—  la tragedia. Los países fracasados suelen tener alguna coartada, alguna verdadera fatalidad que lo justifique: un clima imposible, una historia devastadora, una pobreza estructural, una sociedad rota desde su origen. España, en cambio, llegó al final del siglo XX con hambre de prosperidad, de apertura, de normalidad y de futuro. Venía de una Transición imperfecta, como todas las grandes operaciones políticas históricas, pero también de una ventana de oportunidad real. Había reconciliación y cohesión, deseo de modernización, impulso europeo, ambición económica y una sociedad que quería dejar atrás viejas querellas para incorporarse, por fin, al mundo de los países prósperos y confiados.

Santiago Ramón y Cajal, que hizo universal a España precisamente cuando tantos la daban por perdida y agotada, confiaba más en la voluntad que en el lamento. “Si hay algo en nosotros verdaderamente divino, es la voluntad”, escribió

Durante unos años pareció posible. Se habló incluso del milagro español. España crecía, atraía inversión, mejoraba sus infraestructuras, ensanchaba sus clases medias, ganaba presencia internacional y proyectaba una imagen de país abierto, vital, razonablemente moderno y todavía reconocible. Un país con ganas de hacer cosas. Con ganas de prosperar. Con ganas de dejar de mirarse eternamente el ombligo y proyectarse en el mundo sin complejos.

Y entonces algo empezó a torcerse.

No fue de un día para otro, aunque hubo fechas que actuaron como bisagra. La llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al poder, tras el peor atentado terrorista de la historia de España, abrió una etapa en la que el país empezó a ser puesto del revés. No sólo por sus políticas, sino por algo más profundo: por la sustitución de la convivencia por el ajuste de cuentas, de la nación compartida por la división identitaria, de la política como gestión del interés general por la política como experimento moral. Desde entonces, España dejó de discutir sobre cómo ser más próspera y empezó a discutir, casi compulsivamente, sobre cómo deconstruirse a sí misma.

Lo que vino después no fue una simple alternancia. Fue una degradación lenta de los incentivos, del lenguaje público, de las instituciones y de la idea misma de ciudadanía. España pasó de querer parecerse a los países más serios a parecer empeñada en importar sus peores vicios sin conservar sus mejores virtudes. Más Estado, menos responsabilidad. Más propaganda, menos verdad. Más bandos, menos nación. Más derechos declamados, menos oportunidades reales. Más superioridad moral, menos decencia elemental.

Con Pedro Sánchez, ese deterioro ha alcanzado su fase definitiva. Ya no hablamos sólo de frivolidad, sectarismo o incompetencia. Hablamos de una ofensiva sorda y persistente contra los contrapesos del Estado de derecho, de una colonización de las instituciones, de una política concebida como supervivencia personal y de un poder dispuesto a dinamitar las reglas de convivencia con tal de no perder el mando. El problema ya no es únicamente que España esté irritada, empobrecida, polarizada o casi resignada. El problema es que demasiados españoles han empezado a asumir como normal lo que hace no tanto habrían considerado intolerable.

Y, sin embargo, sería un error confundir el estado del país con su destino.

España ha desperdiciado más de dos décadas. Ha dilapidado buena parte de la herencia recibida. Ha convertido demasiadas oportunidades en problemas, demasiadas fortalezas en complejos y demasiadas instituciones en trincheras. Pero no hay mal que dure eternamente. Tampoco los ciclos de decadencia son eternos, aunque quienes viven de ellos procuren presentarlos como inacabables. La historia no se congela en el instante más oscuro, por mucho que los beneficiarios de la ruina quieran convencernos de que no hay alternativa. La historia nunca se detiene. Jamás.

Se abrirá una nueva ventana de oportunidad. Se quiera o no. Y presiento que esa nueva ventana está llegando. La cuestión es en qué condiciones llegará España a ella. Porque el mundo que viene será mucho más convulso que aquel en el que desperdiciamos la anterior: más competitivo, más inseguro, más tecnológico, más duro, más fragmentado y menos dispuesto a perdonar la frivolidad de las naciones que no saben lo que son ni lo que quieren ser.

Por eso la frustración no debería desembocar en cinismo, sino en exigencia. España no necesita resignarse a ser una potencia menor, una sociedad subsidiada, una nación enfrentada consigo misma y un Estado capturado por quienes lo usan como botín. España necesita recuperar la ambición de ser mejor. No por nostalgia, sino por pura supervivencia. Porque este país, con todos sus errores, todavía contiene mucho más de lo que sus dirigentes y nosotros mismos hemos sabido merecer.

Santiago Ramón y Cajal, que hizo universal a España precisamente cuando tantos la daban por perdida y agotada, confiaba más en la voluntad que en el lamento. “Si hay algo en nosotros verdaderamente divino, es la voluntad”, escribió. Esa es quizá la forma más sana de patriotismo: no negar la decadencia, pero negarse a convertirla en destino. España no está condenada. Está desperdiciada. Y lo desperdiciado, a diferencia de lo perdido, todavía puede recuperarse.

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