Esta es una de las expresiones que ha cobrado fortuna recientemente y que se repite machaconamente. Pero, qué significa exactamente, qué autoridad tienen quienes la suscriben cacarean con insistencia y determinación.

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Podría pensarse que es una tontería más para afianzar a unas determinadas posiciones y ya está, debate cerrado. Pero conviene, tal vez, decir o preguntarse algo más al respecto.

La Historia del siglo XX está llena de episodios protagonizados por gente absolutamente convencida de estar en el lado correcto. Convencida con una fe que haría palidecer a cualquier teólogo

Lo primero, que llama la atención que la totalidad de portavoces no son, precisamente, historiadores. El penúltimo papagayo ha sido un sociólogo, director de la Cátedra Suiza de Federalismo y Gobernanza Internacional en el Instituto Universitario Europeo, sobre inmigración, derecha radical y erosión democrática… Respiro y pienso que cuando se extiende tanto el título, cargo o denominación, es porque en verdad dentro no hay nada.

Lo segundo, de dónde viene eso del lado bueno. Porque la Historia no tiene lados buenos ni malos. Tiene hechos. Tiene causas y consecuencias. Tiene, en el mejor de los casos, interpretaciones razonadas y documentadas. Lo que no tiene o no debería tener es, desde luego, árbitros sobrevenidos.

Porque este es precisamente el artefacto comunicacional, el de los juzgadores. El argumento del lado bueno de la Historia lo invocan siempre quienes hablan desde la comodidad del presente, con buenos teléfonos, conexión a internet y comodidades de todo tipo, para juzgar a quienes tomaron decisiones —erróneas, acertadas, terribles, heroicas o simplemente humanas— sin el beneficio del manual que aún no se había escrito.

Es un ejercicio de soberbia bastante lamentable. Chesterton, en la memorable obra El hombre que fue Jueves, hablaba precisamente de aquella cofradía de seres que pretendían diseñar o reformar el mundo desde su jardín. Pues eso. La merma contemporánea.

Lo tercero que debemos tener en cuenta, es que la expresión funciona como un mecanismo de cierre. Es decir, no se argumenta ante una cuestión controvertida, más bien se decreta. Esto es el lado bueno, el otro el lado malo, y quien no lo vea como hemos predeterminado está en el lado malo y merece un exorcismo.

Es el pensamiento binario elevado a categoría histórica. Y uno entiende que la simplificación puede tener en determinados casos su utilidad pedagógica, pero en otros muchos hay que explicar cosas complejas al público porque no todo el mundo tiene el talento de Demóstenes, el de Polibio o el de Plinio. Y por esto mismo no podemos convertir asuntos de enorme trascendencia a reduccionismos mitineros.

Y si este es el camino, es la integridad del sistema lo que debemos poner en duda, sospecha y también preguntarnos por su eficacia o conveniencia.

No faltarán quienes crean que esta reflexión es un exceso o que quienes razonan de otro modo en verdad nos señalan el horizonte y les debemos agradecer los servicios prestados.

El problema no es solo de deshonestidad intelectual. El problema es que este tipo de afirmaciones y decretos tienen consecuencias prácticas. Quien se arroga el derecho de definir el lado bueno se arroga también el derecho de definir el lado malo. Y de tratar en consecuencia a quienes allí se encuentren, voluntaria o involuntariamente.

La Historia del siglo XX está llena de episodios protagonizados por gente absolutamente convencida de estar en el lado correcto. Convencida con una fe que haría palidecer a cualquier teólogo.

Si alguien les ofrece situarse en el lado bueno de la Historia, hagan lo que hacemos los que algo hemos aprendido de ella, pidan las fuentes, pregunten quién firma, pregunten también quien se beneficie mediata o inmediatamente, y desconfíen de quien necesita la mayúscula y la hipérbole para, en verdad, sólo hacer propaganda.

Foto: Cristina Gottardi.

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